Los cambios de la modernidad tardía (Miguel Amorós)

Las victorias del capitalismo en las últimas tres décadas han supuesto cambios tan drásticos que las fórmulas clásicas del anarquismo
y del marxismo, siquiera en su versión situacionista, no son suficientes per se para aclarar la naturaleza del mundo donde nos
encontramos. La posición marginal de las minorías rebeldes y la ignorancia de la distancia existente entre los años sesenta y el dos
mil dificultan enormemente una lectura correcta del presente a la luz de tales teorías. A menudo se produce una apreciación
optimista del momento a la que acompaña una identificación ilusoria con los movimientos contemporáneos de protesta. Dichas
minorías tienden a considerarse el brazo local de los parados felices, de los piqueteros, de los aarch, o ahora, de los jóvenes
incendiarios de las cités, sin detenerse a pensar que nada de todo eso puede entenderse si no se comprende primero el sometimiento
complaciente y casi total de la población occidental a las condiciones extremas marcadas por el poder. Los rebeldes de hoy han de
saber que, si han heredado algo, han sido sobre todo las derrotas.
No existe una línea continua que, pasando por la revolución rusa y la española, camine sin rupturas desde la Comuna de París hasta
Mayo del 68 y la época del Black Bloc. La historia no es un continuum como pretende el poder dominante o como afirman los
epígonos de teorías pretéritas, sino una sucesión de imprevisibles catástrofes cuyo horizonte es el presente. El presente es la clave de
las ruinas del pasado. Éste se revela verdaderamente despertando en él. En la cima del presente se halla la perspectiva adecuada.
Desde ella trataremos de establecer la última fractura histórica subrayando las diferencias sustanciales que separan la sociedad actual
de la sociedad de clases. Para mejor orientarnos repasaremos las definiciones más características. Marx y Weber calificaron a la
sociedad de “industrial” apuntando a las industrias como la principal fuente de riqueza social. El término se sigue empleando en la
actualidad a pesar de que industrias hay cada vez menos. Algún sociólogo intentó remendar el problema hablando de sociedad “post
industrial” de la misma manera que después del 68 los apologistas de la dominación hablaron de “post modernidad”, pero quienes
continúan usando el adjetivo de “industrial” responden que la desaparición de las fábricas no afecta al concepto puesto que lo
realmente industrial es el modo de vida de los individuos. “Sociedad de consumo”, término popular en los años sesenta, hace
hincapié en la actividad que ha desplazado en importancia a la producción y que ha determinado la esclavitud consentida de la
mayoría de los asalariados. “Sociedad del espectáculo”, definición desarrollada por Guy Debord, alude a las relaciones sociales
mediatizadas no por cosas, sino por imágenes. El espectáculo es la forma moderna del olvido del ser, de la alienación. Jacques Ellul
prefiere “Sociedad tecnológica” porque la tecnología es la fuerza que impulsa los cambios y provoca las catástrofes. La tecnología
no es un conjunto de destrezas, herramientas y máquinas, sino un sistema compuesto por los resultados técnicos de la ciencia
aplicada que conforma una segunda naturaleza. En ese sentido otros han usado el término más neutral de “Sociedad del
conocimiento”, con evidentes razones oscurantistas. Finalmente, la “Sociedad de masas” hace referencia al producto de la disolución
de las “clases peligrosas”, el estado disgregado de la población asalariada, que es el fundamento más sólido de la dominación.
Ortega y Gasset es el primer pensador burgués que aplaudió su advenimiento y en “La Rebelión de las Masas” estrenó el
procedimiento de presentar los trazos más regresivos de un fenómeno social como los más avanzados. Cada término resultará el más
adecuado según el contexto en el que se emplee, porque todos definen la misma cosa.
En la sociedad de clases predominaba la economía sobre todo lo demás y el intercambio de bienes era considerado como la actividad
social por excelencia. La fuerza productiva principal era el trabajo, por lo que el movimiento obrero constituía un factor necesario en
la transformación social. En la sociedad de masas domina la tecnología y las actividades sociales determinantes son la circulación y
el consumo. La fuerza productiva principal en una producción automatizada son las máquinas, por lo que en los saberes científicos y
técnicos reside el potencial transformador. El movimiento obrero, o no existe, o es irrelevante. La llamada “I+D” es el elemento
estratégico fundamental del poder.
Las clases eran mundos aparte; constituían comunidades soldadas por la solidaridad, la voluntad colectiva y la conciencia, con sus
propias reglas no escritas, sus tradiciones, sus medios de expresión y sus mecanismos de comunicación. En ellas cada individuo era
un ser único y, por lo tanto, insustituible. La sociedad de clases nació de la disolución de la sociedad feudal mediante la integración
del trabajo al mercado. La clase explotadora era la burguesía; la clase explotada, el proletariado. Éste, espoleado por el hambre y la
conciencia de su misión, era el sujeto de la historia. La vida burguesa se escindía en vida pública y privada; la vida de los
trabajadores no era ninguna de las dos cosas. Su carácter social permitía que los deseos de los oprimidos confluyesen en proyectos
emancipatorios. Las masas pertenecen a un mundo unificado por el espectáculo, constituyendo agregados informes, sin lazos, sin
raíces, sin experiencia y sin medios propios. Los individuos que las componen están aislados, no cuentan por sí mismos sino por el
número, por lo que todos son intercambiables. La sociedad de masas nació de la disolución de la sociedad de clases por medio de la
integración de la vida cotidiana en el mercado y la expansión acelerada del tráfico. La clase dominante es la oligarquía dirigente, un
conglomerado jerarquizado y móvil de políticos ejecutivos y expertos; el resto son masas dirigidas. Debido al incremento enorme de
la productividad por el sistema tecnológico, parte de ellas son sencillamente excluidas. Las masas, amenazadas por el aburrimiento,
la soledad y la exclusión, son un producto histórico, pero no un sujeto. No tienen más que vida privada; sus deseos son objetivo
económico y en consecuencia son manipulados y explotados.
El proletariado fue capaz de formular un programa positivo de cambio social; su ideal era la igualdad y sus medios, la apropiación
revolucionaria de los medios de producción, o sea, la autogestión del proceso productivo. Para combatir sus aspiraciones los
mercados nacionales hubieron de ser tutelados por el Estado que, por otra parte, se hizo cargo de los servicios sociales. La
democracia fue la forma política habitual de la explotación económica, la cual descansaba sobre un pacto social; las formas
dictatoriales y totalitarias se consideraban pasajeras y excepcionales, en cambio, son las más apropiadas en una sociedad de masas.
Las masas cuando se manifiestan, lo hacen de forma inconsciente, impulsadas por la rabia o el pánico, siguiendo una consigna
cualquiera fijada desde el exterior; cuando no permanecen negativas lo más parecido al ideal que tienen es la seguridad. No son
capaces de adoptar un programa a no ser que les venga desde fuera, porque el espectáculo ha secuestrado los medios para elaborarlo.
No pueden discutir libremente ni formarse una opinión. De todas formas, la autogestión de la aberrante producción actual, de las
aglomeraciones urbanas, de las centrales nucleares, de la manipulación genética, de los complejos lúdicos o comerciales, etc., es
indeseable. La globalización acabó con los mercados nacionales y el Estado “del bienestar” está privatizando sus servicios. Aunque
en la sociedad de masas se mantengan las apariencias democráticas, lo normal es el estado de excepción, la suspensión progresiva y
silenciosa de las libertades formales y del derecho. El individuo es en realidad el “sospechoso”. En esencia, es una sociedad
totalitaria.
Los obreros tenían en común su pobreza y la falta de decisión sobre sus vidas. Eso lo tenían claro. Su lucha nacía del desigual
reparto de la riqueza social y del acaparamiento de la decisión por la burguesía. La experiencia de dicha lucha era acumulativa y se
traducía en conciencia de clase. Los mecanismos de control social empleados fueron el sistema de enseñanza, el reformismo
político-sindical y el estalinismo. Las masas, más explotadas, moralmente más pobres y con menos poder de decisión,
conscientemente no tienen nada en común a no ser el miedo, bien administrado por la casta dirigente. Sus movimientos nacen de la
sensación de peligro que causa el reparto desigual de los riesgos. Ulrich Beck habla en ese sentido de la “Sociedad del riesgo”.
Nacidos del desarrollo exponencial de las fuerzas productivas, los riesgos son el fruto envenenado del progreso tecnológico. Las
masas son incapaces de acumular experiencia, por lo que frente a los riesgos y las amenazas parten siempre de cero, pero al
mantenerse puramente negativas impiden la acción neutralizadora de los dirigentes. Esto hace que los mediadores como el
voluntariado cooperante, la asistencia social y el ciudadanismo no basten como medios de control social, porque aunque sean
admitidos como espectáculo de la representación la propia naturaleza refractaria de las masas los rechaza. Simplemente, las masas
son incapaces de mantenerse unidas mucho tiempo detrás de alguien o de algo. Al perder la capacidad de razonar han perdido la
capacidad de ser manipuladas por el discurso. Eso no quiere decir, tal como la proliferación de religiones demuestra, que no puedan
ser manipuladas de otra forma, por ejemplo, a través del deseo, del sentimiento o del miedo, y que no puedan ser controladas
mediante la tecnovigilancia y un suplemento de cárcel. El Estado “mínimo” de la globalización es el Estado penal.
La fragilidad de la dominación en la sociedad de clases provenía de fuera, de la existencia de una clase ajena a la burguesía
destinada por su situación en el proceso productivo a subvertir su orden. El enemigo a combatir y domesticar era el proletariado. La
fragilidad de la dominación en la sociedad de masas proviene de sí misma, de la liberación de fuerzas destructivas que es incapaz de
controlar. Ella es su propio enemigo; los enemigos que gracias al espectáculo consigue airear –los terroristas, los delincuentes, el
fracaso escolar, los inmigrantes, la “naturaleza”, etc.—son ficticios. El modo de vida que impone con su corte de suicidios,
accidentes de tráfico, síndromes atípicos, modernas pandemias, cáncer, enfermedades cardiovasculares, toxiinfecciones alimentarias,
iatrogenias, etc., es el verdadero responsable de millones de muertes. Por absurda lógica, la sociedad de masas para combatir los
males que ella misma provoca declara la guerra a otros. El establecimiento de zonas de defensa opacas en su interior por parte de los
supervivientes rebeldes es una necesidad perentoria, puesto que para la dominación espectacular éstos constituyen una reserva
“antisistema” de “enemigos”. Han de formar una especie de sociedad dentro de otra, en la que rijan los viejos valores de la amistad,
la solidaridad y la libertad. En ella ha de quedar a resguardo la experiencia y la memoria, manteniendo una conciencia histórica
subterránea que deberá salir a la luz cuando el nihilismo de las masas la llame. Hacia dentro los resistentes han de cultivar los
valores comunitarios pero hacia fuera deben mantenerse totalmente negativos. Para cambiar la sociedad de masas hay que destruirla
primero. La destrucción empieza por la interrupción del movimiento de la economía globalizada. La estrategia revolucionaria ha de
debutar antes que en una huelga general, en un bloqueo de la circulación. Los primeros objetivos a ocupar no han de ser los lugares
de trabajo sino las autopistas, los trenes y los puertos.
Miguel Amorós
Charla en la carpa de Can Fabra, el 2 de diciembre de 2005, durante las Fiestas Alternativas de Sant Andreu del Palomar
(Barcelona).

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