Desmontaje del imaginario histórico de la Revolución industrial y la Revolución francesa. Cambio social y comportamiento político moderno a partir de las perspectivas interpretativas de Wallerstein y Fehér (Camilo Reyes)  

Tanto Wallerstein como Fehér logran “desmontar” de un modo bastante satisfactorio “el imaginario histórico” de las revoluciones -francesa e industrial-, el primero haciéndolo desde un enfoque sociológico e histórico, a partir de su teoría del sistema-mundo, y el segundo desde un enfoque filosófico neomarxista, de carácter desmitificador de las propias interpretaciones marxistas clásicas -que ya habían ayudado, anteriormente, a superar las propias interpretaciones tradicionales. En mi opinión, ambas formas analíticas críticas de estos autores –la sociológica y la filosófica-, aportan marcos y métodos interpretativos que superan en importancia y trascendencia, a los de sus propios trabajos específicos, en tanto realizan un ejemplar y exhaustivo balance historiográfico en torno a las materias de su conocimiento. El texto de Wallerstein, en los capítulos señalados para este trabajo, se enfoca, en prácticamente igual medida, sobre ambas revoluciones, mientras que de otro lado, el texto de Fehér, se enfoca masivamente en la Revolución Francesa, por lo cual la presentación de los desmontajes historiográficos se presentara en el orden de, Wallerstein primero (presentando la Revolución industrial y la Revolución francesa), para luego enfocarme específicamente en el texto de Fehér (para poder presentar luego en profundidad los contenidos característicos de la Revolución francesa).

 

  1. En primer lugar, emprenderemos el desmontaje -que realiza Wallerstein- de las más importantes interpretaciones que se han realizado en torno a la Revolución industrial, más específicamente, bajo la pregunta de: ¿en qué consistió esta revolución? Las primeras grandes interpretaciones y respuestas a esta pregunta, son de carácter “esencialista”, es decir, que intentan determinar la existencia de una “gran causa” por sobre otras, las demás. Estas causas se corresponden con las explicaciones que ponen énfasis en la liberalización de las limitaciones y regulaciones medievales (Toynbee), y en el incremento de la tasa de crecimiento de la producción total y per capita (Hartwell). Estos dos elementos esenciales se pueden caracterizar más específicamente como libertad y crecimiento, respectivamente. La libertad se refiere fundamentalmente a las relaciones de producción (quién puede producir qué, quién puede trabajar para quién, y en qué términos). En este contexto de transformaciones de <<las relaciones de producción>>, es que tanto “la fabrica” como “el proletariado asalariado”, cobran gran relevancia, pues ambos elementos constituyen la nueva organización de la fuerza de trabajo. De esta nueva organización es que surge una importante trasformación económica y social: de la total trasformación de la estructura social rural, se produce el surgimiento de un proletariado urbano. De otro lado, el crecimiento se encuentra profundamente vinculado a la aplicación de principios mecánicos a la fabricación, es decir, al maquinismo o la revolución de la mecanización. Esta postura, sitúa en primer plano a <<las fuerzas de producción>> (por contraposición a la libertad que pone acento en las relaciones de producción).

Admitiendo que estos dos énfasis implican igualmente el desarrollo efectivo de la Revolución industrial –la que pone acento en los procesos de mecanización y la que pone acento en los procesos de liberalización/proletarización-, surgen una serie de autores que tienden a intentar resolver la pregunta de, ¿qué hizo que estos procesos ocurrieran por primera vez en Gran Bretaña, y qué permitió su despegue económico? La mayoría de los autores, insistió en la centralidad de un factor determinado, que impulso estos procesos: (1) el incremento de la demanda -a la cual se atribuye la rentabilidad de la mecanización y la proletarización (Landes); (2) la disponibilidad del capital -que hizo posible la mecanización (Hamilton); (3) el crecimiento demográfico -que da lugar a la proletarización (Deane y Cole); (4) una revolución agrícola -que posibilito el crecimiento demográfico (Deane, Slicher van Bath); y, (5) un desarrollo preexistente de las modalidades de tenencia de tierras (que también habría fomentado un crecimiento demográfico).

Luego de desarrollar una exhaustiva revisión de los argumentos atribuibles a cada “factor central”, a cada “causa”, tomando en cuenta las fortalezas y las debilidades de cada postura, los argumentos a favor y en contra, por fin nuestro autor confronta la problemática más importante, esta vez, atendiendo al explicandum, es decir, a la naturaleza del propio problema: ¿qué revolución industrial? Y bueno, nuestro autor responde diciendo que esta revolución, se entiende como una serie de innovaciones que condujeron al florecimiento de una nueva industria textil del algodón en Inglaterra. Esta transformación, comporta la adopción de una gran “serie” de innovaciones que provocaron la irrupción de la industria textil del algodón, es decir, que de un lado, su explicación supera las explicaciones unilaterales desarrolladas por los autores anteriormente analizados, mientras que por otro, atribuye una vital importancia a la industria del algodón. Para nuestro autor, esta industria textil, a su vez, se encontraba desarrollada sobre la base de maquinas nuevas y mejoradas, que se organizaban en fabricas. Este proceso se dio contemporáneamente -aunque poco después-, al proceso de expansión y mecanización similar en la industria del hierro. Este último proceso, también se dio como resultado de una serie de innovaciones en la producción. Lo problemático, es poder afirmar la tesis central de que este conjunto de innovaciones pudo desarrollar un proceso de cambio acumulativo y autosostenido. A lo menos nuestro autor, reconoce en ello, en la búsqueda de acumulación capitalista, un leitmotiv de la economía capitalista desde su génesis en el siglo XVI, y a través de su estancamiento durante el siglo XVII, que perdura y se vuelve más consistente a partir De finales del siglo XVIII.

La reorganización del capital, como producto de las innovaciones, si bien no produjo transformaciones fundamentales en la relación capital-trabajo, en el sentido de “ahorrar trabajo”, significo un avance en el “ahorro de capital”: como por ejemplo, los ferrocarriles, que con sus mejoras del transporte permitieron ahorrar capital para la economía en su conjunto. Debido a que este permitía a los fabricantes, reducir las mercancías almacenadas, logrando una mayor extensión del capital.

Un conjunto de importantes innovaciones, supuso una mayor productividad para los industriales -gracias a la nueva tecnología, técnicas y conocimientos superiores que comportaron empresarios y trabajadores-, son los que caracterizaron la excepcionalidad de Gran Bretaña, con respecto, por ejemplo, a Francia, su mayor competidor capitalista de la época, por excelencia: la maquina sembradora (de Jethro Tull, 1731); la maquina trilladora (1786); la lanzadera (de Kay, 1733); el telar de Hargreave (1765); el bastidor hidráulico (de Arkwright, 1769); la máquina de hilar (de Crompton, 1779); la máquina de hilar automática (de Robert, 1825); el hierro colado de coque fundido (de Darby, 1709); la máquina de pudelar (de Cort, 1784); el motor de vapor (de Watt, 1775).  Estas maquinarias en gran medida explican la superioridad de Gran Bretaña en el mercado mundial del algodón y el hierro.

Para nuestro autor, la innovación y expansión de estas dos grandes industrias –del hierro y el algodón-, impulso un nuevo desarrollo y una transformación económica del sistema mundo en tanto: (a) las innovaciones en la industria del algodón, de naturaleza mecánica, lograron ahorrar trabajo en gran porción; mientras que de otro lado, (b) las innovaciones de la industria del hierro, fueron en gran medida, químicas y mejoraron la cantidad y calidad de la producción, sin disminuir de forma inmediata el uso de mano de obra. Los importantes cambios “revolucionarios” que introdujeron estas innovaciones, por ejemplo, en el campo de la industria textil del algodón, que fueron bastante gravitantes fueron: (1) una importante trasnformación en la organización del trabajo; (2) la irrupción de esta primera industria mundial, estuvo integra y notoriamente ligada a la estructura del mercado mundial, estructura en la cual las materias primas se importaban casi en su totalidad, y las mercancías producidas por la industria británica se exportaban en su mayoría. Reconoce aquí Wallerstein las apreciaciones de Hobsbawm, sobre que la industria textil del algodón fue crucial, por su papel en la reestructuración de la economía mundial. Nos encontramos en un marco que sobrepasa el propio fenómeno británico, que se integra dentro de un fenómeno que solo es “posible” en el contexto del desarrollo del capitalismo mundial.

En síntesis, no podemos reducir el fenómeno de la Revolución industrial y de la ventaja comparativa de Gran Bretaña, a términos estrictamente nacionales (como una constelación de características absolutas), sino que debemos comprenderlo y localizarlo en su posición dentro de una constelación de posiciones dentro del marco de una economía-mundo. Es la economía-mundo lo que se desarrolla a lo largo del tiempo, y no subunidades dentro de ella.

 

  1. En cuanto a la Revolución francesa, Wallerstein señala que esta encarna todas las pasiones políticas del mundo moderno, y la aborda centrándose en la cuestión que parece haber sido central en todos los debates en torno al tema: ¿fue la Revolución francesa una revolución burguesa? Los principales exponentes de esta interpretación clásica de la revolución -como “el resultado de una larga evolución económica y social que hizo a la burguesía dueña del poder y de la economía”-, son Juares, Mathiez, Lefebvre, Soboul y Rudé. Los principales argumentos de esta interpretación social de la revolución son que: (1) la revolución fue una revolución contra el orden feudal y contra la aristocracia que lo controlaba; (2) la revolución fue una etapa esencial de la transición hacia el nuevo orden social del capitalismo en beneficio de quienes lo controlarían, es decir, la burguesía; (3) la burguesía solo podía triunfar en la revolución apelando al apoyo de las clases populares, quienes fueron, en lo positivo, beneficiarios secundarios, y en lo negativo, sus víctimas.

Se podría señalar que estos argumentos constituyen el corpus de la interpretación clásica, o del modelo clásico –que interpreta la revolución como una revolución burguesa-, que ha sido fuertemente criticada por dos tendencias nuevas, una que amplía el concepto de revolución burguesa, a democrática y liberal, y otra que la reduce a una revolución liberal de carácter masivamente “cultural”: los defensores de la tesis atlántica (Godechot, Palmer), y los escépticos respecto del papel atribuido a la burguesía en la revolución (Cobban, Furet). Los defensores de la tesis atlántica señalan que esta revolución afecto a todo el mundo occidental –no tan solo Francia-, definiendo esta revolución occidental como “liberal” o “burguesa”, “democrática”, en la que los “demócratas” combatieron a los “aristócratas”, considerando a la fase jacobina como una revolucionarización de la revolución, de una revolución que sin embargo, fue radical desde su propio origen, en el sentido de la lucha de clases. Del otro lado, tenemos la interpretación de los escépticos, que renuncian al concepto de revolución burguesa a favor del concepto de revolución liberal, una revolución que comenzó antes de 1789. La revolución seria un proceso efectuado por la burguesía, en camino al descubrimiento de sus verdaderos objetivos revolucionarios: la libertad económica, el individualismo en la propiedad y el sufragio limitado. Esta interpretación, se podría decir que es mas “cultural” que política. También existió una tercera tendencia que critico el concepto de revolución burguesa, que atribuyo la efectuación de esta, en su mecanismo interno, tuvo un carácter de revolución proletaria embrionaria, es decir, anticapitalista (Guerín), e inclusive como una revolución campesina (Milward y Saul).

En opinión de Wallerstein, de este conjunto de interpretaciones, no es correcto intentar preservar la imagen de la Revolución francesa como revolución burguesa, para preservar la imagen de la Revolución rusa como una revolución proletaria, ni crear la imagen de la Revolución francesa como una revolución liberal con el fin de empañar la Revolución rusa como una revolución totalitaria. Ninguna de las dos categorías -de revolución burguesa o liberal-, clasifica bien lo que ocurrió de hecho. Un rasgo importantísimo, es que la revolución hablo el lenguaje del antifeudalismo sin girar estrictamente en torno a un antifeudalismo: debemos considerar que durante la revolución, la servidumbre fue por fin abolida; los gremios fueron finalmente prohibidos; y la aristocracia y el clero dejaron por fin de ser estamentos privilegiados. Sin embargo, la revolución no se propicio en torno a estos objetivos antifeudales, sino que fue movilizada inicialmente, de parte de los burgueses, por la negación de la ideología del antiguo régimen, pues estos, al no encontrarse ennoblecidos, sufrían la discriminación social y material, a pesar de que algunos poseían grandes fortunas. Impedimentos políticos, como los de tener que demostrar un linaje noble, de a lo menos 4 generaciones anteriores para poder ocupar el cargo de oficial del ejército, fueron los que provocaron la irritación de los estratos superiores del tercer estado, y de los recientemente ennoblecidos. Posteriormente a la revolución, los haut-bourgeois siguieron demostrando que el centro de la revolución no giraba en torn al antifeudalismo, a pesar de hablar este lenguaje, y que mas bien, el ideal que siguieron siempre, fue el de lograr conseguir el estatus social formal, como lo hicieron todos los burgueses desde el surgimiento del capitalismo como sistema mundial.

Este lenguaje antifeudal de los burgueses, en apreciación de Wallerstein, parece reclamar más bien, un modo de contener a las clases campesinas. La burguesía se puso del lado de los campesinos para desplazar los privilegios de la aristocracia, pero una vez resueltas las diferencias entre estas clases, en la sociedad posrevolucionaria, superaron su división y se repartieron conjuntamente el poder. Debemos recordar que la gran burguesía que vino a suceder a la aristocracia en el poder, dentro del mundo capitalista, creía en las ventajas que le traerían los beneficios de la transformación economica, pero en general no compartía la ideología liberal, que solo constituía una ideología instrumental para el aburguesamiento final de las clases superiores en el contexto de la nueva estructura económica (sistema de economía-mundial) que se estaba consolidando.

La significancia de la Revolución francesa, fue que en su torbellino, todo el mundo ideológico se fue transformando. Por otra parte, la transición al capitalismo había ocurrido hace ya un tiempo, así como la transformación de la estructura estatal en el contexto de la revolución, fue la continuación de un proceso que se venía gestando hace dos siglos. Por lo cual podemos concluir que la revolución no significo una transformación en lo económico, ni tampoco en lo político, sino que mas bien el momento de cesura en la transformación de la superestructura ideológica, donde esta por fin pudo articularse y ponerse en el mismo nivel de la base económica, es decir, que fue la consecuencia de la transición, no su causa ni el momento en que se produjo.

Por otra parte, aun nos falta describir el desmontaje realizado por Fehér, que pasamos a describir brevemente a continuación. También como Wallerstein, Fehér reconoce la gran influencia del marxismo en su interpretación de la Revolución francesa como una revolución democrático-burguesa que barrio con el orden feudal. Nuestro autor considera que la ruptura con esta tradición marxista, comienza con la reinterpretación desarrollada a partir de los revisionistas ingleses y franceses, desarrollando una crítica, principalmente, a partir de las ideas de Cobban, que pone en entredicho que la revolución francesa, burguesa e industrializadora, haya cerrado la etapa del modo de producción feudal (feudalismo); también cuestiona que la burguesía revolucionaria haya constituido una clase unificada, sino que mas bien fue una clase dividida en varios grupos diferenciados, donde afloraban las jerarquías hereditarias; y finalmente, cuestiona el hecho de que la revolución haya sido única y homogénea, señalando mas bien, que hubieron varias revoluciones dentro de la misma historia. Fehér, propone una tesis similar a la de Arendt, en tanto no concibe la revolución como un único proceso, lo que lo lleva a determinar que la etapa del jacobinismo no pudo constituir el momento más álgido de la revolución, sino que mas bien su desviación radical del proceso revolucionario, como el germen o la semilla de lo que se podría caracterizar como un <<síndrome totalitario>>.

Los pilares de la modernización capitalista, la industrialización, el capitalismo como principio organizativo de la vida económica, y el proceso de creación de la democracia, es decir, de la libertad política o republicana, son el caldo de cultivo para la generación de un imaginario pluralista. Y es este nuevo imaginario que acontece con la revolución, el que se desvía y se pierde con la etapa jacobinista de la propia revolución.

El proyecto original de la revolución fue el de lograr una modernización francesa, en el sentido amplio expuesto anteriormente, pero conservando la estructura rural que ya poseía (la defensa de los intereses del campesinado). La tesis defendida por Fehér, consiste en que la lógica política de la revolución, aspiro a crear una sociedad libre, y que esta tendencia ideológica fue la dominante en el lenguaje revolucionario, desde los días de la convocatoria de los estados generales hasta el hundimiento de la republica. Esta lógica política, supuso un fuerte contraste entre el poder absolutista del príncipe y la amplia coalición de todos los que se consideraban el pueblo, la nación. Esta última, la idea de nación -arrancada del ideario de la ilustración-, fue tomada como la fuente suprema de toda autoridad y del derecho, por lo cual los revolucionarios se abocaron a la creación de instituciones, preservando ciertas instituciones tradicionales. De este modo la asamblea constituyente, en medio de la constricción de la aristocracia y de la insatisfacción de las clases populares, comenzó a gobernar cada vez con mayor dureza. Mientras el régimen del terror, en este contexto de creciente dureza, significo para las interpretaciones marxistas clásicas, una especie de afirmación y consolidación de la propia política burguesa, para nuestro autor, es el vil reflejo del descontento social, expresión de su egoísmo, de su excesivo afán de riqueza y acumulación.

Nuestro autor, para demostrar el creciente desarrollo de la autoridad y del poder, y también de otro lado, del descontento, analiza la inferencia de los assignat, o papel moneda durante la revolución francesa, y el horrible peso que esta medida acarreo para las clases empobrecidas. La introducción del assignat, fue incorporado a la par de la creación de un nuevo sistema de impuestos que permitiría poder contrarrestar el déficit económico en que había dejado a Francia el régimen monárquico. El pueblo debió cargar en gran parte con este peso, cosa que no acepto pacifica ni tranquilamente, sino tan solo hasta la consolidación del terror. Por otro lado, los burgueses buscaban la liberalización del poder centralizado, una descentralización con la consecuente realización de un estado débil, que poseyese la más mínima cantidad de organismos públicos. Como este sistema no pudo recaudar los suficientes recursos materiales para constituir un poder, se aplico la medida de confiscar las propiedades de la Iglesia de un lado, y la desregulación entre los precios de las mercancías y la cantidad de billetes en circulación, generando una situación de incertidumbre donde era imposible salirse del sistema, a la vez que era también imposible estabilizarlo. Esto tuvo por consecuencia, la utilización de los assignat como modo de esclavitud crediticia, esto en el contexto de la consolidación de la importancia de la utilización de las unidades monetarias, y la monopolización de las funciones monetarias. La aplicación de la ley de hierro –la teoría económica que subraya la tendencia natural de los salarios hacia un nivel mínimo, que se corresponde con las necesidades mínimas de subsistencia de los trabajadores-, vino a consolidar de un lado, el deseo de las clases empobrecidas de liberarse de tal dominación, y de otro lado, la irrupción de un poder basado en el terror, para proteger a las elites con las fuerzas armadas, de los posibles motines populares.

De este modo se desarrollo el jacobinismo y de su política del terror, sobre la base de clubes que servían de cuerpos administrativos auxiliares, de los cuales se podía extraer el nuevo funcionariado, y como medio de control de opinión de los jacobinos medios y control de la burocracia jacobina. La dictadura jacobina, de la mano de la mano de Maximillien Robespierre, hizo suya la filosofía de Rousseau y su teoría de la voluntad general, como voluntad colectiva que no puede ser corrompida, y él mismo se instituyo en “tirano educador”, defensor de estas ideas.

Un rasgo importante de la dictadura revolucionaria fue la destrucción deliberada, aunque imperfecta, de los principios institucionales del pluralismo político –aunque formalmente la Convención, siguió encarnando sus valores o hablando el lenguaje del pluralismo. La dialéctica de la libertad de Robespierre, no abandero la libertad y pluralismo de un modo absoluto, sino que mas bien, como un medio, bajo la concepción de que la libertad es útil en cierto sentido y dañina en otro. Esta concepción, llevo al jacobinismo a caer en innumerables contradicciones, sobre todo con respecto a la representatividad, la soberanía popular, la democracia directa y el ideal ilustrado, que fueron tambien, ideales que participaron de la revolución. Frente a estas organizaciones, el jacobinismo, y sus instituciones dictatoriales organizaron sus propias instituciones para su propia legitimación. Las instituciones de la democracia directa de Paris, poseyeron sus propias antinomias inherentes a su estructura, derivadas de, por ejemplo, la numerosa población de la ciudad, que si bien desplego una gran habilidad para elaborar programas socioeconómicos, resulto tremendamente incapaz de desarrollarlos por sí misma. Otro rasgo contradictorio que fue aprovechado por la elite jacobina, fue que trabajadores asalariados y pequeños artesanos, necesitaban tiempo libre para poder educarse y desarrollar una participación constante, para la generación de la política. Al no contar con ese preciado tiempo, también terminaron delegando estas funciones en la elite. Fue en las organizaciones locales, que surgió un sentimiento anticapitalista, o mejor dicho, contra el capitalismo industrial, por lo cual la dictadura constituyo un intento por poner en plano central, una política moralizante en cuanto a las necesidades de la revolución.

En cuanto a la organización de las Comunas, la autoridad central de la dictadura jacobinista, las veía, teóricamente, como una simple autoridad ejecutiva de un poder soberano que residía exclusivamente en las asambleas generales de las secciones, que podía actuar como amo y señor. En esta posición de autoridad, las Comunas negaban la posibilidad y tachaban de sospechosos a los que deseaban más de una asamblea popular en cada sección. La Comuna se comporto como un poder aparte, autónomo, dentro de los muros del municipio, así como los comités gubernamentales lo estaban dentro de la Convención. Esta contradicción inherente a la democracia moderna, entre un poder local y otro central, expresa el conflicto fundamental entre jacobinos y los diversos agentes de la democracia directa: los que a los ojos de las asambleas generales, se mostraban como una amenaza para la democracia directa o enemigos de ella (en tanto no permitían el desarrollo de asambleas populares dentro de la asamblea general), es decir, quienes pertenecían a los comités autónomos y la Comuna, se convirtieron en los representantes de la misma democracia directa en relación con la Convención, los comités gubernamentales y el Club de los Jacobinos. Por lo cual, estos representantes de las Comunas se convirtieron, progresivamente, en enemigos directos de los jacobinos. La estrategia de los jacobinos, consistió en darse de baja de todas las sociedades locales, al ser incapaces de controlarlas, por lo cual, optaron por declararle la guerra. Además prohibieron la comunicación entre las sociedades locales, coaptando la propia organización de sus rivales políticos, en sus propias bases. De este modo, tras el ataque jacobino a las sociedades locales, Fehér puede hablar del fenómeno de la revolución congelada, en tanto luego, ya no existió un sistema de gobierno, que pudiese ser catalogado de “republica”, en el sentido esencial y original que se le dio al termino, es decir, una republica como creación por parte de unos ciudadanos libres.

Frente a la pregunta de si el jacobinismo fue un proto-socialismo, nuestro autor responde negativamente. Algunos historiadores marxistas tradicionales, creyeron ver en el procedimiento del jacobinismo, el propio procedimiento del socialismo, sin embargo, sus estructuras y modelos difieren considerablemente en sus fundamentos. Si tomamos en cuenta, el accionar de los montagnards sobrevivientes a la envestida jacobina, que se unieron a la conspiración de Babeuf (cuya ideología era abiertamente comunista e igualitaria), debemos tomar en consideración el hecho de que estos sobrevivientes, hicieron grandes esfuerzos por desembarazarse de los principios comunistas de Babeuf. A pesar de estos hechos, nuestro autor no desestima la posibilidad de que todos los esfuerzos sociales más políticamente radicales, abrían podido fructíferar, sin la ruptura y “congelamiento” jacobino de la revolución. Fueron los esfuerzos dictatoriales los que se abocaron a la introducción de una nueva estructura social, sin parecido a ninguna entidad social anterior, donde el Estado jugó un papel iniciador. Fueron los jacobinos los que pusieron en marcha un imaginario completamente nuevo. En contra de la tesis de Arendt –en la que los jacobinos pervierten la idea de libertad al contaminarla con la cuestión social-, Fehér argumenta que el jacobinismo, por primera vez en la historia moderna, elevaron la cuestión social al rango de un problema por excelencia de las revoluciones, convirtiendo en esencia y motor mismo de la revolución. El problema de la propiedad privada, en el sentido estricto de la palabra, no se planteó sino hasta noviembre de 1792, cuando comenzaron los levantamientos populares, a causa de la escasez de alimentos, y mas concretamente, a partir de un decreto que elevaba el precio del trigo.

 

  1. De estos desmontes del imaginario político de las dos revoluciones, debemos valorar el esfuerzo interpretativo y el exhaustivo análisis historiográfico realizado por nuestros autores, esto en primer término. En segundo lugar, con respecto a la importancia de estas perspectivas interpretativas, y como han llegado a ser importantes para la dinámica del cambio social y el comportamiento político moderno, sirven para desmitificar puntos importantes con respecto a las revoluciones: (1) en primer lugar, sirven para desarticular la noción de que la revolución industrial y la revolución francesa, surgen y son promotores de la transformación social mundial, volviéndolos a su lugar real, el de ser momentos de cesura histórica, en que se consolidan impulsos capitalistas, a nivel económico y político, que se venían gestando durante los siglos anteriores. En este sentido, las revoluciones no constituyen la causa de las transformaciones modernas, sino que más bien los efectos principales de estas profundas transformaciones. (2) en segundo lugar, en cuanto al análisis de la Revolución industrial, el análisis de Wallerstein, sirve para demarcar el papel fundamental de las innovaciones tecnológicas en las industrias del hierro y el algodón, industrias que permitieron poner a Gran Bretaña en una situación privilegiada dentro del sistema de la economía-mundial. (3) Por otra parte, Wallerstein desmitifica el hecho de que esta revolución haya podido ser impulsada por una causa esencial o principal, y atribuye la explicación a un conjunto de condiciones que en su conjunto generaron el nuevo escenario nacional e internacional. (4) En cuanto a la interpretación de la Revolución francesa, tanto Wallerstein como Fehér, desmitifican el hecho de que la revolución, haya podido poseído un carácter democrático-burgués o liberal, además de explicar bien el problema del lenguaje antifeudal, no centrado efectivamente en una perspectiva tal, así como desmitifican –principalmente Fehér-, el hecho de que el periodo de la dictadura jacobina había sido considerada por la mayoría de los autores, como un periodo de consolidación de los postulados esenciales de la revolución, y en cambio, proponen la óptica mucho más realista, de que este periodo supuso lo contrario, el ataque a los principios republicanos de la revolución. Esto implica, necesariamente, la des-semejanza de la Revolución francesa con una revolución propiamente socialista. (5) En lo metodológico, Fehér y Wallerstein, supera la concepción clásica uni-causal de la revolución, que tendía a presentar a los revolucionarios como una clase consolidada, y en cambio proponen una comprensión multi-causal, o la idea de que los revolucionarios comportaron varias clases diferenciadas dentro de sí.

 

 

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Informe sobre la Revolución Industrial en Wallerstein y Hobsbawm (Camilo Reyes)

En este breve informe, se intentara dejar en claro las principales ideas fuerzas y argumentos de Immanuel Wallerstein y Eric Hobsbawm (el primero sociólogo, mientras que el segundo historiador), estudiosos que intentan desentrañar lo que fue la revolución industrial y sus consecuencias históricas mas amplias. En ambas argumentaciones, la sociológica y la histórica, pueden determinarse ciertas similitudes y correspondencias, que pueden permitir una mejor comprensión del fenómeno de la revolución industrial. Más allá de los diferentes enfoques analíticos disciplinarios, veremos cómo ambas argumentaciones permiten, inclusive, una comprensión más acabada y completa del fenómeno de la revolución industrial, si se despliegan a la par. Por ejemplo, la problematización sociológica de Wallerstein, que supera la mera pregunta historiográfica sobre “cómo realizo Gran Bretaña la primera revolución industrial del mundo”, a través del planteamiento de un nuevo problema, de ¿cómo Gran Bretaña “pudo convertirse en el poder hegemónico de ésta (economía-mundo) durante un periodo breve, como lo fue antes en las Provincias Unidas y después en Estados Unidos?”[1]; este nuevo enfoque del problema, de la revolución industrial como proceso histórico, encuentra, en gran medida, una respuesta complementaria en el texto de nuestro historiador Hobsbawm.

Esta problematización sociológica, no pone el acento en el origen de la revolución industrial inglesa, como fenómeno aislado y producido de una vez por todas en la década de 1780, sino que mas bien, en el proceso histórico por el cual, Gran Bretaña domino la economía-mundo euro-estratégica, en el momento cuando esta pudo ejercer su poder hegemónico en el sistema económico internacional (progreso para Inglaterra, regresión para Francia), y este periodo lo sitúa en la primera mitad del siglo XIX, sobre la base elemental del notable crecimiento económico Ingles, que consistió en el florecimiento de la industria textil del algodón, el aumento de la producción agrícola, de la población y el fenómeno de la urbanización. Hobsbawm concuerda con Wallerstein tanto en la periodización, como en el elemento característico del impulso económico alentado sobre la base de la industria textil del algodón: “las repercusiones de esta revolución no se hicieron sentir de manera inequívoca -y menos aun fuera de Inglaterra- hasta muy avanzado ya el periodo que estudiamos: seguramente no antes de 1830, probablemente no antes de 1840”[2], esto apoyándose sobre la base de la creciente importancia que fue tomando la revolución industrial, tanto para los literatos y artistas atraídos por el influjo de la nueva sociedad capitalista triunfante que se venía consolidando, como para el proletariado y el movimiento comunista, surgido como resultado de la propia revolución industrial.

Quisiera partir mencionando las ideas fuerzas más importantes de Wallerstein, que aportan el enfoque sociológico a esta argumentación, quizás desde un carácter más general, para luego enfocarme en los aspectos mas históricos mencionados por Hobsbawm, que permitan detallar mejor el contenido y la expresión de lo que constituye la revolución industrial.

La primera idea principal que esboza Wallerstein, consiste en que la primera revolución industrial (1760-1830), sirve de nexo explicativo para analizar la trama de todo el mundo moderno, en el sentido revolucionario de las técnicas de producción, es decir, para comprender las consecuentes transformaciones económicas subyacentes de los países que siguieron el modelo británico capitalista, que desde 1830 se había vuelto hegemónico, y modelo de imitación. Y esta revolución posee un carácter trascendental, debido a que implico cambios importantes en la organización social de la producción, con consecuencias radicales que alteraron el sistema de distribución comercial y el sistema de estructuras de clases en Europa y sus colonias.[3] Sin embargo, esto no nos debe llevar a pensar que nuestro autor, dirime la hegemonía inglesa a partir de una distinción valorativa cuanti y cualitativa, entre la revolución que se estaba viviendo en Inglaterra, y la que se estaba viviendo en Francia, pues, a lo menos hasta 1830, no se presenta una mayor diferencia entre la tasa de crecimiento británica y francesa, que pudiesen establecer las causas de la nueva hegemonía. Mas bien, señala como determinantes, a hechos “exteriores” al propio proceso de la revolución industrial inglesa, como los gatilladores de la hegemonía británica: el curso de la revolución francesa (que con Roberspierre perdió lo logrado por la Asamblea Constituyente) y la pérdida de las revoluciones napoleónicas (1793-1815), que significo para Francia, la perdida de materia prima, mientras que para Inglaterra, el estimulo de las innovaciones agrícolas.

En síntesis, la idea fuerza principal de Wallerstein consiste en que esta nueva hegemonía británica alcanzada dentro de la economía-mundo capitalista, vino a romper con las sociedades feudales-tradicionales y sus limitaciones, y a reconfigurar una nueva relación de centro y periferias de la economía-mundo, logrando su extensión de carácter mas mundial, una nueva división internacional del trabajo y una nueva estructuración de clases.

Por otra parte, ya habiendo planteado los elementos más sociológicos del problema de la revolución industrial, podemos descender a los argumentos historiográficos de Hobsbawm que puedan aclarar aun mas los aspectos fundamentales de la revolución industrial: una primera idea fuerza fundamental de su texto, es que desde mediados del siglo XVIII, se produce la aceleración del proceso mas amplio de las revoluciones industriales que se venían gestando desde el siglo XIII. Esta proceso de aceleración demuestra sus verdaderos efectos y consecuencias a partir de 1830-40, periodo en el cual comienza la hegemonía británica con la imitación de su modelo por las demás naciones europeas. Con esto se demuestra y reafirma la superioridad de la sociedad capitalista, como la primera capaz de romper con los muros de la sociedad preindustrial, con el periodo simbolizado por la ciencia y la técnica defectuosa, el paro, el hambre y la muerte que imponía la producción feudal, que es subvertido por la nueva capacidad productiva impuesta por el modelo industrial (incremento del poder productivo). Durante este periodo de aceleración de la revolución industrial se produjo el despegue de la economía bajo el modelo del crecimiento autosostenido, que sin escrupulos se apoyo cuanto necesito, en la esclavitud.

Durante este “proceso de aceleración”, se solidificaron las bases para la economía capitalista industrial que se venían gestando en Inglaterra y Europa: se consagro una industria que ofrecía excepcionales retribuciones para los fabricantes que pudieran aumentar rápidamente su producción total con innovaciones razonablemente baratas y sencillas, mientras que de otro lado, se creó un mercado mundial ampliamente monopolizado por la producción de una sola nación o estado potencia.[4]

Nuestro autor señala, como factor determinante del despegue económico ingles, el papel jugado por la industria algodonera británica, que aumento su producción, entre 1750 y 1769, en más de diez veces. Desde el punto de vista mercantil, el triunfo económico de esta industria, reflejo el triunfo del mercado exterior (capitalista mundial), sobre los mercados interiores (nacionales). Esta nueva dependencia económica internacional, se ve reflejada en las dependencias americanas de las importaciones británicas, que ya se venían afirmando sobre las colonias hispanoamericanas durante las guerras napoleónicas, y que tras la caída del dominio imperial español y portugués sobre América, realizaron una dependencia aun mas pronunciada del producto de la tela de algodón británico, anulando toda posibilidad de comercio de América con otras naciones europeas.

Sin embargo, este impulso de la hegemonía británica en la economía-mundial, si bien impuso una superioridad relativa con respecto a sus más grandes competidores capitalistas como Francia, desde el punto de vista social, supuso muchas resistencias populares, principalmente debido a que la transición a la nueva economía creó miseria y descontento, a la vez que produjo la organización y el alzamiento de revolucionario de los trabajadores pobres que vivían en las zonas urbanas e industriales (como lo fue durante la revolución de 1848). Si mientras por un lado, las dos primeras décadas de la revolución industrial significaron para las clases ricas, un medio para acumular capital aceleradamente y poner otro tanto en reserva, por contrapartida, las clases empobrecidas sufrieron los efectos de una economía interna en decadencia, a causa de las perturbaciones agrarias, la disminución de la población agraria y el excesivo aumento de la urbana. Este incremento de la población urbana, a la vez suscito e incentivo la demanda de productos alimenticios agrícolas. A la vez que crecían en número las ciudades y pueblos no agrícolas, termino estimulando la producción y una nueva revolución agrícola.

[1] Impensar las ciencias sociales, pág. 55

[2] La era de las revoluciones, pág. 34

[3] Impensar las ciencias sociales, pág. 49

[4] La era de las revoluciones, pág. 40

Informe sobre la Revolución Francesa a partir de Wallerstein y Hobsbawm (Camilo Reyes)

 

 

En este brevísimo informe, tratare de exponer las ideas fuerzas expuestas tanto por Immanuel Wallerstein como Eric Hobsbawm, en torno a la revolución francesa de un modo claro y sintético a partir de dos textos de nuestros autores: Impensar las ciencias sociales de Wallerstein y  La era de las revoluciones de Hobsbawm, centrándonos en los capítulos en torno a la revolución francesa. En esta pequeña introducción, cabe señalar, que tanto el primer enfoque socio-histórico de Wallerstein como el histórico de Hobsbawm, se centran en la revolución francesa como un fenómeno histórico de trascendencia e importancia mundial, o que tuvo consecuencias mundiales –es decir, como un fenómeno que trasciende las fronteras y especificidades históricas propias de Francia, bajo una interpretación que supera las pretendidas explicaciones basadas en “consecuencias específicas” que esta revolución pudo impulsar para otros países determinados. Si bien de un lado, la revolución industrial podía concebirse como el fundamento más importante que impulso la transformación de la economía del mundo del siglo XIX, de otro lado, la revolución francesa constituyo –para ambos autores-, el proceso de transformación político-ideológica más importante, subyacente a la transformación de la economía mundial. En torno a esto, Hobsbawm señala que:

 

“Si la economía del mundo del siglo XIX se formo principalmente bajo la influencia de la Revolución industrial inglesa, su política e ideología se formaron principalmente bajo la influencia de la Revolución francesa. Gran Bretaña proporciono el modelo para sus ferrocarriles y fabricas y el explosivo económico que hizo estallar las tradicionales estructuras económicas y sociales del mundo no europeo, pero Francia hizo sus revoluciones y les dio sus ideas, hasta el punto de que cualquier cosa tricolor se convirtió en el emblema de todas las nacionalidades nacientes.”[1]

 

En este mismo sentido Wallerstein señala:

 

“La Revolución francesa y su continuación napoleónica aceleraron la transformación ideológica de la economía-mundo capitalista como un sistema-mundo y crearon tres escenarios o conjuntos totalmente nuevos de instituciones culturales que desde entonces han sido una parte crucial del sistema-mundo.”[2]

 

Los “tres escenarios o conjuntos de instituciones culturales” a los que se refiere Wallerstein son “las ideologías, las ciencias sociales y los movimientos”. Estos “escenarios”, nos sirven para introducirnos de lleno en la primera parte de nuestra exposición de las ideas fuerzas de Wallerstein.

Debemos comenzar por mencionar lo que -en opinión de nuestro autor-, la revolución francesa significo para sus contemporáneos: una revuelta dramática, apasionada y violenta, un remolino político sin precedentes en el mundo moderno. Para nuestro autor, esta “revuelta violenta” de impensadas consecuencias mundiales, tuvo su expresión durante la etapa de El Terror (ocurrida entre 1789 y 1794), etapa en que se abolió el feudalismo, se nacionalizaron las tierras de la Iglesia para redistribuirlas, se ejecuto al rey y se proclamo la Declaración de los Derechos del Hombre. Para Wallerstein, si bien este proceso fue aparentemente interrumpido por la reacción termidoriana, en la práctica continuo su dramático impulso con la subida al poder de Napoleón y con la extensión de los ejércitos franceses por toda la Europa continental, regiones en que se extendió el “mensaje revolucionario” –aunque más tarde estos mismos emisarios hayan sido rechazados bajo los epítetos de “imperialistas”. Además de estas observaciones referentes al impacto de la revolución en la zona central del sistema-mundo (Europa continental), para nuestro autor, es importante señalar una serie de repercusiones en zonas claves de la periferia del sistema-mundo: (1) el impacto de la revolución en la Isla de Santo Domingo, que condujo a la primera revolución negra del sistema-mundo; (2) su impacto en Irlanda, que ayudo a impulsar una revolución social, que aunó a católicos y prebitarianos disidentes, en un movimiento común contra el colonialismo; (3) su impacto en Egipto, donde la invasión napoleónica provocó el surgimiento del primer gran modernizador egipcio llamado Muhammad Ali, que impulso un programa de industrialización y expansión militar que socavo la hegemonía del imperio otomano, posicionando a Egipto como un Estado potencia, dentro del sistema interestatal. (4) El impacto e influencia de la revolución en los procesos de descolonización de América –esto en el contexto de la reestructuración geopolítica del sistema-mundo que se venía dando a lo menos desde 1763. La función de la revolución en este contexto, fue la de reforzar los modelos de transformación, así como también lo hizo el modelo de la revolución estadounidense.

De este modo, la revolución sirvió de caldo de cultivo para un importante cambio cualitativo de la estructura del sistema mundo capitalista, es decir, de un cambio en las formas de la política o de hacer política. Este cambio cualitativo, puede ser caracterizado como el de la “aceptación de la normalidad del cambio”, que represento una transformación fundamental de la economía-mundo capitalista. De otro lado, esta “aceptación”, se fundó sobre la base de un reconocimiento público de las realidades estructurales que habían prevalecido por varios siglos de conformación del sistema-mundo capitalista, que establecía una tendencia a la división internacional del trabajo, bajo la limitación de un sistema interestatal compuesto por Estados hipotéticamente soberanos.

De esta “aceptación de la normalidad del cambio”, es que surgieron tanto expresiones de esta, así como respuestas, que se ven reflejadas o que tienen por campo de desarrollo, los “tres escenarios o conjuntos de instituciones culturales”, mencionadas anteriormente –las ideologías, las ciencias sociales y los movimientos.

(a) En cuanto a las ideologías, durante el siglo XIX surgieron tres corrientes importantes: el conservadurismo, el liberalismo y el marxismo. El conservadurismo desarrollo una defensa de las estructuras sociales de la familia, las comunidades, la Iglesia y la monarquía, y en general, una defensa de la tradición contra la desintegración y decadencia del mundo feudal. El liberalismo se encargo de desarrollar un proyecto de reforma administrativa, que pudiera inducir, canalizar y facilitar el “cambio normal”; mientras que el marxismo impulso el progreso total de las sociedades -esto debido a que consideraba que las revoluciones burguesas, habían impulsado el desarrollo de manera discontinua, es decir, no de un modo definitivo. Por lo cual, este tercer proyecto ideologico impulso la búsqueda de la sociedad perfecta, y el desarrollo del Estado para que alcance su estado histórico definitivo.

(b) El segundo escenario, lo constituyen las ciencias sociales, campo en el cual se logro una mayor institucionalización de estas, a partir de la transformación del modo tradicional universitario (que incluía tan solo 4 facultades: teología, filosofía, derecho y medicina), hacia el modo propiamente capitalista impulsado por la ideología liberal. Esta ideología implicaba el argumento de que la pieza central de los procesos sociales encerraba la delimitación cuidadosa de 3 esferas de actividad –la del mercado, la del Estado y la personal o privada-, a las cuales les correspondían 3 tipos de estudios respectivamente –la economía, la ciencia política y la sociología-, que fueron agregados a la institución universitaria tradicional. Un cuarto estudio se añade, el de la historia, que procedió como forma de conocer recurriendo a las “fuentes”, leyéndolas en un sentido crítico.

(c) El ultimo y tercer escenario, es el de los movimientos, los cuales se manifestaron en las rebeliones sociales que se conformaron como movimientos antisistemicos, esto a partir de las revoluciones de 1848, que inauguraron una oleada revolucionaria que concluyo con la restauración monárquica impulsada entre 1814 y 1815. Estos movimientos se dieron en dos sentidos importantes: como movimientos sociales y socialistas, en los movimientos originados en torno al pueblo, tomado como clase o clases trabajadoras, y como movimientos nacionalistas organizados alrededor del pueblo, tomado como nación.

En síntesis, podemos decir que el gran legado de la Revolución francesa, como “disturbio revolucionario”, es el haber transformado el aparato cultural del sistema-mundo (aunque solo lo haya hecho de un modo incompleto y ambiguo), pues impulso “la pasión por el cambio, el desarrollo, el ‘progreso’”, es decir, permitió al sistema-mundo romper con las barreras culturales al acelerar las fuerzas de cambio en todo el mundo.

En la misma línea, Hobsbawm presenta a la revolución francesa como el primer gran ejemplo de transformación del aparato cultural del mundo: sanciona que entre 1789 y 1917, las políticas europeas se debatieron ya sea a favor o en contra de los principios elevados durante la revolución francesa, principalmente los de 1789 y 1793; en esta misma línea, reconoce que la revolución proporciono el vocabulario y los programas de los partidos liberales, radicales y democráticos de la mayor parte del mundo; además, señala que la revolución ofreció el primer gran ejemplo, concepto y vocabulario del nacionalismo. Tambien explica que proporciono los modelos de los códigos legales contemporáneos, los modelos de la organización científica y técnica, y el sistema métrico decimal a muchísimos países. Este creciente impulso ideológico de transformación social, económica, política y cultural, penetró las antiguas civilizaciones por medio de la influencia ideológica francesa.

La revolución francesa, para Hobsbawm, fue única en su clase para su época, en cuanto destruyo a la monarquía absoluta más poderosa de Europa, promoviendo la caída del antiguo régimen y alentando el acenso de nuevas fuerzas sociales. Un elemento interesante que destaca el texto de nuestro autor, es el carácter del grupo que llevo a cabo esta revolución: la burguesía, que se apoyo fuertemente en las ideas del liberalismo clásico formuladas por los filósofos y economistas, ideas que fueron fuertemente propagadas por la francmasonería y otras sociedades secretas o asociaciones. Esta burguesía no expresaba un interés demócrata, a pesar de sus consignas que remitían a “la voluntad general del pueblo”: mas bien se encontraban alentados por el interés de poder establecer las libertades civiles y garantías constitucionales para la iniciativa privada, donde los comandantes del Estado fueran los grandes contribuyentes y propietarios.

 

 

[1] La era de las revoluciones, pág. 61

[2] Impensar las ciencias sociales, pág. 15

Resumen sobre ¿Qué le deben los historiadores a Karl Marx? de Eric Hobsbawm (Camilo Reyes)

El resumen que a continuación se presenta, corresponde al texto escrito en mayo de 1968 por Eric Hobsbawm, titulado, ¿Qué le deben los historiadores a Karl Marx? Este capítulo publicado en el libro Sobre la historia, originalmente había sido escrito por nuestro autor, para un simposio llamado, “El papel de Karl Marx en la evolución del pensamiento científico contemporáneo”, motivo y orientación que nos permite comprender mejor su “intento de valorar el efecto Marx, en los historiadores contemporáneos”, haciéndose cargo Hobsbawm de la relación entre Marx y la historia. Por lo cual, siguiendo a nuestro autor, primero veremos el estado disciplinar “atrasado” de la ciencia histórica durante el siglo XIX, con su característico sesgo institucional y positivista, sus metodologías empleadas, para luego adentrarnos en las grandes transformaciones de la historia, a partir de la gran influencia que tuvo el marxismo en las ciencias sociales y en la historia. Veremos los dos tipos de influencia marxista, el marxismo llamado “vulgar” (que constituyo la aportación del marxismo a las ciencias sociales, como análisis de la sociedad en general) y los análisis de los procesos históricos de cambio (que constituyo para Hobsbawm, el verdadero y principal valor de Marx, para los historiadores).

 

  1. El estado de la disciplina académica de la historia, en la primera mitad del siglo XIX.

   Según la apreciación de Hobsbawm, en plena época de grandes logros intelectuales de vital importancia para la civilización burguesa, el estado de la disciplina histórica era bastante atrasado. El punto más alto de este paradigma consistía en la adopción de técnicas de investigación, que ni siquiera eran extraídas del análisis histórico genuino, sino que tomaban prestados sus métodos de análisis, de las ciencias físicas y biológicas. Sin embargo, en su debilidad, que valía más que su fortaleza se escribieron una serie de ensayos mal documentados, especulativos y demasiado generales para poder explicar un proceso histórico complejo. El más avanzado de su generación, para Hobsbawm, fue Leopold von Ranke, que si bien hizo lo correcto al oponerse a la generalización analítica “fácil”, apoyada en medios insuficientes, y al aportar una serie de criterios empíricos para valorar documentos, y técnicas auxiliares para ese mismo fin, sin embargo, ayudo a la rehabilitación de la tendencia oficialista de la historia, un fermento de poder con claro sesgo institucional, que reduce considerablemente la metodología del ámbito de los fenómenos históricos, a los que era posible aplicarles la categoría de documento y los procedimientos analíticos ya mencionados (estos eran, los registros manuscritos de acontecimientos en los que intervinieron conscientemente individuos influyentes). El estado de la ciencia histórica, en lo más elevado de su concepción, cometía dos reduccionismos y generalizaciones que mantenían estancada la disciplina histórica: el  método positivista, (1) se presta demasiado fácilmente a la clásica narración cronológica –lo que no constituye ninguna innovación-, y, (2) se centra absolutamente en las historias de la política, la guerra y la diplomacia -poniendo especial atención en sus narraciones a “los reyes”, “las batallas” y “los tratados”-, descuidando aun, las dimensiones sociales y económicas de la historia.

Si bien el positivismo fue la principal corriente científica, en que se apoyaron grandes progresos para la humanidad y el conocimiento científico, el estado de la disciplina histórica era bastante atrasado para la época, con respecto a los avances en otros campos investigativos: las aportaciones a la comprensión humana de la sociedad, pasada y presente, eran insignificantes. Hobsbawm señala en este sentido que “para comprender la sociedad se requiere comprender la historia, (por lo cual) era inevitable que tarde o temprano se encontraran formas más fructíferas de explorar el pasado humano” (pag.149). Las principales debilidades de la disciplina histórica en pleno siglo XIX, que alentaron su transformación durante la segunda mitad del siglo XIX y siglo XX, según Arnoldo Momigliano son: (1) la historia religiosa y política había decaído en forma brusca, donde las historias nacionales se muestran como anticuadas; (2) ya no era habitual utilizar ideas para explicar la historia; (3) las explicaciones predominantes se daban ahora en términos de fuerzas sociales; y (4) con el auge de las guerras mundiales –en la actualidad de Momigliano-, resultaba irrisorio poder hablar de progreso y evolución con sentido, en términos histórico-positivista.

 

  1. Transformación de la disciplina histórica, en la segunda mitad del siglo XIX

   A mediados del siglo XIX, se comienzan a desarrollar intentos de sustituir el marco idealista, sobre el que se había cultivado la historia y la erudición, por otro de carácter materialista, lo que provoca el declive de la historia política y un auge de la historia económica y sociológica: esto se produce a raíz del creciente problema social que surgía a partir del padecimiento de las clases explotadas y proletarias que comenzaban a organizarse contra el poder, en sociedades dominadas por los grandes mercaderes capitalistas y las elites sociales. En este contexto de reflujo de la historia política, surgieron dos corrientes que pretendieron adentrarse en el problema de la comprensión humana de la sociedad: el marxismo y la sociología positivista.

El positivismo de los sociólogos Comte y Spencer, que influenció a cierta corriente de historiadores, en lo metodológico no significo un avance mayor para la disciplina histórica, pues, introducía los conceptos, los métodos y los modelos de las ciencias naturales en la investigación social, y lo hacía aplicando los nuevos descubrimientos de la física (Comte) y la biología (Spencer), que les pareciesen adecuados. Por esta razón, es que lo más cercano a un modelo de cambio histórico en estas teorías sociológicas, es la teoría de la evolución, cuyo modelo se tomaba prestado de la biología y la geología. Además esta corriente, desde 1859, bebió de las aguas darwinismo social, tomando como guía esquemática los postulados de la lucha de las especies, por la lucha en la existencia social, y la supervivencia de los más aptos por la supremacía de las clases dominantes (pág. 150). Sin embargo, al tomar prestados sus conceptos esquemáticos de las ciencias naturales, y al no extraerlos de un análisis propiamente social, la sociología tenia aun poco que decir acerca de los fenómenos que caracterizan a la sociedad humana, y caía fácilmente en opiniones demasiado especulativas (cuando no eran opiniones extraídas de un análisis material de la historia, y solo eran tomadas a partir de modelos), y demasiado metafísicas (cuando lo social era explicado a partir de principios a priori, es decir, previamente establecidos al análisis).

Todos estos elementos coagulantes del positivismo sociológico, no alentaron a una superación de la disciplina histórica, sino que de un lado, fomentaron su estancamiento, mientras que de otro, provocaron la reacción y respuesta de las ciencias sociales con orientación histórica, bajo la influencia creciente del marxismo, que vino a transformar de una vez por todas, las formas del análisis histórico: reorientación de los historiadores hacia las dimensiones de análisis económico y social, una identificación y reconocimiento del mundo popular en la historia.

 

  1. Marxismo vulgar y análisis histórico marxista

La influencia del marxismo en las ciencias sociales e históricas, es dividida por Hobsbawm en dos corrientes principales, el marxismo vulgar y el análisis histórico marxista propiamente tal. La primera corriente, la del marxismo vulgar consiste en la identificación de los cientistas sociales y los historiadores con algunas ideas-fuerza que han sido asociadas a Marx, pero que necesariamente no representan el pensamiento maduro de este (pág. 152). Estas ideas son las siguientes: (1) la interpretación económica de la historia, que es la creencia de que “el factor económico es el factor fundamental del cual dependen los demás” (R. Stammler); (2) el modelo de base y superestructura, que ha sido tomado como una relación de dominio y dependencia entre una base económica y la superestructura ideologica y jurídica; (3) el interés de clases y la lucha de clases, como mediación entre la relación de dominio entre la base económica y la superestructura; (4) las leyes históricas y la inevitabilidad histórica, que ha sido malinterpretada como una regularidad rígida e impuesta, como una sucesión de formaciones socioeconómicas, cayendo en los mas burdos determinismos mecanicos, que no dejan mas cabida a las diferentes alternativas históricas; (5) temas específicos de la investigación de Marx como son el interés por la historia del desarrollo capitalista y la industrialización; (6) temas específicos que se derivan de los movimientos asociados con la teoría de Marx, como el interés por la agitación de las clases oprimidas; y, (7) observaciones sobre la naturaleza y los limites de la historiografía, que derivan del modelo de base y superestructura, que sirvieron para explicar los motivos y métodos de los historiadores.

De esto se desprende el reconocimiento de que el grueso de la influencia marxista en la historiografía ha sido de carácter marxista vulgar. El efecto principal que ha tenido Marx en la historia y en las ciencias sociales en general, es la teoría de la base y la superestructura, que ha sido tomado como un modelo de sociedad compuesta de diferentes niveles en una jerarquía y modo de interacción (pág. 154). Por el contrario, en opinión de Hobsbawm, el principal valor de Marx para los historiadores de hoy, reside en sus afirmaciones sobre la historia, y no en sus afirmaciones sobre la sociedad en general. A pesar de esto, resulta obvio que Marx creó una teoría estructural-funcionalista, que reconoce a las sociedades como sistemas de relaciones entre seres humanos, que se establecen, voluntaria o involuntariamente, para fines de producción y reproducción social, y en este sentido, el marxismo constituye un análisis de la estructura y del funcionamiento de los sistemas. Sin embargo, la parte mas importante para la historia y el análisis histórico, no reside en esta teoría estructural-funcionalista, sino que mas bien, se corresponde o encuentra en conexión con la idea de una dinámica social, con la idea de historicidad de las estructuras sociales, concepto que lo opone diametralmente con las demás teorías estructural-funcionalistas, que se constituyen como ahistóricas o anti-históricas, al despreciar el análisis de las dinámicas de cambio social, y reducirlo a un simple evolucionismo abstracto. El marxismo, en su crítica del estructural-funcionalismo, señala que no se puede separar “la estática social” de “la dinámica social”, pues estos desarrollos se presuponen reciprocamente: (a) del descubrimiento de un mecanismo para la diferenciación de varios grupos sociales humanos, (b) surge el propio mecanismo para la transformación de una sociedad en otra, y estos mecanismos de evolución social no son los mismos que los de la evolución biológica, como pretende el positivismo sociológico. Por lo cual, podemos reconocer que el marxismo supera los análisis estructural-funcionalistas históricos al reconocer: (1) la existencia de una jerarquía de fenómenos social, que se despliega desde la base a la superestructura; y (2) que en toda la sociedad existen tensiones internas (contradicciones), que contrarrestan la tendencia del sistema a mantenerse como empresa en marcha (pág. 155).

Para concluir este breve resumen, quisiera terminar señalando que, al confrontar los argumentos puramente ahistóricos de la sociología estructural funcionalista, debemos percatarnos de que este pensamiento se agota en la estática social, y en la negación del cambio evolutivo de las sociedades, que queda reducido a primera vista, a un simple juego de combinaciones y recombinaciones de los elementos sociales existentes, lo que no supondría ninguna orientación histórica posible para el análisis del cambio. Sin embargo, el mismo modelo de la jerarquía de niveles, los modelos de las relaciones sociales de producción, y la persistente existencia de contradicciones internas en las sociedades, permite determinar que la historia posee una dirección, como un mecanismo de cambio, y este es quizás el gran merito de Marx, y el mayor objeto de debate de sus ideas para los historiadores: el que la creciente emancipación del hombre con respecto a la naturaleza, y su creciente capacidad de controlarla por medio de la técnica y su desarrollo, otorga a la historia la orientación e irreversabilidad, que puede plantear una idea de evolución social, que va desde las sociedades precapitalistas a las capitalistas, permitiendo a los historiadores visualizar el sentido de cambio histórico moderno.

Breve síntesis sobre la formación socio–cultural republicana, a partir de María Angélica Illanes [1810 – 1910] (Camilo Reyes)

 1- El proceso de disciplinamiento y de desproletarización en el norte minero.

En primer lugar, cabe destacar brevemente que ambos procesos o movimientos -el de disciplinamiento y de desproletarización-, deben entenderse como desarrollos en evidente contradicción, aunque presupuestos recíprocamente. El mismo movimiento de desterritorialización (de transformación de las formas organizativas de las fuerzas laborales) impulsa dos procesos contrapuestos y en disputa: (a) el de la proletarización de la masa laboral, su encuadramiento y control, y (b) el de las resistencias a este movimiento, es decir, las rebeldías frente al nuevo sistema.

El proceso de disciplinamiento en el norte chico, implico la lucha del poder institucional republicano por imponer la proletarización de la mano de obra organizada en torno al poder patronal. Esto llevo al poder institucional a arrojarse con fuerza por sobre todo el campo del ordenamiento peonal, que se encontraba estructuralmente “indisciplinado” y articulado por las relaciones tradicionales establecidas entre el poder militar-judicial y el sector patronal-empresarial. Este ordenamiento patronal tradicional, se encontraba organizado de un modo masivamente “particular” y “local” –esto, tras la caída del ordenamiento colonial-, lo que implico una estrategia centralizadora del poder institucional, que permitiese vencer estas resistencias. Por lo cual, este proceso de proletarización se aboco a destruir las resistencias dentro del propio ejército y dentro de la estructura propia del poder patronal, lo que llevo a dos consecuencias para ambos campos de desarrollo del nuevo poder: (a) la necesidad del desarrollo de un disciplinamiento al interior del propio sistema policial y judicial, y (b) una transformación de las relaciones entre el poder central y el poder patronal -que hacia la década de 1840, jugaba sus cartas en la autonomización de la tutela institucional.

Entre los métodos de proletarización de la mano de obra, en la primera etapa precaria de proletarización se encuentran: (1) la reclutación forzosa impuesta por las urgencias militares (como las de la independencia o las de la guerra contra la confederación peruano-boliviana); (2) la adopción de un sistema de sujeción laboral, que sometía a endeudamiento de los peones, por medio del adelanto de los salarios; (3) persecución y represión policial, para evitar la huida frente al reclutamiento militar y el endeudamiento; (4) y también, por medio de la contratación de prisioneros y soldados de guerra para completar la demanda laboral minera, impulsada tras el descubrimiento de nuevos yacimientos.

Del lado del proceso de desproletarización, se dio toda la lucha de los trabajadores para impedir justamente su proletarización, para evitar la pérdida de sus espacios de autonomía laboral y existencial. Estas resistencias tuvieron sus manifestaciones en el robo de metales, exigencias de pago de adelantos, con la consecuente huida, la paralización de las faenas (engendrado como consecuencia de las indisciplinas derivadas del consumo de alcohol, la prostitución y el crimen, por parte de los asalariados), fugas de reos, etc. Un motín o acto de rebelión que quisiera destacar, fue el de los peones de Chañarcillo, realizado el 5 de julio de 1837, como reacción a la medida del azote público -que fue una medida de disciplinamiento de carácter represivo, que se impulso durante la segunda gran arremetida del proceso de disciplinamiento, donde se logra codificar este castigo para evitar los robos de metal.

El proceso de proletarización se fue concretando progresivamente a partir de (1) los reglamentos que quitaban el libre acceso a los minerales (como en el reglamento Consultivo del Orden de los Asientos de Minas y de los Operarios de ellas), que castigaban con azotes a quienes se encontraran en estas zonas, sin autorización, (2) también por medio del perfeccionamiento del sistema de la papeleta de enganche de pertenencia laboral de los peones a un patrón determinado.

Pero esto proceso se logro consolidar con mayor fuerza a partir del desenvolvimiento del régimen portaliano, que constituyo la plataforma para la consolidación del sistema capitalista, régimen que vino a reglamentar y formalizar las relaciones entre patrones y peones (como la del cumplimiento de los deberes de los primeros con los segundos), a imponer la obligación de los patrones, de proporcionar entretenimientos a los trabajadores, sin perjudicar la honradez y la moralidad de estos, para concretizar una domesticación más efectiva de las fuerzas laborales, en un sentido más amplio, de domesticación moral, física y psicológica. También se volvieron más estrictos los controles del tráfico de los peones, a la vez que se crearon cuerpos de vigilantes diurnos para resguardar las propiedades de los comerciantes urbanos. Además se conformo un cuerpo militar de infantería con el apoyo del gobierno central (que contaba con unos 400 inscritos), esto para demostrar la nueva presencia armada para el orden público. Estas medidas se impulsaron bajo el afán de simplificar y controlar la diversidad de los personajes que componían la fuerza laboral minera, y de otro lado, para estrechar más la alianza entre patrones y jueces.

Luego se sucedió una nueva arremetida reglamentaria en favor de la proletarización, impulsada por el Intendente Melgarejo, en 1843: este reglamento intento normar el comportamiento patronal, a la vez que comprometer aun más la autoridad judicial y policial en el ámbito de las relaciones de producción, esto bajo un proceso de formalización de las relaciones laborales, haciéndola escrita, confeccionada y fiscalizada por el poder local, en conexión con las necesidades del poder central. Esta escrituración, el contrato de trabajo, especificaba la clase de trabajo que desarrolla el peón, la calidad y la cantidad de comida que se le daría, la renta y el modo en que esta se pagaría. Tambien se promovió -en palabras de Illañes- “la pieza clave del sistema de proletarización como virtual inmovilidad del trabajador”, el certificado de desahucio, que imponía al peón, la obligación de buscar la autorización de un subdelegado, para emplearse en un nuevo trabajo, cada vez que terminara otro. Todas estas medidas hiban encaminadas a mantener al trabajador atado a la mina, controlando dia a dia su permanencia, aplacando su libre relación con el espacio, el medio social y su vida intima, desvinculando sus relaciones de las placillas y vigilando su tiempo libre, sus extrajornadas.

 

2- Desarrollo de la identidad republicana del artesanado chileno.

Esta identidad se conformo por medio del movimiento social y tipográfico creado a partir del artesanado chileno, o en función de él, y señalo el camino para el desenvolvimiento de la sociedad popular chilena, en su camino por lograr la democracia real, es decir, la participación y autoconstrucción de la democracia social y política, que les era negada bajo el régimen oligárquico. Esta construcción de identidad constituyo una revolución en el seno del pueblo, la constitución de su propio espíritu de clase, y esta producción social se desarrollo bajo el seno de la Sociedad de la Igualdad y su proyecto político democrático.

El objetivo de la Sociedad, fue el desarrollar y despertar la identidad, autorreconocimiento del pueblo y su sentido histórico, para sembrar la semilla de la sociabilidad chilena, a partir de la defensa del artesanado y del pueblo. Pero no fue, hasta la creación de la Sociedad Tipografica de Socorros Mutuos (1853), sociedad organizada propiamente por artesanos, que esta identidad comenzó a desarrollarse más decididamente, bajo su propia identidad autónoma de clase, por medio de su proyecto de apropiación de lo popular, por medio de sí mismos, y entre sí por medio de su asociación de clase, bajo la identidad y condición de “artesanos”. Estas sociedades artesanas se propusieron: (1) la protección de su reproducción como clase, en el contexto de ser una clase amenazada directamente por el liberalismo que buscaba su proletarización; y (2) desarrollar y desatar un fenómeno social de desproletarización o resistencia a la proletarización. Por lo cual, las sociedades de artesanos, se constituyeron por medio de la construcción de su identidad de clase, para la defensa de la existencia de su clase, lo que implico, la protección mutua y el desarrollo moral e intelectual de su clase, para construir un futuro para su clase, y resistir efectivamete como clase autónoma, a la proletarización que venia efectuando el poder central.

 

3- Gestación y desarrollo de la sociabilidad obrera.

La sociabilidad obrera comenzó a gestarse entre 1849 y1851, en medio de las luchas emprendidas por la teología de la liberación, y principalmente, por medio del proyecto político-social democrático predicado por los dirigentes y oradores igualitarios de la Sociedad de la Igualdad, liderada por Santiago Arcos y Francisco Bilbao. Pero no es hasta 1853, año de la creación de la Sociedad Tipográfica de Socorros Mutuos, cuando se sentaron las bases más consistentes de una sociabilidad obrera en Chile. Se creó además, en 1855 la Sociedad Tipográfica de Valparaíso, con objetivos similares a su análoga organización. Pero su consolidación como movimiento encaminado a la sociabilidad obrera, vendría dada de la mano de Fermín Vivaceta -artesano, arquitecto y hombre de instrucción pública-, que bajo la admiración de Francisco Bilbao –a quien conoció-, creo en Santiago, en 1862, junto con 62 artesanos la sociedad Unión de Artesanos, que constituyo un importante precedente para los movimientos que se inspirarían en su lucha durante las décadas posteriores. Esta sociedad, propugno “la sociabilidad como instrucción”, el socorro y ayuda de los asociados en caso de enfermedad, muerte o desgracia, motivación y fuente principal de creación y consolidación de los lazos de sociabilidad fraternal entre los trabajadores de la época. He aquí el reconocimiento de nuestra autora, del lazo existente entre cuerpo enfermo y sociabilidad, que yo considero una interpretación que conduce a la humanización del lazo, mas allá de la finalidad política: “El lazo de unión está fundado sobre el sentimiento físico, en el saber directo acerca del cuerpo del otro, y de su familia, en la preocupación acerca del destino personal e inmediato del afiliado.” A partir de esta solidaridad carnal, es que surge para nuestra autora, la sociabilidad popular durable, resistente y profunda. El lado de la instrucción, la moralidad, el bienestar y civilización de la clase popular, es el otro pilar más político, que constituye esta sociedad, el otro polo inseparable de las prácticas de esta sociedad. Este otro pilar, es el ya explicado en la respuesta anterior, el referente a la identidad de los artesanos que se organizaban para protegerse de la proletarización, y atacarla.

Este ideal de sociabilidad obrera, promulgado por las Sociedades de Socorros Mutuos, se fue extendiendo a todo lo largo y ancho del país: entre 1866 y 1867, se crearon las sociedades de Talca, Cauquenes, Chillan y Vallenar. De este modo, esta segunda etapa del desarrollo de la sociabilidad, se caracterizo por abrigarse bajo la protección de las sociedades de socorros mutuos, bajo la dirigencia obrera al frente de estas organizaciones, bajo los principios de la solidaridad asociada física y educativa.

A partir de la década de 1870, se genera una nueva etapa en el desarrollo de la sociabilidad obrera, en la cual las sociedades que antes reunían a artesanos en general, se diversifican y especializan en sociedades por gremios y oficios: filarmónicas de obreros, zapateros, sastres, carroceros, etc. De otro lado, se ensanchan las filas de las sociedades de artesanos anteriormente creadas, como las de la Unión de Santiago, y se crean otras en Valparaiso, Parral, Coquimbo, Melipilla, Concepción, San Felipe, Quillota, Quilpué, Limache, etc. La Sociedad Unión de Artesanos de Santiago, tenía el liderazgo de las asociaciones obreras, y se convirtió en uno de los principales promotores de la sociabilidad obrera para la región chilena. Luego de esta proliferación en los 70’ y tras el paso de la Guerra del Pacifico, post 79, se produjo un creciente influjo hacia la unificación de las organizaciones obreras y hacia la creación de un Partido netamente obrero -proceso que culminaría con la creación del Partido Demócrata en 1887. Del lado de la necesidad de unificación de las organizaciones obreras surgió -post guerra civil de 1891-, tras años de intentos de unificación, años de poder concretizar la más poderosa organización para la sociabilidad obrera, el 23 de septiembre de 1894, la Confederación Obrera de las Sociedades Unidas. La función de esta organización para la sociabilidad, es que esta creación se enmarca en el mismo año de la puesta en funcionamiento de la Ley de “comuna autónoma”, oportunidad que abria el campo a la participación de los sectores populares, dentro del poder a nivel local, por lo cual, el mismo año de la implementación de esta ley, el Partido Demócrata presenta candidatos a las elecciones municipales, logrando conseguir cargos en numerosos municipios del país. La Confederación, reconocía la trayectoria emprendida desde la Sociedad de la Igualdad, hasta la concretización de la confederación de sociedades de socorros mutuos, un reconocimiento de la historicidad de las organizaciones obreras. De este modo, se venia a completar, en gran medida, el cuadro de un proyecto de sociabilidad obrera, como una organización de clase de las masas trabajadoras, que venia a superar el marco de las sociedades de socorros mutuos, para atacar las bases de la explotación del trabajo, bajo la construcción de un proyecto de cooperativismo popular paralelo al capitalismo existente.

Esta nueva conformación de la sociabilidad obrera, serviría de recipiente para el ideario socialista, como nuevo horizonte político del proletariado chileno. En 1896, se crean dos organizaciones obreras de carácter socialista, el Centro Social Obrero y la Agrupación Fraternal Obrera, desligadas de las políticas del Partido Demócrata, de las cuales –de su unión- en 1898, se formo el Partido Socialista. Este es tan solo uno de los casos mas importantes del referente socialista en las organizaciones obreras. Con respecto a ellas hay que señalar que se abocan a la mantención de la unidad de los gremios obreros en su lucha contra el capitalismo, la mantención de su proyecto, pero también a otras modalidades derivadas del marxismo y el anarquismo, tales como la toma y la destrucción del poder. También se impulsaron otros proyectos como el de la Mancomunal de 1904, una organización que se propuso, mas allá de simplemente resistir los embates de los capitalistas, atacar al poder con organización de clase, en actitud revolucionaria, para arrancar concesiones a los capitalistas.

 

4- El concepto de “dominación silenciosa” que se efectuó en contra de los trabajadores mineros.

   El concepto de “dominación silenciosa” se refiere principalmente a la dominación crediticia impuesta por las clases dominantes a las clases trabajadoras, dominación que implico una serie de consecuencias. Esta dominación se desarrollo sobre un campo doblemente articulado: (a) un espacio de capital monopolizado y de una industria concentrada en las pocas manos dueñas de: el crédito y los espacios mineros metalúrgicos; y (b) un espacio de importantes, medianos y pequeños empresarios, de gran energía y voluntad de trabajo, que descansaban sobre una deuda constante, y un sometimiento permanente, objetivo y subjetivo de estos, con sus acreedores.

Esta dominación crediticia, se configuro como un proceso lento pero progresivo de proletarización de los deudores-productores, pero más bien, de una falsa proletarización alienada, en la cual el deudor no ha perdido, o no puede reconocer su pérdida de calidad de dueño, a pesar de haber terminado por trabajar por un salario, y de haber perdido sus medios de producción, su propiedad sobre los medios y la tierra. Este proceso de perdida de propiedad, constituye un largo proceso de alienación por parte del deudor, que supone de otro lado, del lado del “acumulador”, del extractor de propiedad, la ostentación progresiva de todos los bienes y propiedades, así como del trabajo de estos falsos propietarios.

 

5- Principales características de la “Revolución solidaria”.

 

   Las principales características de la “revolución solidaria”, son el haber impulsado el movimiento social de las clases populares, por medio de la solidaridad entre los propios artesanos, el resguardo mutuo de la integridad física de los trabajadores y de su existencia como clase, frente al proceso de proletarización impulsado por los liberales. Posteriormente este proceso se constituyo hacia la unificación solidaria de todas las organizaciones sociales de socorros mutuos, hacia una unidad de clase superior para poder contrarrestar las organizaciones capitalistas.

En síntesis, podemos señalar que la revolución solidaria, constituyo la marcha del pueblo hacia su incorporación completa dentro de la democracia republicana, así como de la producción directa de esta democracia por las propias clases populares: la misión de la emancipación histórica del pueblo, rompiendo con las ataduras del conformismo y construyendo la identidad obrera bajo la razón y la fuerza de una solidaridad organizada.

 

BIBLIOGRAFIA

-María Angélica Illanes, Chile Des-centrado. Formación socio – cultural republicana y transición capitalista (1810 – 1910)

 

Panorama general del proyecto conservador en Chile [1830-1891] (Camilo Reyes Valle)

 

  1. El proyecto de orden y de unidad nacional del Chile Conservador.

Fue el proyecto de liderazgo de la elite centralista, más o menos homogénea, que se congrego en torno al Estado portaliano (1830-1861). Este proyecto consistió en la construcción de un orden nacional en el que, de un lado, las elites regionales quedaban subordinadas a las elites de Santiago y Valparaíso, mientras que de otro, todo el bajo pueblo quedaba limitado en el acceso al poder político, a la vez que entregado al nuevo sistema económico de libre mercado que estas clases dominantes promovían. Las líneas fundamentales de este proyecto fueron y siguen siendo, la idea de la continuidad histórica del Estado, la autoridad y la tradición, el orden jurídico normativo, la legitimidad político-cultural de corte nacionalista, la idea de nación determinada por el propio Estado nacional, ideas que componen el legado político de los criollos conservadores. Dos ideas principales dominan este proyecto nacional conservador, ideas que se confrontan en parte, a las de la tradición liberal chilena son: el pensamiento nacionalista y el corporativismo.

  • El pensamiento nacionalista contribuyo a la creación de una identidad nacional homogénea y homogenizadora, una idea inventada de comunidad, la idea de “chilenidad”, en la que tanto conservadores como liberales apoyaron e impulsaron su invención desde puntos de vistas distintos en lo politico, además de desarrollar teóricamente su ideología. Este nacionalismo constituyo la mejor herramienta política para debilitar la formación de una sociedad civil, a la vez que engañar y lograr la adhesión de los sectores populares para conducirlas a la guerra (de 1836 a 1839, en la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana; también entre 1879-1883, con la Guerra del Pacifico), y por medio del sufragio universal, en tanto se busca obtener cierta legitimidad política de la nación en las bases, por medio de la representación del poder presidencial.
  • El corporativismo se baso en la existencia de instituciones de gremios y profesionales, como mecanismo de regulación del poder, para la desconcentración del poder político, para que su concentración no sea absoluta con respecto al poder monolítico del poder presidencial. He aquí la existencia de una relación entre la jerarquía de los segmentos sociales, y un equilibrio de poderes alentado por el juego de las partes con el todo, con el Estado, relación establecida entre el cuerpo social y el alma nacional, la relación corporativa entre los productores y los administradores del Estado.

   Este proyecto de orden y unidad nacional, se desarrollo a partir del supuesto ideológico de que el orden es la norma social, y el cambio una simple desviación de la norma, por cuanto, podemos sintetizar, que la idea fuerza de este proyecto nacional, se inscribe sobre una matriz autoritaria y conservadora, un sistema político basado en el liderazgo de una minoría económico y política, la elite criolla por sobre el resto de la sociedad.

En definitiva, el proyecto de unidad y orden nacional del Chile conservador, consistió en la idea de liderar a la sociedad chilena bajo una matriz autoritaria y unitaria, en la que cada presidente y líder político, se hizo cargo de este proyecto de dirigir los intereses generales de la nación, encubriendo los propios intereses particulares de la elite.

 

2. El concepto “nostalgia aristocrática”: ¿cómo dicho concepto puede explicarnos la llamada “crisis de la oligarquía nacional?

El concepto de “nostalgia aristocrática”, se refiere al enaltecimiento de los periodos autoritarios del ya mencionado proyecto de unidad y orden nacional conservador (añoranza y elogio del régimen portaliano). Estos periodos son significados como etapas históricas de gloria para la elite conservadora chilena, tal como lo manifiesta y celebra toda la escuela historiográfica conservadora en sus escritos y ensayos históricos y políticos. Es la rancia melancolía atrapada y perdida entre los periodos históricos en que la elite chilena, la fronda centralizadora y jerarquizadora, arrastraba a toda la sociedad bajo “el peso de la noche”, cuando la gobernaba sin que el pueblo pudiese optar a los puestos de cargos públicos (por citar un ejemplo), ni celebrar fiestas religiosas libremente, entre otras limitaciones discriminatorias que los marginaban del poder.

Este concepto de “nostalgia aristocrática”, puede explicar la crisis de la oligarquía nacional y la reconducción del régimen autoritario portaliano a partir de 1861-62, en tanto, el mismo proyecto añorado por la elite centralista se fue perdiendo en el torbellino de las crisis de liderazgo y legitimidad, desarrolladas dentro de la propia elite nacional, que se vio enfrentada a la ausencia de líderes capaces de acaudillar y controlar a las elites regionales bajo un sistema unitario, en su lucha por obtener mayores accesos a los cargos políticos. Esta es la otra cara de tal nostalgia por los periodos autoritarios, la que considera como periodos de debilitamiento y fracaso, a los periodos de mayor pluralismo y de cambio (progresivo), como lo significarían los periodos de profundización y ampliación de la democracia, y los de apertura a cierto regionalismo y descentralización del poder unitario centralizado.

Las rebeliones de los años 50 (siglo XIX), son la manifestación de esta crisis de la oligarquía nacional y de los periodos autoritarios: crisis de sus principales mecanismos de legitimación social, (a) su forma de representatividad política limitada a la elite, (b) afirmada sobre el peso que esta elite centralista ejercía sobre toda la sociedad chilena, incluyendo a las elites regionales. Ambos pilares de la legitimidad son puestos en crisis, y sacados de su normal funcionamiento social unitario, por medio de la elevación alternativa del proyecto nacional liberal, que pretendió (a) establecer una mayor participación política de los grupos medios y populares en los gobiernos de la republica, a la vez que, (b) las elites regionales comenzaban su incursión dentro del sistema de representación política; ambos elementos son mal vistos a los ojos de esta “nostalgia autoritaria”, que desprecia tanto la democracia y autodeterminación efectiva del pueblo, como la idea de progreso y cambio social.

 

  1. Las principales características de las guerras civiles de 1851, 1859 y 1891. Factores económicos, sociales y políticos comunes en dichas guerras y sus actores principales.

Quizás la principal característica que alentó estos conflictos bélicos, fue la permanente tensión (durante el siglo XIX) al interior de la propia elite, entre los dos bandos principales que comandaron estas guerras civiles, el de los defensores del gobierno oligárquico y el de sus detractores políticos antiautoritarios; entre quienes querían implantar un gobierno fuerte, centralizado y jerarquizado, que promoviera la idea de homogeneidad nacional, y quienes manifestaban y volvían visibles las rupturas, pluralidades y antagonismos latentes dentro de la propia elite criolla. Mientras que el primer liderazgo de las elites chilenas entre 1810 y 1830, fue un liderazgo de carácter liberal, con aspiraciones a un gobierno más popular y representativo, a partir de la victoria conservadora se asegura un nuevo liderazgo, y se logra imponer la hegemonía política de los mercaderes,  que se vincularon mejor con los comerciantes, banqueros, cónsules, y diplomáticos extranjeros de Valparaíso y otros puertos, y que eran los principales prestamistas y proveedores de sus principales rivales políticos, los patrones.

En esto consistió una de las principales características que impulsaron las guerras civiles, el factor que separaba los intereses más capitalistas de esta nueva clase hegemónica, los mercaderes, que se venía gestando desde 1750 en adelante, y que significo la derrota en 1830 de los patrones coloniales, que tenían intereses de carácter más productivistas y localistas. Esta alianza entre los mercaderes y los comerciantes unidos al comercio extranjero, alentó a las agencias militares, a apoyar con las Fuerzas Armadas este proyecto nacional, creando un poder que solo pudo ser contrarrestado por el poder patronal que se fue consolidando paralelamente. Este poder patronal se gesto por medio del fortalecimiento de las relaciones locales, conformando una unidad y organización cercana al caudillismo, que en vista del proyecto y liderazgo conservador, se fue alienado con el federalismo, el pipiolismo, con el proteccionismo económico (contrario al libre mercado) y el parlamentarismo (contrario al presidencialismo).

Esta tensión principal entre dos bandos al interior de la oligarquía chilena, durante el siglo XIX, también se constituyo como una tensión en gran medida económica: una debacle entre los partidarios del poder heredado desde el viejo orden colonial patronal (el de la aristocracia terrateniente), y los de la nueva supremacía que comenzaba a ejercer el capital comercial financiero (el de la burguesía mercantil), sobre las economías latinoamericanas desprotegidas y entregadas a la dependencia económica extranjera. Pero esta tensión política y económica, también manifestó sus diferencias en el plano social y cultural, en tanto, también implico temas conflictivos en campos como el de la educación y la religión: los conservadores apelaron a la unidad entre la iglesia católica, el sistema educativo y el Estado, mientras que los liberales alegaban por su separación absoluta.

Lo que tienen de común las guerras civiles de 1851, 1859 y 1891, es la capacidad que tuvieron ambos sectores de la elite (mercaderes y patrones) para atacarse mutuamente: la elite centralista para utilizar al ejercito permanente y los instrumentos del Estado a su favor, y las elites regionales para poder acaudillar, movilizar masas y formar ejércitos locales que pudieran contrarrestar al poder hegemónico del Estado (como sucedió, por ejemplo, con la elite de Atacama en la guerra de 1859). Un elemento interesante y asociado a lo anterior, es la actitud de las elites entre sí durante y al final de la guerra, un legado cívico, una moralidad de señores que los habitaba en su relación de otredad entre la propia elite, una relación digamos, de respeto entre aristocracias y lideres oligárquicos. Esta moralidad se manifestó, por ejemplo, en que la victoria de un grupo sobre otro no significo el exterminio de los oligarcas perdedores.[1] Del encuentro más abiertamente violento entre estos dos sectores de la elite nacional -la Guerra Civil de 1891-, no resulto una gran matanza y exterminio del grupo perdedor (sino tal solo la paradigmática muerte de Balmaceda), ni tampoco resulto una destrucción definitiva de un paradigma de poder por sobre otro, sino que la resolución de un problema coyuntural, una debilidad y turbulencia en el orden y continuidad del sistema conservador. Aquí debemos entender esta no aniquilación absoluta del enemigo ni de su proyecto, como un mecanismo propio del sistema político oligárquico, que tras 1861, con la arremetida de las exigencias del bando liberal y radical, comienza poco a poco a abrirse hacia un sistema más flexible, y más propicio a un juego de equilibrio y tensión entre los partidos, organizaciones y el conjunto de la sociedad chilena (de aquí se explican los intentos de fusión liberal-conservadora, y la flexibilización de las prácticas religiosas).

También durante este periodo, se comienza a implementar, subyacente y más decididamente, un proceso de modernización y crecimiento económico, que fortalece una integración al capitalismo primermundista, que tiende a consolidar el modelo primario exportador en la región chilena, con el consecuente aumento de las exportaciones de oro y plata. El eje centralismo/federalismo (provincialismo), enunciado para esta serie de guerras civiles, de igual modo se encuentra atravesado por este determinante factor económico, en cuanto al control y repartición de las grandes rentas del país entre las oligarquías nacionales y regionales. Las causas que motivaron a la elite de Atacama a efectuar la guerra civil de 1859, fueron, principalmente, el hecho de que al aumentar las exportaciones mineras, se reafirmaba la importante contribución de las provincias del norte, pero bajo un injusto sistema de tributación impuesto por Santiago. Por otra parte, en la guerra civil de 1891, nuevamente se ven enfrentados el centralismo y el provincialismo, aunque más profundamente, este conflicto desnuda la tensión entre presidencialismo y parlamentarismo. En definitiva, tras la derrota del bando de Balmaceda, se enuncia el agotamiento del proyecto oligárquico de las elites decimonónicas, encandilado además por las gratificantes rentas del salitre, que debían ser administradas y repartidas desde ahora, bajo un nuevo régimen parlamentario que arrastraba tanto los intereses de sector manufacturero-industrial que no tenía una representación real en el gobierno hasta ese momento, y los del sector derrotado mercantil-financiero. Esto constituyo la crisis de legitimidad y liderazgo de las elites decimonónicas, ya que a la vez que sucedía esta crisis de gobernabilidad, comenzaba a irrumpir desde 1870 más o menos, la clase trabajadora organizada: mientras la oligarquía comenzaba a disfrutar de las grandes rentas derivadas de las exportaciones del salitre, los sectores medios comenzaron a elevar con mayor fuerza sus demandas económicas, sociales y políticas (no escuchadas por quienes detentan el poder), mientras que el pueblo se encontraba aun en peores condiciones, sumido en la miseria y la enfermedad por la falta de higiene social.

 

  1. Principales características de los proyectos políticos de las élites decimonónicas.

   Los principales proyectos económicos y políticos que desarrollaron las tensiones al interior de la oligarquía criolla fueron, como ya mencionamos anteriormente, el de los patrones (el proyecto federalista, provincialista, proteccionista y parlamentarista) y los mercaderes (el proyecto unitario, centralista, librecambista y presidencialista). Ante lo dicho, no debemos perder de vista el hecho de que, ni las luchas por la Independencia, ni las convulsiones posteriores y choques de estos proyectos (las guerras civiles), lograron quebrantar en profundidad la unidad económica de la elite nacional, como señala la tesis conservadora (durante los años 30, la elite criolla siguió basando su poder social económico y político en una estructura agraria; otro dato importante, consiste en que para 1850, el 80% de la población aun seguía siendo rural, y tanto las ciudades como los puertos se encontraban poco desarrollados, y solo a partir de estas fechas se emprende un proceso de modernización, un despegue económico y una integración más decidida al capitalismo mundial).

La postura y el proyecto conservador de los mercaderes, que se basaba en las viejas formas, estructuras y reminiscencias del poder patronal colonial, en las formas de las economías familiares, a la vez fomentaba una apertura económica dirigida: esta es la postura que pretendió la estabilidad política, por medio del doble atolladero del proyecto, que es conservador y autoritario en lo político, y liberal y mercantil en lo económico. Este rasgo característico que puede ser visto como una dislocación del sistema colonial en apertura al sistema capitalista, evidencio la dificultad del patriciado mercantil de convertirse en una genuina burguesía capitalista. A partir del crecimiento de la actividad mercantil-exportadora, se emprende la transformación del patriciado que empieza a beneficiarse de una creciente acumulación de capitales y de un aumento en el comercio exterior.

De otro lado, el proyecto liberal de los patrones y caudillos, también se apuntala y balancea sobre la base de un pasado latifundista y terrateniente, y un presente y futuro burgués y mercantil, pero lo hace más decididamente para desmarcarse en parte de este pasado colonial que los conservadores glorifican (esto se manifiesta más concretamente, en las facciones más radicales del movimiento liberal). Este proyecto liberal, a primera vista, y desde una perspectiva opositora al autoritarismo, se distingue diametralmente del proyecto conservador, en tanto, promueve una ampliación democratizadora del poder político a las elites regionales, bajo un sistema federalista (un provincialismo), y con un proyecto económico abocado al proteccionismo, que contrasta con el librecambismo impuesto en el contexto del régimen portaliano, bajo la ampliación e integración al capitalismo primermundista. Sin embargo, no podemos perder de vista el hecho de que, solo los liberales más radicales apelaron a una ampliación universal y democratizadora del régimen político, a todo el conjunto de la sociedad, incluyendo el bajo pueblo (como lo impulso Francisco Bilbao, por ejemplo), mientras que los liberales clásicos solo se limitaron al proyecto de una ampliación del sistema republicano, igualmente clausurado para las aspiraciones populares. Consecuentemente, en lo económico, la mayoría de los liberales terminaron sometiéndose al influjo capitalista que estableció la dependencia económica nacional, al especializar al país en el librecambismo de una economía mono-productora primaria exportadora agro-minera.

Esta tendencia liberal logro imponer su influjo sobre el proyecto conservador, progresivamente, en tanto, a partir de 1861, se dio una cierta ampliación del poder gubernamental a las elites regionales, y una pacificación de la política mediante la fusión liberal-conservadora (que sin embargo, no consiguió aplastar la maquinaria electoral montada por las elites en el poder central), mientras que de otro lado, tras el fracaso de esta “fusión”, a partir de 1891, se logra la derrota del presidencialismo y la ampliación a una nueva mayoría rentista (mas no así de la concentración en el poder de elite, y la prohibición del acceso para el bajo pueblo).

 

  1. Sobre el debate en torno al concepto del “Mito de los orígenes”.

Parece razonable que antes de explicar el debate en torno al concepto del “mito de los orígenes”, debemos señalar, en qué consiste tal concepto, objeto de debate. Este mito se remonta a la historiografía conservadora, y consiste en la construcción de una concepción de superioridad de la aristocracia chilena, los más aptos, por sobre la inferioridad del resto de la sociedad. Este mito posee dos polos despóticos en su narración, las dos cabezas del monstruo bicéfalo, uno que remite a un “sujeto privilegiado” (la elite criolla como constructora absoluta del Estado), y otro que remite a una “sustancia privilegiada” (el enaltecimiento de la época del régimen autoritario-portaliano, y el desprecio de otras épocas, digamos, mas entregadas a procesos de democratización): (1) la imagen creada del primer grupo social que asumió la tarea de la dirigencia nacional, que diseño la primera matriz histórica (sujeto privilegiado), y, (2) la imagen creada de una edad de oro, en que una aristocracia virtuosa conducía los destinos nacionales (sustancia privilegiada).

Tanto las interpretaciones generales centradas en la aristocracia santiaguina, como las crónicas provincianas sobre las aristocracias regionales, han contribuido a la construcción de este mito hegemónico de la verdad oficial. Ambos tipos de relatos, siempre ponen como protagonista exclusivo de la historia, al sector social que designan como aristocracia o nobleza, atribuyendo a este sector una clara y absoluta superioridad con respecto al resto de la sociedad. El mito se desarrolla a partir de la presuntuosa existencia de una suerte de “antigua nobleza colonial”, que tal como menciona Encina, se encontraría formada sobre la base de la gesta guerrera de la conquista, reafirmando su poder en la propiedad de la tierra. Esta clase colonial, en unidad con los nuevos elementos humanos vascos venidos del norte de la península ibérica, personas racialmente catalogados como trabajadores y honestos, conforman a partir de su combinación y mescla racial, a la llamada “aristocracia castellana-vasca”.

A lo menos dos elementos de los planteados, son objeto de gran debate entre las escuelas historiográficas, en lo referente la constitución del mito y el mito propiamente tal: (1) Esta escuela historiográfica conservadora, al ensalzar y mitificar el régimen autoritario-portaliano, al convertirlo en una edad dorada de una aristocracia virtuosa, de continuidad y estabilidad, de homogeneidad criolla, omite el hecho demostrado por varios historiadores, principalmente los de la escuela marxista, y por citar un ejemplo concreto, Luis Vitale, de que la famosa fronda aristocrática, no fue un periodo de unidad aristocrática y estabilidad, sino que por el contrario, una época de conflictos entre la propia elite, que no solo se concentro en la llamada época de la anarquía, sino que también estos conflictos, llegaron a causar grandes estragos y violencias, durante los turbulentos años 50’, y también la creciente resquebrajadura del modelo autoritario, anunciado con la muerte de Balmaceda en 1891. Estos conflictos y violencias no tuvieron un impacto discreto dentro de la propia elite, como pretenden señalar los conservadores, minimizando la importancia y valor histórico de las tensiones en el desarrollo del régimen (como pretende el positivismo, que el análisis de la estática social se puede separar de las dinámicas sociales de cambio, lo que los lleva a tomar “el conflicto” como un residuo analítico, como la desviación de la norma y el orden); sino que por el contrario, como señala la escuela marxista, la dimensión del funcionamiento estable del sistema, y los periodos de estabilidad entre la propia elite, se encuentra en conexión y tensión constante, con respecto a la dinámica social del cambio revolucionario, que se mantiene latente en el deseo de otros sectores de la elite, por hacerse con el poder, o por lo menos con más poder del que detentaban las elites regionales (en este caso, el debate se desarrolla en el sentido de que, el mito enuncia al régimen portaliano, como continuo y estable, sin turbulencias en su naturaleza, en su esencia, mas que en la superficie).

En este mito, las violencias entre las propias elites, así como la ejercida contra el propio régimen por otras elites, aparecen como un residuo pragmático, con respecto al orden, que es lo que se muestra como lo duradero y lo mas masivo, lo estable; cuando los hechos de las guerras civiles, enuncian dinámicas de cambio, a la vez que desnudan las tensiones internas entre la propia aristocracia castellana-vasca y otras elites regionales, etc.,).

(2) En segundo lugar, quiero señalar el status de crisis identitaria inherente al supuesto de una “aristocracia castellana-vasca”, que se vuelve inevitablemente objeto de debate al sentar la base del mito de los orígenes, dentro del propio mundo colonial y su herencia (arjé), proyectado como finalidad y efecto sobre una sociedad que comenzaba a desarrollar más plenamente una tendencia hacia una modernización neocolonial que ya no basaba su poder en la tierra, sino que en la acumulación de capitales (thelos), se vuelve evidente que el concepto que sirve de base al mito de los orígenes, se encuentra atravesado por una dislocación irreconciliable, una ambigüedad narrativa. Si al mirar la historia chilena del siglo XIX, nos cuesta contemplar una imagen proyectada de estabilidad y continuidad en el sistema, y de paz y concordia entre la propia elite, ¿cómo sería posible que pudiésemos conformarnos con esta imagen dislocada entre lo colonial y lo nacional republicano, entre lo conservador y lo liberal, entre lo católico y lo laico, entre el propio estilo de vida del hacendado terrateniente y el del nuevo comerciante aburguesado?

 

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[1] Esta distinción entre la actitud de los amos entre ellos, y otra con respecto a los subordinados o inferiores, ya ha sido desarrollada antropológicamente por Nietzsche en La Genealogía de la moral, con respecto al tema de la enemistad y la guerra: respeto entre amos como enemigos idénticos, en el sentido de choque de fuerzas “iguales” (lo que necesariamente no los alienta al exterminio de sus similares); y desprecio entre subordinados y señores, como fuerzas opuestas de distinta naturaleza (lo que los impulsa al deseo de destrucción y exterminio de los perdedores, y podemos añadir, venganza por parte de los subordinados).

Ensayo sobre las relaciones de poder entre la oligarquía centralista y las oligarquías regionales, durante la primera época del Brasil republicano [1889-1937] (Camilo Reyes)

En este breve ensayo, trata sobre la relación existente entre las diversas oligarquías del Brasil, en plena nueva fase republicana, tras la caída de la monarquía y la institución de la esclavitud. Esta tensión principal al interior de la propia oligarquía brasileña, se dio entre la oligarquía centralista de São Paulo (y también de Minas Gerais), que dominaba (a) el mercado nacional por medio de la producción del café (y más tarde la producción industrial como vanguardia), tanto como (b) el sistema político republicano, a lo menos hasta la crisis del viejo sistema, con la irrupción del populismo tras la crisis económica internacional de 1929, y las oligarquías regionales marginales del Norte y el sur, que deseaban la desconcentración del poder político paulista. Luego de divisar distintos aspectos de esta contradicción interna a los sectores gobernantes, que los llevaron a constantes enfrentamientos políticos, veremos, más brevemente, como el proyecto populista ayudo en parte, a la conciliación de estas clases, por medio de la dotación de un nuevo orden económico, social y político, que permitió un nuevo marco de concordia para las clases dominantes, entre la propia oligarquía y con respecto a las clases bajas.

 

 

 

  1. Panorama del Brasil republicano, ad portas del nuevo marco de los conflictos.

 

   En el marco social de estas oligarquías, el desprestigio de la monarquía brasileña, venia inevitablemente entrelazado con el desprestigio de la esclavitud que sostenía, por lo cual esta nueva era republicana, era comprendida por los sectores ideológicamente influyentes, como una nueva era de despojo creciente de esta tradición colonial, a la vez que como un proceso acorde a la nueva contemporaneidad capitalista que enfrentaba Brasil: intelectuales, periodistas y militares, (…) “esas personas juzgaban que la abolición era parte de un proceso de modernización del Brasil, lo que no se podía hacer sin un cambio de gobierno. Esto ocurrió en noviembre de 1889, cuando los militares, encabezados por el mariscal Deodoro da Fonseca, derribaron a la monarquía con un golpe de Estado sin derramamiento de sangre, proclamando la Republica.”[1] De esto se desprende que por fin, el país mas atrasado en lo que hoy podríamos llamar, derechos humanos, se abre mas decididamente o una nueva forma de esclavitud asalariada. Pero esta unidad de la oligarquía en temas de modernización, disimula la apertura el conflicto entre las diversas elites, por hacerse con el control político de la nación.

Otra característica social que se demarca notoriamente a partir del golpe de Estado contra la monarquía, el momento de la irrupción republicana, es el creciente predominio de los coroneles en el ejercicio de la alta política: “Sin duda la instauración de la republica había significado un aumento de poder del ejercito, protagonista de la revolución triunfante, y su gravitación se hizo sentir durante toda la historia republicana. Pero hasta 1930 ésta se dio en el marco de una política dominada por los sectores influyentes en los distintos estados, que formaban ahora el Partido Republicano, el único con gravitación real en la vida política brasileña.”[2] Esto significo que, si bien estos gobiernos republicanos antes del 30’, estuvieron dominados por la figura de los coroneles en el poder, estos dominaron con un cuerpo representativo compuesto por las oligarquías urbanas que se apoyaban en él, principalmente el Partido Republicano. Esta opinión de Halperin, pone mayor acento en el marco institucional sobre el que se desarrolla el poder militar, en el polo parlamentario del gobierno (poniendo mayor atención mas en el corpus sobre el que se apoyaba para gobernar el poder militar, en el “cuerpo representativo”, cuerpo del Estado, dominado en lo absoluto por el Partido Republicano de influencia oligárquica), en el federalismo como limitante del poder de los coroneles durante esta primera época.

Nos parece consciente realizar un breve paralelismo con la opinión de José del Pozo, que señala, desde una concepción más centralista del poder, o que pone una atención mas seria sobre el poder real: “Esta etapa de la historia de Brasil, conocida como la ‘republica velha’ (vieja), creada en 1889, fue dominada por los militares, que ocuparon varios de los cargos ministeriales y de los puestos de gobernadores de los estados. Los dos primeros presidentes fueron militares: Deodoro da Fonseca y Floriano Peixoto. Más adelante hubo un tercer presidente militar, Hermes da Fonseca, elegido en 1910, y la mitad de los estados fueron gobernados durante largo tiempo por miembros de las fuerzas armadas. Esto demostraba la debilidad del sistema político brasileño, donde además los partidos tenían escaza presencia en todo el país. En los distintos estados, los coronéis continuaban dictando la orientación de la vida política.”[3] De este modo tenemos dos interpretaciones distintas sobre la relación entre dos grupos dominantes, una que pone énfasis en el cuerpo de representatividad, que estaría masivamente dominado por el Partido Republicano (dominado por las oligarquías de las ciudades), como explicación de carácter más político del proceso, y otra interpretación que pone énfasis en el poder real de los militares en la cima del poder, y también como coroneles de diferentes estados. Mas que enfatizar la diferencia entre estas dos interpretaciones, quisiéramos señalar la importancia de poder articular estas dos interpretaciones, en una que pueda contrastar ambas, esto, en función del interés de nuestro ensayo. Por lo cual, quisiéramos dotar de igual importancia en esta primera fase del gobierno republicano brasileño, y la que desemboca en el populismo, a coroneles y oligarcas, pues en la propia disputa inter-oligarca, tanto las oligarquías centralistas de São Paulo, como las regionales, se apoyaron sucesivamente en el poder militar para desarrollar sus proyectos políticos, y luego, en la época populista tras 1830, la búsqueda de concordia oligárquica bajo un nuevo marco político, económico y social.

 

 

 

  1. Predominio de las relaciones conflictivas entre las elites brasileñas.

 

Los diversos gobernantes del Brasil republicano, en esta primera etapa (en principio militares líderes de la revolución de 1889, y luego, actores políticos pertenecientes a las principales ciudades, las oligarquías de São Paulo), se vieron enfrentados a las oligarquías menores de los Estados del norte y el sur, que quisieron rivalizar con este nuevo poder republicano, en el que sentían, quedaron fuera de la participación política del gobierno.

Las huellas de este conflicto entre oligarquías, se pueden encontrar, primero sobre el hecho de que, luego de los dos gobiernos gestionados directamente por los militares, fue elegido el presidente “paulista” Moraes. A continuación, fue reemplazado en 1898, por otro político del mismo estado llamado, Campos Salles. En 1902 sale elegido un tercer político de este estado hegemónico: Rodrigues Alves.[4] A raíz de este centralismo emprendido por la oligarquía paulista, es que se puede entender la reacción de las oligarquías de las regiones y rurales, que acentúan el segundo rasgo que deseamos señalar, el que evidencia las tensiones entre oligarquías centralistas y regionales: “Fue necesaria un coalición de clientelas políticas de los demás estados para poner en el Gobierno Federal, en 1906, a Affonso Penna, oriundo de Minas Geraes.”[5] Luego de esta arremetida regional, y ante el surgimiento del candidato Ruy Barbosa (que poseyó alguna participación popular en su campaña), se presento, apoderándose de la maquinaria electoral, el mariscal del ejercito, participe de la revolución al igual que Barbosa, Hermes da Fonseca. El grupo de Ruy Barbosa, intento acceder al poder, sin éxito durante las próximas elecciones de 1914 y 1918. Cuando nuevamente se encontró en el poder, un presidente del único estado que pudo rivalizar con el poder y la influencia económica y política de la oligarquía paulista, el estado de Minas Gerais, Arthur Bernardes, nuevamente el mariscal Hermes da Fonseca, se las arreglo para decretar un veto militar contra el presidente. De esto se puede deducir, que los gobiernos militares, estuvieron articulados, más o menos regularmente, con la oligarquía paulista. Inclusive, el año 1924, los tenientes, es decir, los jóvenes oficiales se pronunciaron contra este gobierno, aunque lo hicieron en otro sentido, en favor de una ampliación del régimen político.

Nuevamente en 1926, alcanzo la presidencia un político paulista, Washington Luis Pereira de Souza, y más tarde, cuando este intento impulsar para la siguiente elección, la candidatura de otro político paulista, se conformo en su contra, y como reacción de la oligarquía regional contra la paulista, una nueva coalición política que unificaba (1) a la segunda oligarquía más poderosa tras la paulista (la de Minas Gerais), que se encontraba disgustada por la actuación de la oligarquía hegemónica y las fuerzas militares durante sus gobiernos, (2) con las oligarquías de los estados más marginales del norte y del sur: de este modo se fundó la llamada Alianza Liberal.[6] Esta Alianza decidió postular la candidatura de Gertulio Vargas, un político que ya había sido gobernador del estado de Rio Grande do sul. Aquí ya podemos ver expresada con mayor claridad, la oposición entre las distintas oligarquías que se disputaron el poder.

 

 

 

  1. Del drama interno de las oligarquías al nuevo marco del populismo.

 

En esta serie de tensiones internas a la oligarquía brasileña, entre una oligarquía hegemónica, y otras marginadas del poder y del apoyo de las fuerzas armadas, se desarrolla el proceso que desencadena en la construcción de una Alianza Liberal (entre las oligarquías perdedoras que buscaban conseguir una ampliación del sistema político republicano). Esta nueva unidad política, en cierta medida anunciaba el fin del viejo sistema oligárquico que entraba en su crisis mas o menos definitiva, y readaptación del régimen hegemónico hacia 1930, bajo una nueva matriz populista.

Continuando con los acontecimientos: Gertulio Vergas, candidato de la Alianza Liberal, fue derrotado por Prestes, y la respuesta de la Alianza fue una revolución, que luego de 15 días, termino con la salida Prestes y la llegada al poder de Vargas, como presidente provisional. Para Marcello Carmagnani: “La llamada <<revolución de 1930>> cambió el curso de la historia de Brasil. Dirigida por Getulio Vargas, desbarató el orden político anterior, basado en el predominio de la oligarquía de São Paulo; el cambio pareció muy profundo durante los primeros cuatro años (1930-1934), correspondientes a la presidencia provisional de Vargas, por cuanto permitía una ampliación de la base política similar a la que había tenido lugar en Argentina a partir de 1912, y a la que conocieron otros países latinoamericanos en la década de 1920, y porque tendía a eliminar el clientelismo rural.”[7]

Quizás este movimiento liberal, fue el primero en conseguir un apoyo real en la base del ejército, y en apoyarse mejor en las oligarquías rurales, y de hecho estos fueron los dos grandes pilares por medio de los cuales Vargas, consiguió el apoyo suficiente para ser elegido presidente en 1934, con el apoyo de las fuerzas armadas y las oligarquías regionales menos potentes (“a cuyos problemas se había mostrado sensible al satisfacer sus peticiones de mayores fondos”[8]). La recesión económica del café en Brasil (un Brasil prácticamente mono-productor), a raíz de la crisis internacional del 29, había servido para neutralizar provisionalmente a la oligarquía paulista. No es extraño que en 1932 se produjera la sublevación de São Paulo. Al parecer las enemistades entre centralistas y regionalistas no habían sido saldadas del todo en la revolución del 30. Quizás fue esta sublevación de la oligarquía paulista, la que alentó al giro político de Vargas hacia el proyecto populista, como nuevo marco y matriz política para la vieja clase dominante. Aunque entre 1934 y 1937, la oligarquía paulista rehusó reconciliarse con el gobierno de Vargas, e hizo lo imposible para terminar con este gobierno, incluso privando de parte del ejercito al gobierno, y apoyando al “movimiento integrista” de corte fascista (organizado como fuerza paramilitar), el proyecto populista logro imponerse por la fuerza en 1937, de la mano del mismo Vargas que llevo a cabo un nuevo golpe de Estado. De este modo se inicio la fase propiamente populista que duro 8 años, y que promovió un movimiento centralista, por medio de la creación de una “nueva constitución que aumentaba los poderes presidenciales, reducía los del parlamento y recortaba la autonomía de los estados.”[9] Pero al haber traicionado antes los preceptos de su programa reformista y democratizador original, los gobiernos de Getulio Vargas, simplemente se pusieron al servicio de la oligarquía hegemónica, en un contexto económico, político y social diferente, del cual el populismo serviría como la matriz que permitiría nuevamente posicionarse, a la oligarquía paulista (controladora ahora, del proceso de industrialización y modernización).

 

 

 

Conclusiones

 

De todo este recorrido, podemos concluir que fueron dos los procesos importantes que cruzan las relaciones entre las oligarquías centralistas y las regionales, que se efectúan entre el periodo de 1889-1930: (1) la tendencia de los conflictos entre las oligarquías centralistas y regionales, tendió progresivamente hacia la destrucción del viejo marco político y la instalación de un nuevo marco populista; y, (2) estas relaciones conflictivas estuvieron mediadas por el apoyo u oposición de las fuerzas militares a determinado grupo: primero, el apoyo hacia la oligarquía de São Paulo, y luego, el apoyo de la Alianza Liberal, que representaba a todas las provincias regionales unidas contra el monopolio paulista.

 

 

 

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Bibliografía

 

– José del Pozo, Historia de América Latina y del Caribe, LOM Ediciones, Segunda edición corregida y aumentada

– Marcello Carmagnani, Estado y sociedad en América Latina, 1850-1930, Editorial Critica, Grupo editorial Grijalbo, Barcelona.

– Tulio Halperin Donghi, Historia contemporánea de América Latina, Alianza Editorial, Madrid/ Buenos Aires.

 

 

[1] José del Pozo, Historia de América Latina y del Caribe, pág. 127, LOM Ediciones, Segunda edición corregida y aumentada. Desde ahora ser citado como “Texto A”.

[2] Tulio Halperin Donghi, Historia contemporánea de América Latina, págs. 315-16, Alianza Editorial, Madrid/ Buenos Aires. Desde ahora será citado como “Texto B”.

[3] Texto A, pág. 127

[4] Texto B, pág. 316

[5] Ibíd.

[6] Ibíd., pág. 317

[7] Marcello Carmagnani, Estado y sociedad en América Latina, 1850-1930, pág. 248, Editorial Critica, Grupo editorial Grijalbo, Barcelona.

[8] Ibíd.

[9] Ibíd., pág. 249