Análisis de rostridad en las obras escultóricas sobre Caupolicán y Lautaro. Una interpretación a partir de Deleuze y Guattari. (Camilo Reyes)

  1. Introducción.

Para este breve ensayo sobre el patrimonio cultural, visual y material, analizare una pequeña serie de esculturas de Caupolicán y Lautaro, realizando un esquizoanalisis, un estudio sobre la rostridad en estas obras de arte. Por esta razón, sería conveniente explicar brevemente el concepto de rostridad, desarrolla por Deleuze y Guattari en el libro Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Este concepto se desarrolla a continuación de plantear la existencia de dos semióticas distintas, pero presupuestas recíprocamente: las semióticas lineales (que remiten a un proceso lineal de subjetivación, nomádica) y las semióticas circulares (que remiten a una frecuencia objetiva, circular y territorial, sedentaria). Algunos pueblos y sociedades primitivas presentaron masivamente o una u otra semiótica, principalmente los pueblos sedentarios desarrollando la semiótica circular, mientras que los pueblos nómadas desarrollaron principalmente la semiótica lineal. Sin embargo, con la irrupción del capitalismo, la situación tradicional de las sociedades tribales vendría a cambiar, y el capitalismo inventaría su propia semiótica históricamente particular, que impondría a todos los pueblos colonizados por su brazo económico y militar. Toda semiótica capitalista, es en sí, una semiótica mixta, que combina elementos de circularidad (piénsese en los aparatos jurídicos-normativos estatales, y las economías regionales, economías-mundo y la propia economía mundial como una gran red circular) y elementos de linealidad (en términos económicos, por ejemplo, los desbordamientos de la circularidad estatal efectuados por las empresas transnacionales, como despliegues de una cadena significante a partir de una circularidad productiva, movilización de recursos y personas en el mundo, circulación de capitales, materias primas, dinero y mercancías de unos países a otros, intercambios lineales entre economías-mundo y aparatos jurídicos, hasta inclusive, semiótica lineal en la propia subjetividad de una persona, su propia vida en tanto se puede concebir como un tránsito lineal constante, de una institución en otra: casa à escuela à iglesia à ejercito à trabajo à matrimonio à hijos; y luego la repetición permanente del mismo proceso de padre a hijo, proceso que combina elementos de circularidad y linealidad.

Pues bien, las semióticas mixtas poseen dos ejes sintagmáticos: un eje de significancia y un eje de subjetivación. En la intersección de ambas semióticas se instalaría un dispositivo muy especial, el rostro, que es un sistema muy singular de “pared blanca-agujero negro”: pómulos, frente, pera, nariz (que poseen frecuencia objetiva, pues funcionan como una pared blanca) y la boca, y principalmente los ojos (que demuestran el sentir de una persona, su subjetividad, la variación del rostro, constituyendo el agujero negro de la subjetividad). Como ya mencione anteriormente, este problema de la rostridad posee una dimensión individual, en la cual se manifiesta el fenómeno de la percepción del rostro, desde la relación de la madre con el hijo, en el acto de amamantar a un bebe: en la importancia de la percepción visual, con respecto al acto de nutrirse.[1] Pero la rostridad es un fenómeno social que no se contenta con los casos individuales, pues procede, fundamentalmente, por medio una maquina o dispositivo que produce la rostridad. Esta es la maquina abstracta, sirve de modelo a todos los rostros humanos, ordenando las normalidades y determinando las desviaciones. Este rostro ordenador patriarcal es el rostro de Cristo, es decir, el rostro del Hombre blanco, que determina las primeras variaciones-tipo de carácter racial: el hombre amarillo, hombre negro, hombre rojo. Los rostros desviados (de latinos, africanos, asiáticos, el propio rostro de la mujer) han sufrido la “cristianización”, es decir, han sido rostrificados.[2] Sobre esta base es que consisten el racismo europeo y el racismo en general, en la integración de ondas cada vez más excéntricas e intolerantes, que se despliegan sobre la base de que deben tolerar a las razas inferiores bajo ciertas condiciones, en sus ghettos, mientras intoleran y discriminan a las personas que debieran ser como ellos, pero cuyo crimen es no serlo.

Estas primeras coordenadas entorno al concepto de rostridad, nos permitirán desarrollar nuestro breve análisis de rostridad en las esculturas de Caupolicán y Lautaro, gracias a que nos aportan las referencias generales del sistema de subjetivación/significancia, que nos permitirán desarrollar un análisis bastante completo en torno al posicionamiento de la obra artística en particular dentro de un sistema de significancia general, así como también, en torno a la propia obra y el proceso de subjetivación que orienta.

 

  1. Desarrollo: las obras escultóricas de Caupolicán y Lautaro.

En primer lugar, con respecto a estas obras que nos disponemos a analizar, quisiera destacar el hecho de que una escultura constituye un dispositivo artístico, que puede llegar a funcionar como agenciamiento de poder, en el sentido de imponer al espectador una significancia y una subjetivación. En segundo lugar, quisiera señalar que cada escultura, como dispositivo artístico presenta una variabilidad semiótica que incluye elementos y contenidos correspondientes a las semióticas de la significancia y la subjetivación, pero que en general, tiende a presentar mas la masividad de una semiótica por sobre la otra aunque incluya elementos de ambas. Inclusive una obra podría llegar a integrar en cantidades bastante equilibradas, contenidos de ambas semióticas, pero el hecho fundamental es que en la configuración de contenidos semióticos de una obra, siempre se pueden llagar a distinguir los elementos de una o de otra. En tercer lugar, cabe señalar como elementos generales de esta distinción, en su relación con el rostro: (1) que el rostro visto y representado de frente es el rostro despótico, significante, que produce el efecto de captura de una superficie, de multiplicación de ojos, el efecto de que el déspota o sus representantes “están por todas partes”. Representa además una figura de destino terrestre, objetivo; (2) que el rostro representado de perfil es el rostro autoritario, subjetivo, pasional, reflexivo, que produce el paisaje marítimo, que sigue la línea que separa el cielo y las aguas, que va hacia el agujero negro. No obstante la distinción que hemos establecido entre estas dos semióticas, es importante es recordar que “no hay pared sin agujeros negros, no hay agujeros sin pared blanca” (…) “Estos caracteres comunes no impiden la diferencia-límite entre las dos figuras de rostro, y las proporciones según las cuales, unas veces una, otras veces otra prevalece en la semiótica mixta –el rostro despótico significante terrestre, el rostro autoritario pasional y subjetivo marítimo (el desierto también puede ser el mar de la tierra). Dos figuras del destino, dos estados de la máquina de rostridad.”[3]

Una última observación es que al analizar las esculturas, en vista de que una estatua puede ser vista desde todos los lugares, en 360°, lo que determina si el rostro esta masivamente puesto de frente o perfil, depende en gran medida, de la posición en que esta presentada la pieza en el espacio, también de la intencionalidad del autor, del modo en que fue compuesta para ser observada, y por último, de la posición natural que adopte el espectador con respecto a la pieza en general, y de esto, la vista del rostro con respecto a la generalidad de la obra.

  1. La primera obra a analizar es la del escultor chileno Nicanor Plaza, Caupolicán, ubicada en el Cerro Santa Lucia en Santiago. Esta obra originalmente concebida a partir del diseño de una obra ilustrada de “El último de los mohicanos” de James Fenimore, es más una obra rostrificada por el uso que se hizo de ella, que por propia intención incial que le otorgo su escultor. En primer lugar, la obra nunca fue concebida como el modelo de Caupolicán: carece de precisión histórica pues el indígena que aparece en ella porta una tiara con plumas, ornamento que nunca correspondió al pueblo mapuche. La estatua fue creada con la intención de participar en un concurso internacional en EE.UU. En 1863, los diplomáticos de la Embajada de EE.UU. en Chile, le encargaron a Plaza la producción de la estatua de un mapuche para obsequiarla al pueblo chileno, si embargo, Plaza ofreció esta pieza con el nombre Caupolican, sin tomar en consideración las notables diferencias, sobre todo en las vestimentas. Este ofrecimiento fue rechazado por la Embajada, y finalmente termino vendiendo la estatua al Gobierno chileno, siendo instalada en el cerro Santa Lucia.

El proceso de rostrificación de esta obra, fue efectuado por la propia voluntad de Plaza en conjunción con la oficialidad chilena que decidió, frente a toda evidencia de incongruencias y dislocaciones, apropiarse de la obra sobre los nativos americanos y renombrarla como Caupolicán, por una función netamente mercantil. Si el poder señala y desea imponer tal significancia y tal subjetivación con respecto a la obra, simplemente lo emprende en contra de toda ciencia, y lo que es peor, en contra de la propia verdad, entregando una imagen distorsionada del mapuche y su vestimenta típica. Más bien esta confusión con los nombres ayuda a confundir el conocimiento, con respecto a los mapuches.

 

Pero también podemos extraer una lectura sobre la rostrificación de esta obra, en el propio ámbito escultórico pues, a mi parecer, la misma configuración del indígena, se encuentra terriblemente atravesada por ondas excéntricas de civilización, que tienden a imbuir de barbarie en la representación de los indígenas, ya sean del norte o el sur de América. Creo que esta obra parece reflejar en gran medida, la caracterización que ha realizado por ejemplo Fernando Alegría, hacia Caupolicán: “duro y decidido, firme para mantener sus opiniones y llevar a cabo sus empresas. Había nacido tuerto, y ese defecto, que daba a su cara un aspecto feroz y un poco tétrico, no era desmedro para su habilidad física.” He aquí la interpretación de Alegría, debidamente conducido por las leyendas rostrificadoras oficiales. Rasgos barbáricos: “duro y decidido”…“feroz y un poco tétrico”, son rasgos que evidencian una desviación típica con respecto del rostro del Hombre blanco. En la obra de Plaza, se puede evidenciar debidamente ciertos atributos rostrificadores tales como, la posición torcida del cuerpo, el rostro tozudo, la representación barbárica, casi bestial de los tribales, el rostro déspota de cuerpo torcido, todos estos rasgos, que no encuentran equiparación con todas las otras obras de este artista, que representan perfectamente el ideal de belleza europeo, y el ideal de la raza del Hombre blanco civilizado.

El rostro me parece claramente de frente con respecto al conjunto de la obra, mientras que el cuerpo se encuentra semi-torcido, con respecto al rostro, lo que me lleva a identificar en él, el rostro despótico puesto de frente, pero de menor orden, con respecto a las representaciones religiosas de la Iglesia Católica, entre otras, de una posición más fija y única. Aquí la configuración de la obra mantuvo un contenido masivamente despótico, pero con características de variabilidad con respecto a las representaciones de los Hombres civilizados, Hombres de raza blanca. He aquí su racismo, y la ocultación y mistificación de la verdad, que tendió a representar como barbaros a los mapuches, que más bien constituyo una sociedad de carácter tribal. Si no era una obra genuinamente autentica, ¿por qué simplemente no se la llamo como lo que fue, la estatua de “el ultimo mohicano”?

 

  1. La siguiente obra que deseo presentar es la estatua de José Troncoso, el Monumento a Caupolicán ubicado en Temuco. Esta obra contrasta notoriamente en varios puntos determinantes. En primer lugar, esta obra constituye un autentico homenaje a Caupolicán, donde se encuentra representado, un “Caupolicán victorioso”, tras vencer en la competencia para convertirse en Toqui. Se ve flamante con un inmenso tronco que carga casi sin expresar esfuerzo. Su derecho y erguido cuerpo -sin torsión como en la representación de Nicanor Plaza-, así como su cabeza y rostro se muestran de manera casi simétrica con respecto al conjunto de su cuerpo, lo que revela una postura y una rostridad de corte despótico, de destino terrestre. Esta característica quizás se encuentra delimitada por el motivo de la representación en la obra, pues la coronación como toqui emprende y comprende la culminación de un proceso de enseñoreamiento que enuncia su destino significante objetivo, su conversión, su transformación incorporal, su decretarían jurídica como conductor de la resistencia mapuche, que señala uno de los momentos más determinantes de su vida. El rostro de este Caupolicán puesto de frente, otorga cierta composición y territorializacion del espacio, del paisaje, a la vez que el objeto rostrificado adquiere un valor temporal anticipador pues, el tronco sobre sus hombros es el objeto que anuncia y zanja su destino guerrero, augurando su grandeza en la conducción del pueblo mapuche en la guerra contra guerra de conquista realista.

 

No es tanto un rostro pasional, como si un rostro despótico, que evidencia el hecho objetivo de su enseñoramiento, en tanto que la profundidad de su proceso se encuentra proyectada masivamente hacia adelante. En este sentido, hay que desarrollar, brevemente, un aspecto relacionado con la postura de la escultura con respecto a su base, pues, la escultura con respecto a la base es completamente diagonal. Sin embargo, ya hemos mencionado la cuestión de poder tomar la obra en su conjunto, más o menos independientemente de su posición de presentación en que esta fue puesta. En general, parece una obra heroica que contrasta con la barbaridad de la obra de Plaza, siendo ambas obras despóticas, podemos notar claramente que en el Caupolicán de Plaza destaca un despotismo barbárico, como inferiorizando y bestializando al indígena, mientras que esta obra de José Troncoso, tiende a engrandecerlo, como un rostro más cercano al rostro de Cristo, un Cristo-Caupolicán, que encarna ideales nobles, aunque guerreros.

 

  1. En tercer lugar quisiera presentar dos obras escultóricas más, esta vez sobre el guerrero mapuche Lautaro, donde en ambas se puede dar cuenta de la masividad de la otra semiótica, donde el rostro aparece representado de perfil, lo que implica una representación de la figura de destino subjetivo, pasional, reflexivo, como lo llamaron Deleuze y Guattari, un rostro y paisaje marítimo, donde el rostro refleja autoridad (no despotismo), y va directamente proyectado hacia el agujero negro de la conciencia. Señalamos que el rostro de perfil, ha sido tomado como tal, a partir de la variación del rostro con respecto al cuerpo, donde en ambas representaciones, se encuentra perfilado casi 90° con respecto al conjunto de su cuerpo.

Esta forma de rostridad consiste sobre la conciencia y la pasión. Los rostros de estos lautaros señalan una escalada de intensidad, donde el propio personaje forma parte de esa intensidad que lo conduce a su destino heroico, donde la propia rama de colihue que sostiene con sus brazo para perpetrar su destino. De este modo este tipo de representaciones logra integrar la profundidad y la intensidad en el propio cuadro que representa.

 

 

Estatua en la Plaza de  Armas de la Iglesia de Lautaro, Municipalidad de Lautaro.

 

 

Estatua de Lautaro en la Plaza de Armas de Concepción, de Tomas Ravassa.

 

En estas obras de Lautaro, se puede apreciar claramente que el rostro establece el punto de subjetivación, el desplazamiento de la territorialidad por la intensidad y la profundidad, asi como estas obras nos invitan a desviar nuestro rostro con el rostro representado, en dirección hacia la oscuridad de su conciencia y pasión. El destino de quien, como sujeto de enunciación, que deriva desde el punto de subjetivación-desviación, instaura o abre el proceso a una serie de procesos lineales finitos, dispuestos a quebrantar el avance colonial español. Deleuze y Guattari señalan los pueblos nómades como los judíos, en su éxodo de Egipto, logran instaurar un proceso de subjetivación y liberación de la esclavitud egipcia, pero que al hacerlo sobre la base de la aplicación de un sujeto de enunciado (Dios) que segmentariza la línea de fuga, para finalmente, tras la sucesión de procesos lineales, bloquear o negativizar la huida, esto con la conformación de una religión y la instauración de una nueva forma de sacerdotes y una nueva burocracia, fundada en la propia tradición de Moisés.[4] En el sentido contrario, yo deseo dar, con estas representaciones de Lautaro, otro libertador, pero no de carácter clan cónico-patriarcal sino que de segmentos de linaje, donde cada localidad, lof y rewe posee sus propios príncipes, sin la existencia de un rey de reyes o patriarca. Estas representaciones de Lautaro señalan una línea de fuga de liberación, que no es de carácter negativo, ni tampoco es un proceso de subjetivación que se encuentre bloqueado, sino que por el contrario, una línea de liberación activa y positiva, pues Lautaro abre el proceso de resistencia mapuche contra los ejércitos privados y regulares que deseaban apoderarse de la región de la Araucanía. No es una apertura negativa del punto de subjetivación, para instaurar otro dominio, la mera sustitución de un centro de significancia sedentarizado, para la instauración de otros de carácter nomádica, con sacerdotes y burócratas (la oposición de Jehová a los dioses egipcios), sino que la destrucción del centro de significancia sedentarizado, es decir, la destrucción de los fuertes y estancias militares establecidos por los ejércitos de conquista, para restablecer el sistema tribal de vida, para no generar ni tener que soportar un Estado sobre sus hombros, como ya lo habían hecho contra los Incas, para el mantenimiento del sistema de creencias chamánico de los mapuches (resistencia al cristianismo y la evangelización, es decir, la rostrificación), la conservación de su sistema de vida, social, económico, mantener la autoridad de sus propios jueces y médicos, los machis y proteger a la comunidad territorialmente establecida de los conquistadores.

*                    *                    *

 

 

 

 

 

 

[1] Pp.175, PRE-TEXTOS, 2002, Valencia España. Esto lo dicen, sobre la base de los avances de la psicología americana: Isakower sobre las sensaciones propioceptivas, manuales, bucales, cutáneas, vagamente visuales, señala que remiten a la relación infantil boca-seno; Lewin sobre el descubrimiento de una pantalla blanca del sueño, normalmente recubierta por contenidos visuales, pero que permanece blanca cuando el sueño tiene por contenidos, sensaciones propioceptivas; la interpretación de Spitz, siguiendo a Lewin, que señala que la pared blanca, en la relación boca-seno, no haría surgir un precepto visual que representa el seno como objeto de sensación táctil, sino que más bien el rostro materno por el que el niño se guía para tomar pecho.

[2] Ibíd., pp. 183

[3] Ibíd., pp. 189

[4] Ibíd., pp. 139

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