Oleadas de modernización oligárquica en la sociedad chilena: Gran Santiago como una Ciudad dividida entre la riqueza y la marginación. (1880-1989) ¿Necesitamos un modelo industrialista desarrollado? Por Camilo Reyes Valle

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Para responder a la pregunta, tan actual en nuestros días, de si realmente necesitamos o es deseable desarrollar un modelo industrialista en la región chilena (en la orientación de lo que ya han emprendido hace tiempo los países desarrollados), debemos tomar en cuenta, las actuales condiciones generales del capitalismo industrial mundial, y también de otro lado, debemos considerar la dimensión ecológica, que es la que toma en cuenta esta pregunta más allá proyecto como tal, sobre la materialidad lo real como la realidad, el medio ambiente más allá del modelo prototípico capitalista, esta consideración ecológica que es lo que realmente delimita las tentativas de crecimiento y continuidad del capitalismo mundial.

Los mismos capitalistas ya han efectuado tal consideración y reconocimiento de los límites del proyecto industrialista del crecimiento económico capitalista. Este cambio <<discursivo>> efectuado por los grupos económicamente dominantes (nacionales e internacionales), se debe principalmente a los resultados arrojados por dos informes encargados por el Club de Roma (en 1975), informes financiados por tres monopolios automovilísticos: la Volkswagen, la Fiat y la Ford Fundation. Uno de estos estudios fue encargado a D. H. Meadows, y el otro a M. D. Mesarovic y E. Pestel. Ambos informes hablan sobre las tendencias tecnológicas, económicas y demográficas en escala mundial, y concluyen en la necesidad de la aplicación de un urgente plan maestro (que implica cambios, tanto tecnológicos como económicos) que evite una posible “catástrofe mundial definitiva”. Otro ejemplo de autocritica capitalista, ya ha sido cristalizada a través del Protocolo de Kioto sobre el cambio climático (para la reducción de la emisiones de gases contaminantesa nivel internacional), por medio de la CMNUCC (la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático). Esta tendencia discursivo-catastrófica se ha seguido perpetuando hasta nuestros días (tanto en defensores como críticos del sistema capitalista), lo que nos llevara a reflexionar algunos aspectos contemporáneos de la tensión capitalismo/ecología.

Sin embargo, me parece de vital importancia para comprender esta tensión contemporánea (en tanto nunca antes fue planteada tan profundamente una defensa anti-modernización a partir de un enfoque ecológico), el llegar a desarrollar una crítica histórica del proyecto de modernidad en la región chilena, para visualizar los arcaísmos que arrastra en sí el proyecto de modernidad, con su cumulo de ventajas y desventajas que han conformado tal paradigma a lo largo de su historia en la región chilena. Para esto, analizaremos el proceso de las tres oleadas de modernidad más importantes que se han desarrollado a partir del siglo XX y hasta la actualidad. Debemos señalar que esta tensión contemporánea entre capitalismo y ecología, se corresponde con una tendencia general del régimen contemporáneo, y que en cambio, nuestro análisis histórico de las oleadas de la modernidad, se realizara mas bien, desde la perspectiva de la ciudad y sus transformaciones, para delimitar el campo de nuestro estudio de la instalación de la modernidad en la sociedad chilena, sobre un campo análisis más concreto.

 

 

 

¿Qué implica la instalación del sistema capitalista en la sociedad chilena?

 

Lo que debemos retener previamente, antes de emprender nuestro recorrido a través de las oleadas de la modernidad en la región chilena, es que el espacio donde se ha conformado la sociedad chilena, es un medio geográfico que ha sido manipulado por el poder para ponerlo a su servicio en cada momento histórico; para establecer el marco físico de las relaciones sociales, y también para determinar a los agentes y sujetos fundamentales para la realización de estas relaciones sociales. De este modo, el espacio es organizado en aras del poder capitalista, estableciendo las relaciones entre el conjunto del medio y las personas, constituyendo las divisiones sociales necesarias para su funcionamiento: un sistema que articula una división del trabajo a la vez que una división técnica correspondiente.

De este modo se realizan: (1) una serie de regularidades en la articulación del espacio social; (2) un proceso lógico y planificado del tiempo articulado por el espacio social; y (3) unas leyes especiales correspondientes al conjunto de variables interrelacionadas que hacen relación con el espacio geográfico articulado, tales como factores, causas y efectos funcionalmente establecidos para la organización del espacio social. Estas características se deben a la doble faceta del poder, en tanto este se realiza por medio de: (a) la apropiación del excedente, y (b) la gestión del excedente. Por lo tanto, la articulación del espacio realizada por el poder, se ocupa de la organización de la producción, la distribución y de un consumo social determinado, de la realización de un modo de producción, que en su concreción real establece las formaciones sociales que conforman la estructura de poder requerida por el sistema (las estratificaciones sociales).

Esto lo debíamos recordar previamente, antes de comenzar nuestro estudio, para obtener una mayor comprensión del significado de la instalación de las oleadas de modernización en la sociedad chilena.

 

 

Base fundamental de la articulación del espacio capitalista:

La estructura de poder cristalizada

 

Para comprender las razones que suscitaron el primer hito de la modernización en la región chilena, debemos adentrarnos al fenómeno de la urbanización que se produjo a lo menos desde 1880 a 1930. Durante este periodo se desarrollaron grandes movimientos migratorios desde los campos a las ciudades del centro y sur del país, principalmente, a Santiago, Valparaíso y Concepción. Estos movimientos migratorios estaban inspirados en la expectativa de conseguir mejores oportunidades: trabajos con mejores salarios como los que se ofrecían en las Obras Publicas y en las labores de la instalación de la línea ferroviaria longitudinal. También existió otro polo de atracción para la población rural, el cual fue el que se genero en el Norte Grande, en Iquique y Antofagasta, en los múltiples puertos y oficinas salitreras, que existió hasta el ocaso de la producción salitrera.

La conformación de este nuevo espacio urbano, supuso una articulación tal que fue acompañada por una precaria industrialización y una correspondiente transformación en la estructura urbana: en este periodo mencionado (1880-1930), la población rural se sostuvo en cerca de 1 millón de habitantes, mientras que la población urbana aumento de 400 mil habitantes a 1.330.000. [El índice de urbanización subió del 29% al 56% en este periodo].

Esta transformación demográfica urbana produjo una serie de problemas sociales paralelos que fueron el correlato de este primer proceso de modernización. Estos problemas fueron principalmente el problema de la vivienda y de la provisión de servicios básicos tales como son la salud pública, la colocación de alcantarillados, de energía, de alimentación, entre otros. Estos fenómenos sociales produjeron un proceso de segregación espacial según estratos sociales. En su génesis, estas migraciones fueron un problema importante para la aristocracia criolla, al punto de que autoridades y urbanistas, a lo menos hasta finales del siglo XIX, procuraron distinguir entre la ciudad propiamente tal y los sectores adyacentes, los arrabales o suburbios, cada una con un trato y un procedimiento diferente, y consecuentemente, con un reparto desigual de los beneficios socialmente producidos. Probablemente aquí nos encontramos frente a la estructuración de poder fundamental efectuada sobre la ciudad, sobre la distinción entre la ciudad en sí y la marginal. Según Armando de Ramón en su artículo Santiago de Chile (1850-1900). Limites urbanos y segregación espacial, esta clasificación interna de la Ciudad, fue realizada bajo el espíritu de ordenar, por sobre todo, para cristalizar una segregación que ya existía desde la época colonial. En palabras extraídas por nuestro autor de Vicuña Mackenna, se distinguen claramente estas dos ciudades que demarcan la articulación fundamental: en la Ciudad propiamente tal: “Santiago propio, la ciudad ilustrada, opulencia, cristiana”, (…) “un distrito pacifico y laborioso”. La ciudad segregada: la que albergaba la mano de obra disponible en la zona urbana, tanto trabajadora como cesante, a los mendigos y, muchas veces, a los empleados modestos empobrecidos: “otro (distrito) brutal, desmoralizado y feroz”, (…) “una inmensa cloaca de infección y de vicio, de crimen y de peste, un verdadero potrero de la muerte.”

Este proceso de estructuración de la situación de segregación espacial (que comprende un proceso de cerca de 300 años), se termina de cristalizar hacia el año 1875. Pero esta cristalización de la división social -entre la ciudad y los suburbios-, se vio expuesta a la necesidad de expandirse debido al incremento progresivo de la población urbana en Santiago: 1885 = 189 mil habitantes à 1895 = 256 mil à 1907 = 333 mil à 1920 = 507 mil à 1930 = 696 mil. Esta necesidad general de expansión de la ciudad fue recogida y desarrollada por el Estado bajo distintos planes, uno para la ciudad propia, y otro para los suburbios.

En cuanto a la Ciudad propiamente tal -a partir de una descripción de Recaredo S. Tornero para 1872: desde el Matadero público [Manuel Antonio Matta y Blanco Encalada]  por el Sur, hasta el Cementerio General [Mapocho] por el Norte: 6 kilómetros; y desde la Quinta Normal de Agricultura [Exposición y Matucana] por el Oeste, hasta el Seminario Conciliar [Vicuña Mackenna] por el Este: 5.400 metros. Una circunferencia en los limites urbanos que alcanza a 18.000 metros, que tiene 956 cuadras o sea 144.120 metros longitudinales, esta información es constituyente del plano de Ansart, de 1875-, el fisco ayudo a su expansión adquiriendo terrenos que valorizaron las zonas hacia donde dicha ciudad debía extenderse: (1) durante el último cuarto del siglo XIX, los terrenos comprendidos entre el Parque Cousiño y la Alameda; (2) terrenos hacia el extremo Poniente de la Ciudad; (3) los terrenos que formaron la Quinta Normal de Agricultura, el Internado Nacional, la Escuela Practica de Agricultura, entre otras instituciones, y el Barrio Yungai, barrio compuesto de casas quintas.

En cuanto a los suburbios –los barrios situados hacia el sur del canal de San Miguel formados entre 1850 y 1860 del proceso de división de las antiguas chacras; las chacras dividas en hijuelas, ubicadas entre las calles Nataniel y San Francisco, y entre Cañada de los Monos (Avenida Matta) y el Zanjón de la Aguada, que fueron alquiladas a pobladores pobres-, se produjo un desarrollo, orientado al saneamiento y al mejoramiento de la construcción (principalmente en el área al sur de Av. Matta.). Podemos decir, en términos generales, que se produjo una expansión natural de los suburbios y sus poblaciones hacia los bordes o extremos del radio urbano, así como también, debido al influjo de constante recepción de habitantes venidos desde el campo.

 

 

Primera oleada de modernización de Santiago:

 Las obras del Centenario de la Republica

 

Existe una primera oleada de modernización de la sociedad chilena, que se encuentra caracterizada en las obras del Centenario de Chile, es decir, en las obras arquitectónicas que emprendió la aristocracia santiaguina, como el proyecto de una extensión de la parte de la ciudad que les correspondía a los acomodados, de la Ciudad considerada “decente”, construidas a imagen y semejanza de otras obras europeas, a veces incluso contratando los servicios de arquitectos franceses que fueron traídos para supervisar la construcción de tales obras. Estas obras nos permiten caracterizar esta primera oleada, como una modernidad de inspiración europea-francesa:

-el Palacio de Bellas Artes, que fue un proyecto de Emilio Jécquier (inaugurada el 10 de septiembre de 1910);

-los Tribunales de Justicia, proyecto de Emilio Doyère (cuya primera etapa se inauguro en 1911);

-la Estación del Mercado, hoy Centro Cultural Mapocho, proyecto de Emilio Jécquier (inaugurado en 1912);

-el Parque Forestal, que fue un proyecto de Georges Dubois (inaugurado en 1910).

Otras obras de mayor importancia e impacto social para las poblaciones, realizadas en aras de superar el desastre sanitario en que se encontraba Santiago, son las orientadas a un mejoramiento de los servicios urbanos: regularización y ampliación de las redes de agua potable, la red de alcantarillado y de electricidad. Estas obras publicas fueron de vital importancia, si consideramos las condiciones en que se encontraba la mayoría de la gente que vivía en los suburbios, y de las propias clases dominantes que entraron en contacto y contagio de las enfermedades: en 1909 se calculaba que de las 350.475 personas que habitaban la ciudad, a lo menos 75.000 vivían en condiciones deplorables, repartidas en unos 1.600 conventillos. Los barrios periféricos en general, se encontraban circundados o inmersos entre acequias, pantanos y basurales, entre moscas y ratones, como verdaderos caldos de cultivo para bacilos, estreptococos, estafilococos, neumococos y treponemas. Toda política de clases altas orientadas a la higienización social, estuvo dirigida no tanto por una preocupación o por una buena voluntad a favor de las clases marginadas, sino mas bien porque el impacto de las enfermedades no distinguió clases y deambulo también, golpeando e introduciéndose en las casas de los ilustres ciudadanos.

También hacia 1910, los servicios de movilización colectiva por medio de tranvías eléctricos se habían extendido a toda la ciudad de Santiago y algunas poblaciones cercanas. Por otra parte, en cuanto a la instalación en la región chilena de un sistema de trasporte a gran escala, ya desde 1884, tras la compra del fisco de las empresas encargadas de las obras del tren longitudinal y del trayecto Santiago-Valparaíso, y posteriormente de las líneas ferroviarias de las empresas salitreras en el Norte Grande, se logro extender la red de la Empresa de los Ferrocarriles del Estado, desde Iquique a Puerto Montt y ramales, hacia el año 1913.

Debemos mencionar además la obra constructora del Estado que se emprendió a comienzos del siglo XX, que a través de los consejos de habitación, y estando autorizada por el propio Consejo Superior, promovió la construcción de algunas poblaciones como lo fueron la Población San Eugenio (inaugurada en octubre de 1911) destinada a los obreros de la nueva Maestranza de Ferrocarriles, que conto con un total de 100 casas construidas en 4 tipos distintos y repartidas en 12 manzanas (dotadas con agua potable, corriente eléctrica, alcantarillado y luz de gas acetileno); la Población Huemul (la primera población terminada de esta índole), construida por la Caja de Crédito Hipotecario, situada en las calles Franklin, Placer, Huemul y Lord Cochrane, inaugurada en septiembre de 1911 con setenta casitas, una plaza, el edificio especial de la Caja de Ahorros, con otro edificio que poseía una escuela, dispensario y capilla. Los beneficiados de esta obra constructora fueron los imponentes de las cajas de ahorro, es decir, no cualquier tipo de sujeto social marginal. En 1912, se inauguro la Población Matadero, ubicada en la calle Placer, entre Santa Rosa y San Isidro (con 135 casas edificadas en 3 tipos distintos).

Sin embargo, la labor de estos consejos habitacionales se estanco al punto de que entre 106 y 1925 solo se llegaron a edificar 396 casas. Se dio un proceso paralelo correspondiente al mismo periodo, de demolición de conventillos insalubres que en total llego a sumar 1.626 demoliciones con 16.713 piezas y 46.794 habitantes, a la vez que se pudo reparar 661 conventillos, con 11.334 piezas y 30.556 habitantes. En 1925, se dicto un nuevo decreto de ley (no. 261) que permitió la demolición de otras 30.000 piezas que no fueron reemplazadas por otras [Armando de Ramón, Vivienda].

De este breve análisis de las obras emprendidas por el Estado durante esta primera oleada de modernización podemos concluir que la ciudadanía acomodada, la aristocracia santiaguina, trazo para sí misma, como modelo correcto e ideal de sociedad chilena, a la sociedad francesa con su arte, su arquitectura, su literatura y su música. En palabras de René Martínez Lemoine en su artículo Santiago en 1910, París en América. Notas a propósito del primer centenario, demostrando su progresiva desilusión en el curso de su investigación, en aras de entender la asimilación cultural entre la sociedad chilena y la cultura francesa señala que “no era asimilación cultural sino pura y simple imitación y, en cierta forma, pose ‘pour épater le bourgeois’ (‘para impresionar a los burgueses’)./ Lo que finalmente me sorprendió, desconcertó y deprimió, fue el descubrimiento de ese otro siglo XX, el siglo XX a la chilena. El contraste entre la opulencia y pobreza, entre cultura e ignorancia, entre el champagne de la Veuve Clicquot y el agua de las acequias, entre el palacio y el tugurio, entre el Chile sin problemas y el Chile sin esperanzas.”

Creo que esta observación representa el fiel indicio de que la inspiración aristocrática y oligárquica chilena, en esta primera oleada de modernidad, carecía de creatividad e identidad en cuanto a su propio proyecto, hasta el punto de la abstracción, la imitación y la brutalidad. Y en cambio, esta organización de inspiración neoclásica de la ciudad, desconectada de lo natural, carente de un concepto de lo real como realidad (tomando en cambio, a lo ideal como lo real), organiza de otro lado y ocultamente, la miseria y la pobreza de las clases dominadas bajo la estructura de poder cristalizada que debe ser reproducida, correspondiente con las necesidades del modo de producción capitalista de dependencia económica, que sumerge a las clases desposeídas en una aguda precariedad y marginalidad, para perpetuar las formas funcionales de la sociedad, las formaciones sociales estratificadas que articulan a la aristocracia, las clases medias profesionales y técnicas, y a las clases segregadas bajo el mismo sistema de propiedad. El rol principal de tales obras afrancesadas consistió en cultivar, cuidar y representar la fe de la propia legitimidad abstracta oligárquica (su interés particular de grupo y clase dominante representado como interés general), a la vez que ocultar la miseria y la pobreza generada por el propio sistema para gran parte de la población.

 

 

Segunda oleada de modernización de Santiago:

El modelo ISI, de Industrialización por sustitución de importaciones.

 

A partir del año 1929, año del crack bursátil de la Bolsa en Estados Unidos, surgió en algunos políticos radicales, la necesidad de una planificación económica, de una política económica orientada hacia la búsqueda de la industrialización de la región chilena. Por esto se creo el 29 de abril de 1939, tras una década de debates y proyectos políticos truncados -tales como el Consejo de Economía Nacional-, la Corporación de Fomento de la Producción (la CORFO), que constituyo todo un hito dentro de la instauración del modelo ISI en la región chilena. Esta institución se planteo las siguientes tareas en sus primeros años: (1) el reclutamiento de profesionales de primera línea, ingenieros y economistas, para evaluar y hacer catastro de los recursos de los que la región dispone y estudiar la mejor forma de explotarlos. (2) El Plan de Electrificación, y la creación de ENDESA (proyecto); (3) la realización de planes sectoriales tales como el de la acería de Huachipato y sus industrias anexas; (4) la exploración, explotación y refinación del petróleo; y (5) las fabricas de azúcar unidas a las siembras de remolacha, etc.

La CORFO realizo también, en sus primeros años, investigaciones relacionadas con los recursos agropecuarios, forestales, hidroeléctricos, aguas subterráneas, marinos, minerales, carboníferos y petrolíferos. Tanto ENDESA como ENAP, se encargaron de realizar estudios sobre los recursos hidroeléctricos y petrolíferos. También realizo las primeras investigaciones detalladas sobre los recursos forestales del país, sobre la protección de bosques, los sistemas de explotación así como del transporte de la producción.

En el curso de su funcionamiento, la CORFO tuvo una fuerte política de fomento industrial, tanto en industrias metalúrgicas, como en industrias eléctricas, química y farmacéutica, entre otras industrias varias. Las industrias metalúrgicas: la corporación contemplo ayuda financiera y técnica para fundiciones, talleres mecánicos, maestranzas y manufacturas de metales reunidas en las Industrias Metalúrgicas Mecánicas Reunidas (IMMAR) –obtuvo ayuda hasta que liquido en 1950-; Maestranzas y Fundición Weber; la Fundición Carrera;  la Maestranza Gernoch de Puerto Montt; los Astilleros Behrens y Cóndor; a Mecánica Industrial –ayuda desde 1944-; a MADECO (a la que la CORFO aporto 42 millones de pesos de la época para su creación EN 1944); a MADEMSA –desde 1940 recibió apoyo de la CORFO -; y a SIAM DI TELLA.

Las industrias eléctricas: ayuda financiera para Electromat, S. A. (en 1941); a la Corporación de Radio Chile, S. A. (desde 1941);  a Siam di Tella (durante la década de los 40’).

Las industrias químicas y farmacéuticas: esta ayuda fue destinada a las industrias ya establecidas, para que pudiesen renovar y ampliar sus instalaciones para satisfacer las necesidades de consumo del país. Además de las industrias químicas que representan la ENAP, IANSA, CAP, del salitre, de abonos y de celulosa, existen otras empresas que fueron impulsadas por la CORFO, tales como Laboratorio Chile (en 1940-1941), el Instituto Bacteriológico de Chile S. A. (en 1939), la Farmo Química del Pacifico, S. A. (ayudo en 1942), la Empresa Bayer y Merck, S. A. (apoyo de la CORFO hasta 1954), y la Fabrica de Acido Sulfúrico, S. A.

La CORFO se desarrollo en torno al debate sobre la articulación de un modelo de desarrollo nacional que involucraba a todos los sectores productivos (desde la producción primaria, como la agricultura y la minería), y todos los sectores políticos nacionales (tanto a conservadores y como a comunistas). La anterior crisis de 1929 había dejado, a la región chilena, privada de los capitales norteamericanos, lo que repercutió en que tal país dejo de comprar las mercancías chilenas, mientras que por otra parte, a partir de la irrupción del salitre sintético, la industria salitrera avanzo sobre una decadencia cada vez mas aguda. De este modo se evidenciaba la debilidad de un modelo nacional basado en la industria extractiva sin reserva de establecer una industria poderosa y una política de desarrollo industrial. Nuevamente se copiaba para la región, para el país, un modelo de modernización, que esta vez se caracterizaría por su tendencia industrialista-nacionalista, modelo que ya se encontraba operando en Europa y Estados Unidos, en las regiones más desarrolladas del mundo. Nuevamente una propuesta de modernización de la sociedad chilena, ponía a la región ad portas de un modelo inspirado fuera de sí, sin autenticidad ni identidad real. Aunque este modelo suponía la realización de un catastro de todos los recursos materiales de la región chilena para su mayor y mas eficiente explotación, lo hacía bajo una mirada desarrollista, que lo introducía de un modo diferente, aunque no antagónico, en el mismo modelo económico capitalista mundial, modelo que, como ya mencionamos en un principio, comenzaría a mostrar sus falencias y entrar en crisis (a evidenciar sus límites de crecimiento) tan solo 3 décadas después de la creación de la CORFO.

En 1938 fue implementado otro sistema de trasporte a gran escala, el Departamento Marítimo (FERROMAR), como un ala de la Empresa de Ferrocarriles del Estado, encargada del trasporte marítimo entre Puerto Montt y Punta Arenas. Posteriormente se crearía la Empresa Marítima del Estado en 1953.

En cuanto a los impactos de esta modernización en la ciudad podemos decir que a lo menos hasta el séptimo plano de transformación de 1928, cualquier diagnostico arquitectónico de la ciudad, como el de Carlos Pinto Duran en su folleto, Proyecto de Transformación definitiva de Santiago, la ciudad se encontraba en una “situación caótica” y “descontrolada”: “El anhelo de mejorar Santiago se ha condensado hasta ahora en forma desordenada, en obras imperfectas, rudimentarias, muchas veces grotescas y ridículas.” Por lo cual determino que la Asamblea de Vecinos de la ciudad de Santiago se debía abocar al estudio de los siguientes temas trascendentales para el mejoramiento de la ciudad: una Gran Avenida de circunvalación; bosques municipales; red de avenidas longitudinales y transversales; ferrocarril subterráneo; red de tranvías; creación de una nueva Empresa de Energía Eléctrica; plazas y jardines; transformación de la Plaza de La Moneda; formación de un Barrio industrial y obrero; Plan de construcciones fiscales y municipales; reglamentación de la edificación particular; monumentos; Aseo, alcantarillado y agua potable; financiamiento.

De esto que se volviera patente la necesidad fiscal de construcción y ordenamiento espacial urbano, tanto para prevenir los desastres, como para guiar la reconstrucción de las ciudades en este país evidentemente sísmico. De esto que se publicara la primera ley sobre urbanismo y construcción que tuviera Chile, bajo el gobierno de Carlos Ibañez del Campo, que tuviera como meta la metropolización de la ciudad de Santiago, que para 1928 ya poseía cerca de medio millón de habitantes.

La obra del ingeniero urbanista austriaco Karl Brunner, quien vivió en Chile durante el periodo de 1929 a 1934, contribuyo a la urbanización de Santiago a través de un Plan Intercomunal, cuya regulación urbana se convirtió en un modelo de desarrollo para Chile. Su plan para la ciudad de Santiago busco privilegiar la unidad estética colectiva para zonificar el desarrollo urbano, buscando el más armónico y racional emplazamiento para barrios cívicos, comerciales, residenciales e industriales. Aunque tales planes no pudieron desarrollarse satisfactoriamente, este urbanista aporto a la percepción y concepción de Santiago como un espacio intercomunal integrado, el llamado Gran Santiago, a la vez que advirtió acerca de los peligros de expandir sin límites el área urbana de la Capital.

Estos problemas de la expansión de la ciudad, se volvieron evidentes hacia la década del 50, debido al fuerte crecimiento demográfico que se produjo para la ciudad de Santiago: si para 1930 la población era de 696.231 habitantes, para 1951, y a raíz de las sucesivas corrientes migratorias, la cantidad se elevo a 1.384.285, lo que provoco un predominio de las actividades secundarias y terciarias en la ciudad, siendo que más del 60% de la actividad industrial del país se localizaba en Santiago. En este contexto surgieron las poblaciones callampa, que constituyeron un nuevo foco de precariedades sociales para sus habitantes, que intentaron solucionar el problema de la vivienda, tan solo para encontrarse con otra nueva serie de problemas: mucho barro, hacinamiento, frio, falta de agua, luz, alcantarillado, equipamiento comercial, educacional, de salud y recreación. Aunque en 1954 la Corporación de la Vivienda (CORVI), logro realizar algunas operaciones constructivas importantes como son (1) la construcción de la Población San Gregorio en La Granja, y (2) la Población Jose Maria Caro en San Miguel, estas obras no bastaron para contener tal crecimiento demográfico que se produjo en Santiago.

En 1957 se realizo la ocupación de la chacra La Feria, por parte de las familias que vivían en las poblaciones asentadas en las orillas del Zanjon de la Aguada (en una franja de 5 kilómetros de largo por 125 de ancho, en las cuales habitaban cerca de 35.000 personas que formaban 10 poblaciones), tras gigantescos incendios que se produjeron el mismo año, conformando la emblemática Población La Victoria. Más tarde, durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva (1964-1970), se intento aplicar la denominada “operación sitio”, mediante la cual los pobladores de poblaciones callampa, podían tomar créditos para adquirir terrenos dotados de una urbanización básica (con letrinas, calles ripiadas, soleras, pilones de agua potable y tendido eléctrico). Sin embargo, la lentitud en la aplicación de este plan no pudo detener la proliferación de estas poblaciones.

Tras el fracaso de las políticas sociales, movimientos mejor articulados como el MIR, organizaron tomas de terreno como la toma de la Herminda de la Victoria en 1967. Para 1968 las tomas aumentaron a 35, y en 1971 a 172, concretizando en el lapso de 4 años cerca de 416 tomas, aunque no todas regaron a concretizarse y perdurar en el tiempo, debido a la represión policial.

Por lo tanto, podemos concluir que esta segunda oleada de modernización de la sociedad chilena (desde el punto de vista de la ciudad), volvió a reproducir la lógica de la estructura de poder de los grupos y clases dominantes, de la oligarquía, pues nuevamente la articulación del espacio promovió la segregación y la marginación social, en un fenómeno que no pudo o no deseo llegar a contener, pues no comprometió grandes recursos ni esfuerzos políticos por dar una solución real al problema de la vivienda, problema que se venía arrastrando hace ya bastante tiempo, desde antes de la primera oleada de modernización descrita anteriormente. Podemos llegar a percibir, en el fenómeno de las tomas de terreno, un avance en la búsqueda de los marginales por solucionar su propio problema de acceso a la vivienda por sus propios y precarios medios. He aquí un atisbo de cierta relación de doble poder en la relación grupos dominantes/grupos marginales.

A medida que el país emprendía un crecimiento en relación a la primera oleada, mas se acrecentaba la brecha entre un grupos dominantes y un grupo dominado, en tanto cristalizaba bajo nuevas características la división social entre las zonas que concentran las riquezas y la cultura, y las zonas marginales que concentraban gran cantidad de población a la vez que provocaban la extensión del área metropolitana. De este modo se continuaba cultivando y alimentando el sueño de Vicuña Mackenna y las clases dominantes de establecer una estricta división urbana de las clases sociales que habitan la Ciudad propiamente tal, de los obreros calificados y de los habitantes de los suburbios marginales.

 

 

Tercera oleada de modernización de Santiago:

La instalación de la modernización neoliberal

 

La última oleada de modernización, la efectuada a través de la ideología del neoliberalismo, aun se extiende hasta nuestros días, y se construyo sobre la base del Golpe Militar de 1973. Esta trasformación y desmontaje de las precarias estructuras del pobre Estado de bienestar que se insinuó a partir de la segunda oleada, fue desarrollada a través del Programa de recuperación económica nacional de 1975 que se planteaba los objetivos centrales de: liberalizar el mercado, permitir el libre comercio en general, desarrollar una estricta reducción del gasto público, promover la intervención del Estado a favor del sector privado para que se desempeñe en las labores que tradicionalmente son asumidas por él. En 1979, se agregaran a tal programa, las siguientes reformas estructurales: 1) la reforma del conjunto de los servicios sociales (salud, educación, previsión social) y su privatización total, o bien su carácter de ámbito parcialmente subsidiario; 2) la reforma al sistema judicial y al aparato burocrático-administrativo (bajo el slogan de la “regionalización”); y 3) la desregulación del trabajo y la modificación de sus formas organizativas.

De este modo se emprendió la transformación radical y la liberalización de las instituciones sociales populares desarrolladas durante la primera mitad del siglo XX hasta la dictadura; así como se opero un cambio en la espacialidad, es decir, una modificación profunda en la forma de la relación de las personas con el espacio público. Hasta antes de esta tercera oleada, el incipiente desarrollo industrial había promovido una institucionalidad tal que dejaba cabida a las clases populares en el terreno del espacio público, a través de la estructura laboral desarrollada en torno a las diversas ramas de las industrias metalúrgicas, eléctricas y químicas farmacéuticas entre otras, que estaban siendo promovidas por el fisco (aunque débilmente), marginando tan solo al conjunto social desempleado o que presentaba altas tasas de cesantía y alto nivel de marginalidad, como son los habitantes de los suburbios. Lo que quiero decir, es que siempre existió en la sociedad chilena, antes y después de la cristalización de la división social entre la ciudad y los suburbios, una discriminación a un conjunto considerado como marginal, pero que en cambio y a duras penas, tras las luchas del movimiento obrero, a lo menos, el sector popular de las clases trabajadoras, había podido encontrar su propio espacio dentro de la estructura laboral, para poder organizarse en torno a instituciones que podían representar sus intereses de clase. Sin embargo, esta construcción social fue arrasada completamente tras la irrupción de la dictadura militar.

Un ejemplo significativo, son los llamados cordones industriales que generaron algunos sectores de la clase obrera a partir de 1970, en pleno proceso del poder popular: estos cordones eran órganos colectivistas de democracia obrera, organizados como una actividad independiente del proletariado con respecto a la burguesía nacional y sus burocracias (del sindicato oficial de la CUT; del Estado, como el parlamento y el congreso; y del oficialismo, los partidos de la coalición de la Unidad Popular: PCCh, PS, etc.). Estos consistían en un grupo de compañías y fabricas que coordinaban el trabajo de los obreros en una misma zona. Al momento del Golpe Militar se habían conformado 31 cordones industriales, de los cuales, 8 se encontraban en la región metropolitana. Estas organizaciones habían establecido una nueva articulación del espacio que se orientaba a la participación directa de los sujetos sobre el propio espacio público, por medio de una relación de gestión directa de las fábricas y compañías. Esta forma de organización superaba cualquier división social establecida a través de los regímenes de propiedad, volviendo directa tal relación entre personas e instituciones, sin mediaciones jurídicas de propietarios capitalistas, según los propios intereses colectivos de los trabajadores que las emprendían. El control obrero sobre la producción, representa un acto revolucionario y un problema para el poder, pues subvierte su estructura, a la vez que supone en sí misma una reorganización completa de la vida social, bajo el principio de satisfacer los propios intereses de las clases trabajadoras sin necesidad de que las empresas sean organizadas por las clases patronales.

Lo que hizo el Golpe Militar fue dar la oportunidad para el desmontaje de tal articulación revolucionaria de la espacialidad, por la vía de las armas, la represión policiaca, la guerra contra una clase social popular instituida, carente de armas y por sobre todo a través del shock económico neoliberal.

A partir del Golpe, el movimiento migratorio del campo a la ciudad disminuyo su incansable avance. En cambio, desde ahora, los movimientos migratorios no vendrían dados desde el campo a la ciudad de Santiago, sino que mas bien constituirían movimientos legalizados y controlados dentro de la región metropolitana, efectuados por el gobierno dictatorial, a través del decreto N°2.552 de febrero de 1979, denominado Programa de viviendas básicas de erradicación de campamentos, que entre 1979 y 1985 erradico y traslado dentro de la ciudad a 28.703 familias: el 77.3% de estas familias fueron desplazadas a solo 5 comunas del área sur de Santiago, esto es a La Pintana, Puente Alto, La Granja, San Bernardo y Peñalolén, provocando un nuevo influjo de segregación espacial, por lo cual las familias desplazadas sufrieron un triste desarraigo de su entorno natural y familiar. Por otro lado, las comunas receptoras eran comunas pobres en infraestructuras y equipamientos, por lo cual se desarrollaron nuevos focos de pobreza y marginalidad social, en lugar de prestar una solución concreta al problema de la marginación. Las comunas que cedieron a los pobladores se sirvieron de la revaloración de sus tierras, producto de una verdadera operación de limpieza social efectuada en la ciudad de Santiago. Esto significo una nueva división social, una reactualización del proyecto segregador de la antigua aristocracia santiaguina que aspiraba a la división tajante entre la Ciudad decente y la indecente, pues esta nueva política de desplazamientos permitió una mayor homogeneidad social de las comunas implicadas. Esto quiere decir que unas comunas se volvieron homogéneamente ricas y otras homogéneamente pobres.

También la CORFO sufriría las consecuencias del giro neoliberal del modelo capitalista, pues esta institución inicio un proceso de privatización (de 1973-1989) que culmino con el traspaso al sector privado de importantes empresas públicas. Este tema de las privatizaciones es fundamental para comprender la institucionalidad autoritaria, de tradición portaliana, donde toda la iniciativa pública se encuentra traspasada al sector privado, como en la génesis del Estado nacional. El conjunto de instituciones del proceso de privatización de empresas públicas, efectuado entre 1985 y 1989: “el Estado de Chile se deshizo de 30 empresas, lo que le significo una perdida que se estimó en más de mil millones de dólares, es decir, más de 570 mil millones de pesos de hoy”, denuncia Maria Olivia Mönckeberg; “entre las treinta que pasaron a manos privadas desde 1985 a marzo de 1990, destacan la Empresa Nacional de Electricidad (Endesa), sus filiales y las compañías de Acero del Pacifico (CAP), la Industria Azucarera Nacional (IANSA), la Línea Aérea Nacional (LAN Chile), la Compañía de Teléfonos de Chile (CTC) en la actualidad perteneciente a Telefónica, la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTEL), Télex Chile, Laboratorios Chile y el Instituto de Seguros del Estado (ISE).”  Y no hemos considerado la privatización parcial de gran parte de la ENAP (Empresa Nacional del Petróleo), por medio de un conjunto de empresas filiales como PETROX y RPC, ni tampoco la de CODELCO (Corporación del Cobre), cuya privatización creciente ha sido fomentada y alentada en plena democracia. Todas estas empresas públicas, además de las privatizaciones de los sistemas de educación (consagrada en la Ley Orgánica Constitucional de Educación) y del sistema de salud bajo el sistema de ISAPRES.

Los neoliberales, además, tuvieron la oportunidad de privatizar el sistema público de pensiones, de la mano de la reforma previsional que incluyo la creación de las AFP (Administradoras de Fondos de Pensiones) en 1980. Como este negocio no se mostraba atractivo, ni viable (en un principio) para los sectores privados, luego de la crisis del 82’, se propuso como requerimiento que las AFP “pudieran invertir parte de sus fondos en las Empresas Publicas. Por eso, hasta el día de hoy, en muchas de ellas, están en las listas de sus principales accionistas.

 

 

Privatización del espacio público vs ecología social;

Antinomia contemporánea de la modernidad

 

En resumidas cuentas, hasta aquí hemos determinado (desde el punto de vista de la ciudad como materialidad, como hecho geográfico-físico que comprende una organización y articulación de la espacialidad), que el Gran Santiago ha sido contantemente dividida, en todas las oleadas de modernización bajo el modelo de una estructura de poder según los intereses de los grupos dominantes: división entre una ciudad en sí y una ciudad sub-urbana, marginal. En lo económico: la primera oleada era de carácter liberal, la segunda de carácter corporativo y la última de carácter neoliberal. La primera ni se preocupo de emprender un crecimiento económico hacia adentro del país, sino de solo entregar los recursos del país a los capitales extranjeros (Inglaterra, EE.UU), la segunda lo hizo tímidamente, bajo la necesidad de renovar su estructura a partir de una modernización atrasada y tardía, para integrarse a la división internacional del capitalismo, de una forma menos raquítica, aunque manteniendo la estructura de clases, mientras que la tercera, aun vigente, provoco el desmontaje del modelo industrialista y la territorializacion del sector publico en el sector privado.

Nuestra propuesta de la ecología social como pensamiento revolucionario, comprende la visión mas amplia de su significado, porque incluye tanto una ecología mental (que es la desterritorialización del pensamiento capitalista hacia un lenguaje y arte incodificable –transformación del sistema de valores, de las costumbres, etc.), una ecología social en sí (que hace relación con la instauración de instituciones sociales que establezcan relaciones no autoritarias entre las personas, relación directas con las organizaciones, en que las personas se encuentren ocupando, creando y distribuyendo el espacio público de manera igualitaria, desprivatizándolo lo apropiado indebidamente, los medios de producción y los recursos naturales), y una ecología medio-ambiental (que implica una higiene social y una perspectiva que intenta conciliar la visión organizadora de los espacios con la propia naturaleza, en vez de la tendencia a la explotación indiscriminada de la tierra, el agua y el aire, para articular armónicamente a las personas con su entorno ecológico).

Una forma comprensible de entender estas dos grandes tendencias que se disputan la espacialidad contemporánea pueden ser visualizadas a través de la distinción entre las economías capitalistas y las economías naturales realizadas por Rosa Luxemburgo: la economía natural es la que posee todo pueblo en condiciones naturales, es decir, que poseen una economía basada en la reciprocidad, donde se encuentra prohibida la propiedad privada tanto de la tierra como de los instrumentos del trabajo, y de cualquier poder en general [He aquí los cuatro objetivos que el capitalismo persigue de toda economía natural: (1) Apoderarse de las principales fuentes de las fuerzas productivas como son el suelo y la tierra, bosques, minerales, metales preciosos, productos exóticos, etc.; (2) “liberar” la fuerza de trabajo a fin d encausarla en un sentido capitalista; (3) introducir las economías mercantiles; y (4) Separar la agricultura de la industria].

Por otro lado, la economía capitalista es de tendencia imperialista, y se instala sobre las economías naturales para poder organizar, distribuir y ordenar el consumo según los intereses de una clase dominante. Pues bueno, mi opinión es que el Estado capitalista no puede llegar a totalizar su dominio sobre la tierra, ni sobre una sociedad determinada, y en cambio, se encuentra constantemente amenazada por las fuerzas revolucionarias que tienden a reorganizar colectivamente el proyecto de la naturaleza, tras el intercambio capitalista el intercambio reciproco, tras la privatización del sector público y su materialidad, el sentido de propiedad colectiva del espacio público, de los instrumentos y los recursos que ha sido ocultado y mitificado.

En este sentido, debemos considerar que la organización de la espacialidad según las coordenadas neoliberales que aun padecemos, siempre obedecen a una organización de las fuerzas productivas que mediatizan las relaciones de los individuos con el espacio público que transitan, mediatización emprendida por el sector privado que establece los ordenamientos jurídicos-normativos y los ordenamientos corporales, de un lado organizando un régimen del lenguaje, y de otro un régimen de cuerpos, un orden del discurso, tanto como un orden de los cuerpos que actúan en las instituciones. Por lo tanto toda realización de la ecología social (mental, social y medioambiental) implica la reorganización del espacio en todos sus grados, que en condiciones capitalistas, supone una postura de resistencia y de contra-poder a los ojos del Estado capitalista y sus grupos dominantes, tanto contra las formas de vida social instauradas por Altos Funcionario del Estado y Magnates Capitalistas. Esto puede ser ilustrado de una manera más entendible a través del enfrentamiento entre el Estado chileno y las confederaciones mapuche, los butalmapu. Al observar podemos dar cuenta de las distintas naturalezas de estar formas de articular el espacio. Bueno, mi opinión es que estas formas ecológicas de articulación del espacio persisten en cada población que se pone en situación de contrapoder, cuando tiene que contestar a la violencia del Estado capitalista, cuando este requiere apropiarse de sus recursos naturales, contaminar el agua, construir plantas hidroeléctricas, desforestar, apropiarse de los mares. El caso de los pescadores artesanales también es ejemplar, en tanto, la propia instalación de los barcos industriales en las costas de un pueblo, supone la radicación y eliminación de la forma de pesca artesanal, de la fuente de trabajo, la desestructuración de la fuerza de trabajo naturalmente dispuesta, la pérdida del sujeto aplastado por el sector privado, y en suma, de toda una comunidad entorno a la pesca, y lo contrario, es decir, la lucha y resistencia de los pescadores contra la dominación del sistema privado, la forma genuina de existir y reencontrarse con la naturaleza ecológica.

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