Las tres ecologías. (Félix Guattari)

“Así como existe una ecología de las malas hierbas existe una ecología de las malas ideas”
Gregory Bateson
EL PLANETA TIERRA vive un período de intensas transformaciones técnico-científicas como contrapartida de las cuales se han
engendrado fenómenos de desequilibrio ecológico que amenazan, a corto plazo, si no se le pone remedio, la implantación de la vida
sobre su superficie. Paralelamente a estas conmociones, los modos de vida humanos, individuales y colectivos, evolucionan en el
sentido de un progresivo deterioro. Las redes de parentesco tienden a reducirse al mínimo, la vida doméstica está gangrenada por el
consumo «mass-mediático», la vida conyugal y familiar se encuentra a menudo «osificada» por una especie de estandarización de
los comportamientos, las relaciones de vecindad quedan generalmente reducidas a su más pobre expresión… La relación de la
subjetividad con su exterioridad ya sea social, animal, vegetal, cósmica se ve así comprometida en una especie de movimiento
general de implosión y de infantilización regresiva. La alteridad tiende a perder toda aspereza. El turismo, por ejemplo, se resume
con frecuencia a un viaje in situ en el seno de las mismas redundancias de imágenes y de comportamiento.
Las formaciones políticas y las instancias ejecutivas se muestran totalmente incapaces de aprehender esta problemática en el
conjunto de sus implicaciones. Aunque recientemente hayan iniciado una toma de conciencia parcial de los peligros más llamativos
que amenazan el entorno natural de nuestras sociedades, en general se limitan a abordar el campo de la contaminación industrial,
pero exclusivamente desde una perspectiva tecnocrática, cuando en realidad sólo una articulación ético-política que yo llamo
ecosofía entre los tres registros ecológicos, el del medio ambiente, el de las relaciones sociales y el de la subjetividad humana, sería
susceptible de clarificar convenientemente estas cuestiones.
El problema es saber de qué forma se va a vivir de aquí en adelante sobre este planeta, en el contexto de la aceleración de las
mutaciones técnico-científicas y del considerable crecimiento demográfico. Las fuerzas productivas, debido al desarrollo continuo
del trabajo maquínico, desmultiplicado por la revolución informática, van a liberar una cantidad cada vez mayor del tiempo de
actividad humana potencial.3 Pero ¿con qué fin? ¿El del paro, la marginalidad opresiva, la soledad, la ociosidad, la angustia, la
neurosis, o bien el de la cultura, la creación, la investigación, la reinvención del entorno, el enriquecimiento de los modos de vida y
de sensibilidad? En el Tercer Mundo, como en el mundo desarrollado, capas enteras de la subjetividad colectiva se desmoronan o se
repliegan sobre arcaísmos, como ocurre, por ejemplo, con la temible exacerbación de los fenómenos de integrismo religioso.
La verdadera respuesta a la crisis ecológica sólo podrá hacerse a escala planetaria y a condición de que se realice una auténtica
revolución política, social y cultural que reoriente los objetivos de la producción de los bienes materiales e inmateriales. Así pues,
esta revolución no sólo deberá concernir a las relaciones de fuerzas visibles a gran escala, sino también a los campos moleculares de
sensibilidad, de inteligencia y de deseo. Una finalización del trabajo social regulado de forma unívoca por una economía del
beneficio y por relaciones de poder sólo conduciría, en el presente, a dramáticos callejones sin salida. Es evidente en lo absurdo de
las tutelas económicas que pesan sobre el Tercer Mundo y que conducen a algunas de sus regiones a una pauperización absoluta e
irreversible. Es igualmente evidente en países como Francia, donde la proliferación de centrales nucleares hace que una gran parte de
Europa tenga que soportar el riesgo que conllevan posibles accidentes del tipo Chernobil. Por no hablar del carácter casi delirante
del almacenamiento de miles de cabezas nucleares que, al menor fallo técnico o humano, podrían conducir de forma mecánica a una
exterminación colectiva. En cada uno de estos ejemplos aparece la misma denuncia de los modos dominantes de valoración de las
colectividades humanas, a saber: 1) el del imperio de un mercado mundial que lamina los sistemas particulares de valor, que sitúa en
un mismo plano de equivalencia: los bienes materiales, los bienes culturales, los espacios naturales, etc.; 2) el que sitúa el conjunto
de las relaciones sociales y de las relaciones internacionales bajo el dominio de las máquinas policiales y militares. En esta doble
pinza, los Estados ven cómo su papel tradicional de mediación se reduce cada vez más, y a menudo se ponen al servicio conjugado
de las instancias del mercado mundial y de los complejos mili-taro-industriales.
Esta situación es tanto más paradójica cuanto que la época en la que el mundo estaba situado bajo la égida de un antagonismo
Este-Oeste, proyección ampliamente imaginaria de las oposiciones clase obrera-burguesía en el seno de los países capitalistas, está a
punto de pertenecer al pasado. ¿Quiere esto decir que los nuevos desafíos multipolares de las tres ecologías sustituirán pura y
simplemente a las antiguas luchas de clase y a sus mitos de referencia? ¡Por supuesto, una sustitución de ese tipo no será tan
mecánica! Ahora bien, parece sin embargo probable que esos desafíos, que corresponden a una complejidad cada vez mayor de los
contextos sociales, económicos e internacionales, tenderán a pasar cada vez más al primer plano.
Los antagonismos de clase heredados del siglo xix han contribuido inicialmente a forjar campos homogéneos bipolarizados de
subjetividad. Más tarde, durante la segunda mitad el siglo xx, a través de la sociedad de consumo, el welfare, los «media»…, la
subjetividad obrera pura y dura se ha desmoronado. Y aunque las segregaciones y las jerarquías jamás hayan sido tan intensamente
vividas, una misma coraza imaginaria recubre ahora el conjunto de las posiciones subjetivas. Un mismo sentimiento difuso de
pertenencia social ha descrispado las antiguas conciencias de clase. (Dejo aquí de lado la constitución de polos subjetivos
violentamente heterogéneos como los que surgen en el mundo musulmán). Por su parte, los llamados países socialistas también han
introyectado los sistemas de valor «unidimensionalizantes» de Occidente. El antiguo igualitarismo de fachada de mundo comunista
da paso así al serialismo «mass-mediático» (el mismo ideal de standing, las mismas modas, el mismo tipo de música rock, etc.).
En lo que concierne al eje Norte-Sur difícilmente podemos imaginar que la situación pueda mejorar de forma notable. Por supuesto,
en un determinado plazo de tiempo es concebible que la progresión de las técnicas agroalimentarias permita modificar los supuestos
teóricos del drama del hambre en el mundo. Pero, entretanto, sobre el terreno, sería completamente ilusorio pensar que la ayuda
internacional, tal como se concibe y se presta en la actualidad, consiga resolver de forma duradera algún problema. La instauración a
largo plazo de inmensas zonas de miseria, de hambre y de muerte parece desde ahora formar parte integrante del monstruoso sistema
de «estimulación» del Capitalismo Mundial Integrado. En cualquier caso, sobre ella reposa la implantación de las Nuevas Potencias
Industriales, núcleos de hiperexplotación, como Hong Kong, Taiwan, Corea del Sur, etcétera.
En el seno de los países desarrollados encontramos ese mismo principio de tensión social y de «estimulación» por la desesperación
con la instauración de zonas crónicas de paro y de una marginalización de una parte cada vez mayor de los jóvenes, de los viejos, de
los trabajadores «parcializados», devaluados, etcétera.
Así, hacia donde quiera que uno mire encuentra esa misma paradoja lancinante: por un lado, el desarrollo continuo de nuevos
medios técnico-científicos, susceptibles potencialmente de resolver las problemáticas ecológicas dominantes y el reequilibrio de las
actividades socialmente útiles sobre la superficie del planeta y, por otro, la incapacidad de las fuerzas sociales organizadas y de las
formaciones subjetivas constituidas de amparar-se de esos medios para hacerlos operativos.
Y, sin embargo, uno puede preguntarse si esta fase paroxística de laminación de las subjetividades, de los bienes y de los entornos,
no está abocada a entrar en una fase de declive. Por todas partes surgen reivindicaciones de singularidad; los signos más visibles a
este respecto, aparecen en la multiplicación de las reivindicaciones nacionalitarias, ayer todavía marginales, y que hoy en día ocupan
cada vez más el primer plano de las escenas políticas. (Destaquemos, en Córcega como en los países Bálticos, la conjunción entre las
reivindicaciones ecológicas y autonomistas). Más tarde o más temprano, este auge de las cuestiones nacionalitarias probablemente
conducirá a modificar profundamente las relaciones Este-Oeste y, en particular, la configuración de Europa, cuyo centro de gravedad
podría derivar decisivamente hacia un Este neutralista.
Las oposiciones dualistas tradicionales que han guiado el pensamiento social y las cartografías geopolíticas están caducas. Las
situaciones conflictivas continúan, pero introducen sis-temas multipolares incompatibles con enrolamientos bajo banderas
ideológicas maniqueístas. Por ejemplo, la oposición entre Tercer Mundo y mundo desarrollado ya no tiene ningún sentido. Lo hemos
visto con esas Nuevas Potencias Industriales cuya productividad ya no se puede comparar con la de los tradicionales bastiones
industriales del Oeste, pero este fenómeno va unido a una especie de tercermundización interna en los países desarrollados, que a su
vez va unida a una exacerbación de las cuestiones relativas a la inmigración y al racismo. Que nadie se engañe, la gran confusión a
propósito de la unificación económica de la Comunidad Europea no frenará en modo alguno esa tercermundización de zonas
considerables de Europa.
Otro antagonismo transversal al de las luchas de clase sigue siendo el de las relaciones hombre/mujer. A escala planetaria, la
condición femenina no parece que haya mejorado. La explotación del trabajo femenino, correlativa a la del trabajo de los niños, no
tiene nada que envidiar a los peores períodos del siglo xix. Y, sin embargo, una revolución subjetiva rampante no ha cesado de
trabajar la condición femenina durante estos dos últimos decenios. Aunque la independencia sexual de las mujeres, en relación con
la disponibilidad de medios anticonceptivos y de aborto, se haya desarrollado muy desigualmente, aunque el auge de los integrismos
religiosos no cese de generar una minorización de su estado, un cierto número de índices conducen a pensar que las
transformaciones de larga duración en el sentido de Fernand Braudel ya se están produciendo (la designación de mujeres como jefes
de Estado, la reivindicación de paridad hombre-mujer en las instancias representativas, etcétera).
La juventud, aunque esté aplastada en las relaciones económicas dominantes que le confieren un lugar cada vez más precario y
manipulada mentalmente por la producción de subjetividad colectiva de los medios de comunicación, no por ello deja de desarrollar
sus propias distancias de singularización respecto a la subjetividad normalizada. A este respecto, el carácter transnacional de la
cultura rock es totalmente significativo, al desempeñar el papel de una especie de culto iniciático que confiere una pseudoidentidad
cultural a masas considerables de jóvenes y les permite crearse un mínimo de Territorios existenciales.
En estos contextos de fragmentación, de descentramiento, de desmultiplicación de los antagonismos y de los procesos de
singularización surgen las nuevas problemáticas ecologistas. Entendámonos bien, yo no pretendo de ningún modo que estén
llamadas a «recubrir» las otras líneas de fracturas moleculares, pero me parece que reclaman una problematización transversal a
ellas.
Si ya no se trata, como en los períodos anteriores, de lucha de clase o de defensa de la «patria del socialismo», de hacer funcionar
una ideología unívoca, es concebible, por el contrario, que la nueva referencia ecosófica indique líneas de recomposición de las
praxis humanas en los dominios más variados. A todas las escalas individuales y colectivas, tanto en lo que respecta a la vida
cotidiana como a la reinvención de la democracia, en el registro del urbanismo, de la creación artística, del deporte, etc., siempre se
trata de interesarse por lo que podrían ser dispositivos de producción de subjetividad que van en el sentido de una resingularización
individual y/o colectiva más bien que en el de una fabricación «mass-mediática» sinónimo de angustia y de desesperación.
Perspectiva que no excluye totalmente la definición de objetivos unificadores tales como la lucha contra el hambre en el mundo, el
freno de la desforestación o la proliferación ciega de las industrias nucleares. Ahora bien, aquí ya no puede tratarse de consignas
estereotipadas, reduccionistas, que eliminan otras problemáticas más singulares y que implican la promoción de líderes carismáticos.
Una misma intención ético-política atraviesa los problemas del racismo, del falocentrismo, de los desastres legados por un
urbanismo pretendidamente moderno, de una creación artística liberada del sistema del mercado, de una pedagogía capaz de inventar
sus mediadores sociales, etc. Esta problemática es, a fin de cuentas, la de la producción de existencia humana en los nuevos
contextos históricos.
La ecosofía social consistirá, pues, en desarrollar prácticas especificas que tiendan a modificar y a reinventar formas de ser en el
seno de la pareja, en el seno de la familia, del contexto urbano, del trabajo, etcétera. Por supuesto, sería inconcebible pretender
volver a fórmulas anteriores, que corresponden a períodos en los que a la vez la densidad demográfica era más débil y la densidad de
las relaciones sociales más fuerte que en la actualidad. Pero se tratará de reconstruir literalmente el conjunto de las modalidades del
ser-en-grupo. Y no sólo mediante intervenciones «comunicacionales», sino mediante mutaciones existenciales que tienen por objeto
la esencia de la subjetividad. En este dominio, no nos limitaremos a recomendaciones generales, sino que emplearemos prácticas
efectivas de experimentación tanto a los niveles microsociales como a mayores escalas institucionales.
Por su parte, la ecosofía mental se verá obligada a reinventar la relación del sujeto con el cuerpo, el fantasma, la finitud del tiempo,
los «misterios» de la vida y de la muerte. Se verá obligada a buscar antídotos a la uniformización «mass-mediática» y telemática, al
conformismo de las modas, a las manipulaciones de la opinión por la publicidad, los sondeos, etc. Su forma de actuar se aproximará
más a la del artista que a la de los profesionales «psy», siempre obsesionados por un ideal caduco de cientificidad.
En estos dominios nada se disputa en nombre de la historia, en nombre de determinismos infraestructurales. La implosión bárbara no
queda excluida en absoluto. Y si no se produce esa reactivación ecosófica (cualquiera que sea el nombre que se le quiera dar), sí no
se produce una rearticulación de los tres registros fundamentales de la ecología, desgraciadamente se puede presagiar el ascenso de
todos los peligros: los del racismo, del fanatismo religioso, de los cismas nacionalitarios que tienden hacia nuevas posturas
reaccionarias, los de la explotación del trabajo de los niños, de la opresión de las mujeres…
Intentemos, ahora, estudiar más detalladamente las implicaciones de una perspectiva ecosófica de este tipo sobre la concepción de la
subjetividad.
El sujeto no es evidente; no basta pensar para ser, como lo proclamaba Descartes, puesto que muchas otras formas de existir se
instauran fuera de la conciencia, mientras que cuando el pensamiento se empeña obstinadamente en aprehenderse a sí mismo, se
pone a girar como una peonza loca, sin captar ninguno de los Territorios reales de la existencia, los cuales, por su parte, derivan los
unos en relación con los otros, como placas tectónicas bajo la superficie de los continentes. Más bien que de sujeto, quizá convendría
hablar de componentes de subjetivación, cada uno de los cuales trabaja por su propia cuenta. Lo que conduciría necesariamente a
reexaminar la relación entre el individuo y la subjetividad, y, en primer lugar, a separar claramente los conceptos. Estos vectores de
subjetivación no pasan necesariamente por el individuo; en realidad, éste está en posición de «terminal» respecto a procesos que
implican grupos humanos, conjuntos socio-económicos, máquinas informáticas, etc. Así, la interioridad se instaura en el cruce de
múltiples componentes relativamente autónomos los unos en relación con los otros y, llegado el caso, francamente discordantes.
Sé que una argumentación de este tipo todavía es difícil de aceptar; sobre todo en contextos en los que continúa reinando una
sospecha, es decir, un rechazo de principio, respecto a cualquier referencia específica a la subjetividad. Ya sea en nombre de la
primacía de las infraestructuras, de las estructuras o de los sistemas, la subjetividad no tiene buena prensa, y los que se interesan por
ella, en la práctica o en la teoría, en general sólo la abordan con pinzas, con infinitas precauciones, cuidando mucho de no alejarla
nunca demasiado de paradigmas pseudocientíficos, tomados, preferentemente, de las ciencias duras: la termodinámica, la topología,
la teoría de la información, la teoría de los sistemas, la lingüística, etc. Sucede como si un Súper-ego cientifista exigiera reificar las
entidades psíquicas e impusiera aprehenderlas solamente a través de coordenadas extrínsecas. En tales condiciones, no debe
sorprendernos que las ciencias humanas y las ciencias sociales se hayan condenado ellas mismas a no alcanzar las dimensiones
intrínsecamente evolutivas, creadoras y autoposicionantes de los procesos de subjetivación. Sea como fuere, me parece urgente
deshacerse de todas las referencias y metáforas cientifistas para forjar nuevos paradigmas que serán más bien de inspiración
ético-estética. Por otra parte, las mejores cartografías de la psique o, si se quiere, los mejores psicoanálisis, ¿no han sido hechos por
Goethe, Proust, Joyce, Artaud y Beckett, más bien que por Freud, Jung y Lacan? Después de todo, la parte literaria en la obra de
estos últimos constituye lo mejor que subsiste de ellos (por ejemplo, la Traumdeutung de Freud puede ser considerada como una
extraordinaria novela moderna).
Nuestra crítica del psicoanálisis, a partir de la creación estética y de implicaciones éticas, no presupone sin embargo una
«rehabilitación» del análisis fenomenológico que, en nuestra perspectiva, se encuentra mutilado por un «reduccionismo» sistemático
que lo conduce a limitar sus objetos a una pura transparencia intencional. Por mi parte, he llegado a considerar que la aprehensión de
un hecho psíquico es inseparable del Agenciamiento de enunciación que le hace tomar cuerpo, como hecho y como proceso
expresivo. Una especie de relación de incertidumbre se establece entre la aprehensión del objeto y la aprehensión del sujeto, que
impone, para articularlos, que no pueda evitarse un circunloquio pseudonarrativo, por medio de mitos de referencia, de rituales de
todo tipo, de descripciones con pretensión científica, cuya finalidad será enmarcar una puesta en escena dis-posicional, una puesta en
existencia, que autorice, en «segundo» lugar, una inteligibilidad discursiva. No se trata aquí de una recuperación de la distin-ción
pascaliana entre «espíritu de geometría» y «espíritu de agudeza». Estos dos modos de aprehensión ya sea por el concepto, ya sea por
el afecto y el percepto son, en efecto, absolutamente complementarios. Por medio de ese circunloquio pseudonarrativo, sólo se
pretende desplegar una repetición soporte de existencia, a través de ritmos y de ritornelos de una infinita variedad. El discurso, o
cualquier tipo de eslabón discursivo, se convierte así en portador de una no-discursividad que, como una estela estroboscópica, anula
los juegos de oposición distintiva, tanto al nivel del contenido como al de la forma de expresión. Sólo bajo esta condición pueden ser
generados y regenerados los universos de referencia incorporales que jalonan con acontecimientos singulares el desarrollo de la
historicidad individual y colectiva.
De la misma manera que en otras épocas el teatro griego, el amor cortés o las novelas de caballerías se impusieron como modelo, o
más bien como módulo de subjetivación, hoy el freudismo sigue habitando nuestras formas de sostener la existencia de la
sexualidad, de la infancia, de la neurosis… Así pues, aquí no pretendemos «superar» o liquidar definitivamente el hecho freudiano,
sino reorientar sus conceptos y sus prácticas para hacer otro uso de ellos, para desenraizarlos de sus ataduras preestructuralistas en
una subjetividad totalmente anclada en el pasado individual y colectivo. En adelante, lo que estará a la orden del día es la liberación
de campos de virtualidad «futuristas» y «constructivistas». El inconsciente sólo permanece aferrado a fijaciones arcaicas en la
medida en que ningún comportamiento tire de él hacia el futuro. Esta tensión existencial se realizará por medio de temporalidades
humanas y no humanas. Por estas últimas entiendo el desplegamiento o, si se quiere, el despliegue, de devenires animales, de
devenires vegetales, cósmicos, pero también de devenires maquínicos, correlativos de la aceleración de las revoluciones tecnológicas
e informáticas (así es como vemos desarrollarse ante nuestros ojos la expansión prodigiosa de una subjetividad asistida por
ordenador). A esto hay que añadir que conviene no olvidar las dimensiones institucionales y de clase social que regulan la formación
y el «teledirigismo» de los individuos y de los grupos humanos.
En resumen, ¡las ilusiones fantasmáticas y míticas del psicoanálisis deben ser representadas y desbaratadas y no cultivadas y
conservadas como jardines a la francesa! Desgraciadamente, los psicoánalistas de hoy en día, más aún que los de ayer, se escudan en
lo que podríamos llamar una «estructuralización» de los complejos inconscientes. En su teorización, eso conduce a una esterilidad y
a un dogmatismo insoportable y, en su práctica, eso desemboca en un empobrecimiento de sus intervenciones, en estereotipos que
los hacen impermeables a la alteridad singular de sus pacientes.
Al invocar paradigmas éticos, fundamentalmente quisiera señalar la responsabilidad y el necesario «compromiso» no sólo de los
operadores «psy», sino también de todos aquellos que están en posición de intervenir sobre las instancias psíquicas individuales y
colectivas (a través de la educación, la salud, la cultura, el deporte, el arte, los medios de comunicación, la moda, etc.). Eticamente
es insostenible refugiarse, como esos operadores hacen a menudo, en una neutralidad transferencial supuestamente basada en un
dominio del inconsciente y en un corpus científico. De hecho, el conjunto de los dominios «psy» se instala en la prolongación y en
interfase con los dominios estéticos.
Al insistir sobre los paradigmas estéticos, quisiera señalar que, especialmente en el registro de las prácticas «psy», todo debería ser
continuamente reinventado, habría que partir de cero, de lo contrario los procesos se fijan en una repetición mortífera. La condición
previa a cualquier relanzamiento del análisis por ejemplo, el esquizoanálisis consiste en admitir que por regla general, y por poco
que uno se dedique a trabajarlos, los Agenciamientos subjetivos individuales y colectivos son potencialmente válidos para
desarrollarse y proliferar lejos de sus equilibrios ordinarios. Sus cartografías analíticas desbordan, pues, por esencia los Territorios
existenciales a los que están destinadas. Con esas cartografías debería suceder como en pintura o en literatura, dominios en cuyo
seno cada performance concreta tiene vocación de evolucionar, de innovar, de inaugurar aperturas prospectivas, sin que sus autores
puedan invocar fundamentos teóricos infalibles o la autoridad de un grupo, de una escuela, de un conservatorio o de una academia…
Work in progress! Se acabaron los catecismos psicoanalíticos, conductistas o sistémicos. El pueblo «psy», para converger en esta
perspectiva con el mundo del arte, se ve obligado a deshacerse de sus batas blancas, empezando por aquellas, invisibles, que lleva en
su cabeza, en su lenguaje y en sus formas de ser (el ideal de un pintor no es repetir indefinidamente la misma obra excepto el
personaje de Titorelli, en el Proceso de Kafka, ¡que siempre pinta e idénticamente el mismo juez!). De la misma manera, cada
institución de tratamiento, de asistencia, de educación, cada cura individual debería tener como preocupación permanente hacer
evolucionar tanto su práctica como sus andamiajes teóricos.
Paradójicamente, quizá sea de las ciencias «duras» de las que quepa esperar el cambio más espectacular respecto a procesos de
subjetivación. Por ejemplo, ¿acaso no es significativo que, en su último libro, Prigogine y Stengers invoquen la necesidad de
introducir en física un «elemento narrativo», indispensable, según ellos, para teorizar la evolución en términos de irreversibilidad?4
Dicho esto, tengo la convicción de que la cuestión de la enunciación subjetiva se planteará cada vez más a medida que se desarrollen
las máquinas productoras de signos, de imágenes, de sintaxis, de inteligencia artificial… Eso significa una recomposición de las
prácticas sociales e individuales que yo ordeno según tres rúbricas complementarias: la ecología social, la ecología mental y la
ecología medioambiental, y bajo la égida ético-estética de una ecosofía.
Las relaciones de la humanidad con el socius, con la psique y con la «naturaleza» tienden, en efecto, a deteriorarse cada vez más, no
sólo en razón de contaminaciones y de poluciones objetivas, sino también por el hecho de un desconocimiento y de una pasividad
fatalista de los individuos y de los poderes respecto a estas cuestiones consideradas en su conjunto. Catastróficas o no, las
evoluciones negativas se aceptan como son. El estructuralismo, más tarde el postmodernismo, nos han acostumbrado a una visión
del mundo que evacúa la pertinencia de las intervenciones humanas que se encarnan en políticas y micropolíticas concretas. Las
explicaciones relativas a esa decadencia de las praxis sociales por la muerte de las ideologías y el retomo a los valores universales
me parecen poco satisfactorias. En realidad, lo que sobre todo conviene incriminar es la inadaptación de las praxis sociales y
psicológicas, y también una ceguera sobre el carácter engañoso de la compartimentación de un cierto número de dominios de lo real.
No es justo separar la acción de la psique, el socius y el medio ambiente. La negativa a enfrentarse con las degradaciones de estos
tres dominios, tal como es fomentada por los medios de comunicación, confina a una empresa de infantilización de la opinión y de
neutralización destructiva de la democracia. Para desintoxicarse del discurso sedativo que en particular destilan las televisiones, de
aquí en adelante convendría aprehender el mundo a través de las tres lentes intercambiables que constituyen nuestros tres puntos de
vista ecológicos.
Chernobil y el Sida nos han revelado brutalmente los limites de los poderes técnico-científicos de la humanidad y las «sorpresas»
que puede reservamos la «naturaleza». Sin duda alguna, se impone una responsabilidad y una gestión más colectiva para orientar las
ciencias y las técnicas hacia finalidades más humanas. No podemos abandonarnos ciegamente a los tecnócratas de los aparatos de
Estado para controlar las evoluciones y conjurar los peligros en esos dominios, regidos, en lo esencial, por los principios de la
economía del beneficio. Por supuesto, sería absurdo querer dar marcha atrás para intentar reconstituir las antiguas formas de vida.
Tras las revoluciones informáticas, robóticas, tras el progreso de la ingeniería genética y tras la mundialización del conjunto de los
mercados, el trabajo humano o el hábitat ya nunca volverán a ser lo que eran hace tan sólo algunos decenios. La aceleración de las
velocidades de transporte y de comunicación, la interdependencia de los centros urbanos, estudiadas por Paul Virilio, constituyen
igualmente un estado de hecho irreversible que convendría sobre todo reorientar. En cierto sentido, hay que admitir que habrá que
«aceptar» ese estado de hecho. Pero ese aceptar implica una recomposición de los objetivos y de los métodos del conjunto del
movimiento social en las condiciones actuales. Para simbolizar esta problemática, me basta evocar la experiencia que hizo un día
Alain Bombard en la televisión, cuando presentó dos peceras: una llena de agua polucionada, como la que puede recogerse en el
puerto de Marsella, y en la que se movía un pulpo bien vivo, como animado de movimientos de danza, la otra llena de agua de mar
pura de toda polución. Cuando él atrapó el pulpo para volver a meterlo en el agua «normal», al cabo de algunos segundos se vio que
el animal se replegaba, se apagaba y moría.
Hoy menos que nunca puede separarse la naturaleza de la cultura, y hay que aprender a pensar «transversalmente» las interacciones
entre ecosistemas, mecanosfera y Universo de referencia sociales e individuales. De la misma manera que unas algas mutantes y
monstruosas invaden la laguna de Venecia, las pantallas de televisión están saturadas de una población de imágenes y de enunciados
«degenerados». Otra especie de alga, que en este caso tiene que ver con la ecología social, consiste en esa libertad de proliferación
que ha permitido que hombres como Donald Trump se apoderen de barrios enteros de New York, de Atlantic City, etc., para
«renovarlos», aumentar los alquileres y expulsar al mismo tiempo a decenas de millares de familias pobres, la mayor parte de las
cuales están condenadas a devenir homeless, el equivalente aquí de los peces muertos de la ecología medioambiental. También
habría que hablar de la desterritorialización salvaje del Tercer Mundo, que afecta conjuntamente a la textura cultural de las
poblaciones, al hábitat, a las defensas inmunitarias, al clima, etcétera. Otro desastre de la ecología social: el trabajo de los niños,
¡que hoy día es más importante que en el siglo XIX! ¿Cómo recuperar el control de esta situación que hace que constantemente
estemos al borde de catástrofes de autodestrucción? Las organizaciones internacionales tienen poco control sobre estos fenómenos
que reclaman un cambio fundamental de las mentalidades. La solidaridad internacional ya sólo es asumida por asociaciones
humanitarias, cuando hubo un tiempo en el que concernía en primer lugar a los sindicatos y a los partidos de izquierda. Por su parte,
el discurso marxista se ha devaluado (no el texto de Marx, que conserva un gran valor). Corresponde a los protagonistas de la
liberación social volver a forjar referencias teóricas que iluminen una posible vía de salida a la historia, más llena de pesadillas que
nunca, que atravesamos actualmente. Pues no sólo desaparecen las especies, sino también las palabras, las frases, los gestos de la
solidaridad humana. Se utilizan todos los medios para aplastar bajo una capa de silencio las luchas de emancipación de las mujeres y
de los nuevos proletarios que constituyen los parados, los emarginatti, los inmigrantes…
Si es tan importante que las tres ecologías se liberen, en el establecimiento de sus puntos de referencia cartográficos, de los
paradigmas pseudocientíficos, ello no sólo se debe al grado de complejidad de las entidades consideradas, sino, más
fundamentalmente, al hecho de que ahí está implicada una lógica diferente de la que rige la comunicación ordinaria entre locutores y
auditores y, como consecuencia, la inteligibilidad de los conjuntos discursivos y la imbricación indefinida de los campos de
significación. Esta lógica de las intensidades, que se aplica a los Agenciamientos existenciales autorreferidos y que introducen
duraciones irreversibles, no sólo concierne a los sujetos humanos constituidos en cuerpos totalizados, sino también a todos los
objetos parciales, en el sentido psicoanalítico, a los objetos transicionales, en el sentido de Winnicott, a los objetos institucionales
(los «grupos-sujetos»), a los rostros, a los paisajes, etcétera. Mientras que la lógica de los conjuntos discursivos se propone cernir
bien los objetos, la lógica de las intensidades, o ecológica, sólo tiene en cuenta el movimiento, la intensidad de los procesos
evolutivos. El proceso, que yo opongo aquí al sistema o a la estructura, tiene por objeto la existencia, a la vez constituyéndose,
definiéndose y desterritorializándose. Estos procesos de mise à l’être sólo conciernen a ciertos subconjuntos expresivos que han roto
con su imbricación totalizante y se han puesto a trabajar por su propia cuenta y a subyugar sus conjuntos referenciales para
manifestarse a título de índices existenciales, de línea de fuga procesual…
En cada núcleo existencial parcial, las praxis ecológicas se esforzarán en localizar los vectores potenciales de subjetivación y de
singularización. Generalmente se trata de algo que se opone al orden «normal» de las cosas, una repetición contrariante, un elemento
intensivo que reclama otras intensidades a fin de componer otras configuraciones existenciales. Estos vectores disidentes están
relativamente despojados de sus funciones de denotación y de significación, para actuar en tanto que materiales existenciales
descorporeizados. Pero cada una de esas pruebas de suspensión del sentido representa un riesgo, el de una desterritorialización
demasiado brutal que destruya el Agenciamiento de subjetivación (ejemplo, la implosión del movimiento social en Italia a principios
de los años 1980). Por el contrario, una desterritorialización suave puede hacer evolucionar los Agenciamientos según un modelo
procesual constructivo. Ese es el núcleo de todas las praxis ecológicas: las rupturas asignificantes, los catalizadores existenciales
están al alcance de la mano, pero en ausencia de un Agenciamiento de enunciación que les proporcione un soporte expresivo,
permanecen pasivos y amenazan con perder su consistencia (por ahí convendrá buscar las raíces de la angustia, de la culpabilidad y,
de una manera general, de todas las reiteraciones psicopatológicas). En el caso de la figura de los Agenciamientos procesuales, la
ruptura expresiva asignificante reclama una repetición creadora que forja objetos incorporales, máquinas abstractas y universos de
valor que se imponen como si siempre hubieran estado déjà la aunque sean totalmente tributarios del acontecimiento existencial que
los saca a la luz.
Por otra parte, esos segmentos catalíticos existenciales pueden continuar siendo portadores de denotación y de significación. De ahí
la ambigüedad, por ejemplo, de un texto poético que puede transmitir un mensaje y a la vez denotar un referente sin dejar de
funcionar esencialmente sobre redundancias de expresión y de contenido. Proust ha analizado perfectamente el funcionamiento de
esos ritornelos existenciales como núcleo catalítico de subjetivación (la «frasecilla» de Vinteuil, el movimiento de los campanarios
de Martinville, el sabor de la magdalena, etc.). Conviene señalar aquí que ese trabajo de localización de los ritornelos existenciales
no sólo concierne a la literatura y a las artes. Esa eco-lógica funciona igualmente en la vida cotidiana, en los diversos niveles de la
vida social y, más generalmente, cada vez que se cuestiona la constitución de un Territorio existencial. Añadamos que esos
Territorios pueden estar tan desterritorializados como uno pueda imaginar (pueden encarnarse en la Jerusalén celeste, en una
problemática relativa al bien y al mal, en un compromiso ético-político, etcétera). El único punto común que existe entre esos
diversos rasgos existenciales es sostener la producción de existentes singulares o resingularizar conjuntos serializados.
En todas partes y en todas las épocas, el arte y la religión han sido el refugio de las cartografías existenciales basadas en una
asunción de ciertas rupturas de sentido «existencializantes». Pero la época contemporánea, al exacerbar la producción de bienes
materiales e inmateriales, en detrimento de la consistencia de los Territorios existenciales individuales y de grupo, ha engendrado un
inmenso vacío en la subjetividad, que tiende a devenir cada vez más absurda y sin recurso. No sólo no se constata relación de causa
a efecto entre el crecimiento de los recursos técnico-científicos y el desarrollo de los progresos sociales y culturales, sino que parece
evidente que asistimos a una degradación irreversible de los operadores tradicionales de regulación social. Aunque sea artificial
especular, ante un fenómeno de este tipo, sobre una vuelta atrás, una recomposición de las maneras de ser de nuestros antepasados,
sin embargo, eso es lo que intentan hacer a su manera las formaciones capitalistas más «modernistas». Vemos, por ejemplo, que
ciertas estructuras jerárquicas que han perdido una parte notable de su eficacia funcional (en particular debido a los nuevos medios
de información y concertación por ordenadores) son objeto, no sólo por parte de las capas dirigentes, sino igualmente por parte de
las escalas inferiores, de un surinvestissement* imaginario, que confina, a veces, como en Japón, a una devoción religiosa. En el
mismo orden de ideas, asistimos a un reforzamiento de las actitudes segregadoras respecto a los inmigrantes, las mujeres, los jóvenes
e incluso los viejos. La reaparición de lo que podríamos llamar un conservadurismo subjetivo no sólo es imputable al reforzamiento
de la represión social; se debe igualmente a una especie de crispación existencial que implica al conjunto de los actores sociales. El
capitalismo post-industrial que, por mi parte, prefiero calificar de Capitalismo Mundial Integrado (CMI), tiende cada vez más a
descentrar sus núcleos de poder de las estructuras de producción de bienes y de servicios hacia las estructuras productoras de signos,
de sintaxis y de subjetividad, especialmente a través del control que ejerce sobre los medios de comunicación, la publicidad, los
sondeos, etcétera.
Estamos ante una evolución que debería llevamos a reflexionar sobre lo que fueron, a este respecto, las formas anteriores del
capitalismo, pues tampoco ellas estaban exentas de ese tipo de propensión a capitalizar poder subjetivo, tanto en las filas de sus
élites como en las de sus proletarios. No obstante, esta propensión todavía no mostraba plenamente su verdadera importancia, de tal
forma que entonces no fue convenientemente apreciada por los teóricos del movimiento obrero.
Propongo reagrupar en cuatro principales regímenes semióticos los instrumentos sobre los que reposa el CMI:
las semióticas económicas (instrumentos monetarios, financieros, contables, de decisión…); las semióticas jurídicas (título de
propiedad, legislación y reglamentaciones diversas…);
las semióticas técnico-científicas (planes, diagramas, programas, estudios, investigaciones…);
las semióticas de subjetivación, algunas de las cuales coinciden con las que acaban de ser enumeradas, pero a las que convendría
añadir muchas otras, tales como las relativas a la arquitectura, el urbanismo, los equipamientos colectivos, etc.
Debemos admitir que los modelos que pretendían fundar una jerarquía causal entre esos regímenes semióticos están a punto de
perder todo contacto con la realidad. Cada vez se hace más difícil sostener, por ejemplo, que las semióticas económicas y las que
participan en la producción de bienes materiales ocupan una posición infraestructural con relación a semióticas jurídicas e
ideológicas como lo postulaba el marxismo. En la actualidad, el objeto del CMI es un conjunto inseparable:
productivo-económico-subjetivo. Y, volviendo a las antiguas categorizaciones escolásticas, se podría decir que es el resultado a la
vez de causas materiales, formales, finales y eficientes.
Uno de los problemas analíticos claves que la ecología social y la ecología mental deberían afrontar es la introyección del poder
represivo por parte de los oprimidos. Aquí la mayor dificultad reside en el hecho de que los sindicatos y los partidos, que luchan en
principio por defender los intereses de los trabajadores y de los oprimidos, reproducen en su seno los mismos modelos patógenos
que impiden en sus filas toda libertad de expresión y de innovación. Quizá se necesitará un período de tiempo considerable para que
el movimiento obrero reconozca que las actividades de circulación, de distribución, de comunicación, de encuadramiento…
constituyen vectores económico,-ecológicos que se sitúan rigurosamente en el mismo plano, desde el punto de vista de la creación
de plusvalía, que el trabajo directamente incorporado a la producción de bienes materiales. A este respecto, un desconocimiento
dogmático ha sido alimentado por numerosos teóricos, confortando a un obrerismo y a un corporativismo que han desnaturaliza-do y
mutilado profundamente los movimientos de emancipación anticapitalistas estos últimos decenios.
Esperamos que una recomposición y un reajuste de las finalidades de las luchas emancipadoras devengan, cuanto antes, correlativas
del desarrollo de los tres tipos de praxis ecológicas evocadas aquí. Y deseamos que, en el contexto de los nuevos «elementos» de la
relación entre el capital y la actividad humana, las tomas de conciencia ecológicas, feministas, antirracistas, etcétera, logren alcanzar
más rápidamente, como objetivo principal, los modos de producción de la subjetividad, es decir, de conocimiento, de cultura, de
sensibilidad y de sociabilidad que dependen de sistemas de valor incorporal que desde ahora se sitúan en la raíz de los nuevos
agenciamientos productivos.
La ecología social deberá trabajar en la reconstrucción de las relaciones humanas a todos los niveles del socius. Jamás deberá perder
de vista que el poder capitalista se ha deslocalizado, desterritorializado, a la vez en extensión, al extender su empresa al conjunto de
la vida social, económica y cultural del planeta, y en «intensión», al infiltrarse en el seno de los estratos subjetivos más
inconscientes. Puesto que esto es así, ya no es posible pretender oponerse a él sólo desde el exterior mediante las prácticas sindicales
y políticas tradicionales. Se ha hecho igualmente imperativo afrontar sus efectos en el dominio de la ecología mental en el seno de la
vida cotidiana individual, doméstica, conyugal, de vecindad, de creación y de ética personal. Lejos de buscar un consenso
embrutecedor e infantilizante, en el futuro se tratará de cultivar el dissensus y la producción singular de existencia. La subjetividad
capitalística, tal como es engendrada por operadores de toda naturaleza y de toda talla, está manufacturada para proteger la
existencia contra cualquier intrusión de acontecimientos susceptibles de trastocar y perturbar la opinión. Según ella, cualquier
singularidad debería, o bien ser evitada, o bien pasar bajo la autoridad de equipamientos y de marcos de referencia especializados.
De ese modo, se esfuerza en gestionar el mundo de la infancia, del amor, del arte, así como todo lo que es del orden de la angustia,
de la locura, del dolor, de la muerte, del sentimiento de estar perdido en el cosmos… A partir de los elementos existenciales más
personales se debería incluso decir infrapersonales el CMI constituye sus agregados subjetivos masivos, aferrados a la raza, a la
nación, al cuerpo profesional, a la competición deportiva, a la virilidad dominante, a la Star «massmediática». Asegurándose el
poder sobre el máximo de ritornelos existenciales para controlarlos y neutralizarlos, la subjetividad capitalística se embriaga, se
anestesia a sí misma, en un sentimiento colectivo de pseudoeternidad.
Sobre el conjunto de esos frentes imbricados y heterogéneos deberán, creo yo, articularse las nuevas prácticas ecológicas, puesto que
su objetivo es hacer procesualmente activas singularidades aisladas, rechazadas, que giran sobre sí mismas. (Ejemplo: una clase
escolar, en la que se aplican los principios de la Escuela Freinet, que consiste en singularizar el funcionamiento global sistema
cooperativo, reuniones de evaluación, diario, libertad para los alumnos de organizar su trabajo individualmente o en grupo, etc.).
En esta misma perspectiva, habrá que considerar los síntomas y los incidentes fuera de la norma como índices de un trabajo
potencial de subjetivación. Me parece esencial que se organicen así nuevas prácticas micropolíticas y microsociales, nuevas
solidaridades, un nuevo bienestar conjuntamente con nuevas prácticas estéticas y nuevas prácticas analíticas de las formaciones del
inconsciente. Me parece que es la única vía posible para que las prácticas sociales y políticas vuelvan a apoyarse en algo firme,
quiero decir, trabajen por la humanidad y no por un simple reequilibrio permanente del Universo de las semióticas capitalistas. Se
me podría objetar que las luchas a gran escala no están necesariamente en sincronía con las praxis ecológicas y las micropolíticas del
deseo. Pero, ese es el problema:
los diversos niveles de práctica no sólo no tienen que ser homogeneizados, conectados unos con otros bajo una tutela trascendente,
sino que conviene hacer que entren en procesos de heterogénesis. Las feministas no estarán nunca lo suficientemente implicadas en
un devenir-mujer, y no existe ninguna razón para pedir a los inmigrantes que renuncien a los rasgos culturales que corresponden a su
ser, o bien a su pertenencia nacionalitaria. Conviene dejar que las culturas particulares se desarrollen, inventando otros contratos de
ciudadanía. Conviene mantener unida la singularidad, la excepción, la rareza con un orden estatal lo menos pesado posible.
La eco-lógica ya no impone «resolver» los contrarios, como lo deseaban las dialécticas hegelianas y marxistas. En particular, en el
campo de la ecología social, llegará un tiempo de lucha en el que todos y todas se verán obligados a fijarse objetivos comunes y a
comportarse «corno pequeños soldados» quiero decir, como buenos militantes pero, conjuntamente, llegará un tiempo de
resingularización en el que las subjetividades individuales y colectivas «plegarán velas», y en el que lo que primará será la expresión
creadora como tal, sin más preocupación respecto a finalidades colectivas. Esta nueva lógica ecosófica, lo subrayo, se parece a la del
artista que puede verse obligado a rehacer su obra a partir de la intrusión de un detalle accidental, de un acontecimiento-incidente
que de pronto hace que se bifurque su proyecto inicial, para hacerlo derivar lejos de sus perspectivas anteriores más firmes. Un
proverbio dice que «la excepción confirma la regla», pero puede también modificarla o recrearla.
La ecología medioambiental, tal como existe en la actualidad, no ha hecho, pienso yo, más que esbozar y prefigurar la ecología
generalizada que yo preconizo aquí y que tendrá como finalidad descentrar radicalmente las luchas sociales y las maneras de asumir
su propia psique. Los actuales movimientos ecologistas tienen ciertamente muchos méritos, pero, a decir verdad, pienso que la
cuestión ecosófica global es demasiado importante para ser abandonada a algunas de sus corrientes arcaizantes y folklorizantes, que
optan a veces deliberadamente por un rechazo de todo compromiso político a gran escala. La connotación de la ecología deberla
dejar de estar ligada a la imagen de una pequeña minoría de amantes de la naturaleza o de especialistas titulados. La ecología
cuestiona el conjunto de la subjetividad y de las formaciones de poderes capitalísticos, los cuales no tienen ninguna garantía de
continuar triunfando, como sucedió durante el último decenio.
No sólo la crisis permanente actual, financiera y económica, puede desembocar en importantes transformaciones del statu quo social
y del imaginario «mass-mediático» que lo sustenta, sino que ciertos temas empleados por el neoliberalismo, relativos por ejemplo a
la flexibilidad de trabajo, los desequilibrios, etc., pueden perfectamente volverse contra él.
Insisto, esta elección no sólo es entre una fijación ciega a las antiguas tutelas estato-burocráticas, un welfare generalizado o un
abandono desesperado o cínico a la ideología de los «yuppies». Todo hace pensar que los beneficios de productividad engendrados
por las actuales revoluciones tecnológicas se inscribirán en una curva de crecimiento logarítmico. En ese caso, la cuestión es saber si
nuevos operadores ecológicos y nuevos Agenciamientos de enunciación ecosóficos lograrán o no orientarlos hacia vías menos
absurdas, menos en callejón sin salida que las del CMI.
El principio común a las tres ecologías consiste, pues, en que los Territorios existenciales a los que nos confrontan no se presentan
como en-sí, cerrados sobre sí mismos, sino como un para-sí precario, acabado, finitizado, singular, singularizado, capaz de
bifurcarse, en reiteraciones estratificadas y mortíferas o en apertura procesual a partir de praxis que permiten hacerlo «habitable» por
un proyecto humano. Esta apertura práxica constituye la esencia de ese arte de «la eco» que subsume todas las maneras de
domesti-car6 los Territorios existenciales, tanto si conciernen a íntimas maneras de ser, el cuerpo, el entorno o a grandes conjuntos
contextuales relativos a la etnia, la nación o incluso los derechos generales de la humanidad. Dicho esto, precisemos que para
nosotros no se trata de erigir reglas universales como guía de esas praxis, sino, a la inversa, de extraer las antinomias principales
entre los niveles ecosóficos o, si se prefiere, entre las tres visiones ecológicas, los tres vasos discriminantes de los que hablamos
aquí.
El principio específico de la ecología mental reside en que su forma de abordar los Territorios existenciales depende de una lógica
pre-objetal y pre-personal que evoca lo que Freud ha descrito como un «proceso primario». Lógica que podría denominarse del
«tercero incluido», en la que el blanco y el negro son indistintos, en la que lo bello coexiste con lo feo, el adentro con el afuera, el
«buen objeto» con el malo… En el caso particular de la ecología del fantasma, lo que se requiere en cada tentativa de anotación
cartográfica es la elaboración de un soporte expresivo singular o, más exactamente, singularizado. Gregory Bateson ha señalado
claramente que lo que él denomina «ecología de las ideas» no puede ser circunscrito al dominio de la psicología de los individuos,
sino que se organiza en sistemas o «espíritu» (minds) cuyas fronteras ya no coinciden con los individuos que participan en él.7 Pero
dejamos de estar de acuerdo con él cuando convierte la acción y la enunciación en simples partes del subsistema ecológico llamado
contexto. Por mi parte, yo considero que la «toma de contexto» existencial siempre depende de una praxis, que se instaura en ruptura
con el «pretexto» sistémico. No existe una jerarquía de conjuntos que sitúe y localice a un determinado nivel las componentes de
enunciación. Éstas se componen de elementos heterogéneos que adquieren consistencia y persistencia común cuando superan los
umbrales constitutivos de un mundo en detrimento de otro. Los operadores de esta cristalización son fragmentos de cadenas
discursivas asignificantes que Schlegel consideraba como obras de arte. («Semejante a una pequeña obra de arte, un fragmento debe
estar totalmente separado del mundo que lo rodea y cerrado sobre sí mismo como un erizo»).8
En cualquier momento, en cualquier lugar, el problema de la ecología mental puede surgir, más allá de los conjuntos bien
constituidos, en el orden individual o colectivo. Para aprehender estos fragmentos catalizadores de bifurcaciones existenciales, Freud
ha inventado los rituales de la sesión, de la asociación libre, de la interpretación, en función de mitos de referencia psicoanalíticos.
Actualmente, algunas corrientes postsistémicas de la terapia familiar se esfuerzan en forjar otras escenas y otras referencias. ¡Todo
esto es bello y bueno! Pero también aquí sólo se trata de andamiajes conceptuales incapaces de explicar producciones de
subjetivi-dad «primaria», como las que se despliegan a escala verdaderamente industrial, especialmente a partir de los «medias» y de
los equipamientos colectivos. El conjunto de los corpus teóricos de este tipo presenta el inconveniente de estar cerrado a una
eventual proliferación creadora. Mito o teoría con pretensión científica, la pertinencia de los modelos relativos a la ecología mental
debería ser juzgada en función: 1) de su capacidad para circunscribir los eslabones discursivos en ruptura de sentido; 2) de su
creación de conceptos que autoricen una autoconstructibilidad teórica y práctica: el freudismo responde a duras penas a la primera
exigencia pero no a la segunda; inversamente, el postsistemismo tendría más bien tendencia a responder a la segunda subestimando
la primera, mientras que, en el campo político-social, los medios «alternativos» desconocen generalmente el conjunto de las
problemáticas relativas a la ecología mental.
Por nuestra parte, nosotros preconizamos repensar en otra vía las diversas tentativas de modelización «psy», de la misma manera que
las prácticas de las sectas religiosas o las «novelas familiares» neuróticas y los delirios psicóticos. No se tratará tanto de explicar
esas prácticas en términos de verdad científica como en función de su eficacia estético-existencial. ¿Qué se utiliza aquí? ¿Qué
escenas existenciales se ordenan a duras penas? El objetivo crucial es la captación de los puntos de ruptura asignificantes en ruptura
de denotación, de connotación y de significación a partir de los cuales un cierto número de eslabones semióticos se pondrán a
trabajar al servicio de un efecto de autorreferencia existencial. El síntoma repetitivo, la plegaria, el ritual de la «sesión», la consigna,
el emblema, el ritornelo, la cristalización en relación con el rostro de la star… inician la producción de una subjetividad parcial.
Podría decirse que son el centro de una proto-subjetividad. Ya los freudianos habían detectado la existencia de vectores de
subjetiva-ción que escapaban al dominio del Yo; subjetividad parcial, complexual, que se organiza en torno a objetos en ruptura de
sentido tales como el seno materno, las heces, el sexo… Pero estos objetos, generado res de subjetividad «disidente», los
concibieron como si permanecieran esencialmente adyacentes a las pulsiones instintivas y a un imaginario corporeizado. Otros
objetos institucionales, arquitecturales, económicos, cósmicos, soportan igualmente de pleno derecho esa función de producción
existencial.
Lo repito una vez más, aquí lo esencial es el corte-bifurcación, que no se puede representar como tal, pero que, sin embargo, va a
segregar toda una fantasmática de los orígenes (escena primitiva freudiana, mirada «defensiva» del sistémico de la terapia familiar,
ceremoniales de iniciación, de conjuración, etcétera). La pura autorreferencia creadora es insostenible para la aprehensión de la
existencia ordinaria. Su representación sólo puede ocultarla, falsearla, desfigurarla, hacerla transitar por mitos y relatos de referencia
lo que yo llamo una metamodelización. Corolario: sólo podríamos acceder a tales núcleos de subjetivación creadora en estado
naciente por el subterfugio de una economía fantasmática que se despliega de una forma indirecta. Así, ¡nadie queda eximido de
jugar el juego de la ecología de lo imaginario!
Ya sea en la vida individual o en la vida colectiva, el impacto de una ecología mental no presupone una importación de conceptos y
de prácticas a partir de un campo «psy» especializado. Hacer frente a la lógica de la ambivalencia deseante, dondequiera que ella se
perfile en la cultura, la vida cotidiana, el trabajo, el deporte, etcétera, volver a apreciar la finalidad del trabajo y de las actividades
humanas en función de otros criterios que no sean los del rendimiento y el beneficio: estos imperativos de la ecología mental
reclaman una movilización adecuada del conjunto de los individuos y de los segmentos sociales. ¿Dónde situar, por ejemplo, los
fantasmas de agresión, de muerte, de violación, de racismo en el mundo de la infancia y de la madurez regresiva? Más que utilizar
incansablemente procedimientos de censura y de contención, en nombre de grandes principios morales, ¿acaso no convendría
promover una verdadera ecología del fantasma, referida a transferencias, traslaciones, reconversiones, de sus materias de
expresión?9 Evidentemente, es legítimo ejercitar una represión respecto a cualquier «paso a la acción». Pero, previamente, se deben
disponer modos de expresión adecuados a las fantasmogorías negativistas y destructivas, de tal manera que puedan, como en el
tratamiento de la psicosis, ab-reaccionar a fin de volver a conectar Territorios existenciales que parten a la deriva. Una tal
«transversalización» de la violencia implica que no se presupone la existencia insoslayable de una pulsión de muerte intrapsíquica,
constantemente al acecho, dispuesta a arrasarlo todo a su paso desde el momento en que los Territorios del Yo pierden su
consistencia y su vigilancia. La violencia y la negatividad siempre son el resultado de Agenciamientos subjetivos complejos; no
están intrínsecamente inscritas en la esencia de la especie humana. Se construyen y se mantienen mediante múltiples
Agenciamientos de enunciación. Sade y Céline se han esforzado, con más o menos fortuna, en hacer casi barrocos sus fantasmas
negativos. Por esa razón, deberían ser considerados como autores claves de una ecología mental. Sin una tolerancia y una inventiva
permanente para «imaginarizar» los diversos avatares de la violencia, la sociedad corre el riesgo de hacerlos cristalizar en lo real.
Lo vemos hoy en día, por ejemplo, con la explotación comercial intensiva de los cómics escatológicos destinados a los niños.10
Pero, de forma mucho más inquietante bajo la especie de un tuerto a la vez repugnante y fascinante que, mejor que nadie, sabe
imponer lo implícito racista y nazi de su discurso, tanto en la escena de los «medias» como en el seno de las relaciones de fuerzas
políticas. Vale más no engañarse: la fuerza de este tipo de personaje tiene que ver con el hecho de que logra hacerse el intérprete de
montajes pulsionales que pueblan, de hecho, el conjunto del socius.
No soy tan ingenuo y utópico como para pretender que existe una metodología analítica capaz de erradicar profundamente todos los
fantasmas que conducen a reificar la mujer, el inmigrante, el loco, etc., y acabar con las instituciones penitenciarias, psiquiátricas,
etc. Pero me parece que una generalización de las experiencias de análisis institucional (en el hospital, en la escuela, en el entorno
urbano…) podría modificar profundamente los elementos de ese problema. Se necesita una inmensa reconstrucción de los
mecanismos sociales para hacer frente a los estragos del CMI. Ahora bien, esta reconstrucción no depende tanto de reformas desde
arriba, leyes, decretos, programas burocráticos, como de la promoción de prácticas innovadoras, la proliferación de experiencias
alternativas, centradas en el respeto de la singularidad y en un trabajo permanente de producción de subjetividad, que se
autonomicen al articularse convenientemente con el resto de la sociedad. Dar cabida a las brutales desterritorializaciones de la
psique y del socius, en eso consisten los fantasmas de violencia, puede conducir, no a una sublimación milagrosa, sino a
reconversiones de Agenciamientos que desbordan por todas partes el cuerpo, el Yo, el individuo. El Súper-ego punitivo y la
culpabilización mortífera no pueden alcanzarse por los medios ordinarios de la educación y del savoir vivre. Exceptuando el Islam,
las grandes religiones tienen cada vez menos influencia sobre la psique, mientras que en todo el mundo vemos florecer una especie
de retomo al totemismo y al animismo. Las comunidades humanas atrapadas en la tormenta tienen tendencia a replegarse sobre sí
mismas, dejando a los políticos profesionales la responsabilidad de regir la organización social, mientras que los sindicatos se ven
superados por las mutaciones de una sociedad que por todas partes está en crisis latente o manifiesta.11
El principio particular de la ecología social está relacionado con la promoción de un investissement afectivo y pragmático sobre
grupos humanos de dimensiones diversas. Este «Eros de grupo» no se presenta como una cantidad abstracta, sino que corresponde a
una reconversión cualitativamente específica de la subjetividad primaría que depende de la ecología mental. Aquí se presentan dos
opciones: o bien la triangulación personológica de la subjetividad según un modo Yo-TÚ-ÉL, padre-madre-niño.., o bien la
constitución de grupos-sujetos autorreferentes que se abren ampliamente sobre el socius y el cosmos. En el primer caso, el yo y el
otro están construidos a partir de un juego de identificaciones y de imitaciones estándares que conducen a grupos primarios
replegados sobre el padre, el jefe, la star«mass-mediática». En efecto, los grandes «medias» actúan en el sentido de esa psicología de
masas maleables. En el segundo caso, en el espacio y lugar de sistemas identificatorios se utilizan rasgos de eficiencia
diagramáticos. Aquí se escapa, al menos parcialmente, a las semiologías de la modelización icónica en beneficio de semióticas
procesuales que yo evitaría llamar simbólicas para no volver a caer en los errores estructuralistas. Lo que caracteriza a un rasgo
diagramático, con relación a un icono, es su grado de desterritorialización, su capacidad de salir de sí mismo para constituir cadenas
discursivas que actúan sobre el referente. Por ejemplo, se puede distinguir la imitación identificatoria de un alumno pianista con su
maestro de una transferencia de estilo susceptible de bifurcarse en una vía singular. De forma general, se distinguirán los agregados
imaginarios de multitud de los Agenciamientos colectivos de enunciación que implican tanto rasgos prepersonales como sistemas
sociales o componentes maquínicos. (Aquí se opondrán los maquinismos vivientes «autopoiéticos»12 a los mecanismos de
repetición vacía).
Dicho esto, las oposiciones entre esas dos modalidades nunca son tan claras: una multitud puede estar habitada por grupos que
desempeñan la función de líder de opinión, y unos grupos-sujetos pueden volver a caer en el estado amorfo y alienante. Las
sociedades capitalísticas expresión bajo la que yo incluyo, junto a las potencias del Oeste y del Japón, los llamados países del
socialismo real y las Nuevas Potencias Industriales del Tercer Mundo fabrican desde ahora, para ponerlos a su servicio, tres tipos de
subjetividad: una subjetividad serial que corresponde a las clases asalariadas, otra a la inmensa masa de los «no-asegurados» y, por
último, una subjetividad elitista que corresponde a las capas dirigentes. La «massmediatización» acelerada del conjunto de las
sociedades tiende así a crear una separación cada vez más pronunciada entre esas diversas categorías de población. Entre las élites,
encontramos una disponibilidad suficiente de bienes materiales, de medios de cultura, una práctica mínima de la lectura y de la
escritura y un sentimiento de competencia y de legitimidad en las decisiones. Entre las clases sometidas, encontramos, por regla
general, un abandono al orden de las cosas, una pérdida de esperanza de dar un sentido a su vida. Un punto programático primordial
de la ecología social será hacer transitar esas sociedades capitalísticas de la era «mass-mediática» hacia una era posmediática,
entendiendo por ello una reapropiación de los «medias» por una multitud de grupossujetos, capaces de dirigirlos hacia una vía de
resingularización. Una perspectiva de este tipo puede parecer hoy inalcanzable. Pero la situación actual de máxima alienación por
los «medias» no depende de ninguna necesidad intrínseca. En ese dominio, me parece que la visión fatalista de las cosas corresponde
al desconocimiento de varios factores:
a) las bruscas tomas de conciencia de las masas que siempre resultan posibles;
b) el desmoronamiento progresivo del estalinismo y de sus avatares, que da paso a otros Agenciamientos de transformación de las
luchas sociales;
c) la evolución tecnológica de los «medias», en particular su miniaturización, la disminución de su coste, su posible utilización para
fines no capitalísticos;
d) la recomposición de los procesos de trabajo sobre los escombros de los sistemas de producción industriales de principios de siglo
que reclama una producción creciente de subjetividad «creacionista», tanto en un plano individual como en un plano colectivo. (A
través de la formación permanente, el resurgimiento de la mano de obra, las transferencias de competencia, etc.).
A las primeras formas de sociedad industrial les ha correspondido laminar y socializar la subjetividad de las clases trabajadoras. En
la actualidad, la especialización internacional del trabajo ha exportado hacia el Tercer Mundo los métodos de trabajo en cadena. En
la era de las revoluciones informáticas, del auge de las biotecnologías, de la creación acelerada, de nuevos materiales y de una
«maquinizacion» cada vez más fina del tiempo,13 nuevas modalidades de subjetivación están a punto de surgir. Cada vez se
recurrirá más a la inteligencia y a la iniciativa, pero en contrapartida se pondrá mucho más cuidado en la codificación y en el control
de la vida doméstica de la pareja conyugal y de la familia nuclear. En resumen, territorializando a la familia a gran escala (por los
«medias», los servicios de asistencia, los salarios indirectos…), se intentará aburguesar al máximo la subjetividad obrera.
Las operaciones de reindividuación y de «familiarización» no tienen el mismo efecto si tienen por objeto un terreno de subjetividad
colectiva devastada por la era industrial del siglo xix y de la primera mitad del siglo xx, o si atacan a terrenos en los que se han
conservado cienos rasgos arcaicos heredados de la era precapitalista. A este respecto, el ejemplo del Japón y el de Italia parecen
significativos, puesto que se trata de países que han logrado insertar industrias de vanguardia en una subjetividad colectiva que ha
conservado ataduras con un pasado a veces muy remoto (que se remonta al sinto-budismo en el caso del Japón y a las épocas
patriarcales en el de Italia). En esos dos países, la reconversión postindustrial se ha efectuado por transiciones relativamente menos
brutales que en Francia, por ejemplo, donde regiones enteras quedaron, durante un largo período, fuera de la vida económica activa.
En cierto número de países del Tercer Mundo asistimos igualmente a la superposición de una subjetividad medieval (relación de
sumisión al clan, alienación total de las mujeres y de los niños, etc.) y de una subjetividad postindustrial. Por otra parte, uno se puede
preguntar si ese tipo de Nuevas Potencias Industriales, por ahora localizadas principalmente en las costas del mar de China, no va
igualmente a proliferar en las costas del Mediterráneo y en las costas del África atlántica. Si eso fuera así , veríamos toda una serie
de regiones de Europa sometidas a fuertes tensiones, debido a un trastocamiento radical de sus fuentes de ingresos y de su estatuto
de pertenencia a las grandes potencias blancas.
En esos diversos dominios, las problemáticas ecológicas se entremezclan. Abandonada a sí misma, la eclosión de los neoarcaísmos
sociales y mentales puede conducir ¡tanto a lo mejor como a lo peor! Estamos ante una cuestión peligrosa: el fascismo de los
Ayatollahs, no lo olvidemos, sólo se ha instaurado sobre la base de una profunda revolución popular en Irán. Las recientes revueltas
de jóvenes, en Argelia, han mantenido una doble simbiosis entre las formas de vivir occidentales y las diversas mezclas de
integrismo. La ecología social espontánea trabaja en la constitución de Territorios existenciales que sustituyen a duras penas a los
antiguos controles rituales y religiosos del socius. Parece evidente que, en ese dominio, mientras no se produzca el relevo de praxis
colectivas políticamente coherentes, siempre serán, a fin de cuentas, las empresas nacionalistas reaccionarias, opresivas para las
mujeres, los niños, los marginales, y hostiles a cualquier innovación, las que triunfen. Aquí no se trata de proponer un modelo
prefabricado de sociedad, sino únicamente de responsabilizarse del conjunto de las componentes ecosóficas cuyo objetivo será, en
particular, el establecimiento de nuevos sistemas de valorización.
Ya he señalado que cada vez es menos legítimo que las retribuciones financieras y de prestigio de las actividades humanas
socialmente reconocidas sólo estén reguladas por un mercado basado en el beneficio. Otros muchos sistemas de valor deberían ser
tenidos en cuenta (la «rentabilidad» social, estética, los valores del deseo, etc.). Hasta el presente, sólo el Estado está en posición de
arbitrar dominios de valor que no proceden del beneficio capitalista (por ejemplo: la apreciación del dominio del patrimonio).
Parece necesario insistir en el hecho de que nuevos relevos sociales, tales como fundaciones reconocidas de utilidad social, deberían
poder flexibilizar y ampliar la financiación del Tercer Sector ni privado, ni público que se verá constantemente obligado a ampliarse
a medida que el trabajo humano sea sustituido por el trabajo maquínico. Por encima de unos ingresos mínimos garantizados para
todosreconocidos como derecho y no en concepto de contrato llamado de reinserción, el problema se perfila como una
disponibilidad de los medios para dirigir acciones individuales y colectivas orientadas en el sentido de una ecología de la
resingularización. La búsqueda de un Territorio o una patria existencial no pasa necesariamente por la de una tierra natal o una
filiación de origen lejano. Con mucha frecuencia, los movimientos nacionalitarios (de tipo vasco, irlandés), debido a antagonismos
exteriores, se repliegan sobre sí mismos, dejando de lado las otras revoluciones moleculares relativas a la liberación de la mujer, a la
ecología medioambiental, etc. Se pueden concebir todo tipo de «nacionalidades» desterritorializadas, como la música, la poesía…
Lo que condena el sistema de valorización capitalista es su carácter de equivalente general, que aplasta todos los demás modos de
valorización, los cuales se encuentran así alienados por su hegemonía. A todo esto convendría, si no oponer, al menos superponer
instrumentos de valorización basados en las producciones existenciales que no pueden ser determinados ni en función únicamente de
un tiempo de trabajo abstracto, ni de un beneficio capitalista descontado. Surgirán nuevas «bolsas» de valor, nuevas deliberaciones
colectivas que darán su oportunidad a las acciones más individuales, más singulares, más disen-suales apoyándose en particular en
medios de concertación telemáticos e informáticos. La noción de interés colectivo debería ampliarse a acciones que, a corto plazo,
no «beneficien» a nadie, pero que, a largo plazo, sean portadoras de un enriquecimiento proce-sual para el conjunto de la
humanidad. Lo que aquí se cuestiona es el conjunto del futuro de la investigación fundamental y del arte.
Esta promoción de valores existenciales y de valores de deseo no se presentará, lo subrayo, como una alternativa global, constituida
de pies a cabeza. Será el resultado de un desplazamiento generalizado de los actuales sistemas de valor y debido a la aparición de
nuevos polos de valorización. A este respecto, es significativo que, durante el último período, los cambios sociales más
espectaculares se han producido a consecuencia de ese tipo de desplazamiento a largo plazo. En un plano político, por ejemplo en las
Filipinas o en Chile, o, en el plano nacionalitario, en la URSS, donde mil revoluciones de los sistemas de valor se infiltran
progresivamente. Corresponde a las nuevas componentes ecológicas polarizarlas y afirmar su peso en las relaciones de fuerzas
políticas y sociales.
El principio específico de la ecología medioambiental es que en ella todo es posible, tanto las peores catástrofes como las
evoluciones imperceptibles.14 Los equilibrios naturales incumbirán cada vez más a las intervenciones humanas. Llegará un tiempo
en el que será necesario introducir inmensos programas para regular las relaciones entre el oxígeno, el ozono y el gas carbónico en la
atmósfera terrestre. Se podría perfectamente recalificar la ecología medioambiental de ecología maquínica, puesto que, tanto en el
cosmos como en las praxis humanas, nunca se trata de otra cosa que de máquinas, y yo incluso osaría decir de máquinas de guerra.
¡Desde siempre, la «naturaleza» ha estado en guerra contra la vida! Pero la aceleración de los «progresos» técnico-científicos
conjugados con la enorme explosión demográfica implica qué una especie de fuga hacia adelante se inicie de inmediato para
controlar la mecanosfera.
En el futuro, el problema ya no sólo será la defensa de la naturaleza, sino una ofensiva para reparar el pulmón amazónico, para
reflorecer el Sahara. La creación de nuevas especies vivientes, vegetales y animales, pertenece ineluctablemente a nuestro horizonte
y hace urgente no sólo la adopción de una ética ecosófica adaptada a esta situación a la vez terrorífica y fascinante, sino también una
política focalizada en el destino de la humanidad.
El relato de la génesis bíblica está a punto de ser sustituido por los nuevos relatos de la recreación permanente del mundo. Aquí,
nosotros no sabríamos hacer nada mejor que citar a Walter Benjamin condenando el reduccionismo correlativo de la primacía de la
información: «Cuando la información sustituye a la antigua relación, cuando cede su sitio a la sensación, ese doble proceso refleja
una degradación creciente de la experiencia. Todas esas formas, cada una a su manera, se liberan del relato, que es una de las formas
más antiguas de comunicación. A diferencia de la información, el relato no se preocupa de transmitir lo puro en sí del
acontecimiento, lo incorpora a la vida misma del que lo cuenta para comunicarlo como su propia experiencia al que lo escucha. De
ese modo, el narrador deja en él su huella, como la mano del alfarero sobre el vaso de arcilla.»15
Sacar a la luz otros mundos que los de la pura información abstracta, engendrar universos de referencia y Territorios existenciales en
los que la singularidad y la finitud sean tenidos en cuenta por la lógica multivalente de las ecologías mentales y por el principio de
Eros de grupo de la ecología social y afrontar el cara a cara vertiginoso con el Cosmos para someterlo a una vida posible, tales son
las vías imbricadas de la triple visión ecológica.
Así pues, creo que una ecosofía de nuevo tipo, a la vez práctica y especulativa, ético-política y estética, debe sustituir a las antiguas
formas de compromiso religioso, político, asociativo… No será ni una disciplina de repliegue sobre la interioridad, ni una simple
renovación de las antiguas formas de «militantismo». Se tratará más bien de un movimiento de múltiples facetas que instaura
instancias y dispositivos a la vez analíticos y productores de subjetividad. Subjetividad tanto individual como colectiva, que
desborda por todas palies las circunscripciones individuadas, «acunadas», cerradas sobre identificaciones y que se abre en todas
direcciones hacia el socius, pero también hacia Filum maquínicos, universos de referencia técnico-científicos, mundos estéticos, e
igualmente hacia nuevas aprehensiones «pre-personales» del tiempo, del cuerpo, del sexo… Subjetividad de la resingularización
capaz de encajar directamente el choque con la finitud bajo la especie del deseo, del dolor, de la muerte… ¡Todo un rumor me dice
que ya nada de eso es evidente! Por todas partes se imponen algo así como corazas neurolépticas para huir precisamente de toda
singularidad intrusiva. ¡Una vez más, habrá que invocar la Historia! Al menos para explicar que existe el riesgo de que ya no haya
historia humana si no se produce una radical recuperación del control de la humanidad por sí misma. Por todos los medios posibles,
se trata de conjurar el crecimiento entrópico de la subjetividad dominante. En lugar de mantenerse eternamente en la eficacia
embaucadora de los «trofeos» económicos, se trata de reapropiarse de los universos de valor en cuyo seno podrán volver a encontrar
consistencia procesos de singularización. Nuevas prácticas sociales, nuevas prácticas estéticas, nuevas prácticas del sí mismo en la
relación con el otro, con el extranjero con el extraño: ¡todo un programa que parecerá bien alejado de las urgencias del momento! Y
sin embargo es en la articulación:
de la subjetividad en estado naciente;
del socius en estado mutante;
del medio ambiente en el punto en el que puede ser reinventado; donde se dilucidará la salida de las crisis más importantes de
nuestra época.
En conclusión, las tres ecologías deberían concebirse, en bloque, como dependiendo de una disciplina común ético-estética y como
distintas las unas de las otras desde el punto de vista de las prácticas que las caracterizan. Sus registros dependen de lo que yo he
llamado una heterogénesis, es decir, de procesos continuos de resingularización. Los individuos han de devenir a la vez solidarios y
cada vez más diferentes. (Lo mismo sucede con la resingularización de las escuelas, de los ayuntamientos, del urbanismo, etc.).
La subjetividad, a través de las vías transversales, se instaura conjuntamente en el mundo del medio ambiente, de los grandes
Agenciamientos sociales e institucionales y, simétricamente, en el seno de los paisajes y fantasmas que habitan las esferas más
íntimas del individuo. La reconquista de un grado de autonomía creadora en un dominio particular reclama otras reconquistas en
otros dominios. Hay que forjar toda una catálisis de la recuperación de confianza de la humanidad en sí misma, paso a paso, y a
veces a partir de los medios más minúsculos. Como este ensayo, que desearía, aunque sea modestamente, poner freno a la grisalla y
la pasividad dominantes.

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