El credo mediático de fin de siglo. (Hakim Bey)

Este artículo es de 1995 y desde entonces circula por la red. Ha sido publicado por diversos fanzines en todo el mundo.
1. Podemos definir al “Media” según que un medio dado sostenga o no ser “objetivo”, en los tres sentidos de la palabra, es decir, que
“dé cuenta objetivamente” de la realidad; que se defina como parte de una condición objetiva o natural de la realidad; o que suponga
que la realidad puede ser reflejada y representada como un objeto por un observador de la misma. “El Media” –utilizado aquí como
un término singular pero colectivo- pone lo subjetivo entre paréntesis y lo aísla de la estructura básica de la mediación, que se
presenta como la mirada autorreflejante del reportaje social, “imparcial”, equilibrado, puramente empírico. Oscureciendo
deliberadamente la frontera entre lo objetivo y lo subjetivo –como en el infotainment/1, los folletines sentimentales, que tanta gente
cree “reales”, las historias de policías “como la vida misma”, la publicidad, o los talkshows- el Media construye la imagen de una
falsa subjetividad, empaquetada y vendida al consumidor como un simulacro de sus propias “sensaciones” y “opiniones personales”
o de su subjetividad. Y al mismo tiempo, el Media construye (o es construido por) una falsa objetividad, una falsa totalidad, que se
impone como la-visión-del-mundo autorizada, independientemente del sujeto, inevitable, incontrovertible, una verdadera fuerza de
la Naturaleza. Así, cada “sensación” u “opinión personal”, en cuanto nace, es experimentada a la vez como profundamente personal
y objetivamente verdadera. Yo compro esto porque me gusta y porque es lo mejor; apoyo la guerra porque es justa y honorable y
porque produce un montón de entretenimientos excitantes (“Tormenta del Desierto”, miniserie fabricada para la franja horaria de
mayor audiencia de la televisión). Así, rechazando en apariencia lo simplemente subjetivo (o colocándalo entre los paréntesis del
arte), el Media recupera activamente al sujeto y lo reproduce como elemento en el interior del gran objeto, el reflejo total de la
mirada total: la mercancía perfecta en sí misma.
2. Por supuesto, todos los medios actúan así hasta cierto punto, y quizá deberían ser objeto de una resistencia consciente o
“criticados” en la misma medida. Los libros pueden ser tan venenosos como Los 40 Principales de la radio, y tan falsamente
objetivos como el telediario de la noche. La gran diferencia consiste en que no importa qué puede producir un libro. Se ha
convertido en un “medio íntimo”, en el que están comprometidas las facultades críticas, puesto que sabemos y comprendemos al
libro como subjetivo. Cada libro, como ha señalado Calvino, encarna una política personal, más allá de que el autor sea consciente
de ello o no. Nuestra conciencia de esto aumenta en proporción directa a nuestro acceso al medio. Y precisamente porque el libro no
posee ya el aura de objetividad de que gozaba, digamos en el siglo XVI, este aura se ha desplazado de los medios íntimos al
“Media”, el media público tal como la red televisión. En este sentido, el Media queda por definición cerrado e inaccesible a mi
subjetividad. El Media quiere construir mi subjetividad, no ser construido por ella. Si permitiese esto último, se convertiría –de
nuevo por definición- en otro medio íntimo, privado de su pretensión de objetividad, reducido (desde el punto de vista del
Espectáculo) a una relativa insignificancia. Evidentemente, el Media resistirá a esta eventualidad, pero lo hará justamente
invitándome a investir mi subjetividad de su energía total. Recuperará mi subjetividad, la pondrá entre paréntesis, y la utilizará para
reforzar su propia falsa objetividad. Me venderá la ilusión de que “me he expresado”, sea vendiéndome el estilo de vida de mi
“elección”, sea invitándome a “aparecer”, bajo la mirada de la representación.
3. En los años 60 el Media estaba aún emergiendo y no había consolidado todavía su control en el ámbito de la imagen.
Sobrevinieron entonces algunas notables extravagancias. Intentó trivializar y diabolizar la contracultura, pero inadvertidamente
consiguió volverla más atractiva; intentó glorificar y justificar la guerra de Vietnam, pero inadvertidamente reveló la crueldad y el
absurdo, como si de un mal viaje con ácido se tratara. Estas extravagancias dieron como resultado una disonancia entre la ideología
y la imagen. La voz nos decía que la contracultura era payasesca y mala, pero uno la veía divertida; la voz nos decía que la guerra
era justa y heroica, pero lo que uno veía era el infierno. Sin embargo, afortunadamente para el Media, McLuhan y Debord vinieron a
explicar lo que ocurría realmente y la situación fue corregida de inmediato. (McLuhan quiso reforzar el poder del Media, Debord
destruirlo, pero los análisis y las críticas de estos dos autores eran tan perspicaces que sus descubrimientos fueron útiles para el
Media de una manera que ni el uno ni el otro hubieran sospechado.) El media pudo, por así decir, tender un puente entre la ideología
y la imagen, y eliminar prácticamente toda disonancia cognoscitiva.
4. Durante los años 60, algunas personas empezaron a sentir e incluso a comprender el mal alineamiento que había en los medios
entre ideología e imagen, y percibieron aquí una apertura, una vía de acceso al poder que no estaba vigilada. Los movimientos de
protesta y contraculturales se pusieron a buscar una “visibilidad mediática”, porque tenían confianza en su imagen, que consideraban
más seductora que la ideología que procuraba interpretar esta imagen. Algunos teóricos se convirtieron en partidarios de la toma de
los medios. El ojo parecía irresistiblemente atraído por ciertas imágenes, aun si estas imágenes estaban codificadas como agresiones
contra el “sistema” o el “establishment”. Pero, una vez más, el Media sobrevivió al ataque intentado contra su poder por la muy
contestataria imaginería disidente, y ésta fue incluso fomentada. Al fin de cuentas, lo que importaba era tener una “buena televisión”
y estímulos para los televidentes a través de las imágenes ardientes de la protesta, de las embestidas promovidas por los hippies, de
las endemoniadas estrellas del rock, de la estética psicodélica, etc. El media apareció entonces mucho más resistente que su
oposición; de hecho, el “estudio” de la realidad había sido tomado por asalto (como predicaba Burroughs), y había resistido abriendo
todas las puertas de la imagen y devorándose a sus enemigos. Porque, en última instancia, no se podía aparecer en el Media más que
como una imagen, y una vez que uno quedaba reducido a este estatuto, se unía simplemente al teatro de fantasmas de las mercancías,
al mundo de las imágenes, al espectáculo. Sin los varios centenares de millones necesarios para comprar uno mismo un canal, no
existía ninguna manera de imponer su subjetividad al Media. (E incluso esto se revelaba imposible, puesto que una persona que
poseyera a la vez tanto dinero y tanto egocentrismo jamás podría producir otra cosa que una trivialidad opresiva; ésta es una “ley de
la naturaleza”.) En otras palabras, el media ha perdido algunas batallas durante los años sesenta, pero ha ganado la guerra. Una vez
que se hubo comprendido que el medio (la imagen) es el mensaje (la ideología), y que esta identidad constituye en sí misma el
espectáculo y su poder, el porvenir estuvo asegurado. Kennedy había obrado como un actor para conseguir el poder, pero Reagan era
un actor: el primer símbolo del espectáculo que se ha vaciado para consolidarse como pura simulación. Bush perfeccionó a
continuación la guerra “pura” o simulada y Clinton es nuestro primer presidente plenamente “virtual”, símbolo de la identidad
absoluta entre la imagen y la deología. No se trata de que el Media tenga ahora todo el “poder” o de que utilice el poder de una
manera conspirativa. La verdad es que no hay “poder” –solamente una totalidad completa y falsa dentro de la cual se contiene todo
el discurso; una objetividad completa y totalitaria; un Imperio de la imagen absoluto fuera del cual sólo existe la patética,
insignificante y, de hecho, irreal subjetividad del individuo. Mi subjetividad. Mi absurdidad absoluta.
5. Siendo esto así –y siéndolo de un modo tan evidente-, uno podría sorprenderse de que los teóricos de los medios y los militantes
hablen y se conduzcan todavía como si estuviésemos en 1964 y no en 1994, cerca de un tercio desiglo más tarde. Aún oímos hablar
de “apoderarse de los medios”, de infiltrarlos, de subvertirlos, e incluso de reformar los medios. Seguramente, varios de los teóricos
de la manipulación mediática de los años sesenta viven todavía, que Alá los premie y los conserve, viejos beatniks y viejos hippies,
y podemos perdonarlos por inducirnos a emplear las tácticas que para ellos han parecido funcionar otras veces. Y sin embargo, por
lo que a mí respecta, fue uno de estos personajes de los años sesenta el que me alertó sobre lo que estaba en vías de suceder
realmente. En 1974, en Teherán, yo estaba cenando en la casa del muy notorio embajador canadiense James George, junto a Ivan
Illich, cuando llegó un telegrama del gobernador de California, Brown, quien invitaba a Illich a sus expensas para aparecer junto a él
en la televisión y le proponía un puesto en su administración. Illich, que era realmente una especie de santo, montó en cólera por
primera y única vez durante su estancia en Irán y se deshizo en insultos contra Brown. Como el embajador y yo mismo mostráramos
nuestro asombro ante esta reacción a una cordial oferta de dinero, celebridad e influencia, Illich nos explicó que Brown intentaba
destruirlo. Dijo que él no aparecía jamás en la televisión porque todo su discurso consistía en una crítica a las instituciones y no en
una píldora mágica para curar los males de la humanidad. La televisión sólo era capaz de proponer respuestas simples, no preguntas
complejas. Él se negaba a convertirse en un gurú o en una estrella mediática, cuando su verdadero propósito era incitar a cuestionar
la autoridad y a pensar por uno mismo. Brown quería poner en escena la imagen de Illich (carismático, con un lenguaje claro, un
aspecto fuera de lo habitual, sin duda muy televisivo), pero no tomarse el trabajo de reflexionar sobre la crítica illichiana de la
sociedad de consumo y el poder político. Además, dijo “Don Iván”, detestaba coger el avión y sólo había aceptado nuestra invitación
a Irán ¡porque la carta que le habíamos enviado estaba llena de faltas!
6. Cuando le preguntamos a Illich: “¿Por qué no aparece usted en los medios?”, respondió que se negaba a desaparecer en los
medios. Nadie puede aparecer en “los medios” con su propia subjetividad (y lo político es lo personal tanto como lo personal es lo
político); uno debería rehusarse al Media por lo que éste podría extraer de energía vampírica a partir de la manipulación (o
sencillamente posesión) de nuestra imagen. Yo no puedo “apoderarme del media” aun cuando lo comprara, y aceptar la publicidad,
por ejemplo, del New York Times, de la revista Time, de una cadena de televisión; volvería en tal caso a transformar simplemente
en mercancía mi subjetividad, fuese ésta estética (“sensaciones”, arte) o crítica (“opiniones”, agitprop). Si quiero efectuar esta
transformación en mercancía –si quiero dinero y fama-, entonces podría tener algunas razones para “aparecer en los medios”, incluso
al precio de ser masticado y escupido (porque la Mirada es fría y se aburre y se distrae con facilidad). Pero si el precio que pongo a
mi subjetividad está muy por encima de la dudosa apuesta de 15 minutos de celebridad y del doble de esta cantidad en monedas de
plata, tendré una muy buena razón para no “aparecer”, para que no me miren de reojo. Si aspiro a que mi vida cotidiana sea el lugar
de las maravillas que deseo, antes que a proyectar estos deseos en la sucesión de unas imágenes desencarnadas por el consumo (o el
rechazo) público, tendré otra buena razón para huir del media en vez de “apoderarme” de él. Si deseo la “revolución”, entonces
tengo una razón urgente para no renunciar a la posibilidad del cambio social en beneficio de la imagen del cambio, o (peor aún) de la
imagen de mi deseo de revolución, o (peor aún) de la imagen de la traición de mi deseo.
7. Desde este punto de vista, no veo más que dos estrategias posibles contra “el Media”. Primero, investir nuestras energías en el
media íntimo, que siempre puede jugar un papel auténtico (de “mediación positiva”) en nuestras vidas cotidianas y en las de los
otros. Segundo, comportarse con el “media público” (o “mediación negativa”), ya sea en el modo de la huida, ya sea en el de la
destrucción, porque el “espacio” apropiado para la falsa representación sólo puede ser liberado por la violencia. Huelga decir que no
hablo de violencia contra los individuos –que resultaría completamente inútil, por tentadora que fuera-, sino de violencia contra las
instituciones. Admito que en lo que se refiere a estas dos posiciones estratégicas (huida y destrucción), aún no he desarrollado
tácticas específicas y eficaces; y, por supuesto, es vital tener una táctica, puesto que precisamente debemos entrar en el reino
encantado de la ideología y de la imagen, para alcanzar el ámbito del “campo de batalla”, que puede ser comparado con la guerra. Lo
último que necesitamos en esta batalla es una acumulación de ingenuas teorías sobre la conquista de los medios o su infiltración, o
sobre la liberación de las ondas. Dadme un solo ejemplo de toma del poder radical de un medio importante y me callaré la boca para
ir a proponer mi candidatura a un gordinflón de la PBS [Public Broadcasting Service], o para empezar a buscar algunos millones de
dólares. ¿Ninguna respuesta? Entonces seguiré aferrado firmemente a mi silencio.
____________
1. Expresión resultante de la contracción de los términos ingleses information y entertainment (entretenimiento, ocio). N. del T.
francés.
Traducido del inglés al francés por Serge Quadruppani (Samizdat, http://www.samizdat.net). Versión castellana: R.D.

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