Desmontaje del imaginario histórico de la Revolución industrial y la Revolución francesa. Cambio social y comportamiento político moderno a partir de las perspectivas interpretativas de Wallerstein y Fehér (Camilo Reyes)  

Tanto Wallerstein como Fehér logran “desmontar” de un modo bastante satisfactorio “el imaginario histórico” de las revoluciones -francesa e industrial-, el primero haciéndolo desde un enfoque sociológico e histórico, a partir de su teoría del sistema-mundo, y el segundo desde un enfoque filosófico neomarxista, de carácter desmitificador de las propias interpretaciones marxistas clásicas -que ya habían ayudado, anteriormente, a superar las propias interpretaciones tradicionales. En mi opinión, ambas formas analíticas críticas de estos autores –la sociológica y la filosófica-, aportan marcos y métodos interpretativos que superan en importancia y trascendencia, a los de sus propios trabajos específicos, en tanto realizan un ejemplar y exhaustivo balance historiográfico en torno a las materias de su conocimiento. El texto de Wallerstein, en los capítulos señalados para este trabajo, se enfoca, en prácticamente igual medida, sobre ambas revoluciones, mientras que de otro lado, el texto de Fehér, se enfoca masivamente en la Revolución Francesa, por lo cual la presentación de los desmontajes historiográficos se presentara en el orden de, Wallerstein primero (presentando la Revolución industrial y la Revolución francesa), para luego enfocarme específicamente en el texto de Fehér (para poder presentar luego en profundidad los contenidos característicos de la Revolución francesa).

 

  1. En primer lugar, emprenderemos el desmontaje -que realiza Wallerstein- de las más importantes interpretaciones que se han realizado en torno a la Revolución industrial, más específicamente, bajo la pregunta de: ¿en qué consistió esta revolución? Las primeras grandes interpretaciones y respuestas a esta pregunta, son de carácter “esencialista”, es decir, que intentan determinar la existencia de una “gran causa” por sobre otras, las demás. Estas causas se corresponden con las explicaciones que ponen énfasis en la liberalización de las limitaciones y regulaciones medievales (Toynbee), y en el incremento de la tasa de crecimiento de la producción total y per capita (Hartwell). Estos dos elementos esenciales se pueden caracterizar más específicamente como libertad y crecimiento, respectivamente. La libertad se refiere fundamentalmente a las relaciones de producción (quién puede producir qué, quién puede trabajar para quién, y en qué términos). En este contexto de transformaciones de <<las relaciones de producción>>, es que tanto “la fabrica” como “el proletariado asalariado”, cobran gran relevancia, pues ambos elementos constituyen la nueva organización de la fuerza de trabajo. De esta nueva organización es que surge una importante trasformación económica y social: de la total trasformación de la estructura social rural, se produce el surgimiento de un proletariado urbano. De otro lado, el crecimiento se encuentra profundamente vinculado a la aplicación de principios mecánicos a la fabricación, es decir, al maquinismo o la revolución de la mecanización. Esta postura, sitúa en primer plano a <<las fuerzas de producción>> (por contraposición a la libertad que pone acento en las relaciones de producción).

Admitiendo que estos dos énfasis implican igualmente el desarrollo efectivo de la Revolución industrial –la que pone acento en los procesos de mecanización y la que pone acento en los procesos de liberalización/proletarización-, surgen una serie de autores que tienden a intentar resolver la pregunta de, ¿qué hizo que estos procesos ocurrieran por primera vez en Gran Bretaña, y qué permitió su despegue económico? La mayoría de los autores, insistió en la centralidad de un factor determinado, que impulso estos procesos: (1) el incremento de la demanda -a la cual se atribuye la rentabilidad de la mecanización y la proletarización (Landes); (2) la disponibilidad del capital -que hizo posible la mecanización (Hamilton); (3) el crecimiento demográfico -que da lugar a la proletarización (Deane y Cole); (4) una revolución agrícola -que posibilito el crecimiento demográfico (Deane, Slicher van Bath); y, (5) un desarrollo preexistente de las modalidades de tenencia de tierras (que también habría fomentado un crecimiento demográfico).

Luego de desarrollar una exhaustiva revisión de los argumentos atribuibles a cada “factor central”, a cada “causa”, tomando en cuenta las fortalezas y las debilidades de cada postura, los argumentos a favor y en contra, por fin nuestro autor confronta la problemática más importante, esta vez, atendiendo al explicandum, es decir, a la naturaleza del propio problema: ¿qué revolución industrial? Y bueno, nuestro autor responde diciendo que esta revolución, se entiende como una serie de innovaciones que condujeron al florecimiento de una nueva industria textil del algodón en Inglaterra. Esta transformación, comporta la adopción de una gran “serie” de innovaciones que provocaron la irrupción de la industria textil del algodón, es decir, que de un lado, su explicación supera las explicaciones unilaterales desarrolladas por los autores anteriormente analizados, mientras que por otro, atribuye una vital importancia a la industria del algodón. Para nuestro autor, esta industria textil, a su vez, se encontraba desarrollada sobre la base de maquinas nuevas y mejoradas, que se organizaban en fabricas. Este proceso se dio contemporáneamente -aunque poco después-, al proceso de expansión y mecanización similar en la industria del hierro. Este último proceso, también se dio como resultado de una serie de innovaciones en la producción. Lo problemático, es poder afirmar la tesis central de que este conjunto de innovaciones pudo desarrollar un proceso de cambio acumulativo y autosostenido. A lo menos nuestro autor, reconoce en ello, en la búsqueda de acumulación capitalista, un leitmotiv de la economía capitalista desde su génesis en el siglo XVI, y a través de su estancamiento durante el siglo XVII, que perdura y se vuelve más consistente a partir De finales del siglo XVIII.

La reorganización del capital, como producto de las innovaciones, si bien no produjo transformaciones fundamentales en la relación capital-trabajo, en el sentido de “ahorrar trabajo”, significo un avance en el “ahorro de capital”: como por ejemplo, los ferrocarriles, que con sus mejoras del transporte permitieron ahorrar capital para la economía en su conjunto. Debido a que este permitía a los fabricantes, reducir las mercancías almacenadas, logrando una mayor extensión del capital.

Un conjunto de importantes innovaciones, supuso una mayor productividad para los industriales -gracias a la nueva tecnología, técnicas y conocimientos superiores que comportaron empresarios y trabajadores-, son los que caracterizaron la excepcionalidad de Gran Bretaña, con respecto, por ejemplo, a Francia, su mayor competidor capitalista de la época, por excelencia: la maquina sembradora (de Jethro Tull, 1731); la maquina trilladora (1786); la lanzadera (de Kay, 1733); el telar de Hargreave (1765); el bastidor hidráulico (de Arkwright, 1769); la máquina de hilar (de Crompton, 1779); la máquina de hilar automática (de Robert, 1825); el hierro colado de coque fundido (de Darby, 1709); la máquina de pudelar (de Cort, 1784); el motor de vapor (de Watt, 1775).  Estas maquinarias en gran medida explican la superioridad de Gran Bretaña en el mercado mundial del algodón y el hierro.

Para nuestro autor, la innovación y expansión de estas dos grandes industrias –del hierro y el algodón-, impulso un nuevo desarrollo y una transformación económica del sistema mundo en tanto: (a) las innovaciones en la industria del algodón, de naturaleza mecánica, lograron ahorrar trabajo en gran porción; mientras que de otro lado, (b) las innovaciones de la industria del hierro, fueron en gran medida, químicas y mejoraron la cantidad y calidad de la producción, sin disminuir de forma inmediata el uso de mano de obra. Los importantes cambios “revolucionarios” que introdujeron estas innovaciones, por ejemplo, en el campo de la industria textil del algodón, que fueron bastante gravitantes fueron: (1) una importante trasnformación en la organización del trabajo; (2) la irrupción de esta primera industria mundial, estuvo integra y notoriamente ligada a la estructura del mercado mundial, estructura en la cual las materias primas se importaban casi en su totalidad, y las mercancías producidas por la industria británica se exportaban en su mayoría. Reconoce aquí Wallerstein las apreciaciones de Hobsbawm, sobre que la industria textil del algodón fue crucial, por su papel en la reestructuración de la economía mundial. Nos encontramos en un marco que sobrepasa el propio fenómeno británico, que se integra dentro de un fenómeno que solo es “posible” en el contexto del desarrollo del capitalismo mundial.

En síntesis, no podemos reducir el fenómeno de la Revolución industrial y de la ventaja comparativa de Gran Bretaña, a términos estrictamente nacionales (como una constelación de características absolutas), sino que debemos comprenderlo y localizarlo en su posición dentro de una constelación de posiciones dentro del marco de una economía-mundo. Es la economía-mundo lo que se desarrolla a lo largo del tiempo, y no subunidades dentro de ella.

 

  1. En cuanto a la Revolución francesa, Wallerstein señala que esta encarna todas las pasiones políticas del mundo moderno, y la aborda centrándose en la cuestión que parece haber sido central en todos los debates en torno al tema: ¿fue la Revolución francesa una revolución burguesa? Los principales exponentes de esta interpretación clásica de la revolución -como “el resultado de una larga evolución económica y social que hizo a la burguesía dueña del poder y de la economía”-, son Juares, Mathiez, Lefebvre, Soboul y Rudé. Los principales argumentos de esta interpretación social de la revolución son que: (1) la revolución fue una revolución contra el orden feudal y contra la aristocracia que lo controlaba; (2) la revolución fue una etapa esencial de la transición hacia el nuevo orden social del capitalismo en beneficio de quienes lo controlarían, es decir, la burguesía; (3) la burguesía solo podía triunfar en la revolución apelando al apoyo de las clases populares, quienes fueron, en lo positivo, beneficiarios secundarios, y en lo negativo, sus víctimas.

Se podría señalar que estos argumentos constituyen el corpus de la interpretación clásica, o del modelo clásico –que interpreta la revolución como una revolución burguesa-, que ha sido fuertemente criticada por dos tendencias nuevas, una que amplía el concepto de revolución burguesa, a democrática y liberal, y otra que la reduce a una revolución liberal de carácter masivamente “cultural”: los defensores de la tesis atlántica (Godechot, Palmer), y los escépticos respecto del papel atribuido a la burguesía en la revolución (Cobban, Furet). Los defensores de la tesis atlántica señalan que esta revolución afecto a todo el mundo occidental –no tan solo Francia-, definiendo esta revolución occidental como “liberal” o “burguesa”, “democrática”, en la que los “demócratas” combatieron a los “aristócratas”, considerando a la fase jacobina como una revolucionarización de la revolución, de una revolución que sin embargo, fue radical desde su propio origen, en el sentido de la lucha de clases. Del otro lado, tenemos la interpretación de los escépticos, que renuncian al concepto de revolución burguesa a favor del concepto de revolución liberal, una revolución que comenzó antes de 1789. La revolución seria un proceso efectuado por la burguesía, en camino al descubrimiento de sus verdaderos objetivos revolucionarios: la libertad económica, el individualismo en la propiedad y el sufragio limitado. Esta interpretación, se podría decir que es mas “cultural” que política. También existió una tercera tendencia que critico el concepto de revolución burguesa, que atribuyo la efectuación de esta, en su mecanismo interno, tuvo un carácter de revolución proletaria embrionaria, es decir, anticapitalista (Guerín), e inclusive como una revolución campesina (Milward y Saul).

En opinión de Wallerstein, de este conjunto de interpretaciones, no es correcto intentar preservar la imagen de la Revolución francesa como revolución burguesa, para preservar la imagen de la Revolución rusa como una revolución proletaria, ni crear la imagen de la Revolución francesa como una revolución liberal con el fin de empañar la Revolución rusa como una revolución totalitaria. Ninguna de las dos categorías -de revolución burguesa o liberal-, clasifica bien lo que ocurrió de hecho. Un rasgo importantísimo, es que la revolución hablo el lenguaje del antifeudalismo sin girar estrictamente en torno a un antifeudalismo: debemos considerar que durante la revolución, la servidumbre fue por fin abolida; los gremios fueron finalmente prohibidos; y la aristocracia y el clero dejaron por fin de ser estamentos privilegiados. Sin embargo, la revolución no se propicio en torno a estos objetivos antifeudales, sino que fue movilizada inicialmente, de parte de los burgueses, por la negación de la ideología del antiguo régimen, pues estos, al no encontrarse ennoblecidos, sufrían la discriminación social y material, a pesar de que algunos poseían grandes fortunas. Impedimentos políticos, como los de tener que demostrar un linaje noble, de a lo menos 4 generaciones anteriores para poder ocupar el cargo de oficial del ejército, fueron los que provocaron la irritación de los estratos superiores del tercer estado, y de los recientemente ennoblecidos. Posteriormente a la revolución, los haut-bourgeois siguieron demostrando que el centro de la revolución no giraba en torn al antifeudalismo, a pesar de hablar este lenguaje, y que mas bien, el ideal que siguieron siempre, fue el de lograr conseguir el estatus social formal, como lo hicieron todos los burgueses desde el surgimiento del capitalismo como sistema mundial.

Este lenguaje antifeudal de los burgueses, en apreciación de Wallerstein, parece reclamar más bien, un modo de contener a las clases campesinas. La burguesía se puso del lado de los campesinos para desplazar los privilegios de la aristocracia, pero una vez resueltas las diferencias entre estas clases, en la sociedad posrevolucionaria, superaron su división y se repartieron conjuntamente el poder. Debemos recordar que la gran burguesía que vino a suceder a la aristocracia en el poder, dentro del mundo capitalista, creía en las ventajas que le traerían los beneficios de la transformación economica, pero en general no compartía la ideología liberal, que solo constituía una ideología instrumental para el aburguesamiento final de las clases superiores en el contexto de la nueva estructura económica (sistema de economía-mundial) que se estaba consolidando.

La significancia de la Revolución francesa, fue que en su torbellino, todo el mundo ideológico se fue transformando. Por otra parte, la transición al capitalismo había ocurrido hace ya un tiempo, así como la transformación de la estructura estatal en el contexto de la revolución, fue la continuación de un proceso que se venía gestando hace dos siglos. Por lo cual podemos concluir que la revolución no significo una transformación en lo económico, ni tampoco en lo político, sino que mas bien el momento de cesura en la transformación de la superestructura ideológica, donde esta por fin pudo articularse y ponerse en el mismo nivel de la base económica, es decir, que fue la consecuencia de la transición, no su causa ni el momento en que se produjo.

Por otra parte, aun nos falta describir el desmontaje realizado por Fehér, que pasamos a describir brevemente a continuación. También como Wallerstein, Fehér reconoce la gran influencia del marxismo en su interpretación de la Revolución francesa como una revolución democrático-burguesa que barrio con el orden feudal. Nuestro autor considera que la ruptura con esta tradición marxista, comienza con la reinterpretación desarrollada a partir de los revisionistas ingleses y franceses, desarrollando una crítica, principalmente, a partir de las ideas de Cobban, que pone en entredicho que la revolución francesa, burguesa e industrializadora, haya cerrado la etapa del modo de producción feudal (feudalismo); también cuestiona que la burguesía revolucionaria haya constituido una clase unificada, sino que mas bien fue una clase dividida en varios grupos diferenciados, donde afloraban las jerarquías hereditarias; y finalmente, cuestiona el hecho de que la revolución haya sido única y homogénea, señalando mas bien, que hubieron varias revoluciones dentro de la misma historia. Fehér, propone una tesis similar a la de Arendt, en tanto no concibe la revolución como un único proceso, lo que lo lleva a determinar que la etapa del jacobinismo no pudo constituir el momento más álgido de la revolución, sino que mas bien su desviación radical del proceso revolucionario, como el germen o la semilla de lo que se podría caracterizar como un <<síndrome totalitario>>.

Los pilares de la modernización capitalista, la industrialización, el capitalismo como principio organizativo de la vida económica, y el proceso de creación de la democracia, es decir, de la libertad política o republicana, son el caldo de cultivo para la generación de un imaginario pluralista. Y es este nuevo imaginario que acontece con la revolución, el que se desvía y se pierde con la etapa jacobinista de la propia revolución.

El proyecto original de la revolución fue el de lograr una modernización francesa, en el sentido amplio expuesto anteriormente, pero conservando la estructura rural que ya poseía (la defensa de los intereses del campesinado). La tesis defendida por Fehér, consiste en que la lógica política de la revolución, aspiro a crear una sociedad libre, y que esta tendencia ideológica fue la dominante en el lenguaje revolucionario, desde los días de la convocatoria de los estados generales hasta el hundimiento de la republica. Esta lógica política, supuso un fuerte contraste entre el poder absolutista del príncipe y la amplia coalición de todos los que se consideraban el pueblo, la nación. Esta última, la idea de nación -arrancada del ideario de la ilustración-, fue tomada como la fuente suprema de toda autoridad y del derecho, por lo cual los revolucionarios se abocaron a la creación de instituciones, preservando ciertas instituciones tradicionales. De este modo la asamblea constituyente, en medio de la constricción de la aristocracia y de la insatisfacción de las clases populares, comenzó a gobernar cada vez con mayor dureza. Mientras el régimen del terror, en este contexto de creciente dureza, significo para las interpretaciones marxistas clásicas, una especie de afirmación y consolidación de la propia política burguesa, para nuestro autor, es el vil reflejo del descontento social, expresión de su egoísmo, de su excesivo afán de riqueza y acumulación.

Nuestro autor, para demostrar el creciente desarrollo de la autoridad y del poder, y también de otro lado, del descontento, analiza la inferencia de los assignat, o papel moneda durante la revolución francesa, y el horrible peso que esta medida acarreo para las clases empobrecidas. La introducción del assignat, fue incorporado a la par de la creación de un nuevo sistema de impuestos que permitiría poder contrarrestar el déficit económico en que había dejado a Francia el régimen monárquico. El pueblo debió cargar en gran parte con este peso, cosa que no acepto pacifica ni tranquilamente, sino tan solo hasta la consolidación del terror. Por otro lado, los burgueses buscaban la liberalización del poder centralizado, una descentralización con la consecuente realización de un estado débil, que poseyese la más mínima cantidad de organismos públicos. Como este sistema no pudo recaudar los suficientes recursos materiales para constituir un poder, se aplico la medida de confiscar las propiedades de la Iglesia de un lado, y la desregulación entre los precios de las mercancías y la cantidad de billetes en circulación, generando una situación de incertidumbre donde era imposible salirse del sistema, a la vez que era también imposible estabilizarlo. Esto tuvo por consecuencia, la utilización de los assignat como modo de esclavitud crediticia, esto en el contexto de la consolidación de la importancia de la utilización de las unidades monetarias, y la monopolización de las funciones monetarias. La aplicación de la ley de hierro –la teoría económica que subraya la tendencia natural de los salarios hacia un nivel mínimo, que se corresponde con las necesidades mínimas de subsistencia de los trabajadores-, vino a consolidar de un lado, el deseo de las clases empobrecidas de liberarse de tal dominación, y de otro lado, la irrupción de un poder basado en el terror, para proteger a las elites con las fuerzas armadas, de los posibles motines populares.

De este modo se desarrollo el jacobinismo y de su política del terror, sobre la base de clubes que servían de cuerpos administrativos auxiliares, de los cuales se podía extraer el nuevo funcionariado, y como medio de control de opinión de los jacobinos medios y control de la burocracia jacobina. La dictadura jacobina, de la mano de la mano de Maximillien Robespierre, hizo suya la filosofía de Rousseau y su teoría de la voluntad general, como voluntad colectiva que no puede ser corrompida, y él mismo se instituyo en “tirano educador”, defensor de estas ideas.

Un rasgo importante de la dictadura revolucionaria fue la destrucción deliberada, aunque imperfecta, de los principios institucionales del pluralismo político –aunque formalmente la Convención, siguió encarnando sus valores o hablando el lenguaje del pluralismo. La dialéctica de la libertad de Robespierre, no abandero la libertad y pluralismo de un modo absoluto, sino que mas bien, como un medio, bajo la concepción de que la libertad es útil en cierto sentido y dañina en otro. Esta concepción, llevo al jacobinismo a caer en innumerables contradicciones, sobre todo con respecto a la representatividad, la soberanía popular, la democracia directa y el ideal ilustrado, que fueron tambien, ideales que participaron de la revolución. Frente a estas organizaciones, el jacobinismo, y sus instituciones dictatoriales organizaron sus propias instituciones para su propia legitimación. Las instituciones de la democracia directa de Paris, poseyeron sus propias antinomias inherentes a su estructura, derivadas de, por ejemplo, la numerosa población de la ciudad, que si bien desplego una gran habilidad para elaborar programas socioeconómicos, resulto tremendamente incapaz de desarrollarlos por sí misma. Otro rasgo contradictorio que fue aprovechado por la elite jacobina, fue que trabajadores asalariados y pequeños artesanos, necesitaban tiempo libre para poder educarse y desarrollar una participación constante, para la generación de la política. Al no contar con ese preciado tiempo, también terminaron delegando estas funciones en la elite. Fue en las organizaciones locales, que surgió un sentimiento anticapitalista, o mejor dicho, contra el capitalismo industrial, por lo cual la dictadura constituyo un intento por poner en plano central, una política moralizante en cuanto a las necesidades de la revolución.

En cuanto a la organización de las Comunas, la autoridad central de la dictadura jacobinista, las veía, teóricamente, como una simple autoridad ejecutiva de un poder soberano que residía exclusivamente en las asambleas generales de las secciones, que podía actuar como amo y señor. En esta posición de autoridad, las Comunas negaban la posibilidad y tachaban de sospechosos a los que deseaban más de una asamblea popular en cada sección. La Comuna se comporto como un poder aparte, autónomo, dentro de los muros del municipio, así como los comités gubernamentales lo estaban dentro de la Convención. Esta contradicción inherente a la democracia moderna, entre un poder local y otro central, expresa el conflicto fundamental entre jacobinos y los diversos agentes de la democracia directa: los que a los ojos de las asambleas generales, se mostraban como una amenaza para la democracia directa o enemigos de ella (en tanto no permitían el desarrollo de asambleas populares dentro de la asamblea general), es decir, quienes pertenecían a los comités autónomos y la Comuna, se convirtieron en los representantes de la misma democracia directa en relación con la Convención, los comités gubernamentales y el Club de los Jacobinos. Por lo cual, estos representantes de las Comunas se convirtieron, progresivamente, en enemigos directos de los jacobinos. La estrategia de los jacobinos, consistió en darse de baja de todas las sociedades locales, al ser incapaces de controlarlas, por lo cual, optaron por declararle la guerra. Además prohibieron la comunicación entre las sociedades locales, coaptando la propia organización de sus rivales políticos, en sus propias bases. De este modo, tras el ataque jacobino a las sociedades locales, Fehér puede hablar del fenómeno de la revolución congelada, en tanto luego, ya no existió un sistema de gobierno, que pudiese ser catalogado de “republica”, en el sentido esencial y original que se le dio al termino, es decir, una republica como creación por parte de unos ciudadanos libres.

Frente a la pregunta de si el jacobinismo fue un proto-socialismo, nuestro autor responde negativamente. Algunos historiadores marxistas tradicionales, creyeron ver en el procedimiento del jacobinismo, el propio procedimiento del socialismo, sin embargo, sus estructuras y modelos difieren considerablemente en sus fundamentos. Si tomamos en cuenta, el accionar de los montagnards sobrevivientes a la envestida jacobina, que se unieron a la conspiración de Babeuf (cuya ideología era abiertamente comunista e igualitaria), debemos tomar en consideración el hecho de que estos sobrevivientes, hicieron grandes esfuerzos por desembarazarse de los principios comunistas de Babeuf. A pesar de estos hechos, nuestro autor no desestima la posibilidad de que todos los esfuerzos sociales más políticamente radicales, abrían podido fructíferar, sin la ruptura y “congelamiento” jacobino de la revolución. Fueron los esfuerzos dictatoriales los que se abocaron a la introducción de una nueva estructura social, sin parecido a ninguna entidad social anterior, donde el Estado jugó un papel iniciador. Fueron los jacobinos los que pusieron en marcha un imaginario completamente nuevo. En contra de la tesis de Arendt –en la que los jacobinos pervierten la idea de libertad al contaminarla con la cuestión social-, Fehér argumenta que el jacobinismo, por primera vez en la historia moderna, elevaron la cuestión social al rango de un problema por excelencia de las revoluciones, convirtiendo en esencia y motor mismo de la revolución. El problema de la propiedad privada, en el sentido estricto de la palabra, no se planteó sino hasta noviembre de 1792, cuando comenzaron los levantamientos populares, a causa de la escasez de alimentos, y mas concretamente, a partir de un decreto que elevaba el precio del trigo.

 

  1. De estos desmontes del imaginario político de las dos revoluciones, debemos valorar el esfuerzo interpretativo y el exhaustivo análisis historiográfico realizado por nuestros autores, esto en primer término. En segundo lugar, con respecto a la importancia de estas perspectivas interpretativas, y como han llegado a ser importantes para la dinámica del cambio social y el comportamiento político moderno, sirven para desmitificar puntos importantes con respecto a las revoluciones: (1) en primer lugar, sirven para desarticular la noción de que la revolución industrial y la revolución francesa, surgen y son promotores de la transformación social mundial, volviéndolos a su lugar real, el de ser momentos de cesura histórica, en que se consolidan impulsos capitalistas, a nivel económico y político, que se venían gestando durante los siglos anteriores. En este sentido, las revoluciones no constituyen la causa de las transformaciones modernas, sino que más bien los efectos principales de estas profundas transformaciones. (2) en segundo lugar, en cuanto al análisis de la Revolución industrial, el análisis de Wallerstein, sirve para demarcar el papel fundamental de las innovaciones tecnológicas en las industrias del hierro y el algodón, industrias que permitieron poner a Gran Bretaña en una situación privilegiada dentro del sistema de la economía-mundial. (3) Por otra parte, Wallerstein desmitifica el hecho de que esta revolución haya podido ser impulsada por una causa esencial o principal, y atribuye la explicación a un conjunto de condiciones que en su conjunto generaron el nuevo escenario nacional e internacional. (4) En cuanto a la interpretación de la Revolución francesa, tanto Wallerstein como Fehér, desmitifican el hecho de que la revolución, haya podido poseído un carácter democrático-burgués o liberal, además de explicar bien el problema del lenguaje antifeudal, no centrado efectivamente en una perspectiva tal, así como desmitifican –principalmente Fehér-, el hecho de que el periodo de la dictadura jacobina había sido considerada por la mayoría de los autores, como un periodo de consolidación de los postulados esenciales de la revolución, y en cambio, proponen la óptica mucho más realista, de que este periodo supuso lo contrario, el ataque a los principios republicanos de la revolución. Esto implica, necesariamente, la des-semejanza de la Revolución francesa con una revolución propiamente socialista. (5) En lo metodológico, Fehér y Wallerstein, supera la concepción clásica uni-causal de la revolución, que tendía a presentar a los revolucionarios como una clase consolidada, y en cambio proponen una comprensión multi-causal, o la idea de que los revolucionarios comportaron varias clases diferenciadas dentro de sí.

 

 

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