Informe sobre la Revolución Francesa a partir de Wallerstein y Hobsbawm (Camilo Reyes)

 

 

En este brevísimo informe, tratare de exponer las ideas fuerzas expuestas tanto por Immanuel Wallerstein como Eric Hobsbawm, en torno a la revolución francesa de un modo claro y sintético a partir de dos textos de nuestros autores: Impensar las ciencias sociales de Wallerstein y  La era de las revoluciones de Hobsbawm, centrándonos en los capítulos en torno a la revolución francesa. En esta pequeña introducción, cabe señalar, que tanto el primer enfoque socio-histórico de Wallerstein como el histórico de Hobsbawm, se centran en la revolución francesa como un fenómeno histórico de trascendencia e importancia mundial, o que tuvo consecuencias mundiales –es decir, como un fenómeno que trasciende las fronteras y especificidades históricas propias de Francia, bajo una interpretación que supera las pretendidas explicaciones basadas en “consecuencias específicas” que esta revolución pudo impulsar para otros países determinados. Si bien de un lado, la revolución industrial podía concebirse como el fundamento más importante que impulso la transformación de la economía del mundo del siglo XIX, de otro lado, la revolución francesa constituyo –para ambos autores-, el proceso de transformación político-ideológica más importante, subyacente a la transformación de la economía mundial. En torno a esto, Hobsbawm señala que:

 

“Si la economía del mundo del siglo XIX se formo principalmente bajo la influencia de la Revolución industrial inglesa, su política e ideología se formaron principalmente bajo la influencia de la Revolución francesa. Gran Bretaña proporciono el modelo para sus ferrocarriles y fabricas y el explosivo económico que hizo estallar las tradicionales estructuras económicas y sociales del mundo no europeo, pero Francia hizo sus revoluciones y les dio sus ideas, hasta el punto de que cualquier cosa tricolor se convirtió en el emblema de todas las nacionalidades nacientes.”[1]

 

En este mismo sentido Wallerstein señala:

 

“La Revolución francesa y su continuación napoleónica aceleraron la transformación ideológica de la economía-mundo capitalista como un sistema-mundo y crearon tres escenarios o conjuntos totalmente nuevos de instituciones culturales que desde entonces han sido una parte crucial del sistema-mundo.”[2]

 

Los “tres escenarios o conjuntos de instituciones culturales” a los que se refiere Wallerstein son “las ideologías, las ciencias sociales y los movimientos”. Estos “escenarios”, nos sirven para introducirnos de lleno en la primera parte de nuestra exposición de las ideas fuerzas de Wallerstein.

Debemos comenzar por mencionar lo que -en opinión de nuestro autor-, la revolución francesa significo para sus contemporáneos: una revuelta dramática, apasionada y violenta, un remolino político sin precedentes en el mundo moderno. Para nuestro autor, esta “revuelta violenta” de impensadas consecuencias mundiales, tuvo su expresión durante la etapa de El Terror (ocurrida entre 1789 y 1794), etapa en que se abolió el feudalismo, se nacionalizaron las tierras de la Iglesia para redistribuirlas, se ejecuto al rey y se proclamo la Declaración de los Derechos del Hombre. Para Wallerstein, si bien este proceso fue aparentemente interrumpido por la reacción termidoriana, en la práctica continuo su dramático impulso con la subida al poder de Napoleón y con la extensión de los ejércitos franceses por toda la Europa continental, regiones en que se extendió el “mensaje revolucionario” –aunque más tarde estos mismos emisarios hayan sido rechazados bajo los epítetos de “imperialistas”. Además de estas observaciones referentes al impacto de la revolución en la zona central del sistema-mundo (Europa continental), para nuestro autor, es importante señalar una serie de repercusiones en zonas claves de la periferia del sistema-mundo: (1) el impacto de la revolución en la Isla de Santo Domingo, que condujo a la primera revolución negra del sistema-mundo; (2) su impacto en Irlanda, que ayudo a impulsar una revolución social, que aunó a católicos y prebitarianos disidentes, en un movimiento común contra el colonialismo; (3) su impacto en Egipto, donde la invasión napoleónica provocó el surgimiento del primer gran modernizador egipcio llamado Muhammad Ali, que impulso un programa de industrialización y expansión militar que socavo la hegemonía del imperio otomano, posicionando a Egipto como un Estado potencia, dentro del sistema interestatal. (4) El impacto e influencia de la revolución en los procesos de descolonización de América –esto en el contexto de la reestructuración geopolítica del sistema-mundo que se venía dando a lo menos desde 1763. La función de la revolución en este contexto, fue la de reforzar los modelos de transformación, así como también lo hizo el modelo de la revolución estadounidense.

De este modo, la revolución sirvió de caldo de cultivo para un importante cambio cualitativo de la estructura del sistema mundo capitalista, es decir, de un cambio en las formas de la política o de hacer política. Este cambio cualitativo, puede ser caracterizado como el de la “aceptación de la normalidad del cambio”, que represento una transformación fundamental de la economía-mundo capitalista. De otro lado, esta “aceptación”, se fundó sobre la base de un reconocimiento público de las realidades estructurales que habían prevalecido por varios siglos de conformación del sistema-mundo capitalista, que establecía una tendencia a la división internacional del trabajo, bajo la limitación de un sistema interestatal compuesto por Estados hipotéticamente soberanos.

De esta “aceptación de la normalidad del cambio”, es que surgieron tanto expresiones de esta, así como respuestas, que se ven reflejadas o que tienen por campo de desarrollo, los “tres escenarios o conjuntos de instituciones culturales”, mencionadas anteriormente –las ideologías, las ciencias sociales y los movimientos.

(a) En cuanto a las ideologías, durante el siglo XIX surgieron tres corrientes importantes: el conservadurismo, el liberalismo y el marxismo. El conservadurismo desarrollo una defensa de las estructuras sociales de la familia, las comunidades, la Iglesia y la monarquía, y en general, una defensa de la tradición contra la desintegración y decadencia del mundo feudal. El liberalismo se encargo de desarrollar un proyecto de reforma administrativa, que pudiera inducir, canalizar y facilitar el “cambio normal”; mientras que el marxismo impulso el progreso total de las sociedades -esto debido a que consideraba que las revoluciones burguesas, habían impulsado el desarrollo de manera discontinua, es decir, no de un modo definitivo. Por lo cual, este tercer proyecto ideologico impulso la búsqueda de la sociedad perfecta, y el desarrollo del Estado para que alcance su estado histórico definitivo.

(b) El segundo escenario, lo constituyen las ciencias sociales, campo en el cual se logro una mayor institucionalización de estas, a partir de la transformación del modo tradicional universitario (que incluía tan solo 4 facultades: teología, filosofía, derecho y medicina), hacia el modo propiamente capitalista impulsado por la ideología liberal. Esta ideología implicaba el argumento de que la pieza central de los procesos sociales encerraba la delimitación cuidadosa de 3 esferas de actividad –la del mercado, la del Estado y la personal o privada-, a las cuales les correspondían 3 tipos de estudios respectivamente –la economía, la ciencia política y la sociología-, que fueron agregados a la institución universitaria tradicional. Un cuarto estudio se añade, el de la historia, que procedió como forma de conocer recurriendo a las “fuentes”, leyéndolas en un sentido crítico.

(c) El ultimo y tercer escenario, es el de los movimientos, los cuales se manifestaron en las rebeliones sociales que se conformaron como movimientos antisistemicos, esto a partir de las revoluciones de 1848, que inauguraron una oleada revolucionaria que concluyo con la restauración monárquica impulsada entre 1814 y 1815. Estos movimientos se dieron en dos sentidos importantes: como movimientos sociales y socialistas, en los movimientos originados en torno al pueblo, tomado como clase o clases trabajadoras, y como movimientos nacionalistas organizados alrededor del pueblo, tomado como nación.

En síntesis, podemos decir que el gran legado de la Revolución francesa, como “disturbio revolucionario”, es el haber transformado el aparato cultural del sistema-mundo (aunque solo lo haya hecho de un modo incompleto y ambiguo), pues impulso “la pasión por el cambio, el desarrollo, el ‘progreso’”, es decir, permitió al sistema-mundo romper con las barreras culturales al acelerar las fuerzas de cambio en todo el mundo.

En la misma línea, Hobsbawm presenta a la revolución francesa como el primer gran ejemplo de transformación del aparato cultural del mundo: sanciona que entre 1789 y 1917, las políticas europeas se debatieron ya sea a favor o en contra de los principios elevados durante la revolución francesa, principalmente los de 1789 y 1793; en esta misma línea, reconoce que la revolución proporciono el vocabulario y los programas de los partidos liberales, radicales y democráticos de la mayor parte del mundo; además, señala que la revolución ofreció el primer gran ejemplo, concepto y vocabulario del nacionalismo. Tambien explica que proporciono los modelos de los códigos legales contemporáneos, los modelos de la organización científica y técnica, y el sistema métrico decimal a muchísimos países. Este creciente impulso ideológico de transformación social, económica, política y cultural, penetró las antiguas civilizaciones por medio de la influencia ideológica francesa.

La revolución francesa, para Hobsbawm, fue única en su clase para su época, en cuanto destruyo a la monarquía absoluta más poderosa de Europa, promoviendo la caída del antiguo régimen y alentando el acenso de nuevas fuerzas sociales. Un elemento interesante que destaca el texto de nuestro autor, es el carácter del grupo que llevo a cabo esta revolución: la burguesía, que se apoyo fuertemente en las ideas del liberalismo clásico formuladas por los filósofos y economistas, ideas que fueron fuertemente propagadas por la francmasonería y otras sociedades secretas o asociaciones. Esta burguesía no expresaba un interés demócrata, a pesar de sus consignas que remitían a “la voluntad general del pueblo”: mas bien se encontraban alentados por el interés de poder establecer las libertades civiles y garantías constitucionales para la iniciativa privada, donde los comandantes del Estado fueran los grandes contribuyentes y propietarios.

 

 

[1] La era de las revoluciones, pág. 61

[2] Impensar las ciencias sociales, pág. 15

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