Crisis y descomposición del Estado Imperial Español, de la erosión económica a la liberalización de las economías americanas del sur: Argentina, Uruguay y Chile (Camilo Reyes)

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Para analizar correctamente el proceso global de erosión del sistema económico imperial español (proceso que comienza a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, con las reformas liberales de 1778), y los procesos locales de la liberalización de las economías americanas del sur tras las independencias, debemos conocer, en primer lugar, las condiciones económicas que instauro el gobierno imperial sobre las distintas localidades americanas, para entender adecuadamente el proceso de descomposición general del sistema, que abre los múltiples procesos económicos localistas que desarrollan las elites criollas en los territorios del sur. Comprender, como bien lo menciona Francisco Xavier Guerra, que el proceso global de las independencias, en su “simultaneidad y semejanza”, se inscribe, realmente, sobre un plano de “diversas economías” americanas.[1] Por esta razón cabe preguntarnos en términos globales, ¿de qué modo la economía imperial española pudo articular esta serie de “disimetrías” bajo un solo sistema comandado por la metrópolis? ¿En qué consistió -a grandes rasgos-, la articulación imperial española de las distintas localidades y economías americanas, que al desmontarse desato los procesos económicos diversos?

Para responder a estas preguntas es necesario primero, indagar sobre la naturaleza de unidad del Estado Imperial Español, para luego internarnos sobre lo específico y característico de cada economía local.

Una última aclaración importantísima es necesaria, antes de comenzar con el análisis dispuesto, y se corresponde con que, de todas las economías de América del sur, centraremos nuestro análisis en las republicas más australes del continente, es decir, las que se encuentran por sobre los 30° latitud sur: Argentina, Uruguay y Chile. Esto en busca de un análisis comparativo de las diferencias regionales, sobre la base de la geografía física y humana, por la similitud caracterológica y climatológica de las regiones, y también por la afinidad histórica de las regiones, pues los primeros grandes éxitos de las revoluciones independentistas, fueron realizados en esta región de América, además del hecho casi anecdótico de que, una vez realizadas las independencias, se pensó en hacer de Argentina y Chile, una sola nación soberana, hecho que denota cierta afinidad entre las regiones cordilleranas del este y oeste (también se podría mencionar aquí, la unidad confederativa entre los indígenas del este y el oeste, en plena época de resistencia a la conquista española, como otro componente histórico de la afinidad austral). Esto justifica en parte la adopción de un analisis comparativo entre estas regiones.

 

 

 

  1. Naturaleza de la Unidad del Estado Imperial Español

 

En primer lugar, cabe mencionar que esta unidad económica del Imperio con sus colonias, se encontraba estrechamente entrelazada y asegurada por la unidad política y jurídica del Imperio, por lo cual debemos destacar dos elementos que conforman esta unidad jurídica y económica del Estado Imperial: de un lado encontramos (a) la unidad basada en el origen divino del poder centralista del monarca, mientras que del otro, (b) la unidad monopólica del mercado intercontinental.

(a) Con respecto a la primera forma de unidad, debemos decir que tal unidad jurídica del Imperio con las colonias se sustentaba en un Estado de señorío donado por la santa sede, lo que en la práctica significo la instauración de toda una burocracia administrativa que se dibuja de la siguiente forma del poder real a las localidades: el Consejo de Indias en España à Virreinatos à Gobernaciones à Capitanías Generales à a los cargos menores. Pero el rasgo que nos interesa destacar aquí, para responder satisfactoriamente a las preguntas planteadas más arriba, es el de la política colonial, con respecto a la protección de sus contribuyentes, pues estos actores fueron los que incrementaron constantemente las arcas reales de la Corona. Colonos mineros, estancieros y productores fueron los mayores contribuyentes del Estado, pero a estos debemos sumar a la masa laboral indígena que se encontraba bajo la protección del brazo real. ¿Protegidos contra quienes?, pues contra quienes se convertirían luego en los mayores enemigos de la Corona, es decir, contra los grandes mercaderes, y los viejos y nuevos señores criollos de inclinación feudalizante y servidumbrista. Pero antes de avanzar, vuelvo a recalcar que estos protegidos del rey, nos interesa considerarlos en el aspecto de principales contribuyentes del Rey, por los impuestos reales que recaían sobre ellos.

(b) Con respecto a la unidad monopólica del mercado intercontinental, debemos decir que esta se logro, gracias al esfuerzo combinado de los grandes mercaderes hispanos, los grandes navegantes y la masa de colonos españoles pobres que descubrieron y colonizaron América. Este monopolio comercial establecido por la Corona, también se encontraba organizado de acuerdo a unos escalones jerárquicos, estratificados de la siguiente forma: Real Hacienda à la Casa de Contratación de Sevilla à hasta el Sistema Real de Aduanas. Aquí, lo importante de destacar, es que este monopolio comercial diseñado por el poder central, asfixiaba a los grandes mercaderes hispanos, principalmente debido a la competencia desigual que tenían con los grandes mercaderes ingleses y franceses. Esto les llevo a organizar luchas y presiones al poder real, movimientos que lograron concretar sus aspiraciones parciales en las Leyes Liberales de 1778, leyes que permitieron el libre tráfico y el comercio intercontinental, por medio de una competitividad regulada. Esta forzosa perdida del mercado real provoco los primeros procesos de descomposición importantes del Imperio: se produjo una crisis fiscal por la cual la Corona tuvo que vender, es decir, privatizar los cargos públicos que hasta el momento habían sido reintegrados a través de la figura de los Intendentes, a la vez que se inicio un proceso de descomposición de los monopolios estatales, como el del tabaco (por ejemplo), además de que en materia jurídica, también se privatizo el acceso a los títulos honoríficos de señorío. Con esto se abrió el camino para la hegemonía de los grandes mercaderes en América, quienes lograron oponerse exitosamente al pago de los impuestos. Por otra parte, una de las medidas negativas, sobre la cual tuvo que optar la Corona para apalear la reducción de sus ingresos, fue la del endurecimiento de los impuestos a sus contribuyentes, sus antiguos aliados y protegidos, lo que empujo a estos, es decir, a los productores, hacia la posibilidad de convertir sus fueros comunales [ayuntamientos, Cabildos] en soberanías nacionales.

Finalmente, en 1808, se produce la erosión del poder monárquico (la causa externa principal de las independencias), por la captura de Fernando VII, lo que abre los procesos económicos independientes de las localidades bajo el propio brillo de su singularidad.

De este breve análisis, ya podamos desprender los principales elementos de la articulación económica imperial española, comprender en segunda instancia la importancia de las reformas que intentaron salvar la situación pero que finalmente terminaron por erosionar la sociedad colonial americana [sobre todo de la influencia nefasta para el Imperio, a partir de las Leyes Liberales], abriendo la posibilidad del control soberano nacional al control de los criollos acaudillados localmente, tanto de productores como de grandes mercaderes.

 

 

  1. Liberalización de las economías americanas del sur:

Argentina, Uruguay y Chile

 

De este proceso de descomposición del Estado Imperial, debemos entender un consecuente proceso global de liberalización de las economías nacionales, en favor de las dos clases superiores que dominaron América tras el derrumbamiento general del Imperio, por medio de las Juntas de Gobierno y de los Cabildos: (a) la elite mercantil, que aprovecho los procesos de independencia para poder liberar los mecanismo de acumulación de Capital, y (b) los empresarios  productores, que desde antes del derrumbamiento, pero sobre todo desde la realización de las Juntas de Gobierno, poseen el poder necesario para disciplinar y administrar a los trabajadores, para convertir a sus extensas cuadrillas en montoneras, y en eventuales “ejércitos patrióticos”. Estas dos clases expresaron su poder de modelar el espacio social, de instaurar un sistema de extracción de los excedentes y de gestión directo de estos, bajo diversas configuraciones nacionales, en las cuales nos adentraremos para descubrir la forma de su poder económico local especifico.

Importante es señalar previamente, una observación global de Francisco Xavier Guerra, con respecto al panorama económico americano, que nos servirá de apertura a nuestro análisis de las condiciones especificas de la nueva economía nacional, que se abre para los países de América del Sur, a partir de las Independencias: “salvo en las regiones de agricultura tropical, la mayor parte de los sectores económicos y de los grupos sociales de América, no están esencialmente orientados hacia el exterior”.[2] Esto denota un elemento importantísimo para la comprensión de las economías que trataremos a continuación, pues estas (Argentina, Uruguay y Chile), no fueron economías orientadas al exterior, y mas bien, los países europeos que establecieron una influencia sobre ellas, se ocuparon de conjurar sus industrias y limitar sus desarrollos, en contraste con las economías americanas que funcionaron como factorías de los países europeos (Brasil con sus factorías de oro –Minas Gerais-, tabaco, algodón, cacao y arroz –este y noreste de Brasil-, y anteriormente azúcar; las Antillas con sus factorías de azúcar, café, índigo, algodón y cacao; plata en México; tabaco al norte de Florida).

Esto nos permite realizar una importante distinción, que nos servirá de apoyo y punto de arranque en nuestro análisis de las economías locales de los países del sur austral.

 

 

2.1. Revolución económica en el Rio de la Plata, Argentina

 

   Ad portas de la independencia en el Rio de la Plata, la elite criolla mercantil (mayoritariamente hispanos) se encontraban lo bastante unificada en las ideas de liberalización de la economía, que no tardo en imponer sus intereses económicos particulares a los productores rurales. El interés económico dominante era el de los comerciantes y compradores de Buenos Aires (grandes mercaderes), a tal punto de que la agricultura bonaerense constituía una parte comparativamente débil de la economía regional (por culpa de la falta de grandes estancias, la división de la tierra en numerosas propiedades y por las malocas indianas). Los pequeños y débiles productores rurales, quedaron a merced de los mercaderes porteños, que podían imponer sin problemas su hegemonía y control económico, manteniendo bajos los precios de los cueros y limitando la capacidad de exportación. Nuevamente resuenan las palabras de Francisco Xavier Guerra, esta vez de la mano de John Lynch para el caso particular del Rio de la Plata: “La producción rural de Buenos Aires no estaba orientada principalmente a la exportación (…) Los grandes comerciantes de Buenos Aires, por tanto, extraían sus beneficios, no de la exportación de los productos del campo, sino de la importación de bienes manufacturados para un mercado de consumo, que se extendía desde Buenos Aires a Potosí y Santiago, a cambio de metales preciosos.”[3] Además debemos agregar que para el último periodo colonial, los productos derivados de la ganadería correspondían al 20% de la exportación de Buenos Aires, mientras que lo demás, el 80% restante, correspondía a la exportación de plata.

Indudablemente nos encontramos frente a una economía basada predominantemente en la extracción y acumulación de metales preciosos, como en las condiciones señaladas por Marx en El Capital, de que el desarrollo del capitalismo en los países colonizados, se instala por medio la lucha entre dos sistemas económicos, el productivista y el capitalista, donde el segundo triunfa en favor de la destrucción del modo de producción y apropiación fundado sobre el propio trabajo de los productores, por medio de la instauración de las relaciones capitalistas de producción y apropiación.

La economía del Rio de la Plata ya se encontraba lista para vivir un proceso de expansión de esta lógica mercantilista, más allá del restrictivo modelo colonial de la economía. Buenos Aires ya cumplía su rol de puerto de entrada para el comercio a Sudamérica, a la vez que lograba establecer un vínculo comercial con la zona minera del Alto Perú, por lo cual ya se había consolidado su integración al comercio intercontinental. En este contexto, tanto comerciantes del cuero como estancieros esperaban una liberalización definitiva que les permitiera expandir su comercio más allá de las restricciones coloniales. Sin embargo, también se podían distinguir otros intereses, más allá del litoral de Buenos Aires, en la parte interior de la región (Córdoba, Mendoza y Tucumán), las industrias y la agricultura que abastecían a los mercados locales. Estos productores se encontraban, como ya mencione en el plano global, bajo la protección de la Corona, contra los abusos realizados por los grandes mercaderes hispanos.

Tras la Independencia, una vez roto el monopolio comercial español, se pudo avanzar hacia una liberalización de la economía produciéndose dos efectos contrarios en la región, según la distinción que hemos realizado, entre las provincias del litoral y las provincias del interior: de un lado, en cuanto a las provincias del litoral, se vieron beneficiadas, pues pudieron aprovecharse del desarrollo el comercio ultramarino, avanzar hacia un proceso de competencia de los precios, estimulando la posibilidad de conseguir mejores precios para las exportaciones, a la vez que un acceso a un mercado de productos más baratos para las importaciones, con lo cual el comercio exterior se incremento considerablemente. Tanto consumidores como la clase mercantil se vieron altamente beneficiados. Mejoro la perspectiva de la industria ganadera (que se encontraba oprimida por los monopolios hispanos), pues desde ahora, ellos tenían acceso directo a mercados mas amplios para la venta de sus cueros y otros productos animales. La tierra aumento su valor con lo cual, ganaderos y productores de carne empezaron a incrementar sus ganancias.

Mientras que la otra cara de la moneda la expresaron las provincias del interior, antiguos protegidos de la Corona, quienes entraron en un proceso de grave recesión. Las industrias de Córdova, Mendoza, Salta y Tucumán, industrias textiles, vinicultura y azúcar, quienes realizaban su producción y venta por medio del mercado local y regional, ahora se encontraban expuestas a la dura competencia de mercancías más baratas y mejores procedentes de Europa y Brasil, traídas bajo la política de libre mercado seguida por Buenos Aires.

 

 

2.2. Reacción contra Rio de la Plata: Uruguay

 

Con respecto a la economía de Uruguay, perteneciente antes de su Independencia al Virreinato de la Plata (al igual que Paraguay), podemos decir que llego a convertirse en la colonia más rica en reservas de ganado de todo el Rio de la Plata. Estas tierras eran trabajadas y recorridas por los gauchos nómades de origen mestizo y mulato, que originalmente criaban ganado cimarrón. Este interés por la cría de ganado, fue utilizado y desarrollado por los inmigrantes llegados desde España, actores que ayudaron a crear y expandir una poderosa industria ganadera. De este proceso, se produjo el desarrollo de una clase aristocrática terrateniente: este grupo se enriqueció por medio de las concesiones de tierra que dividieron el país en una serie de grandes estancias basadas en el trabajo de guachos y de esclavos.[4] Estos propietarios eran dueños de inmensas fincas, patriarcales y autosuficientes, estancias que atrajeron a comerciantes de provincias, que pronto se convirtieron en exportadores de cueros y carnes salada, constructores de barcos y traficantes de esclavos.

El puerto comercial de Montevideo constituyo un importante foco de contrabando, que quito gran parte del comercio portuario a Buenos Aires. Luego en la época de las Leyes Liberales de 1778, Montevideo pudo participar del comercio libre y obtener cuantiosos beneficios, generando una gran enemistad en su rival portuario bonaerense, pues rápidamente entraron en competencia por atraer a los mercados europeos y americanos. Por esta razón, es que Buenos Aires, en vísperas de la Independencia, comenzó a negarse a ceder ante las demandas monopolistas y las concesiones solicitadas desde Montevideo, por lo cual quedo de manifiesto esta enemistad.

Luego del estallido revolucionario (impulsado por la molestia de los estancieros frente a los impuestos de propiedad y de comercio, y por la declaración de guerra a Buenos Aires de la mano de Elio), el gobierno de Artigas, en 1815, se propuso “promover la economía de la totalidad de Rio de la Plata sobre la base de la libertad de comercio para las provincias en general y para la Provincia Oriental en particular. Esto suponía el comercio con Gran Bretaña.”[5] Este comercio británico quedaba reducido a la Banda Oriental (con prohibición de una penetración al interior), por medio del cual se desarrollo una gran actividad comercial que hizo obtener unos grandes beneficios a la aristocracia agraria y mercantil.

 

 

2.3. Chile

 

En plena crisis del Estado Imperial, comenzó a surgir fuertemente la idea de la generación de un poder local (nacional), para anteponerlo frente al decadente poder central hispano. De este modo, las comunidades coloniales asumieron la crisis del Estado Imperial, desarrollando su poder paralelo, igualmente tensionado por un conjunto de desigualdades y disputas internas. En este tensionado medio social, se comenzaron a impulsar los procesos de autonomización conjunta de los pueblos chilenos, para avanzar a la creación del nuevo Estado Liberal, que terminara siendo, al final del proceso de instauración del Estado autoritario en 1833, un Estado Oligárquico.

Para 1810, las clases sociales se encontraban en la siguiente posición de intereses que los distinguían particularmente a unas de otras, sobre el interés común por la independencia: las clases superiores se encontraban divididas en, (i) los mercaderes de Santiago, La Serena y Concepción (grupo que lucho por revertir la hegemonía de los mercaderes de Lima); y (ii) los cosecheros y mineros locales (grupo que intento sacudirse de las expoliaciones mercantiles que aguardaban en todos sus frentes: bodegaje, crédito, maquilas, pago de impuestos, etc.). Estos eran los polos de los intereses representados y elevados en los cabildos. Por otra lado, se encontraba (iii) la masa marginal y laboral, de la cual cierta parte derivo hacia el saqueo y el bandidaje, la maloca, como alternativa a las duras condiciones de trabajo forzado que se les ofrecía.

De este modo se conformaron las condiciones propicias para el surgimiento de una legitimidad social, por medio del ejercicio del dialogo ciudadano en los cabildos, y del poder en “el derecho de los pueblos” (sobre el que se apoyaban los productores) de mantener bajo control al gobierno nacional naciente. Sin embargo, no obstante, persistía en el dominio y hegemonía social dispuesta por los monopolistas (los grandes mercaderes de Lima, Santiago-Valparaíso y de Concepción), dominio subrayado por las leyes liberales de 1778, y que se mantenía a pesar de la crisis del Estado Imperial, y el impulso por generar un nuevo Estado Independiente. Estos monopolistas se habían resistido exitosamente al pago de impuesto, que en cambio, recaía sobre los productores (empresarios, patrones), y también a conceder préstamos, tanto a la Corona como al nuevo Gobierno Patriota que se comenzaba a conformar. A esto se sumaba que tras el anterior aumento de los impuestos (post-leyes liberales), se redujeron no solo las ganancias de la Corona, sino que además, las ganancias de mineros, cosecheros y artesanos, aumentando la cesantía y el vagabundaje.

De este modo, en este contexto es que se comienza el proceso de construcción de Estado, sobre la base del dialogo en el primer lugar de encuentro ciudadano, que era el Cabildo local, que luego en 1811, se llevaría hacia una instancia superior que fue el Congreso Nacional, es decir, la constitución de una Federación de Cabildos, para la convención general de los “Pueblos” chilenos.

Como abra de suponerse, la masa marginal y laboral quedaba excluida de esta ilustre instancia de los cabildos, aunque alcanzaba una supuesta representatividad a través de los patrones y productores. Sin embargo, quienes poseían la hegemonía social, también tendían a poseer mayor influencia dentro de estas instancias “populares”. Este “dialogo ciudadano”, se dio principalmente entre las dos clases superiores de la sociedad chilena de la época: la elite mercantil (los grandes mercaderes), que poseía el poder de acumulación de capital, y buscaba la liberalización de las barreras que obstruían tal acumulación, y los empresarios productores (dueños de predios rústicos o de minas, los productores), que poseían el poder necesario para disciplinar y administrar trabajadores. Ambas clases tenían derecho a asistir a las sesiones de los Cabildos y al Congreso, en su calidad de propietarios, según sus intereses particulares de: (i) someter a los mercaderes de Lima, controlar a los mercaderes franceses y anglosajones, y dominar el mercado del pacifico [los monopolistas]; y (ii) acabar con los monopolios americanos dueños del mercado regional de Lima, Potosí, Buenos Aires y Tucumán, que bloqueaban los intereses de crecimiento de los productivistas, en su objetivo de erigir un poder local al servicio de las actividades productivas de la localidad.

De este modo, los acontecimientos ocurridos durante el periodo de la Patria Vieja (1810-1814), se enmarcan en este proceso propio de las clases sociales superiores, en la legislación y codificación nacional según sus intereses socioeconómicos. Mercaderes y patrones, ambos fueron considerados como personas con iguales derechos cívicos, aptos para el dialogo ciudadano en las sesiones locales de los Cabildos y nacionales del Congreso (aunque como hemos mencionado anteriormente, la hegemonía la tenían los monopolistas en Cabildos importantes estratégicamente hablando, como el de Santiago); tomando siempre en consideración, que en el arte de la guerra, en los medios militares, eran los patrones quienes llevaban la ventaja sobre los grupos mercantiles, porque tenían mando sobre extensas cuadrillas de trabajadores, susceptibles de ser tomadas como comandos y montoneras dispuesta a la conformación de un eventual ejercito patriota que vería su irrupción en la acción durante la respuesta realista del Virreinato del Perú.

Durante los cuatro años de la Patria Vieja que sucedieron, se manifestaron una serie de fracasos en materia política e institucional. Si bien la libertad de comercio era una manifestación de la necesidad de las clases patronales y mercantiles (ya que felizmente para ellos se abrieron los puertos al comercio internacional mediante un decreto de enero de 1811), frente a la cual existía gran consenso, en materia institucional esta fase se caracterizo por una gran inestabilidad. El resultado de la primera asamblea representativa y del Congreso fue más bien negativo: se introdujeron una serie de reformas liberales que terminaron por provocar una evidente división entre miembros radicales y conservadores. No se conto con consenso frente a estas, y mas bien, muchos integrantes se mostraron cautos. Se dibujo una división inicial entre Rozas y su grupo radicalizado, y los miembros conservadores del Congreso. El Cabildo de Santiago había solicitado el derecho de enviar al Congreso a 12 diputados, por lo cual los diputados provinciales manifestaron su disgusto. Se pronuncio una polaridad entre los partidarios del centralismo y del federalismo. Se produjo un cierto quiebre que hizo manifestar la división entre la provincia de Santiago y Concepción.

 

 

  1. Conclusiones entorno a los procesos de liberalización

en Argentina, Uruguay y Chile

 

De esta exposición de los procesos de liberalización económica, por medio de las Independencias de Chile, Argentina y Uruguay, podemos concluir en términos generales que quienes terminaron tomando el control del sistema económico, tras la descomposición de los monopolios y la liberalización de la economía, fueron los grandes mercaderes, nuevos monopolista que acaudillaron el poder político y social, más que nada, creando los mecanismos para la conformación de nuevos monopolios comerciales que escaparan a los antiguos dominios establecidos. En el caso de Chile, el movimiento de liberalización se construyo, básicamente, por oposición al Virreinato de Perú, y en vista de un acceso libre al océano pacifico sin restricciones monopólicas comandadas desde el extranjero, mientras que en el caso de Argentina, la elite criolla se lanzo en contra del propio Virreinato de la Plata con sede en Buenos Aires. Por parte de Uruguay, siguiendo su propia línea autonomista, no aceptó el proceso de Independencia de la elite de Buenos Aires como suyo, y la elite se planteo realizar su propia Independencia, para sacudirse del influjo de Brasil, tanto como de Argentina.

En cuanto a la relación entre las provincias dominantes y dominadas, Chile estableció, en primera instancia, un sistema confederado de Cabildos, a través del cual se pretendió, no solo la democracia política de los pueblos, sino que también un equilibrio entre productores de las provincias y grandes mercaderes de Santiago-Valparaíso, balanza que termino por equilibrarse, en definitiva, a favor de la provincia de Santiago y de los nuevos monopolistas; en el caso de Argentina, las provincias del interior, también productivistas, se vieron opacadas y aplastadas por el libre comercio establecido por Buenos Aires; mientras que en Uruguay, esta relación entre productivistas y grandes mercaderes parece estar mejor integrada y equilibrada, quizás debido al afán autonomista que los lleva mejor a consolidarse. Quizás la diferencia entre las actitudes de las aristocracias de chilena y uruguaya, con respecto a las provincias productivistas, se explique por la necesidad de autonomía del Uruguay, que les llevo consolidar una unidad más estrecha, mientras que Chile en su condición de aislamiento, ya gozaba de cierta autonomía que le permitía a los nuevos monopolistas, sometes centralizadamente a las provincias.

En general, los procesos de liberalización de la economía en Chile y Argentina, terminaron por aplastar la capacidad de desarrollar una industria, a lo menos en esta primera etapa, mientras que en Uruguay, la industria de la carne, el cuero y otros productos animales se potencio a partir de la Independencia.

Ya hemos trazado el cuadro de las grandes transformaciones que se producen en las economías de las regiones. Con respecto a la continuidad de las estructuras sociales, en el transcurso de la colonia a la republica, debemos mencionar que, en términos generales, se mantiene la hegemonía establecida desde las Leyes Liberales de 1778, por parte de los grandes mercaderes, del patriciado mercantil, por sobre los productores y las demás clases bajas y populares de la sociedad. Por último, me quisiera quedar con unas palabras expresadas por F. X. Guerra, que sancionan muy bien esta relación de cambio, pero sobre todo de continuidad, que he expresado en estas últimas líneas de esta conclusión: “el carácter revolucionario del proceso abierto en 1808, sigue siendo normalmente aceptado, pero muchas veces el adjetivo <<liberal>> viene a disminuir la fuerza de la palabra revolución, como indicando una revolución limitada: el transito del Antiguo Régimen a la sociedad burguesa, considerada esta y aquella, fundamentalmente por sus rasgos institucionales, sociales y económicos.”[6]

 

*          *          *

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

 

– Francisco Xavier Guerra, Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispanoamericanas, https://rodrigomorenog.files.wordpress.com/…/guerra-modernidad-e-ind….

 

– John Lynch, Las revoluciones hispanoamericanas (1808-1826), Editorial Ariel, S.A., Barcelona

 

– Gabriel Salazar, Arturo Mancilla y Carlos Duran, Historia Contemporánea de Chile I. Estado, legitimidad y ciudadanía, LOM Ediciones, Santiago de Chile, 2012

 

 

 

[1] Versión digital del texto, Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispanoamericanas, https://rodrigomorenog.files.wordpress.com/…/guerra-modernidad-e-ind…,,  pág. 17

[2] Ibíd., pág. 81

[3] John Lynch, Las revoluciones hispanoamericanas (1808-1826), pág. 51, Editorial Ariel, S.A., Barcelona

[4] Ibíd., pág. 93

[5] Ibíd., pág. 101

[6] Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispanoamericanas, https://rodrigomorenog.files.wordpress.com/…/guerra-modernidad-e-ind…,,  pág. 13

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