La Patria Vieja en Chile. (Camilo Reyes)

escudo_pvieja

 1. Caracterización de la época. 

Para caracterizar adecuadamente el periodo denominado de la Patria Vieja, desde el punto de vista de la historia política y social, es necesario entender el contexto histórico social general de la época de transición de la colonia a la republica, periodo más largo sobre el que se inscribe el periodo de 1810-1814. De esta forma se podrá caracterizar bien el problema de las clases sociales y del funcionamiento de la economía, y con esto, se podrá entender más satisfactoriamente el campo sobre el que se desarrollan los acontecimientos de la Patria Vieja. Primeramente, me remontare a la crisis del Estado Imperial Español, para entender el periodo que se abre a partir de 1808 con la captura de Fernando VII, y poder entender los elementos fundamentales que se introducen al sistema estatal, del nuevo Estado Oligárquico Liberal que se comienza a construir. En otras palabras, realizare un análisis del decadente Estado Imperial en Chile (a), y luego del naciente Estado Oligárquico Liberal (b), momento en el que se inscribe el periodo de la Patria Vieja (1770-1810), para entender la composición política y económica de la sociedad. Para este cometido me apoyare sobre todo, en un texto de Gabriel Salazar, Arturo Mancilla y Carlos Duran, Historia Contemporánea de Chile I. Estado, legitimidad, ciudadanía.

(a) El Estado Imperial (que antecedió a la construcción del Estado Oligárquico), se sostenía por medio de dos lógicas abstractas de unificación, que no lograron sujetar el poder real: (i) la idea de un origen divino del poder centralista del monarca; idea que se veía reforzada por la condición del Imperio español, como un Estado de Señorío, donado por la santa sede. Esto imponía en lo cotidiano, toda una burocracia administrativa del Imperio a sus súbditos, una estructura jerarquizada que abarca desde el Consejo de Indias en España a los cargos menores en las distintas localidades [Consejo de Indias –> Virreinatos –> Gobernaciones –> Capitanías Generales –> Cargos Menores como los Cabildos], con instituciones de vigilancia como lo era La Real Audiencia. Este sistema de poder monárquico se basaba en lo social, en una política colonial, dispuesta a la protección de sus súbditos, protección social que se extendía en lo más alto, a los colonos mineros, a los estancieros y productores, y en lo bajo, a la masa laboral indígena. Ambos sectores, eran los contribuyentes principales del Imperio. Más abajo, esta protección monárquica, también cobijaba a las masas de mendigos de mendigos, viudas y desamparados. Estos tres grupos constituían las clases plebeyas que se guardaban bajo la protección de la corona, para intentar protegerse de la voracidad de los Grandes Mercaderes, y de los viejos y nuevos señores criollos que tenían una inclinación feudalizante, es decir, a la servidumbre.

(ii) La segunda lógica abstracta de unificación, tenía que ver con la idea imperial de unificación monopólica del mercado internacional, idea que también amenazaba hace rato con desmoronarse. Esta unidad se lograba mediante el esfuerzo combinado de los grandes mercaderes, los grandes navegantes, la masa de colonos españoles pobres que descubrieron y colonizaron América. El monopolio comercial metropolitano, también se estructuraba por medio de escalafones jerárquicos: Real Hacienda à La Casa de Contratación de Sevilla à Sistema Real de Aduanas. El monopolio comercial diseñado por el poder central hispano, asfixiaba los intereses de los grandes mercaderes hispanos, debido a la competencia con los grandes mercaderes ingleses y franceses, lo que les llevo a iniciar luchar en contra del monopolio económico imperial, luchas que desde 1778, se verían materializadas en las Leyes Liberales que les permitirían una mayor apertura económica intercolonial, es decir, un comercio interamericano, y el establecimiento de una competitividad mas regulada.

Frente a esta situación conducida por el Estado Imperial Español, no se hicieron esperar las consecuencias de haber entregado más poder a los grandes mercaderes: a raíz de la disminución de las rentas imperiales por el avance mercantilista, se provocó una crisis fiscal, por la cual la Corona tuvo que vender, es decir, privatizar, el acceso a los cargos públicos, también destruir y vender parte de sus monopolios estatales (como el del tabaco), y títulos honoríficos de señorío. Esto es, la entrega de parte importante de su soberanía a sus enemigos de clase, los grandes mercaderes. Como era de esperarse, frente a la disminución de las rentas imperiales, se produjo un alza en el cobro de los impuestos reales, impuestos que recaían en los estratos contribuyentes ya descritos más arriba, los estratos plebeyos y productores. Estos últimos, frente al evidente debilitamiento del poder real, comenzaron a ver la posibilidad de que sus fueros comunales (los cabildos), pudiesen convertirse en soberanías nacionales. Y a grandes rasgos, estos procesos sociales fueron los sucesos que terminaron por erosionar a la sociedad colonial monárquica de comienzos del siglo XIX. Si ahora consideramos que la monarquía española terminó presa de su destino napoleónico, podemos entender la situación económica de las clases sociales, la posición de los productores locales, y los procesos históricos impulsados por estos actores, frente a la época que se abre a partir de l808 con la captura del monarca español.

 

(b) Fue así, que en plena crisis del Estado Imperial, comenzó a surgir fuertemente la idea de la generación de un poder local (nacional), para anteponerlo frente al decadente poder central hispano. De este modo, las comunidades coloniales asumieron la crisis del Estado Imperial, desarrollando su poder paralelo, igualmente tensionado por un conjunto de desigualdades y disputas internas. En este tensionado medio social, se comenzaron a impulsar los procesos de autonomización conjunta de los pueblos chilenos, para avanzar a la creación del nuevo Estado Liberal, que terminara siendo, al final del proceso de instauración del Estado autoritario en 1833, un Estado Oligárquico.

Para 1810, las clases sociales se encontraban en la siguiente posición de intereses que los distinguían particularmente a unas de otras, sobre el interés común por la independencia: las clases superiores se encontraban divididas en, (i) los mercaderes de Santiago, La Serena y Concepción (grupo que lucho por revertir la hegemonía de los mercaderes de Lima); y (ii) los cosecheros y mineros locales (grupo que intento sacudirse de las expoliaciones mercantiles que aguardaban en todos sus frentes: bodegaje, crédito, maquilas, pago de impuestos, etc.). Estos eran los polos de los intereses representados y elevados en los cabildos. Por otra lado, se encontraba (iii) la masa marginal y laboral, de la cual cierta parte derivo hacia el saqueo y el bandidaje, la maloca, como alternativa a las duras condiciones de trabajo forzado que se les ofrecía.

De este modo se conformaron las condiciones propicias para el surgimiento de una legitimidad social, por medio del ejercicio del dialogo ciudadano en los cabildos, y del poder en “el derecho de los pueblos” (sobre el que se apoyaban los productores) de mantener bajo control al gobierno nacional naciente. Sin embargo, no obstante, persistía en el dominio y hegemonía social dispuesta por los monopolistas (los grandes mercaderes de Lima, Santiago-Valparaíso y de Concepción), dominio subrayado por las leyes liberales de 1778, y que se mantenía a pesar de la crisis del Estado Imperial, y el impulso por generar un nuevo Estado Independiente. Estos monopolistas se habían resistido exitosamente al pago de impuesto, que en cambio, recaía sobre los productores (empresarios, patrones), y también a conceder préstamos, tanto a la Corona como al nuevo Gobierno Patriota que se comenzaba a conformar. A esto se sumaba que tras el anterior aumento de los impuestos (post-leyes liberales), se redujeron no solo las ganancias de la Corona, sino que además, las ganancias de mineros, cosecheros y artesanos, aumentando la cesantía y el vagabundaje.

De este modo, en este contexto es que se comienza el proceso de construcción de Estado, sobre la base del dialogo en el primer lugar de encuentro ciudadano, que era el Cabildo local, que luego en 1811, se llevaría hacia una instancia superior que fue el Congreso Nacional, es decir, la constitución de una Federación de Cabildos, para la convención general de los “Pueblos” chilenos.

Como abra de suponerse, la masa marginal y laboral quedaba excluida de esta ilustre instancia de los cabildos, aunque alcanzaba una supuesta representatividad a través de los patrones y productores. Sin embargo, quienes poseían la hegemonía social, también tendían a poseer mayor influencia dentro de estas instancias “populares”. Este “dialogo ciudadano”, se dio principalmente entre las dos clases superiores de la sociedad chilena de la época: la elite mercantil (los grandes mercaderes), que poseía el poder de acumulación de capital, y buscaba la liberalización de las barreras que obstruían tal acumulación, y los empresarios productores (dueños de predios rústicos o de minas, los productores), que poseían el poder necesario para disciplinar y administrar trabajadores. Ambas clases tenían derecho a asistir a las sesiones de los Cabildos y al Congreso, en su calidad de propietarios, según sus intereses particulares de: (i) someter a los mercaderes de Lima, controlar a los mercaderes franceses y anglosajones, y dominar el mercado del pacifico [los monopolistas]; y (ii) acabar con los monopolios americanos dueños del mercado regional de Lima, Potosí, Buenos Aires y Tucumán, que bloqueaban los intereses de crecimiento de los productivistas, en su objetivo de erigir un poder local al servicio de las actividades productivas de la localidad.

De este modo, los acontecimientos ocurridos durante el periodo de la Patria Vieja (1810-1814), se enmarcan en este proceso propio de las clases sociales superiores, en la legislación y codificación nacional según sus intereses socioeconómicos. Mercaderes y patrones, ambos fueron considerados como personas con iguales derechos cívicos, aptos para el dialogo ciudadano en las sesiones locales de los Cabildos y nacionales del Congreso (aunque como hemos mencionado anteriormente, la hegemonía la tenían los monopolistas en Cabildos importantes estratégicamente hablando, como el de Santiago); tomando siempre en consideración, que en el arte de la guerra, en los medios militares, eran los patrones quienes llevaban la ventaja sobre los grupos mercantiles, porque tenían mando sobre extensas cuadrillas de trabajadores, susceptibles de ser tomadas como comandos y montoneras dispuesta a la conformación de un eventual ejercito patriota que vería su irrupción en la acción durante la respuesta realista del Virreinato del Perú.

Durante los cuatro años de la Patria Vieja que sucedieron, se manifestaron una serie de fracasos en materia política e institucional. Si bien la libertad de comercio era una manifestación de la necesidad de las clases patronales y mercantiles (ya que felizmente para ellos se abrieron los puertos al comercio internacional mediante un decreto de enero de 1811), frente a la cual existía gran consenso, en materia institucional esta fase se caracterizo por una gran inestabilidad. El resultado de la primera asamblea representativa y del Congreso fue más bien negativo: se introdujeron una serie de reformas liberales que terminaron por provocar una evidente división entre miembros radicales y conservadores. No se conto con consenso frente a estas, y mas bien, muchos integrantes se mostraron cautos. Se dibujo una división inicial entre Rozas y su grupo radicalizado, y los miembros conservadores del Congreso. El Cabildo de Santiago había solicitado el derecho de enviar al Congreso a 12 diputados, por lo cual los diputados provinciales manifestaron su disgusto. Se pronuncio una polaridad entre los partidarios del centralismo y del federalismo. Se produjo un cierto quiebre que hizo manifestar la división entre la provincia de Santiago y Concepción.

Dos golpes de Estado encabezados por Carrera, primero el 15 de noviembre en 1811 (con el asesinato de congresistas y la consecuente disolución del Congreso), y luego de su remoción del cargo, su captura por los realistas, y liberación y regreso a Santiago, el 23 de julio de 1814 (donde derroco el gobierno de Lastra y se reinstalo como dictador), no contribuyeron a estabilizar la situación, sino que por el contrario, provocaron el rechazo de O’Higgins, y la división patriótica en dos bandos, división que provoco una breve guerra civil, y la desprotección frente a las fuerzas realistas.

Uno de los importantes puntos que podría haber sido piedra angular de la unidad nacional, fue la conformación y consolidación del sistema defensivo, del ejército nacional, pero esta dimensión de igual modo presento las divisiones ya presentadas (entre O’Higgins y Carrera) frente a la invasión realista, que lo volvieron inoperante: las campañas contra las tres invasiones realistas enviadas por el Virreinato del Perú (Pareja, Gaínza y Osorio), presentaron evidentes fracturas en momentos importantísimos de la guerra, entre sectores patriotas. Esto sumado a las faltas de decisión política por parte del sector del comandante en jefe, hicieron retroceder a las tropas patriotas en Talca hasta la pérdida del ejercito patriota en Rancagua.

En cuanto al punto de vista de la difusión de las ideas revolucionarias. Las doctrinas revolucionarias propagadas a través de periódicos como La Aurora de Chile, dirigido por el Fray Camilo Henríquez, no tuvo la recepción y ni la aceptación universal. A muchos ciudadanos, el repentino fin de la colonia y la instauración de una institucionalidad liberal los tomo por sorpresa, por lo cual no aceptaron fácilmente tales ideas republicanas. Muchas provincias del sur, así como poblados indígenas manifestaron su apoyo a las fuerzas realistas, mientras que a ojos de muchos, la conformación del Congreso les genero el temor de caer en un utopismo y en la inoperancia gubernamental. En este sentido, la revolución intelectual tuvo que enfrentarse a la completa falta de cultura cívica, y las arraigadas costumbres coloniales que actuaban naturalmente en toda la población del territorio, así como a la resistencia de algunas facciones terratenientes acostumbradas a las relaciones económicas de la servidumbre.

De este modo, y por estas razones globales, es que La Patria Vieja se puede caracterizar como una etapa de experimentación y de incertidumbre en muchos aspectos, de inestabilidad institucional, así como de una etapa de “ensayo político”, pero también de confusión y división entre las distintas facciones del propio bando patriota, más que nada debido a las inmensas dificultades y resistencias que tuvo que enfrentar el bando patriota, además de que tuvieron que sortear su propia falta de experiencia, y de poder crear una cultura y conciencia revolucionaria, donde no había ninguna base anterior de esta en absoluto.

 

2. Ideas políticas y actitudes revolucionarias en el proceso de la independencia.

Las principales (i) ideas políticas y (ii) actitudes revolucionarias de la época de independencia que caracterizaron al movimiento liberal y patriótico son:

(i) En el dominio de las ideologías revolucionarias: (a) la existencia de principios. En primer lugar hay que destacar que toda ideología se sustenta en principios que sirven de sustento a los desarrollos eidéticos: la creencia en la existencia de leyes naturales como mecanismos reguladores y ordenadores de los órdenes físicos y de la vida humana, es decir, “las leyes básicas de la sociedad de los hombres”. Esto a raíz de que, difícilmente sería posible arrancar la idea de la participación de lo divino y lo superior sobre lo social, por lo cual los liberales construyeron su teoría a partir de esta idea que se tenía por costumbre. Al ordenamiento de la naturaleza gobernada por lo superior, le correspondía el ordenamiento de la sociedad, unida por medio de un contrato social, para ser dirigida por un gobierno que cumpliera la función de la regulación social; esto para que los hombres pudiesen vivir de acuerdo a la naturaleza, bajo un sistema de gobierno. Pero en vista de superar el mero estado de la sociedad, como una unidad ligada simplemente por las costumbres, los liberales se plantearon la necesidad de regularizar y consolidar tal unión por medio de una constitución, para asegurar de este modo, que la soberanía se retuviera en el pueblo. Por esto se sostuvo la idea de un gobierno representativo, como único mecanismo valido de delegación de la soberanía.

Luego nos encontramos con (b) la idea de la existencia de diferentes clases de gobierno: esta idea sostenía, principalmente, el principio de que entre las diferentes formas que puede asumir un gobierno del pueblo, la más conveniente a los derechos de este, es la forma republicana, superior a la monárquica y como sinónimo de gobierno democrático. Dentro de esta forma de gobierno, se englobaba otra correspondiente, la de las elecciones populares, la del sufragio. Sin embargo, cabe decir, que solo la aristocracia (los propietarios) tuvo derecho a voto, es decir, una parte muy reducida del ámbito popular.

Luego surge (c) la idea del constitucionalismo: obviamente, tanto la idea de sobernaria popular, como la idea de representativo, debían establecerse de forma publica y escrita, materializadas en una constitución, como mecanismo legal para la regulación exitosa de la sociedad. Tanto la constitución estadounidense como la constitución española sirvieron de modelos para la construcción de la constitución chilena, cuyo contenido esencial fue poder establecer la función del equilibrio de los poderes, por lo cual se estableció la clásica y liberal disposición de los tres poderes separados: en palabras de Irrisarri, “la ley que arregla los negocios interiores y exteriores del Estado; la ejecución de ese ley y la administración de la misma en los negocios domésticos y civiles”, aunque la definición mas clara se establece entre un poder ejecutivo, uno legislativo y uno judicial.

(d) Los derechos naturales: en esta concepción los derechos individuales se encontraban indudablemente entrelazados a los derechos nacionales. Entre los derechos individuales que se encumbraban como nacionales se encontraban el derecho a la seguridad en los aspectos legales, el derecho a la propiedad, el derecho a la igualdad legal, el derecho a la libertad y la libertad de prensa, aunque la libertad religiosa se encontraba restringida.

(e) Otro punto importante, fue el da la educación y la instrucción para la virtud: la educación fue visto como el medio indicado para conducir a, he infundir, la virtud en las masas populares. Esta necesidad era vista como la piedra angular para domesticar las pasiones naturales y conducir a los hombres en su vida social con licencia. Es importante denotar que los males y vicios de la sociedad, eran vistos como productos de la ignorancia, y por eso mismo era necesario uncir a la sociedad en la educación cívica, para conformar un pueblo moderado, y en este sentido, poder ratificar la libertad que garantizan las instituciones sociales del republicanismo.

Por último, vale decir que todas estas ideas revolucionarias, eran impulsadas por (d) las corrientes liberales del siglo XVIII y XIX, principalmente expresadas en la Enciclopedia, con su interpretación racionalista de un orden natural rector del universo, e impulsora de la fe en que era posible encontrar reglas infalibles para la conducción de la sociedad. Otras corrientes que resultaron determinantes para la gestación de las ideas revolucionarias en la región chilena, fueron las que profundizaron las tesis revolucionarias aportadas desde la Revolución Francesa y el movimiento independentista de las Trece Colonias estadounidense.

(ii) En cuanto al dominio de las actitudes revolucionarias: según Collier, estas actitudes fueron determinadas en primer lugar por (a) las emociones que generaba la revolución: según su apreciación un componente esencial de los escritos revolucionarios, más que una originalidad y profundidad, es la emoción del “entusiasmo”, el deseo de que pudieran florecer las ideas de la revolución. También este entusiasmo se ve reflejado en la exaltación de los valores patrióticos y en general de la belleza natural del territorio chileno, de fe en potencial nacional de las tierras. Bajo estos sentimientos empujaba la voluntad de poder olvidar lo pasado nefasto, y pensar en un favorable porvenir.

Dentro de estas actitudes que se enmarcan dentro de “la fe en el progreso”, también se desarrollo la actitud de confianza y la creencia de pensar que al tener unas leyes más justas, este simple hecho por si solo, tendría efectos en el mundo natural. Esto es (b) la creencia en la eficacia de las leyes y constituciones, de que los cambios y transformaciones se pueden efectuar por decreto. Sin embargo, frente a la lentitud en la aplicación de los cambios revolucionarios que prometían tales ideas, se topo al poco con la certidumbre de que la revolución llegaría con lentitud, y que al pueblo le faltaba más instrucción para poder desarrollarse en libertad. He aquí cuando acontecieron (c) las disculpas por el fracaso y la lentitud en la instauración del proyecto.

Pero también este proceso se efectuó sobre otra solida base de un creciente (d) sentimiento antiespañol; sentimiento que surgió por fuerza de la guerra hispanoamericana contra la monarquía española, contra la dependencia ultramarina a la metrópoli, que era considerada como antinatural. Esta dominación imperial era vista como un limite contrario a la libertad y voluntad propia de los pueblos. Para estos revolucionarios, la dominación política desde otro continente era vista como una acción en contra del orden moral y físico de las cosas, contra el estado de naturaleza, y contra el derecho natural de los pueblos. En esta esfera, la propia conquista de América comenzó a ser sentenciada como una abominación y tiranía, y en el discurso, jugó un rol importante en la teoría revolucionaria, como el momento exacto en que se perdió la preciosa libertad de los pueblos americanos. Esto represento una visión sombría del mundo colonial, que poco a poco, empezó a representar a los propios españoles en América, como a personajes indeseados, personajes que se convirtieron en víctimas de la violencia y la satírica social en los escritos de algunos revolucionarios, principalmente de la aristocracia y los intelectuales.

Interesante es que, paralelamente al sentimiento antiespañol, surgiera entre la aristocracia, (e) un sentimiento de admiración por británicos y estadounidenses. Estos países fueron tomados por algunos intelectuales, como referencia clásica de la libertad. Esta actitud de admiración frente a los ingleses, se debió principalmente a los apoyos que entregaron estos, en la liberación nacional de los países hispanoamericanos, es decir, se debió a un sentimiento de gratitud –esto sin considerar que tal ayuda nunca fue desinteresada ni gratuita y que mas bien contribuyo al establecimiento de nuevas dependencias económicas y comerciales. También esta admiración era sostenida bajo la idea de que la constitución inglesa a la vez que dejaba espacio para la expresión de la protesta popular, lo hacía limpiamente sin desordenes ni insurrecciones.

Otra cara del sentimiento antiespañol, anti-imperial fue (f) la generación de una nueva conciencia nacional: esto se vio manifestado en el sentido de identidad que fue adquiriendo la aristocracia, la intelectualidad y en el pueblo, en tanto las ideas revolucionarias se habían encargado de propagar y ampliar el orgullo regional y provincial, que se venia manifestando desde finales de la Colonia. Esta forja de la nueva nación fue introducida dentro del plan de educación presentada por Juan Egaña en 1811, para poder forjar las nuevas características nacionales, que la región chilena no tenia. Debemos clarificar, de inmediato, que el concepto de patria que se desarrollo durante la primordial época revolucionaria se correspondió, no con un concepto racial de la nación, sino que, indudablemente, de un concepto geográfico de unidad territorial: el largo y ancho país protegido, característicamente por la Cordillera de los Andes.

Los dos últimos elementos mencionados por Collier, que conforman la actitud de los revolucionarios, se desarrollaron por medio de (g) la idealización de los araucanos y (h) el americanismo. El primer elemento se conformo a partir del mito patrio, de que los indios araucanos eran fieros republicanos de la Araucanía, y que en sus tierras se forjaron grandes héroes en la lucha de resistencia antiespañola (esto principalmente a partir del poema épico de Alonso de Ercilla, La Araucanía), y el segundo elemento, el cual se forjo de la conciencia de que la propia causa patriótica se encontraba entrelazada con un movimiento antimonárquico mas generalizado, ya que a pesar de la caída de la unidad española en América, de igual modo surgió una conciencia federal, y la conciencia de que podían realizarse agrupamientos de países que recientemente también se habían emancipado. Como en el caso de Chile, que en una primera instancia, se pensó en agrupar con Argentina (Santiago-Buenos Aires).

Todos estos elementos, fueron los que forjaron la ideología y la actitud de los revolucionarios con respecto a la independencia.

 

3. José Miguel Carrera, distintas interpretaciones sobre su rol en la independencia.

A continuación realizare un breve balance historiográfico con respecto a la figura de José Miguel Carrera, su rol en la independencia a partir de las distintas interpretaciones historiográficas que han surgido en torno a su figura.

Una primera interpretación que quisiera señalar es la de Alberto Edwards, quien en el capitulo V de La Fronda Aristocrática, titulado “El primer ensayo de cesarismo”, lo menciona como una de las dos grandes figuras (junto con Portales) que fue obscurecida, tanto por sus panegiristas como por sus detractores. Lo define como uno de “los grandes hombres”, como quien realizo la fronda revolucionaria, es decir, “un poder armado capaz de batirse en los campos de batalla”, a la vez que menciona que sin la existencia de su figura, los patricios no hubiesen podido doblegar a los ejércitos de Pareja y Osorio. En fin lo califica como un caudillo militar que se puso a la cabeza del movimiento revolucionario y que ejerció el gobierno de forma absoluta. Nuestro autor no tiene deferencias, ni vergüenzas en remitir a este gobierno bajo la definición de un cesarismo. Como veremos mas adelante, en la interpretación de Salazar, este epíteto es utilizado en la forma contraria, no para vanagloriar a Carrera, sino que para condenarlo. Pero por el momento debemos suponer que este elogio del cesarismo conservador, es propio de una persona que piensa en términos de los intereses de los patricios, es decir, de la aristocracia, que tiende a definir como con tintes monárquicos.

Por otra parte, representando a la interpretación liberal hemos de situar el juicio de Simón Collier. Para nuestro autor, no se trata tanto de remitirse a los problemas morales de sí un gobierno cesarista es adecuado, o por el contrario, anti-democrático, sino que mas bien se trata de remitirse a los hechos y juzgar su papel decisivo en la difusión de las ideas revolucionarias. Y esto se corresponde en gran medida con el objeto plasmado por la historiografía conservadora, aunque desde un enfoque liberal antimonárquico: a pesar de su aparente mascarada de ambición personal, y de su desastrosa actuación e intervención en el gobierno, sin la actuación de Carrera (aunque esta haya sido dictatorial), no se hubiese podido formar un frente capaz de desencadenar una lucha y una actitud contra el frente realista, ni tampoco, muchísimo más importante, no se hubiese podido intensificar la actividad ideológica necesaria para estimular tal reacción y actitud revolucionaria.

Otra interpretación que debemos mencionar, es la interpretación revisionista de Alfredo Jocelyn-Holt, la cual deja ver una serie de características similares con la interpretación liberal de Collier, aunque la amplia en otros sentidos: en primer lugar, denota que Carrera fue el primer caudillo militar en la historia de Chile, que se planteo llenar el vacío de poder creado a partir de la ausencia del monarca español, para intentar consolidar por medio de las armas, la constitución de un poder nacional. Durante sus dos golpes, nuestro autor señala, Carrera empleo el discurso populista con el fin de otorgar legitimidad a su ideario liberal-republicano, aunque en la práctica disolvió el Congreso Nacional. Este personaje hablo de “abrir el cabildo y las plazas al pueblo”, para legitimar su poder, no en las clases aristocraticas, sino que mas bien, en las clases más populares. Esto abre la interpretación de que, sus intenciones al suprimir el Congreso, eran poder difundir de mejor forma y popularizar la ideología nacionalista, hasta el momento restringida a la elite criolla, esto considerando que a los Cabildos, solamente asistían gentes ilustres. De igual modo, considera su caudillismo militar como un elemento necesario para poder contestar ante la arremetida de las fuerzas realistas dispuestas desde el Virreinato del Perú.

Por último, quisiera mencionar la postura de Gabriel Salazar, quien aporta una visión mas critica con respecto al rol de Carrera en la construcción del Estado en Chile. Lo primero que cabe mencionar es que para Salazar, Carrera no fue mas que un dictador cesarista, un miembro de la aristocracia proveniente de una familia de elite, que desarrollo su política, contra la soberanía de los pueblos, y no a favor como se puede interpretar de la visión de Jocelyn-Holt. En este sentido, no era para nada democrático, pues sus primeras actividades políticas comprendieron disolver la Junta de Gobierno y el Congreso Nacional. Un personaje que nunca pretendió fomentar, ni integrar al Pueblo en la conducción y construcción del Estado, y que con respecto a las clases altas, lo único que logro infundir fueron divisiones políticas internas. Probablemente para Salazar, Carrera sea el culpable de instaurar toda una tradición histórica que valida la vía militar y golpista para solucionar las disputas políticas y consolidar el poder (que probablemente mostraron el camino a personajes como Diego Portales). Aquí se vuelve evidente la oposición de Salazar con respecto a la idea aristocrática de Edwards pues, asumiendo las mismas condiciones de una formación cesarista del poder y de una expresión de las clases superiores en el poder, por la misma materia, decantan en posiciones diferentes. Edwards valida la actuación de carrera por favorecer a la fronda aristocrática y pisotear el derecho de los pueblos, y Salazar, admitiendo la misma actuación, condena la forma. Salazar se pregunta, ¿cómo se lleva a cabo el aspecto constituyente de la republica?, y contesta: por medio de una actuación y la instauración de una constitución ilegitima, que a pesar del discurso populista, traiciona al pueblo con el que tanto se llena la boca.

En síntesis, y de acuerdo con el profesor Salazar, creemos que su actuación militar, evidentemente legitimo y abrió el camino a siguientes intervenciones autoritarias, y que llevar a cabo un proceso revolucionario y constitucional por medio del principio de autoridad, de la elaboración de esta por un grupo restringido, y por medio de una imposición forzosa a las masas, representa una actitud bastante reprobable, aunque se haya desarrollado en un contexto belicoso como en el de la Patria Vieja.

 

 

*          *          *

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s