El partido del estado. (Miguel Amorós)

«Quien es causa del poder de otro, lo es de su propia ruina» (Maquiavelo)
Un fantasma pena por el mundo al acecho de los vivos; el fantasma del Estado. La pregunta sobre su naturaleza ha dejado de ser la
cuestión central de nuestra época. Vencido el segundo asalto proletario contra la sociedad de clases, los intereses estatales se
supeditan a los del Capital y la iniciativa pasa definitivamente a las finanzas. En efecto, la Bolsa ha disuelto fronteras, y en todas
partes, el holding, el trust, la multinacional, pasan pon encima de las instancias políticas y administrativas. Los diputados, los líderes
sindicales, los intelectuales, los ministros, etc., ceden paso a los mánagers, a los expertos, al marketing. El principio de
competitividad se impone sobre el principio de organización y el Estado se doblega ante la supremacía del Mercado. El poder real se
manifiesta poco en la actuación administrativa y en la política cotidiana, porque ya no está en manos del funcionariado. El poder, en
su crecimiento, se escapa del Estado. El progreso de la burocratización se ha detenido y, de nuevo, Estado y Capital, burócratas y
financieros, son realidades separadas. En contraste con la evolución de los últimos cincuenta años, la tendencia histórica actual se
dirige en el sentido de la pérdida progresiva de hegemonía del Estado.
La sociedad nacida tras la Segunda Guerra Mundial -en España, treinta años más tarde- basada en la integración política y social de
los trabajadores, representados por los partidos y sindicatos, condujo a la parálisis de toda acción proletaria verdadera; la masa
obrera, al beneficiarse de mejores condiciones de vida y de trabajo, rehusaba jugar el papel revolucionario que le atribuían,
consolidándose un sistema político burocrático diferente, donde la carrera por el control total de la sociedad impelía al Estado, al
aumento considerable de los gastos sociales. Ahora, la progresiva retirada del Estado de diversos sectores de la vida social como
comunicaciones, transportes, sanidad, vivienda, enseñanza, etc., cuya apropiación en el curso de los últimos cincuenta o sesenta años
fue defendida en tanto que servicio público, preocupa a políticos, intelectuales, funcionarios, y, en general, a quienes viven de su
administración material o moral; el desasosiego que les causa la renuncia del Estado a representar el interés público está de sobras
justificado, puesto que les coloca en mala posición como clase intermediaria que vive de representar dicho interés al menudeo, es
decir, como clase al servicio del Estado, como burocracia, y pone en peligro sus lugares de trabajo. El que los mercados financieros
internacionales determinen ahora ese interés y no los pactos políticos resultantes del equilibrio local entre fuerzas, implicará a medio
plazo la liquidación de una parte de la burocracia estatal y el reciclaje del resto, principalmente en la dirección penal y asistencial. Al
sufrimiento burocrático consiguiente se le denomina crisis de la política.
La primera fase de este proceso, la domesticación de los trabajadores mediante la extensión de la precariedad y la creación de un
mercado de trabajo volátil abandonado por los sindicatos, fue la creación de un partido del orden unificado, a derecha y a izquierda,
plasmación de la alianza conjunta entre Estado y Capital. La ficción del interés público -a veces orden público- necesaria hasta hoy
mismo, se vuelve inútil al final, cuando triunfa el Mercado, la reunión de los intereses privados por excelencia, y la diferencia entre
la administración del Estado y la de las empresas deja de existir. La actuación de un político, de un funcionario, del propio Estado,
está en adelante sujeta a valoraciones traducibles en términos económicos (sale barata o cara, se gana o se pierde, es rentable o
deficitaria, etc.). Y puestos en ese terreno, todo lo que hace un burócrata, lo puede hacer un empresario con mejores resultados. No
es el fin de lo público, es el fin de la separación entre lo público y lo privado. Es la generalización del principio de competencia
capitalista, un verdadero golpe contra el Estado, el paso de la explotación mediatizada a la explotación sin intermediarios, que
inaugura obligatoriamente una fase de desburocratización parcial, o como la llaman los afectados, de desregularización.
Sucede que la gestión de las necesidades de la sociedad de masas es cada vez más complicada, más ineficaz y, sobretodo, más
costosa. El Estado ha fracasado en la tarea de tallarse una sociedad a su medida y no puede huir hacia adelante, extendiéndose más
allá de lo que puede controlar, sin agotar los medios económicos a su disposición. Toda intervención estatal necesita ser financiada y
el Estado no puede endeudarse más allá de un cierto límite sin verse en bancarrota. La burocracia política pierde capacidad de
maniobra y el Estado pierde el respaldo de sus principales acreedores, que le desposeen poco a poco de sus atributos, incluido el que
constituyó siempre su mayor justificación, el monopolio de la violencia. En el modelo social americano, que soluciona el problema
del paro y la marginación no sólo con ETTs y asistentes sino con carceleros, la gestión de las prisiones está pasando a empresas y se
desarrolla el próspero sector de la policía privada. En el modelo ruso, las diversas mafias compiten ventajosamente con la fuerza
institucionalizada en el ejercicio de la protección. El Estado había evolucionado en los últimos tiempos privilegiando la seguridad,
pero ésta no ha mejorado con la expansión de aquél, de modo que, el resultado (el caos, la catástrofe), ineluctable ahora, sale menos
gravoso sin gestores y es objeto de la iniciativa privada. En un mundo realmente caótico, el Estado aparece como la forma
burocrática del desorden. En la lógica de la dominación, es ahora el Mercado y no el Estado quien ha de gobernar.
El Estado es una forma de dominación todavía política que va a transformarse en una forma particular de Capital gracias al recurso
de métodos empresariales. La autonomía de las finanzas internacionales ha bloqueado el proceso de fusión de la burocracia privada
de los ejecutivos con la burocracia estatal de los funcionarios y políticos, proceso sobre el que se asentaba el llamado «estado de
bienestar» -que en España equivaldría al franquismo más la reforma política-, liquidando de un mismo movimiento todas las
apariencias estatales de independencia, y eso es el centro de la cuestión. Y no es que la burocracia estatal no necesite marcar sus
diferencias con los poderes financieros, es que no puede, ya que la razón de Estado se ha convertido íntegramente en razón de
Mercado. La razón de Estado había sido hasta hoy el eje de toda la política contemporánea, debido a la necesidad de Estado que ha
tenido la clase dominante para afianzar su supremacía. Por entonces ello supuso el condicionamiento de la acción política al objetivo
único de la conservación del Estado. De esta forma el interés público fue identificado con el interés del Estado, y por ende, con el
del poder dominante, primando sobre cualquier otro interés y justificando cualquier medio empleado. A diferencia de la razón de
Estado totalitario, que de la ideología hacía Estado, la moderna razón hizo del Estado ideología. Al no haber autoridad por encima
del Estado, la política perdió su cobertura ideológica y entonces recurrió a la necesidad económica, encarnación moderna del
destino. La economía ha sido el límite ideológico del Estado que ahora se vuelve real.
El Estado como forma exclusiva de dominación al servicio de unos intereses ha entrado en crisis, y de ahora en adelante, toda crisis
tendrá el efecto de acelerar el proceso globalizador de la economía. Finalmente, la dominación era un problema técnico, un problema
que las tecnologías de la información resuelven sin pasar por la maquinaria del Estado, lo cual no es reflejo de una descentralización
en la toma de decisiones sino, al contrario, de una centralización de nuevo tipo, porque mientras la burocracia se disuelve en el
ciberespacio, el centro se ha virtualizado pero no ha desaparecido. El umbilicus mundi ha subido al cielo. La esencia del poder es de
este modo casi inaprehensible, ya que éste no reside en un sólo país o en unas cuantas capitales sino que, gracias a las nuevas
tecnologías, está en todas partes y en ninguna a la vez. Los dirigentes máximos habitan una metaciudad atravesada por autopistas
electrónicas por donde circulan los capitales: un espejismo gobierna el mundo.
La mundialización no es solamente una simple amplificación y aceleración de la internacionalización de los intercambios
comerciales, es la proclamación de la autonomía total y del dominio del capital financiero sobre el capital industrial y el Estado.
Significa, entre otras cosas, la redefinición de la división internacional del trabajo, el fin del trabajo asalariado como forma de
inserción social y el fin del control estatal del capital privado. O en otras palabras, el fin de la clase obrera, la imposibilidad de un
capitalismo nacional, la liquidación del Estado-nación. El proceso ya se había desarrollado en el periodo histórico anterior, el de la
hegemonía de las dos superpotencias, EE.UU. y la URSS, que eran dos Estados mundiales. El camino de la mundialización conduce
a la disminución del peso específico de los partidos y de los parlamentos, «del poder de decisión de la ciudadanía» como dice el
vocero europeo de la burocracia bienpensante Le Monde Diplomatique, que ante sus feligreses promueve una resurrección del
espíritu nacional y un culto sin disimulos al Estado. Se clama por una unión sagrada entre partidos de izquierda apoyada por los
sindicatos y las asociaciones y se ensalza la punta de lanza de esa unión: la masa de funcionarios de a pie, bautizada como «mano
izquierda del Estado», y sus mandos, o «petite noblesse d’Etat». La conversión de estalinistas y ecologistas a este nacionalismo de
circunstancias es un hecho. Paradójicamente, el nuevo nacionalismo de Estado ha de librar batalla en el campo supranacional. A una
internacional de los financieros ha de oponer una internacional de la burocracia: eso es el partido del Estado.
Los ideólogos extremistas del partido del Estado pretenden una federación de Estados que implicaría una especie de Estado europeo,
y por de pronto, reivindican que las naciones transfieran poder al parlamento europeo y que éste reciba el mandato de las políticas
«nacionales». También reclaman «un espacio público europeo que permita a los ciudadanos participar en la edificación de la Unión»
(Le Monde Diplomatique, marzo de 1996). Pero la Unión Europea no es una federación sino un mercado, por lo que el parlamento
europeo no es más que una instancia secundaria, un adorno, los parlamentos nacionales no tienen poder real que transferir, las
políticas nacionales no existen y el terreno político europeo se halla hipertrofiado con toda clase de asociaciones, como el Forum
Cívico Europeo, las Conferencias interciudadanas europeas, el Comité Europeo por el respeto de las Culturas y de las Lenguas, el
Foro Europeo de la Juventud, organizaciones diversas, sindicales, de enseñantes, de investigadores, etc., verdaderos viveros no
gubernamentales de burócratas de todo pelo. Tras esa «utopía» estatalista se esconde en realidad el deseo de ampliar la base
internacional del partido, de crear una nueva zona de mediación interestatal, con asociaciones y organismos subvencionados no
necesariamente útiles, pero que creen empleos para la «ciudadanía» de aspirantes a dirigentes.
El partido del Estado es la idea madre de la intelectualidad estatista, ansiosa por inventar un nuevo discurso políticamente correcto
más allá de las habituales coartadas pacifistas, feministas o ecologistas. Pero en el plano de la acción, la burocracia política es
incapaz de una coalición internacional que sea otra cosa que un club del estilo de la Internacional socialista, debido a la disparidad
de intereses de sus componentes, y difícilmente forma una a escala nacional. Pero por encima de todo, la burocracia es incapaz de
oponerse seriamente a las causas profundas de la mundialización, porque sólo cree en el poder y éste ya no reside en el Estado. Así
pues, con la totalidad del discurso panestatista solamente comulgan los menos «realistas», quienes identifican todavía Estado y
poder, como por ejemplo los estalinistas y su cohorte de izquierdistas. Y es que los intereses de la burocracia no apuntan a un
Capitalismo de Estado sino a un Estado en el Capitalismo. Como los antiguos mandarines, la burocracia es una clase que no detenta
el poder sino que lo administra, que no posee nada, que no controla su reproducción y que se representa a sí misma representando a
otros: al Estado, al Ciudadano, al Obrero… No ejerce función de dirigente sino de transmisor. Obedece y manda. Además, de
acuerdo con la naturaleza de su mediación varían sus intereses. Por consiguiente, su partido, el partido del Estado, otrora llamado «la
unidad de la Izquierda», no puede existir unificado orgánicamente, a lo sumo puede funcionar coaligado. No es un partido
ideológico sino un conglomerado de intereses varios y de clientelas diversas. Cada fracción defiende sus intereses específicos y la
mayoría -los socialdemócratas y los sindicatos- propugnan «terceras vías» o «nuevos centros», o sea, que se sitúan fuera de él, en un
lugar indeterminado entre la estatización y el mercado global, más cerca del segundo que de la primera. Como dijo González a sus
compadres italianos, «Un Olivo mundial sólo puede entenderse como una declaración de intenciones». En resumen, una
internacional de la burocracia no sirve más que para cantar, el huevo se pone en otro nido. Disimulan, cada sector a su modo, el
hecho flagrante de que, para poder seguir en política, el partido del Estado ha de «estar constantemente ajustando la política según la
orientación de los mercados» (G. Schroder), es decir, ha de hacer exactamente lo contrario de lo que ha pregonado.
En tanto que representante de los intereses generales de la burocracia, el partido del Estado parte de los principios que la justifican,
como el de la separación entre el ciudadano y la administración pública -la separación entre gobernantes y gobernados, o sea la
especialización del poder- o el de la necesidad del mantenimiento permanente de aparatos policiales y ejércitos. Es un partido de
orden -no conviene olvidar que el partido del Estado puede llegar a ser el partido del crimen de Estado cuando crea que el orden lo
requiere- que dice defender la «justicia social» a su manera, con una gran burocracia asistencial. Sus falsos contrincantes, o lo que es
lo mismo, sus verdaderos interlocutores, las fuerzas que dirigen el Mercado, el partido de la Mundialización, no son enemigos
jurados de la burocracia ni pretenden abolir el Estado. Quieren simplemente someterlo a las leyes económicas y dan preferencia al
desarrollo de una burocracia judicial y carcelaria, con el fin de controlar las contradicciones de la Economía. Piensan que el orden
planetario puede concebirse de forma diferente a la del Estado mundial, a saber, como un espacio sometido a la Economía
incontrolada y vigilado por un Estado gendarme. Entonces, partidarios también del Estado hasta cierto punto, no solamente no
combaten al partido del Estado, partidario del mercado global también hasta cierto punto, sino que frecuentemente se sirven de él
para imponer sus planes sin despertar resistencias que les inquieten, puesto que se ha de favorecer al máximo la adaptación de las
estructuras productivas locales al mercado mundial autoorganizado y el descontento generado ha de adoptar formas inocuas y
perseguir fines irrelevantes, tareas ambas que hasta hoy constituían la misión histórica de dicho partido: en Europa han sido llevadas
a cabo mayormente por gobiernos socialistas, normalmente con apoyo estalinista. No es nada extraño entonces que entre las distintas
esferas de poder haya una cierta permeabilidad y que los dirigentes circulen por ellas, como lo demuestra la buena acogida que
reciben en los círculos empresariales o el paso cada vez más extendido de la política a los negocios; diríase que, siendo la política
algo subalterno, un dirigente llega a la madurez cuando la deja.
El partido del Estado se quiere constituir cuando el trabajo contrarrevolucionario del Estado y de sus partidarios se está acabando. La
posibilidad de verdaderos movimientos sociales que atacan las bases de la miseria y de la opresión, discuten sobre la reorganización
social y formulan proyectos de emancipación humana se ha vuelto irreal; solamente se dan movimientos de supervivencia
perfectamente controlables. El partido del Estado, en su etapa actual, no significa un obstáculo para la economía, antes al contrario,
es el partido de la economía. Como dijo un significado experto, «sin el Estado no se puede hacer nada». Todavía tiene que dirigir el
proceso globalizador, tal como demuestran los ascensos de Blair, Jospin, D’Alema… Todavía ha de realizar la tarea de su
antagonista, a saber, la de desmantelar el Estado. Así pues, el partido del Estado se bate por su última tarea, la de preparar la
transición hacia un orden mundial en el que ya no será necesario.
Miguel Amorós
(Barcelona)

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