Panorama general del proyecto conservador en Chile [1830-1891] (Camilo Reyes Valle)

 

  1. El proyecto de orden y de unidad nacional del Chile Conservador.

Fue el proyecto de liderazgo de la elite centralista, más o menos homogénea, que se congrego en torno al Estado portaliano (1830-1861). Este proyecto consistió en la construcción de un orden nacional en el que, de un lado, las elites regionales quedaban subordinadas a las elites de Santiago y Valparaíso, mientras que de otro, todo el bajo pueblo quedaba limitado en el acceso al poder político, a la vez que entregado al nuevo sistema económico de libre mercado que estas clases dominantes promovían. Las líneas fundamentales de este proyecto fueron y siguen siendo, la idea de la continuidad histórica del Estado, la autoridad y la tradición, el orden jurídico normativo, la legitimidad político-cultural de corte nacionalista, la idea de nación determinada por el propio Estado nacional, ideas que componen el legado político de los criollos conservadores. Dos ideas principales dominan este proyecto nacional conservador, ideas que se confrontan en parte, a las de la tradición liberal chilena son: el pensamiento nacionalista y el corporativismo.

  • El pensamiento nacionalista contribuyo a la creación de una identidad nacional homogénea y homogenizadora, una idea inventada de comunidad, la idea de “chilenidad”, en la que tanto conservadores como liberales apoyaron e impulsaron su invención desde puntos de vistas distintos en lo politico, además de desarrollar teóricamente su ideología. Este nacionalismo constituyo la mejor herramienta política para debilitar la formación de una sociedad civil, a la vez que engañar y lograr la adhesión de los sectores populares para conducirlas a la guerra (de 1836 a 1839, en la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana; también entre 1879-1883, con la Guerra del Pacifico), y por medio del sufragio universal, en tanto se busca obtener cierta legitimidad política de la nación en las bases, por medio de la representación del poder presidencial.
  • El corporativismo se baso en la existencia de instituciones de gremios y profesionales, como mecanismo de regulación del poder, para la desconcentración del poder político, para que su concentración no sea absoluta con respecto al poder monolítico del poder presidencial. He aquí la existencia de una relación entre la jerarquía de los segmentos sociales, y un equilibrio de poderes alentado por el juego de las partes con el todo, con el Estado, relación establecida entre el cuerpo social y el alma nacional, la relación corporativa entre los productores y los administradores del Estado.

   Este proyecto de orden y unidad nacional, se desarrollo a partir del supuesto ideológico de que el orden es la norma social, y el cambio una simple desviación de la norma, por cuanto, podemos sintetizar, que la idea fuerza de este proyecto nacional, se inscribe sobre una matriz autoritaria y conservadora, un sistema político basado en el liderazgo de una minoría económico y política, la elite criolla por sobre el resto de la sociedad.

En definitiva, el proyecto de unidad y orden nacional del Chile conservador, consistió en la idea de liderar a la sociedad chilena bajo una matriz autoritaria y unitaria, en la que cada presidente y líder político, se hizo cargo de este proyecto de dirigir los intereses generales de la nación, encubriendo los propios intereses particulares de la elite.

 

2. El concepto “nostalgia aristocrática”: ¿cómo dicho concepto puede explicarnos la llamada “crisis de la oligarquía nacional?

El concepto de “nostalgia aristocrática”, se refiere al enaltecimiento de los periodos autoritarios del ya mencionado proyecto de unidad y orden nacional conservador (añoranza y elogio del régimen portaliano). Estos periodos son significados como etapas históricas de gloria para la elite conservadora chilena, tal como lo manifiesta y celebra toda la escuela historiográfica conservadora en sus escritos y ensayos históricos y políticos. Es la rancia melancolía atrapada y perdida entre los periodos históricos en que la elite chilena, la fronda centralizadora y jerarquizadora, arrastraba a toda la sociedad bajo “el peso de la noche”, cuando la gobernaba sin que el pueblo pudiese optar a los puestos de cargos públicos (por citar un ejemplo), ni celebrar fiestas religiosas libremente, entre otras limitaciones discriminatorias que los marginaban del poder.

Este concepto de “nostalgia aristocrática”, puede explicar la crisis de la oligarquía nacional y la reconducción del régimen autoritario portaliano a partir de 1861-62, en tanto, el mismo proyecto añorado por la elite centralista se fue perdiendo en el torbellino de las crisis de liderazgo y legitimidad, desarrolladas dentro de la propia elite nacional, que se vio enfrentada a la ausencia de líderes capaces de acaudillar y controlar a las elites regionales bajo un sistema unitario, en su lucha por obtener mayores accesos a los cargos políticos. Esta es la otra cara de tal nostalgia por los periodos autoritarios, la que considera como periodos de debilitamiento y fracaso, a los periodos de mayor pluralismo y de cambio (progresivo), como lo significarían los periodos de profundización y ampliación de la democracia, y los de apertura a cierto regionalismo y descentralización del poder unitario centralizado.

Las rebeliones de los años 50 (siglo XIX), son la manifestación de esta crisis de la oligarquía nacional y de los periodos autoritarios: crisis de sus principales mecanismos de legitimación social, (a) su forma de representatividad política limitada a la elite, (b) afirmada sobre el peso que esta elite centralista ejercía sobre toda la sociedad chilena, incluyendo a las elites regionales. Ambos pilares de la legitimidad son puestos en crisis, y sacados de su normal funcionamiento social unitario, por medio de la elevación alternativa del proyecto nacional liberal, que pretendió (a) establecer una mayor participación política de los grupos medios y populares en los gobiernos de la republica, a la vez que, (b) las elites regionales comenzaban su incursión dentro del sistema de representación política; ambos elementos son mal vistos a los ojos de esta “nostalgia autoritaria”, que desprecia tanto la democracia y autodeterminación efectiva del pueblo, como la idea de progreso y cambio social.

 

  1. Las principales características de las guerras civiles de 1851, 1859 y 1891. Factores económicos, sociales y políticos comunes en dichas guerras y sus actores principales.

Quizás la principal característica que alentó estos conflictos bélicos, fue la permanente tensión (durante el siglo XIX) al interior de la propia elite, entre los dos bandos principales que comandaron estas guerras civiles, el de los defensores del gobierno oligárquico y el de sus detractores políticos antiautoritarios; entre quienes querían implantar un gobierno fuerte, centralizado y jerarquizado, que promoviera la idea de homogeneidad nacional, y quienes manifestaban y volvían visibles las rupturas, pluralidades y antagonismos latentes dentro de la propia elite criolla. Mientras que el primer liderazgo de las elites chilenas entre 1810 y 1830, fue un liderazgo de carácter liberal, con aspiraciones a un gobierno más popular y representativo, a partir de la victoria conservadora se asegura un nuevo liderazgo, y se logra imponer la hegemonía política de los mercaderes,  que se vincularon mejor con los comerciantes, banqueros, cónsules, y diplomáticos extranjeros de Valparaíso y otros puertos, y que eran los principales prestamistas y proveedores de sus principales rivales políticos, los patrones.

En esto consistió una de las principales características que impulsaron las guerras civiles, el factor que separaba los intereses más capitalistas de esta nueva clase hegemónica, los mercaderes, que se venía gestando desde 1750 en adelante, y que significo la derrota en 1830 de los patrones coloniales, que tenían intereses de carácter más productivistas y localistas. Esta alianza entre los mercaderes y los comerciantes unidos al comercio extranjero, alentó a las agencias militares, a apoyar con las Fuerzas Armadas este proyecto nacional, creando un poder que solo pudo ser contrarrestado por el poder patronal que se fue consolidando paralelamente. Este poder patronal se gesto por medio del fortalecimiento de las relaciones locales, conformando una unidad y organización cercana al caudillismo, que en vista del proyecto y liderazgo conservador, se fue alienado con el federalismo, el pipiolismo, con el proteccionismo económico (contrario al libre mercado) y el parlamentarismo (contrario al presidencialismo).

Esta tensión principal entre dos bandos al interior de la oligarquía chilena, durante el siglo XIX, también se constituyo como una tensión en gran medida económica: una debacle entre los partidarios del poder heredado desde el viejo orden colonial patronal (el de la aristocracia terrateniente), y los de la nueva supremacía que comenzaba a ejercer el capital comercial financiero (el de la burguesía mercantil), sobre las economías latinoamericanas desprotegidas y entregadas a la dependencia económica extranjera. Pero esta tensión política y económica, también manifestó sus diferencias en el plano social y cultural, en tanto, también implico temas conflictivos en campos como el de la educación y la religión: los conservadores apelaron a la unidad entre la iglesia católica, el sistema educativo y el Estado, mientras que los liberales alegaban por su separación absoluta.

Lo que tienen de común las guerras civiles de 1851, 1859 y 1891, es la capacidad que tuvieron ambos sectores de la elite (mercaderes y patrones) para atacarse mutuamente: la elite centralista para utilizar al ejercito permanente y los instrumentos del Estado a su favor, y las elites regionales para poder acaudillar, movilizar masas y formar ejércitos locales que pudieran contrarrestar al poder hegemónico del Estado (como sucedió, por ejemplo, con la elite de Atacama en la guerra de 1859). Un elemento interesante y asociado a lo anterior, es la actitud de las elites entre sí durante y al final de la guerra, un legado cívico, una moralidad de señores que los habitaba en su relación de otredad entre la propia elite, una relación digamos, de respeto entre aristocracias y lideres oligárquicos. Esta moralidad se manifestó, por ejemplo, en que la victoria de un grupo sobre otro no significo el exterminio de los oligarcas perdedores.[1] Del encuentro más abiertamente violento entre estos dos sectores de la elite nacional -la Guerra Civil de 1891-, no resulto una gran matanza y exterminio del grupo perdedor (sino tal solo la paradigmática muerte de Balmaceda), ni tampoco resulto una destrucción definitiva de un paradigma de poder por sobre otro, sino que la resolución de un problema coyuntural, una debilidad y turbulencia en el orden y continuidad del sistema conservador. Aquí debemos entender esta no aniquilación absoluta del enemigo ni de su proyecto, como un mecanismo propio del sistema político oligárquico, que tras 1861, con la arremetida de las exigencias del bando liberal y radical, comienza poco a poco a abrirse hacia un sistema más flexible, y más propicio a un juego de equilibrio y tensión entre los partidos, organizaciones y el conjunto de la sociedad chilena (de aquí se explican los intentos de fusión liberal-conservadora, y la flexibilización de las prácticas religiosas).

También durante este periodo, se comienza a implementar, subyacente y más decididamente, un proceso de modernización y crecimiento económico, que fortalece una integración al capitalismo primermundista, que tiende a consolidar el modelo primario exportador en la región chilena, con el consecuente aumento de las exportaciones de oro y plata. El eje centralismo/federalismo (provincialismo), enunciado para esta serie de guerras civiles, de igual modo se encuentra atravesado por este determinante factor económico, en cuanto al control y repartición de las grandes rentas del país entre las oligarquías nacionales y regionales. Las causas que motivaron a la elite de Atacama a efectuar la guerra civil de 1859, fueron, principalmente, el hecho de que al aumentar las exportaciones mineras, se reafirmaba la importante contribución de las provincias del norte, pero bajo un injusto sistema de tributación impuesto por Santiago. Por otra parte, en la guerra civil de 1891, nuevamente se ven enfrentados el centralismo y el provincialismo, aunque más profundamente, este conflicto desnuda la tensión entre presidencialismo y parlamentarismo. En definitiva, tras la derrota del bando de Balmaceda, se enuncia el agotamiento del proyecto oligárquico de las elites decimonónicas, encandilado además por las gratificantes rentas del salitre, que debían ser administradas y repartidas desde ahora, bajo un nuevo régimen parlamentario que arrastraba tanto los intereses de sector manufacturero-industrial que no tenía una representación real en el gobierno hasta ese momento, y los del sector derrotado mercantil-financiero. Esto constituyo la crisis de legitimidad y liderazgo de las elites decimonónicas, ya que a la vez que sucedía esta crisis de gobernabilidad, comenzaba a irrumpir desde 1870 más o menos, la clase trabajadora organizada: mientras la oligarquía comenzaba a disfrutar de las grandes rentas derivadas de las exportaciones del salitre, los sectores medios comenzaron a elevar con mayor fuerza sus demandas económicas, sociales y políticas (no escuchadas por quienes detentan el poder), mientras que el pueblo se encontraba aun en peores condiciones, sumido en la miseria y la enfermedad por la falta de higiene social.

 

  1. Principales características de los proyectos políticos de las élites decimonónicas.

   Los principales proyectos económicos y políticos que desarrollaron las tensiones al interior de la oligarquía criolla fueron, como ya mencionamos anteriormente, el de los patrones (el proyecto federalista, provincialista, proteccionista y parlamentarista) y los mercaderes (el proyecto unitario, centralista, librecambista y presidencialista). Ante lo dicho, no debemos perder de vista el hecho de que, ni las luchas por la Independencia, ni las convulsiones posteriores y choques de estos proyectos (las guerras civiles), lograron quebrantar en profundidad la unidad económica de la elite nacional, como señala la tesis conservadora (durante los años 30, la elite criolla siguió basando su poder social económico y político en una estructura agraria; otro dato importante, consiste en que para 1850, el 80% de la población aun seguía siendo rural, y tanto las ciudades como los puertos se encontraban poco desarrollados, y solo a partir de estas fechas se emprende un proceso de modernización, un despegue económico y una integración más decidida al capitalismo mundial).

La postura y el proyecto conservador de los mercaderes, que se basaba en las viejas formas, estructuras y reminiscencias del poder patronal colonial, en las formas de las economías familiares, a la vez fomentaba una apertura económica dirigida: esta es la postura que pretendió la estabilidad política, por medio del doble atolladero del proyecto, que es conservador y autoritario en lo político, y liberal y mercantil en lo económico. Este rasgo característico que puede ser visto como una dislocación del sistema colonial en apertura al sistema capitalista, evidencio la dificultad del patriciado mercantil de convertirse en una genuina burguesía capitalista. A partir del crecimiento de la actividad mercantil-exportadora, se emprende la transformación del patriciado que empieza a beneficiarse de una creciente acumulación de capitales y de un aumento en el comercio exterior.

De otro lado, el proyecto liberal de los patrones y caudillos, también se apuntala y balancea sobre la base de un pasado latifundista y terrateniente, y un presente y futuro burgués y mercantil, pero lo hace más decididamente para desmarcarse en parte de este pasado colonial que los conservadores glorifican (esto se manifiesta más concretamente, en las facciones más radicales del movimiento liberal). Este proyecto liberal, a primera vista, y desde una perspectiva opositora al autoritarismo, se distingue diametralmente del proyecto conservador, en tanto, promueve una ampliación democratizadora del poder político a las elites regionales, bajo un sistema federalista (un provincialismo), y con un proyecto económico abocado al proteccionismo, que contrasta con el librecambismo impuesto en el contexto del régimen portaliano, bajo la ampliación e integración al capitalismo primermundista. Sin embargo, no podemos perder de vista el hecho de que, solo los liberales más radicales apelaron a una ampliación universal y democratizadora del régimen político, a todo el conjunto de la sociedad, incluyendo el bajo pueblo (como lo impulso Francisco Bilbao, por ejemplo), mientras que los liberales clásicos solo se limitaron al proyecto de una ampliación del sistema republicano, igualmente clausurado para las aspiraciones populares. Consecuentemente, en lo económico, la mayoría de los liberales terminaron sometiéndose al influjo capitalista que estableció la dependencia económica nacional, al especializar al país en el librecambismo de una economía mono-productora primaria exportadora agro-minera.

Esta tendencia liberal logro imponer su influjo sobre el proyecto conservador, progresivamente, en tanto, a partir de 1861, se dio una cierta ampliación del poder gubernamental a las elites regionales, y una pacificación de la política mediante la fusión liberal-conservadora (que sin embargo, no consiguió aplastar la maquinaria electoral montada por las elites en el poder central), mientras que de otro lado, tras el fracaso de esta “fusión”, a partir de 1891, se logra la derrota del presidencialismo y la ampliación a una nueva mayoría rentista (mas no así de la concentración en el poder de elite, y la prohibición del acceso para el bajo pueblo).

 

  1. Sobre el debate en torno al concepto del “Mito de los orígenes”.

Parece razonable que antes de explicar el debate en torno al concepto del “mito de los orígenes”, debemos señalar, en qué consiste tal concepto, objeto de debate. Este mito se remonta a la historiografía conservadora, y consiste en la construcción de una concepción de superioridad de la aristocracia chilena, los más aptos, por sobre la inferioridad del resto de la sociedad. Este mito posee dos polos despóticos en su narración, las dos cabezas del monstruo bicéfalo, uno que remite a un “sujeto privilegiado” (la elite criolla como constructora absoluta del Estado), y otro que remite a una “sustancia privilegiada” (el enaltecimiento de la época del régimen autoritario-portaliano, y el desprecio de otras épocas, digamos, mas entregadas a procesos de democratización): (1) la imagen creada del primer grupo social que asumió la tarea de la dirigencia nacional, que diseño la primera matriz histórica (sujeto privilegiado), y, (2) la imagen creada de una edad de oro, en que una aristocracia virtuosa conducía los destinos nacionales (sustancia privilegiada).

Tanto las interpretaciones generales centradas en la aristocracia santiaguina, como las crónicas provincianas sobre las aristocracias regionales, han contribuido a la construcción de este mito hegemónico de la verdad oficial. Ambos tipos de relatos, siempre ponen como protagonista exclusivo de la historia, al sector social que designan como aristocracia o nobleza, atribuyendo a este sector una clara y absoluta superioridad con respecto al resto de la sociedad. El mito se desarrolla a partir de la presuntuosa existencia de una suerte de “antigua nobleza colonial”, que tal como menciona Encina, se encontraría formada sobre la base de la gesta guerrera de la conquista, reafirmando su poder en la propiedad de la tierra. Esta clase colonial, en unidad con los nuevos elementos humanos vascos venidos del norte de la península ibérica, personas racialmente catalogados como trabajadores y honestos, conforman a partir de su combinación y mescla racial, a la llamada “aristocracia castellana-vasca”.

A lo menos dos elementos de los planteados, son objeto de gran debate entre las escuelas historiográficas, en lo referente la constitución del mito y el mito propiamente tal: (1) Esta escuela historiográfica conservadora, al ensalzar y mitificar el régimen autoritario-portaliano, al convertirlo en una edad dorada de una aristocracia virtuosa, de continuidad y estabilidad, de homogeneidad criolla, omite el hecho demostrado por varios historiadores, principalmente los de la escuela marxista, y por citar un ejemplo concreto, Luis Vitale, de que la famosa fronda aristocrática, no fue un periodo de unidad aristocrática y estabilidad, sino que por el contrario, una época de conflictos entre la propia elite, que no solo se concentro en la llamada época de la anarquía, sino que también estos conflictos, llegaron a causar grandes estragos y violencias, durante los turbulentos años 50’, y también la creciente resquebrajadura del modelo autoritario, anunciado con la muerte de Balmaceda en 1891. Estos conflictos y violencias no tuvieron un impacto discreto dentro de la propia elite, como pretenden señalar los conservadores, minimizando la importancia y valor histórico de las tensiones en el desarrollo del régimen (como pretende el positivismo, que el análisis de la estática social se puede separar de las dinámicas sociales de cambio, lo que los lleva a tomar “el conflicto” como un residuo analítico, como la desviación de la norma y el orden); sino que por el contrario, como señala la escuela marxista, la dimensión del funcionamiento estable del sistema, y los periodos de estabilidad entre la propia elite, se encuentra en conexión y tensión constante, con respecto a la dinámica social del cambio revolucionario, que se mantiene latente en el deseo de otros sectores de la elite, por hacerse con el poder, o por lo menos con más poder del que detentaban las elites regionales (en este caso, el debate se desarrolla en el sentido de que, el mito enuncia al régimen portaliano, como continuo y estable, sin turbulencias en su naturaleza, en su esencia, mas que en la superficie).

En este mito, las violencias entre las propias elites, así como la ejercida contra el propio régimen por otras elites, aparecen como un residuo pragmático, con respecto al orden, que es lo que se muestra como lo duradero y lo mas masivo, lo estable; cuando los hechos de las guerras civiles, enuncian dinámicas de cambio, a la vez que desnudan las tensiones internas entre la propia aristocracia castellana-vasca y otras elites regionales, etc.,).

(2) En segundo lugar, quiero señalar el status de crisis identitaria inherente al supuesto de una “aristocracia castellana-vasca”, que se vuelve inevitablemente objeto de debate al sentar la base del mito de los orígenes, dentro del propio mundo colonial y su herencia (arjé), proyectado como finalidad y efecto sobre una sociedad que comenzaba a desarrollar más plenamente una tendencia hacia una modernización neocolonial que ya no basaba su poder en la tierra, sino que en la acumulación de capitales (thelos), se vuelve evidente que el concepto que sirve de base al mito de los orígenes, se encuentra atravesado por una dislocación irreconciliable, una ambigüedad narrativa. Si al mirar la historia chilena del siglo XIX, nos cuesta contemplar una imagen proyectada de estabilidad y continuidad en el sistema, y de paz y concordia entre la propia elite, ¿cómo sería posible que pudiésemos conformarnos con esta imagen dislocada entre lo colonial y lo nacional republicano, entre lo conservador y lo liberal, entre lo católico y lo laico, entre el propio estilo de vida del hacendado terrateniente y el del nuevo comerciante aburguesado?

 

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[1] Esta distinción entre la actitud de los amos entre ellos, y otra con respecto a los subordinados o inferiores, ya ha sido desarrollada antropológicamente por Nietzsche en La Genealogía de la moral, con respecto al tema de la enemistad y la guerra: respeto entre amos como enemigos idénticos, en el sentido de choque de fuerzas “iguales” (lo que necesariamente no los alienta al exterminio de sus similares); y desprecio entre subordinados y señores, como fuerzas opuestas de distinta naturaleza (lo que los impulsa al deseo de destrucción y exterminio de los perdedores, y podemos añadir, venganza por parte de los subordinados).

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