Causas e influencias que desencadenaron la independencia chilena según las distintas escuelas historiográficas. (Camilo Reyes)

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Según las distintas escuelas o corrientes historiográficas, tenemos ante nosotros diferentes caracterizaciones de las causas e influencias que desencadenaron la Independencia, por lo cual procedo a describir las distintas interpretaciones de este hecho partiendo de la interpretación conservadora, que en mi opinión es la posición más abierta y decididamente aristocrática. Sera bueno partir de esta interpretación, pues esta es la que más se acerca a la propia visión representativa que estimaba la elite criolla en cuanto a su rol en este proceso de transición histórica de la dominación colonial hispana a su nueva fase de dominación.

Durante este curso hemos enfocado nuestra atención, en más de una ocasión, sobre la interrogante de si la elite criolla poseía o no un proyecto revolucionario con un sustento ideológico distinto del que poseyeron los criollos durante la colonia, y hemos concluido conjuntamente que no había tal proyecto según esta visión conservadora. Ahora debemos adentrarnos más profundamente en los contenidos de esta visión, siguiendo la lectura del libro de Alberto Edwards La fronda aristocrática: la fronda de 1810 no se fundó a raíz de la irrupción de ideas foráneas (ni por causa de las ideas de la ilustración, ni bajo la influencia de la revolución francesa), sino por medio de un principio de carácter religioso y jurídico, que es el de la soberanía nacional. Según Edwards, esta formula simple ya era aceptada en la edad media por los escolásticos, mientras que contemporáneamente los modernos ya habían revestido a tal principio de un carácter filosófico demostrable ante la razón moderna. Por lo cual la instauración de la republica chilena no fue el producto de un proyecto revolucionario democrático elevado por la aristocracia, sino más bien el resultado del hecho accidental de la captura y encierro de Fernando VII por el ejercito de Napoleón en 1808 (la ausencia del poder dinástico hispano), que detono la reacción de la aristocracia criolla que de un lado, no deseaba obedecer el brazo del usurpador francés, ni de otro tampoco podía seguir bajo el dictamen de un monarca hecho prisionero. Esta situación llevo a la ruptura de la aristocracia criolla (verdaderos dueños de la riqueza: de la fortuna y de la tierra), con el poder monárquico representado por los súbditos privilegiados del Rey hispano, los intendentes puesto en esos altos oficios desde la instauración de las reformas de los borbones. Si bien en una primera instancia, el presidente Carrasco se puso del lado de los criollos, los caudillos más osados de la aristocracia criolla terminaron por rechazar su sometimiento al dominio de los peninsulares, por lo cual surgió un antagonismo entre los dos grupos señalados por Edwards, desenvolviéndose una guerra de clases y civil entre Hispanos (que Alberto identifico en términos raciales como los godos, los sarracenos, el sequito del presidente que constituían el partido dominante), y la aristocracia criolla (que eran los grandes señores chilenos, dueños de la fortuna y de la tierra, en suma, de los portadores del principio de la soberanía nacional en el sentido tradicional). Estos últimos no podían permitir que el dominio se les escapara, por lo cual el 18 de septiembre de 1810, terminaron por organizar una asamblea donde reunieron a toda esta nobleza, y a las corporaciones de la ilustre ciudad de Santiago (la parte del barrio “patricio”), poniendo en sus propias manos los destinos de Chile. Esta nobleza constituiría la fronda aristocrática a la que refiere característicamente el titulo de este libro.

Interesante de desatacar en este punto, son dos elementos que he podido observar del paradigma conservador: (1) el notable antagonismo reciproco entre la postura de Gabriel Salazar y Alberto Edwards, en tanto ambos coinciden en que la aristocracia criolla se apoyo y aprovecho del principio de carácter religioso y jurídico de la soberanía nacional, cuya proposición ya se encontraba formulada en la penumbra de la edad media: como Edwards lo utiliza para reclamar el derecho soberano de la aristocracia, y como Salazar demuestra la instrumentalización de este derecho que residía original y realmente en el pueblo; (2) también es importante decir, con respecto al punto anteriormente destacado, que Edwards no atribuye ningún carácter valorable a las clases subordinadas a quienes desprecia racialmente como “andaluzes”, atribuyéndole caracteres mediocres, mientras que Salazar por el contrario intenta audazmente elevar una postura antinómica frente a la conservadora, por medio del concepto de comunidad, caracterizando al pueblo como portador de la actividad y del derecho (religioso y jurídico), y al patriciado mercantil como fundadores de un orden deficiente y dictatorial -como ya veremos más profundamente al tratar el paradigma de la Nueva Historia.

A continuación debemos confrontar el paradigma liberal, tomando como base de nuestra critica el libro de Simon Collier Ideas y política de la independencia chilena, 1808-1833, y el libro de Sergio Villalobos Tradición y reforma en 1810. Entre los temas principales en que se debate este paradigma liberal (representado por estos autores), se encuentran las influencias de las ideas foráneas (como la independencia de EE.UU., la ilustración, la revolución francesa), caracterización de la época colonial como una época nefasta de opresión y explotación, el patriotismo y nacionalismo, el debate sobre la influencia de grupos separatistas, entre otros. Para explicar de manera satisfactoria el paradigma liberal, en primer lugar identificare los puntos comunes entre el planteamiento de Villalobos y Collier, puntos que dan cuerpo al paradigma liberal, para luego identificar las diferencias. Esto último debido a que los puntos en común, me parecen, se muestran más fuertes que los que distancian sus posturas, en tanto en ambos prevalece la idea de progreso con respecto a la sociedad colonial.

En primer lugar, ambos autores están de acuerdo en el punto de que existía un evidente descontento entre los criollos con respecto a la variable política (desde ya nos hemos distanciado del paradigma conservador que en ningún momento menciono tal descontento en el periodo colonial, sino hasta pasado 1808). De un lado, Collier menciona que el descontento de los criollos era de triple raigambre, en tanto en el plano económico Chile se encontraba subdesarrollado (“pariente pobre del Virreinato del Perú”), en el plano educacional y siguiendo las observaciones de Manuel de Salas, también se encontraba en situación de atraso con respecto a los adelantos educacionales de España, mientras que en el plano político destaca que los criollos aspiraban a cargos administrativos superiores al Cabildo, cargos de administración pública que se encontraban en manos de los peninsulares. Del otro lado, Villalobos señala los problemas del comercio chileno (cuyo mercado comercial interno no podía competir con el contrabando de mercancías), por lo cual los criollos deseaban un incremento de la producción agrícola e industrial (en vista de que la Corona no desarrollo políticas para incrementar la producción local, y muy por el contrario impuso, con las reformas borbónicas una nueva política tributaria en desmedro de las localidades). Villalobos menciona un elemento nuevo con respecto al paradigma conservador, esto sobre la base de que tal descontento con respecto al desarrollo económico no solo afecto a la oligarquía criolla, sino que también calo profundo en “la canallada”, a través de las palabras de Manuel de Salas. Villalobos, al igual que Collier, destaca el atraso chileno en materia de educación y cultura, pues las personas que sobresalían por ejemplo, en los estudios de filosofía y política “podían ser contadas con los dedos”: “dado el atraso cultural que imperaba, las personas que lograban sobresalir por sus conocimientos o habían renovado sus ideas, lo debían a su propio esfuerzo” (pág. 71, Ediciones Universidad de Chile, 1961). De esta cita de Villalobos podemos extraer su opinión de que Chile colonial no poseía los estándares mínimos de un sistema educacional y cultural, como los que poseen en la actualidad, aunque sea deficientemente, la mayoría de las naciones contemporáneas. También con respecto a las condiciones institucionales de enseñanza él refiere que existía “un completo abandono de la enseñanza.” Cabe aquí destacar una diferencia entre Villalobos y Collier, pues este ultimo parece atribuir un papel mas predominante a la introducción de libros y literatura revolucionaria, como en general por la introducción de ideas nuevas. En cuanto al descontento político de la oligarquía criolla se debía al desplazamiento que sufrían estos en cuanto a la obtención de cargos públicos, en el desprecio de los meritos de los nacidos en América.

Otra causa importante de la independencia para el paradigma liberal, es el sentimiento patriótico criollo, que según Collier, comenzó a formularse lentamente en el siglo XVIII. Este sentimiento nacional se formo en el seno de las sociedades coloniales bajo la forma de una personalidad nacional: amor al suelo chileno y sus muchas bellezas naturales, de la idealización del araucano. Personajes importantes que destacaron este sentimiento nacional en sus escritos son el padre Alonso de Ovalle, el abate Juan Ignacio Molina, y también el ya citado Manuel de Salas. Otro tanto menciona Villalobos en cuanto señala que los criollos querían hacer “la grandeza del país”, por medio de una comprensión de sentido heroico que podía identificarse tanto con las glorias de los antepasados españoles como con las de los de raza aborigen, proceso que concluiría con cierta identificación de los criollos con la raza aborigen en cuanto vieron en los hispanos, a partir de 1810, a viejos conquistadores opresores.

Por fin llegamos al punto que mayor distancia provoca entre ambos autores, el hecho de que para Collier el papel de las ideas nuevas es fundamental (ideas de la revolución francesa, independencia de EE.UU., los viajes al nuevo mundo de O’Higgins, las lecturas prohibidas de política revolucionaria), mientras que Villalobos le atribuye un escaso valor a estas ideas. A nuestro primer autor, el análisis lo lleva a concebir la teoría de que estas ideas separatistas y revolucionarias tuvieron efectiva y activa recepción en la aristocracia criolla, desde antes de la independencia al punto de desnudarse y estallar con la coyuntura de la captura del monarca hispano: la idea de que la oligarquía poseía un proyecto revolucionario; mientras que a Villalobos, la tesis de la débil e insignificante influencia, por ejemplo, de la revolución francesa, y su tesis de la tranquilidad y la paz social en la época colonial y en general en el siglo XVIII, lo lleva a formular la idea de la reforma, sobre la base de los procesos políticos inherentes a la necesidad de superar la etapa de la colonia, pues la elite terrateniente, dueña de las riquezas, del dinero y la tierra, de las haciendas, buscaba realizar un progreso, tanto en las obras publicas, en materia económico, por medio de la patriótica idea del progreso del reino chileno. De esto, opino que, en cierta medida, la interpretación de Villalobos se ajusta a la interpretación del paradigma conservador en tanto recoge el elemento de la “tradición” (y el argumento de la nula influencia de causas externas e ideas foráneas), aunque con la notable diferencia de que para el paradigma conservador, la independencia parece tratarse de un fenómeno que se ajusto a las condiciones coloniales del status quo, mientras que para Villalobos se trata mas bien de una ruptura con la época colonial que se tiende a considerar nefasta.

A continuación debemos examinar el paradigma del marxismo clásico de la mano de Hernán Ramírez Necochea, historiador estalinista que intento hacer calzar el modelo del marxismo clásico con la historia de la independencia, esto en su libro Antecedentes económicos de la Independencia de Chile. Dos son los fenómenos más importantes que utiliza de piedra angular para desplegar su análisis histórico. El primer gran fenómeno que caracteriza es el que llama, “el fenómeno de mayor significación histórica”, el de la contradicción de carácter masivamente subjetiva que se vivía en Chile a finales del siglo XVIII, de constituir ya una entidad nacional chilena, y poseer al mismo tiempo de hecho, la calidad de país colonial. De otro lado, el otro gran fenómeno de carácter masivamente objetivo, es el de un conflicto de intereses entre los del reino de Chile y los de la estructura total del Imperio Hispánico: “(…) los grandes fenómenos históricos del siglo XVIII, es incuestionable que ellos –en su conjunto- contribuyeron a crear condiciones para que el antagonismo floreciente entre colonias y metrópoli tomara cuerpo, se hiciera mas denso, y para que los criollos de cada colonia pudieran formular mas fundadas quejas o exponer más definidas aspiraciones, todo lo cual –en ultimo termino- los lanzaba por el plano inclinado que debía conducirlos a la Independencia.” (pág. 14). Lo que sanciona Ramírez Necochea, es que en general las colonias habían madurado lo suficiente como para abrazar cierta potencialidad necesaria, que les permitiera emanciparse y continuar su desenvolvimiento social natural, más allá del régimen colonial y sus restricciones, régimen que estaba entrando en crisis y decadencia, que suscitaba las contradicciones ya mencionadas, y que mantenían en un estancamiento económico a las colonias que deseaban avanzar hacia su liberación, siguiendo su evolución social y económica. Esta tesis implica “el reconocimiento de la inevitabilidad de la Independencia”. Aunque nuestro autor reconoce que antes de 1808 la idea de independencia se encontraba prácticamente ausente en el ánimo de los sectores dirigentes de la sociedad chilena, señala que a partir de 1808 la actividad política de la aristocracia criolla salió de su tradicional letargo, por lo cual comenzaron a aflorar las pugnas entre los españoles (representados en la Real Audiencia) y los criollos (representados en el Cabildo), tomando conciencia estos últimos, del papel directivo que debían asumir en este proceso de emancipación. Interesante de destacar, es que este autor menciona que a lo menos desde los primeros decenios del siglo XVIII, se encontraban dadas las condiciones objetivas que impulsaban al reino de Chile hacia su emancipación, y también notar que la aristocracia criollo solo respondió con la idea correspondiente (su conciencia de clase dirigente) a partir de 1808. Podemos ver aquí claramente, la distinción marxista clásica entre las condiciones dadas de una clase en sí (la aristocracia criolla), y su conciencia para sí, que finalmente pudo reconocer su papel histórico y llevar hasta el final su emancipación política y económica.

Para terminar con el paradigma marxista clásico, quisiera poder profundizar un poco en el tema de la crisis de crecimiento que explica la inevitabilidad de la independencia chilena: según Necochea, los intereses nacionales de Chile se encontraban bajo una doble sujeción, aprisionados por los intereses económicos de España de un lado, y los intereses económicos del Virreinato del Perú. Esto puede ser fácilmente evidenciado por las condiciones económicas de Chile pre-independiente: carencias en las exportaciones a otras provincias del reino, falta de agentes industriales, explotación restringida, desocupación y pobreza de las clases populares. De esto que Ramírez Necochea apoye sus argumentos de la necesidad inherente de independencia, en ciertas proposiciones tendientes a resolverlas, para romper el estancamiento y enclaustramiento económico en que se encontraba preso el reino. Estas propuestas las ha tomado nuestro autor, de la boca de: (1) Ambrosio O’Higgins (quien poseía un criterio a favor del fomento de la producción, para impulsar su desarrollo), (2) Jose de Cos Iriberri (quien ante los antecedentes del escaso desarrollo de la producción y la limitación y estrechez del mercado externo, dio cuenta también de la necesidad de aumentar y diversificar la producción agraria) y el ya citado anteriormente (3) Manuel de Salas (que se ocupo también de la cuestión económica, dando cuenta de la improductividad del país, población en forzosa inactividad y riquezas naturales desperdiciadas, frente a lo cual también propuso ensanchar y diversificar la explotación minera, la producción agrícola y las actividades manufactureras, además de dar cuenta de la necesidad de impulsar una renovación técnica y de activar un comercio internacional, lo que equivalía al establecimiento de la libertad de comercio que abriría sus puertas a las diversas ramas de la producción nacional). Estos ideales se encontraban en completa contradicción con respecto a la estructura económica imperante: entre las fuerzas económicas que deseaban expandirse y los factores económicos incluidos en rígidos marcos legales y políticos que impedían y obstaculizaban esas fuerzas de expansión. De aquí que se diera la ruptura completa de Chile con el Imperio español, y con ello, según la tesis del autor, se consagrara, junto con la independencia política, la independencia económica del reino de Chile.

De este paradigma marxista, cabe mencionar el intento por englobar holísticamente todos procesos históricos que desembocan en la revolución independentista, frente a la interpretación del paradigma liberal que tiende a explicar y a dar una multiplicidad de causas divergentes, un discurso no necesariamente unificado, un discurso que como hemos visto, se debate entre la reforma y la revolución, entre adaptación y destrucción del orden colonial.

Por fin nos encontramos frente al paradigma que considero más original dentro de todos estos autores que hemos revisado, paradigma que bajo mi interpretación, se sirve de una suerte de anarquismo metodológico al intentar explicar el desenvolvimiento de los hechos desde abajo hacia arriba, como rezan las consignas de los revolucionarios anarquistas. Esto además lo digo de acuerdo a razones epistemológicas: el esquema marxista que antes felicitábamos como un avance, ahora se muestra estrecho al igual que los demás anteriores enfoques, pues explican las causas de la independencia y sus implicancias sobre el terreno de la alta política, sin descender mas allá de la cascara superficial de la sociedad de clases, siempre dentro del esquema político oficial. Esta interpretación anarquista que refiero, incluye por el contrario, a los sujetos populares y otros sujetos que no encajan en la interpretación oficial, ya sea la liberal o la socialista marxista que solo se enfocan en la hegemonía de la aristocracia criolla. Esta interpretación original corresponde a la de Gabriel Salazar en su libro Construcción de Estado en Chile (1800-1837). Democracia de los “pueblo”, militarismo ciudadano, golpismo oligárquico. En este libro, Salazar da una gran relevancia a las instituciones comunales como los cabildos, y regionales como las asambleas provinciales, en cuanto a la construcción de la identidad nacional, como fuentes del poder constituyente de la ciudadanía chilena. Como ya hemos mencionado, esta metodología la adopta con el fin de desmitificar las creencias de la memoria oficial, que se encumbran sobre el mito de la estabilidad y la duración prolongada del régimen político republicano, sobre la base de un sistema defectuoso. Veamos los elementos teóricos de su concepción de la sobernia política y la construcción del Estado, de abajo hacia arriba, de Gabriel Salazar.

Según nuestro autor, un orden político propiamente tal, no debe ser juzgado por su sola prolongación en el tiempo, sino que debe ser estimado por sus dos variables o criterios más importantes: (1) el grado de participación efectiva, soberana y deliberada de la ciudadanía en su ideación e instalación, puesto que ahí radica su legitimidad. (2) El nivel de desarrollo económico, social y cultural que es capaz de generar en todos los sectores de la sociedad civil. De este modo sintetiza que, (3) un régimen verdaderamente eficiente, es aquel que permite que la masa ciudadana se transforme en un actor colectivo, para que la soberanía popular se ejerza libremente y alcance el bienestar popular. Este marco teórico de Salazar, proporciona el esquema mediante el cual el Estado portaliano es caracterizado como un orden perdurable, pero políticamente enfermo, esto debido a que constituye un orden político instaurado mediante un proceso de golpe de estado oligárquico, que no cumple ninguna de las condiciones ya especificadas, pues se excluyo en su construcción nacional, a las comunidades, la ciudadanía, a los pueblos en sí. Es decir, que el actual régimen democrático chileno, fundado en una tradición autoritaria y portaliana, tampoco cumpliría con la condición de ser un orden político deliberativo y soberano de la ciudadanía.

Lo primero que se menciona como elemento importante, es que los colonos americanos (por medio de una tradición medieval reconocida por Alfonso X el sabio), siempre fueron pueblos con fueros, frente a los cuales los reyes debían comportarse bajo una ética cívica. Según esta ética, el rey debía reconocer la soberanía específica de los pueblos en cuanto estos podían apoderarse de la tierra y someterla al trabajo productivo, como un deber y derecho inherente del pueblo. Estas comunidades, los pueblos, se constituían como tales por medio de los Ayuntamientos o Cabildos, pues estos eran los lugares de reunión en los cuales la comunidad podía hablar, tomar decisiones y hacer valer su fuero. Sin embargo, a pesar de este carácter original del Derecho de los Pueblos a la soberanía como comunidades hispanoamericanas, fue desarrollado por los Reyes hispanos en la dirección contraria de la comunidad, en el afán de crear una nueva elite señorial que les permitiera establecer una efectiva colonización, por lo cual se impulso la creación de un aparato burocrático intermedio, que sirviera de puente político entre las masas colonizadoras y la Corona. En este proceso, los reyes incluyeron progresivamente los oficios de elección popular para los Cabildos en la nomina de los Oficios Reales (Carlos V, por ejemplo, tendió a reemplazar la asamblea de vecinos por las sesiones de sus representantes, los llamados capitulares). De este modo la burocracia real se imponía a los núcleos de soberanía popular por los capitulares, a la vez que los cabildos quedaban entregados en las manos de las burguesías coloniales, el patriciado mercantil. Así se perdía poco a poco el derecho soberano de los pueblos: al momento de la captura de Fernando VII, los Cabildos agrupaban dos tipos distintos de Oficios: (1) los oficios concejiles vinculados a las comunidades productoras, al Pueblo, y (2) los oficios imperiales en los cuales se ocupaba la elite colonial: el mercado intercolonial y la gobernación local. El patriciado mercantil, en sus ansias de poder, deseaba transformar su creciente poder comercial en un poder político, por lo cual, antes, pero más abiertamente luego de la crisis imperial de 1808, utilizaron el Cabildo como contrapoder frente al poder universal, absoluto y centralista del Imperio hispano. De este modo, ya antes de 1808, esta clase ya poseía para sí los oficios con incidencia en el tráfico comercial, a la vez que por medio de la compra de varas, habían ocupado puestos de importancia, de regidores perpetuos de los cabildos, desplazando a la comunidad del trabajo, originarios depositarios del poder comunal. De este modo, el patriciado comercial pudo hacer uso político del derecho de los pueblos para su propio beneficio, imponiéndose al poder monárquico de los peninsulares en nombre del pueblo primero, para luego, una vez consolidada la independencia criolla, desplazar y desechando a los pueblos y los cabildos provinciales de su rol constructor soberano, consolidando dentro del sistema en cambio, el rol mercantil y liberalizando los mecanismos de acumulación de Capital. A la vez que el Cabildo de Santiago comenzó a ser utilizado de modo progresivo como si fuese un Parlamento (centralización), los Cabildos provinciales aun mantuvieron viva una consistente racionalidad productivista, provocándose unas tensiones entre dos órdenes políticos: (1) el primero puede relacionarse el movimiento democrático liberal de 1822, de los pueblos de provincia con su ética productivista, y de los generales democráticos quelucharon por ella, como Ramón Freire; y (2) un segundo grupo que ignoro la tradición de la soberanía popular y los proyectos constitucionales emanados de ella, y glorifico la figura de los golpistas Bernardo O’Higgins y Diego Portales. Finalmente, fue la segunda posición la que se impuso sobre la primera (a partir de 1833), provocando un aplastamiento de todas las tradiciones surgidas en el espacio local y cotidiano. He aquí la tradición sobre la cual siempre se ha ocultado y mistificado todo concepto de soberanía popular, y se ha encumbrado un concepto unidimensional de independencia política, como si hubiese sido un proceso homogéneo estrechamente relacionado con la aristocracia criolla.

 

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