Urbanización y destrucción. (Miguel Amorós)

“Ir por el campo, hoy, es como pasar por un viejo barrio en demolición”
Guido Cerronetti, El Silencio del Cuerpo
Antes que nada quiero hacer un inciso respecto a la expresión “urbanismo sostenible”, que los políticos de la “izquierda” han
sustraído del lenguaje ecologista para calificar así un crecimiento urbano menos destructivo a corto plazo y más rentable a largo. El
término se aplicaba al funcionamiento de un sistema en circuito cerrado, generando su propia energía y eliminando sus propios
residuos, hechos incompatibles con la expansión inherente al capitalismo, basada en la especialización de las actividades y la
deslocalización productiva. Los proyectos alternativos de esa “izquierda” pintada de verde, ni pretenden limitar el frenesí de la
economía, ni cuestionan el sistema capitalista y su sagrada idea de progreso. Además, resulta más que evidente el hecho de que no
existe un modelo capitalista que se sostenga. Hablar de sostenibilidad bajo estas condiciones es una estupidez, o peor, un engaño, ya
que no existe un capitalismo “limpio”, capaz de comerse sus marrones.
Hay un construir que es muchísimo más vandálico que un destruir. Esa es la impresión inevitable que cualquiera puede sacar, por
ejemplo, de un paseo por la costa mediterránea, especialmente la valenciana. Por doquier contemplaremos grúas, edificios y
autovías, tras los que adivinamos la obra de innumerables alcaldes, banqueros y constructores, invadiendo el territorio, destrozando
el paisaje, malbaratando recursos, acumulando basuras, contaminando el ambiente, poniendo en peligro la seguridad y la salud de los
habitantes, arruinando los lugares uno tras otro en una loca carrera por la urbanización total. Desde luego, las fuerzas constructivas
son fuerzas destructivas. La oposición campo-ciudad ha sido superada con la abolición completa de uno de los términos: las
hortalizas se han cambiado por ladrillos. Decir que el hormigón y el asfalto son el rasgo característico de la nueva civilización es
poco: son lisa y llanamente la nueva civilización. Eso, yendo a la raíz de la cuestión, significa que la vida de todos se halla en manos
de tecnócratas y promotores, oscilando entre automóviles e inmobiliarias. ¿Cómo hemos ido a parar aquí?
Indudablemente, la expansión urbana descontrolada arranca de la fase desarrollista ligada al proceso industrializador tutelado por el
franquismo. Esa fase termina con fenómenos aparentemente contradictorios como el derrumbe industrial, el “boom” de las segundas
residencias y los pelotazos financieros, lo que revela la recaída de la crisis económica sobre los trabajadores sin afectar apenas a las
clases medias y menos aún a la burguesía. Eso explica en parte que las luchas de resistencia a la crisis de los años ochenta fueran
contenidas y canalizadas sin alterar la estabilidad del sistema, y que el movimiento obrero, con la dirección secuestrada por una
burocracia sindical y política institucionalizada, compuesta por enemigos de clase, se disolviera sin pena ni gloria. Los nuevos
dirigentes políticos, en cuyas manos recaía la regulación del crecimiento urbano, se dieron cuenta de las grandes posibilidades
económicas de la urbanización, y lejos de impedir su progreso, se dedicaron a fomentarlo con toda la mejor voluntad. La
financiación espuria de los partidos o las fortunas personales de los intermediarios fueron sólo el principio. Políticos y empresarios
eran conscientes de que la ciudad era una máquina de acumulación de capital y poder, y que la función del urbanismo no era otra
que la de engrasarla. La fórmula consistía en una colaboración más profunda entre los ayuntamientos y los empresarios, aplicada por
primera vez en las remodelaciones de los años cincuenta de ciudades como Pittsburgh, Filadelfia o Boston. Una elite compuesta por
una coalición de políticos tecnocráticos, promotores y constructores se adueñó de las ciudades, tomando el relevo de la elite anterior,
y, gracias a una sabia combinación de dinero público y privado, las convirtió en herramientas para ganar dinero a espuertas. La
ciudad, a los ojos de los ediles democráticos y las Cámaras de Comercio, no era sino un inmenso mercado de suelo edificable. El
modelo valenciano que desde 1994 conforma una Ley Reguladora de la Actividad Urbanística es particularmente ilustrativo de la
simbiosis entre política y empresa. Este sistema supera en audacia al modelo mixto barcelonés, pues mediante la figura del “agente
urbanizador”, es decir, del promotor, el ayuntamiento, previo trámite, cede el proceso urbanizador a la iniciativa privada. Y de esta
manera, o sea, colocando por ley al urbanismo en manos de los empresarios, se suprimen olímpicamente las ingerencias
empresariales en las políticas urbanísticas locales. Lo público puede se gestionado por lo privado, o lo que es lo mismo, no queda
nada que sea realmente público.
El paso de una economía nacional estructurada a través de un sistema bancario cerrado a una economía globalizada encontró un
marco ideal: una nueva clase dirigente muy receptiva a las directrices del mercado mundial y una casi nula conflictividad social. Se
iniciaron entonces mediante leyes apropiadas, los procesos que acompañaban a la mundialización: colonización tecnológica de
cualquier tipo de actividades, precarización del mercado laboral, planificación urbana expansiva, especulación inmobiliaria,
deslocalización de industrias, industrialización de la agricultura, construcción de grandes infraestructuras de transporte, motorización
general de la población, constitución de un mercado internacional del agua y de la energía, etc. Las ciudades en poder de los nuevos
dirigentes se terciarizan y se convierten en centros de ocio y consumo, suministradoras de servicios. Las grandes tratan de situarse en
las redes de poder internacionales y las pequeñas intentan convertirse en sus satélites. Por su parte, los servicios generan multitud de
trabajos malpagados y efímeros, con lo que la joven población trabajadora es obligada a vivir en zonas alejadas, donde los alquileres
o los precios de los pisos son más asequibles. El centro se vacía y museifica, llenándose de áreas comerciales, oficinas y hoteles. La
ciudad se orienta hacia el turismo y los negocios (Valencia tuvo cerca del millón de visitantes en 2001), mientras que la periferia se
rellena y se expande, vertical y horizontalmente. A pesar de la apertura de nuevas líneas públicas de transporte, el vehículo privado
es la principal conexión. La urbanización avanza como una mancha de aceite consumiendo territorio. Todos los estilos de vida
ligados a una ocupación no capitalista del territorio desaparecen o están a punto de desaparecer.
Asistimos a una reordenación del territorio a través de corredores o ejes que unen las áreas metropolitanas, donde se concentra la
actividad financiera internacional y se ubican los tecnopolos. Nuevas regiones son definidas en base al potencial económico de sus
metrópolis y la abundancia de infraestructuras y servicios, como por ejemplo, la Eurorregión del Arco Mediterráneo, que abarca
Aragón, el País Valencià, Cataluña, las Baleares y el sur de Francia. Las nuevas batallas políticas tienen como trasfondo los vuelos
transoceánicos, las ampliaciones de puertos o el TAV, más que las diferencias aducidas entre “modelos de gestión”. Se trata pues, de
una zonificación de nuevo tipo, de una división del trabajo a nivel mundial, facilitada por las telecomunicaciones y las grandes
autopistas. Dentro del mercado global, potentes áreas económicas intentan constituirse y adquirir una posición privilegiada, bien sea
como mercado de servicios financieros, o bien como cantera de mano de obra dócil y numerosa. Unas –las que acaban de llegar–
siguen basando su poder en el producto industrial, mientras que las pujantes lo hacen en los procesos (transacciones financieras,
promoción publicitaria, venta por teléfono, asesoría, márketing, elaboración de proyectos, diseño, etc.). La urbanización total del
territorio, o lo que es lo mismo, su destrucción planificada, es la consecuencia más directa de la nueva etapa capitalista. El modo de
vida urbano, sin raíces, consumista y depredador, es ya el único posible.
Desde los años sesenta, momento en que aparecieron el negocio turístico y la demanda de segundas residencias anulando el
comercio y las industrias locales, el desplazamiento de la población a la costa ha experimentado una fuerte aceleración. En 2001 el
60% de la población vivía en el litoral, que suponía sólo el 30% del territorio del Estado. Este fenómeno de relocalización
poblacional lleva el nombre de “litoralización”. Como consecuencia, los municipios costeros se han colmatado, creándose un
continuum urbano a lo largo de la costa que ahora crece hacia el interior, arrasando los espacios naturales de la segunda línea como
antes hiciera con los de la primera. En los últimos diez años, el suelo urbanizado ha crecido un 60% en el País Valencià (un 77% en
la provincia de Alicante), aunque no en todas partes por igual: la mitad del crecimiento corresponde a 30 de los 542 municipios
valencianos (los costeros). La sobreexplotación de la franja marítima ha agotado el espacio y ha producido por todas partes un
paisaje banal y monocorde, al que los proyectos de “calidad” no hacen sino añadir una sobrecarga de vulgaridad en forma de campos
de golf, puertos deportivos y complejos residenciales de “lujo” estándar. Además, la costa mediterránea y las islas no sólo son un
lugar de ocio veraniego, sino que se han convertido en la segunda residencia de muchos europeos, generándose una fuerte demanda
de casas para extranjeros y doblándose las inversiones de fuera en el sector inmobiliario (de 3000 a 6040 millones de euros entre
1999 y 2002). El fenómeno, sin embargo, no basta para explicar por si sólo la enorme actividad constructora de los últimos diez
años. El precio del metro cuadrado se duplicó entre 1997 y 2001. Resulta que comprar vivienda se ha vuelto una forma de inversión
más rentable que la Bolsa y una salida segura al dinero negro, con lo que muchas casas se compran no para habitar, sino para
especular y “lavar”. Los bancos hacen su agosto: el mercado español de renta fija es el segundo de Europa en cédulas hipotecarias y
bonos de titulación, activos que los bancos utilizan para financiar la compra de pisos. Además esos activos representan el 56% de
todas las emisiones lanzadas en España. La vivienda es espacio privado y el espacio, una forma de capital. Entre 1971 y 2001 el
número de pisos en España ha doblado, llegando a los 21 millones. Cada año se construyen más de medio millón, y en el 2003
fueron más de 650.000, lo que equivale a la construcción de Alemania y Francia para el mismo año. No obstante, aparte de los
especuladores, solamente los compran las familias con capacidad de endeudamiento, es decir, las clases medias. La oferta de
vivienda protegida es prácticamente nula y el precio ha crecido 35 veces más que el salario neto entre 1995 y 2003. Así pues, el 58%
de las personas entre 25 y 30 años, y el 25% de las personas entre 30 y 34 años, todavía no se han emancipado y viven en casa de sus
padres, mientras que en España hay tres millones de viviendas vacías (solamente en la isla de Mallorca hay 90.000; en el País
Valencià el 20% de las viviendas están desocupadas).
La urbanización galopante representa el otro lado de la desaparición del mundo rural, integrado en la naturaleza y viviendo de la
comercialización de sus excedentes. La masa forestal de los bosques –que ya no se trabajan– se ha compactado, multiplicando el
peligro de incendios, los acuíferos se han salinizado o agotado por sobreexplotación, los pantanos han secado los ríos, los hábitats
litorales y las montañas han sido destruidas por carreteras y urbanizaciones, y con ellas los caminos, las acequias, las balsas, los
marjales y las fuentes. El paisaje está salpicado de grúas y líneas eléctricas. Ya no quedan actividades tradicionales ligadas a formas
de vida no urbana, pero en cambio, abundan los vertederos y los automóviles. Hoy la agricultura es un subsector de la industria
agroalimentaria, no dependiendo para nada de los usos del suelo ni de la gente del lugar; la producción agrícola sólo depende de la
maquinaria y de los abonos, siendo, como cualquier producción industrial, gran consumidora de agua y energía y gran engendradora
de residuos contaminantes. La actividad agraria se concentra en lugares concretos, para la explotación a gran escala, abandonándose
la mayoría del territorio rural al turismo y a la segunda residencia. Un ejemplo; en los últimos 13 años la superficie dedicada a
hortalizas ha disminuido el 60% en el País Valencià, pero no por ello los pueblos rurales han perdido población, sino que sus
habitantes son más numerosos; sólo que ahora se dedican a la construcción y al equipamiento. El precio de la naranja lleva años
estabilizado, sucumbiendo los labradores a las tentadoras ofertas de los compradores de terrenos, vueltos de la noche a la mañana
urbanizables por los promotores y los concejales. A veces, como ocurre en la ciudad de Alicante, el alcalde es también un promotor.
Las coronas agrícolas de las ciudades hace tiempo que sucumbieron y a cada paso conspiran las hormigoneras, creándose esa clase
de riqueza que engrasa la cuenta de unos centenares de miserables y degrada la vida de cuantos se ven forzados a disfrutarla.
Si recordamos que el litoral valenciano ha sido siempre deficitario en agua, concluiremos que el agua es un serio obstáculo para el
crecimiento urbano costero. Los intereses turísticos e inmobiliarios necesitan agua con que regar los campos de golf y las zonas
ajardinadas de las urbanizaciones, agua para llenar las piscinas y las cisternas, agua corriente para los miles de pisos que se
construyen. No hay especulación urbanística sin agua, por eso el Plan Hidrológico Nacional, sea el de los trasvases o el de las
desaladoras, es vital para el desarrollo ilimitado de la construcción. La solución más acorde con los tiempos es la de la constitución
de un mercado del agua. El agua es un bien escaso y por eso tiene todo lo necesario para ser una mercancía. La alternativa al
mercado del agua no puede ser una “nueva cultura del agua” porque el aprovechamiento racional del agua es incompatible con la
urbanización ilimitada del territorio. Se nos dirá que la nueva cultura del agua ha de ir acompañada de una “nueva política del suelo”
o de una “cultura pública del suelo”, o incluso de la “regulación del sector de la construcción” (como propone con cierta timidez la
Assemblea d’Okupes de Barcelona), etc. La retórica de la nueva cultura vale para todo: lo mismo se aplicará a la energía como al
transporte, igual a las basuras que al ocio. Eso no es más que un eslógan para reivindicar una mayor presencia de las plataformas
ciudadanas o las asociaciones de vecinos en la administración y un mayor control estatal y autonómico de los procesos
urbanizadores. Pura cháchara ciudadanista empleada para enmascarar las verdaderas soluciones. El fallo de toda esa política consiste
en no reconocer que la urbanización destructiva es la forma lógica con que el capital modela el planeta. La sociedad urbanizada es la
sociedad capitalista moderna y no puede haber otra. Si se quiere liberar el territorio, sus habitantes habrán de librarlo del
capitalismo. Cualquier política que respete al capital, que admita el mercado, se encamina hacia la gestión más o menos pausada de
la destrucción territorial, no a ponerle fin.
La resistencia a la degradación urbanizadora ha de levantar miras y apuntar lejos. No solo ha de elaborar estrategias que paralicen el
mercado, sino que ha de alumbrar modos de vida opuestos al modelo urbano. Se ha de fomentar la descentralización, el
autoabastecimiento, la autonomía y, por encima de todo, el ágora, la asamblea. Medidas como por ejemplo, las ocupaciones, los
huertos urbanos, los mercadillos de trueque, la vuelta al campo, etc., están bien para empezar, en tanto que expulsan al capital de
espacios usurpados y actividades colonizadas; mejores son la municipalización, es decir, la propiedad pública del territorio
gestionado en asamblea o la supresión del transporte privado, aunque a nadie escapan las enormes dificultades que tendrá su
implantación. Sin embargo, las soluciones “verdes”, “sostenibles” o neoculturales son mucho menos realistas. Por ese camino seguro
que no se va a conseguir nada; a lo sumo, un sindicalismo del hábitat practicado por una burocracia ambientalista institucionalizada
encargada de administrar el territorio fijando las tasas de degradación permisibles. La libertad no puede fructificar ni en el territorio
urbano “sostenibilizado” ni en el paisaje protegido, porque ambos únicamente ofrecen espacio esclavo. Un paliativo, y, al cabo de
cierto tiempo, de vuelta al principio. Por otra parte, hablar de equilibrio territorial, o de territorio liberado, no tiene sentido sino bajo
la perspectiva de la desurbanización. Quien ha de hablar primero ha de ser la piqueta. El territorio no recuperará su equilibrio ni la
humanidad su sensatez hasta que el último capitalista sea enterrado en las ruinas de la última aglomeración urbana. La reapropiación
del espacio para un modo de vida libre y comunitario ha de nacer inmersos en una gran operación de desmantelamiento, o no nacerá.
Miguel Amorós
Reelaboración de la conferencia-coloquio del 7 de abril de 2004 en el centro social La Mistelera de Dènia (Alacant).

Urbanización y defensa del territorio. (Miguel Amorós)

“Digan ustedes lo que quieran, llámenlo tonto, infantil, lo que quieran, pero ¿no les entran ganas de vomitar a veces de ver lo
que estan haciendo con Inglaterra, con sus estanques de cemento y sus enanitos
de yeso, con sus duendes y sus basuras en los lugares donde antes estaban los hayedos? … ¡Subir a por aire! Si no hay aire”
(George Orwell, Subir a por aire)
Toda sociedad, en la medida en que reposa sobre un hábitat, es una apropiación del territorio. Éste, en el curso de los años, es
modificado lentamente por la actividad humana, y a su vez, debido a sus peculiaridades geográficas, determina dicha actividad. No
hace falta recalcar el papel que los lugares han tenido en la formación de las sociedades para afirmar que Historia y Geografía –o
Sociedad y Naturaleza– se han condicionado mútuamente. La Revolución Industrial alteró profundamente esa reciprocidad,
liberando a la sociedad de los condicionantes territoriales, pero a muy alto precio. Por un lado, la ordenación territorial, gracias al
urbanismo, se convirtió en un medio de acumulación de capital; por el otro, la posesión del territorio por el capital, es decir, su
transformación en mercancía, acarreó su arrase. Recuérdense por ejemplo el estado deplorable de las zonas industriales o mineras de
antaño. Bajo el dominio del capital, la liberación de la sociedad de las constricciones impuestas por la naturaleza fue terrorista. Sin
embargo, el proceso no se desarrolló simultáneamente en todas las direcciones. En sus inicios, el espacio del capital era
fundamentalmente territorio urbano. Las gentes que vivían en el campo, no realizando sino ocasionalmente intercambios con dinero,
quedaban en gran parte fuera de las leyes de la economía. Pero en un periodo relativamente corto de la Historia esto dejó de ser así,
de forma que, en la actualidad, todo el territorio sufre las consecuencias de la mundialización de la economía y, por consiguiente,
todo el territorio es real o potencialmente urbano. Europa se convierte en una red de manchas metropolitanas en expansión,
tendiendo a formar una megalópolis continental dispersa. En esas condiciones, la apropiación social del territorio es inseparable de
su degradación y de su destrucción.
El fin de la agricultura tradicional, la última barrera a la descomposición territorial, significó la constitución de un mercado global
del territorio. Arrancado a su existencia casi extraeconómica –como el agua o el aire–, el territorio será “clasificado” y entregado al
mercado. La motorización de la población y la apertura de accesos posibilitaron que las ciudades perdieran sus límites y que las
segundas o terceras residencias, reflejo de la prosperidad de determinados sectores, desplazaran a las actividades rurales. De este
modo, irían cayendo todos los obstáculos físicos, lingüísticos, culturales, psicológicos, morales, etc., que definían la identidad
territorial, dando como resultado la desaparición del lugar, la muerte de su carácter y de su singularidad. En un espacio integrado, el
territorio no urbano es, o bien, reserva “no programada” de lo urbano, o bien decorado naturalista de lo urbano. Ello ha comportado
tal dislocación en las formas de vida, tal trivialización de lugares y gentes, tales amenazas a la seguridad o a la salud, que el
cuestionamiento de los responsables ha sido inevitable. La voluntad de resistir al proceso de banalización generalizada (a la
proletarización del hábitat) y a sus consecuencias nocivas subyace en cada contienda territorial, pero no obstante, esa voluntad casi
nunca llega a expresarse con claridad, ya que se halla mediatizada por los intereses creados en las primeras fases del conflicto, en el
tránsito de una economía agrícola a una economía de servicios. Estos intereses parciales redefinen una “identidad local” que trata de
presentarse como auténtica, tras la que se esconde un grupo social concreto. En efecto, el cambio económico en el campo ha
supuesto a la vez que la desaparición del campesinado strictu sensu, la aparición de una clase media neorrural formada a partir de la
compraventa de tierras y de la economía generada por los habitantes de las urbanizaciones residenciales (los “domingueros”). No se
trata de un campesinado de nuevo cuño, ni tiene demasiado que ver con el sindicalismo agrario, aunque sí con la política local. La
componen tanto pequeños productores como funcionarios, estudiantes, comerciantes o trabajadores por cuenta propia. Esta nueva
clase es consciente de su origen, la terciarización de la economía, por lo que no cuestiona el proceso que la hizo nacer, pero sí, en
cambio, cuestiona sus excesos. Ni siquiera desea volver atrás, a situaciones menos ruinosas. La destrucción presente vale, la futura,
ya no; sí a los adosados, no a su proliferación más allá de un límite y así sucesivamente. La dinámica uniformadora y destructora de
los procesos urbanísticos pone en peligro su prosperidad y la impulsa a la acción, canalizada por un tipo de organización
determinado llamado “plataforma cívica”.
De modo general, las plataformas consideran el territorio como naturaleza y no como lugar donde vive gente. Por eso para ellas lo
importante es “conservar el paisaje como un elemento clave de la identidad colectiva” (Declaración de Figueres, Primera Trobada
d’Entitats i Plataformes en Defensa del Territori, octubre 2003) y no recrear las asambleas comunales y las formas de cooperación
no capitalistas, la verdadera base de la identidad perdida. La identidad parece no ser un hecho histórico, sino un acontecimiento
intemporal y eterno. Sobre los espacios naturales reposa algo así como una denominación de origen. Así pues, el territorio puede
soportar cualquier actividad económica extraña, a condición de ser planificada y diversificada por un consejo asesor, amparándose
en leyes proteccionistas y financiándose con tributos verdes. Los incumplimientos deberían ser perseguidos por una fiscalía
específica y castigados por un juzgado ambientalista. Según tal programa, no parece que haya conflicto territorial, sino alteraciones
sin demasiada importancia de la buena marcha de la economía que pueden corregirse con una burocracia juridicopolítica. Más
concretamente, con la presencia de las plataformas en los centros de decisión. No piden, por lo tanto, éstas, el cese de las decisiones
tomadas desde el exterior por la administración y las empresas, y mucho menos la toma asamblearia municipal de decisiones, sino
“la participación ciudadana en la toma de decisiones que afectan al territorio como elemento clave de un modelo realmente
democrático”. Esta democratización “completa”, definida en las agendas 21, a la vez que ahoga la posibilidad de una expresión
directa legitima la destrucción del territorio, evitando el planteamiento de la cuestión social en el seno del conflicto, y, por lo tanto,
evitando la formulación de una estrategia defensiva. Las plataformas no aspiran a mediar en el conflicto territorial, sino a sublimarlo.
Y ya que no desean enfrentarse a nadie, no van a fomentar la autoorganización de los afectados, cosa que equivaldría a promover la
revuelta territorial, sino a institucionalizar un diálogo con los responsables de la destrucción. Se trataría pues, de negociar los niveles
de degradación “racionalizando” la oferta territorial; en suma, de homologar la destrucción, determinar el grado de la misma y
garantizar el control. Retocar la forma, respetar el fondo. Los mismos responsables del poder dominante han de corregir las
consecuencias de su desarrollismo urbanizador con paliativos consensuados con los dirigentes de las plataformas, como por ejemplo
reservas naturales, turismo rural, auditorías y moratorias urbanísticas, subvención de cultivos, plantas de reciclaje, revisión de
planes, etc., pero sin afrontar las verdaderas causas, comenzando por el citado desarrollismo, ni atacar a los verdaderos responsables,
los promotores, las inmobiliarias, la administración, los operadores turísticos y los compradores de las ciudades. La defensa del
territorio queda reducida a simulacro merced a la desaparición de los enemigos, meros símbolos abstractos (p. e. la contaminación,
la especulación, el incivismo), y merced a la evaporación del combate, sustituido por gestos afectados y momentos teatralizados (p.
e. los almuerzos, las claxonadas, la entrega de firmas, etc.). La acción de las plataformas tiene más de campaña de sensibilización
comercial, mediática, que de lucha efectiva. Esa clase de actuación transforma a los afectados en espectadores de su propia causa el
control de la cual está en manos de portavoces o de alcaldes, en el redil asociativo o en el político. Sus verdaderos intereses,
esencialmente antieconómicos, no llegan a formularse. Desde el principio la opinión plataformil acepta la mercantilización del
territorio, pero exige una gestión más eficaz a largo plazo (un nuevo modelo de crecimiento, de movilidad, de urbanismo, etc.) y una
reinversión de parte de los beneficios producidos, por así decir, un reciclaje de las plusvalías. La “nueva cultura del territorio”, o
nueva manera de uso y consumo territorial, eslogan en boca tanto de los ecologistas como de los ejecutivos, simplemente proclama
que en la nueva economía global el impacto medioambiental ha de incluirse en el precio.
El hecho de que políticos y empresarios sostengan un parecido lenguaje indica que el poder económico está dispuesto a dirigir la
defensa del territorio, es decir, a controlar su destrucción, puesto que su conservación paisajística es tan rentable como lo fue antes
su devastación. No es por casualidad que las mayores inversiones después de las del AVE sean las destinadas a la energía eólica. El
poder se crece con las crisis. Si la destrucción del territorio mediante la urbanización es el principal recurso para la formación del
capital, también lo está empezando a ser su reconstrucción ajardinada. Poder y plataformas comparten un espacio común. Por eso las
plataformas de La Noguera (Lleida), que trabajan “por una nueva cultura de la energía, han solicitado a los diferentes responsables
de los departamentos de Medio Ambiente y de Industria poder colaborar en una comisión conjunta, entre empresas, municipios y
Generalitat, que racionalice la oferta energética” (Xavier Garcia, Catalunya es revolta). Las plataformas ecologistas imploran un
diálogo con el poder en el momento en que éste se vuelve ecologista; forzoso es que se encuentren, primero en los consistorios,
después en la administración (p. e. en los gabinetes de medio ambiente), finalmente, en las asesorías privadas y en consejos de
empresa. La destrucción, sin embargo, no se detiene, sólo que ahora se la califica de “sostenible”, y, en la medida en que los
representantes de las plataformas la fiscalizan, de “gestión democrática”. Es la “nueva cultura del territorio”. Las plataformas se
interesan en la democracia cuando no es más que un espejismo. Porque si algún adjetivo merece el actual régimen político de las
sociedades donde reina el espectáculo, es el de fascista. No vivimos en una sociedad de ciudadanos, sino en una de masas, en las que
los impulsos consumistas y la asistencia tecnológica desempeñan el papel controlador y movilizador otrora atribuido al Estado
totalitario y al partido único. Esta nueva modalidad de fascismo no se sostiene con un expansionismo bélico al servicio de un Estado
cualquiera, sino mediante un expansionismo económico en guerra contra el territorio y sus habitantes, vigilado por un Estado
policía. En estas circunstancias, la formulación de un interés público desde instancias estatales es pura falacia. Bajo el fascismo,
todos los partidos son piezas de un único partido, el del orden. Y todos los políticos defienden el predominio de los intereses
privados sobre el interés público, o dicho de otra manera, la economía de mercado. En consecuencia ni la política ni la
administración pueden ser neutrales y mediar entre dichos intereses. Ambas forman parte de la clase dirigente. Ambas acostumbran
a financiarse con la recalificación del suelo. El capitalismo globalizador se basa en la gestión y no en la propiedad, igual que los
partidos, por lo que cuando nos paramos ante la política o ante la administración, nos paramos ante empresas. Ahora mismo nos lo
podrían decir los trabajadores de Parques y Jardines de Barcelona, puesto que el ayuntamiento va a privatizar la institución
municipal de la que dependen. Ante una realidad así, los habitantes no son dueños de su territorio ni de sus ciudades: son clientes de
quienes los gestionan. Clientes sin opción a elegir, con un solo plato en el menú.
La administración no es parte de la solución, sino parte del problema. En la mayoría de los casos, esté en manos de la derecha o de la
izquierda política, es la principal valedora de las agresiones al territorio, sean ya túneles, trazados para la alta velocidad, pistas de
esquí o megapuertos. Una defensa del territorio –una defensa de sus habitantes– ha de tener claro que la administración es el
enemigo y abandonar toda tentación política. Los temas que un movimiento en defensa del territorio ha de plantearse, como la
reapropiación de la decisión por parte de los habitantes, el derecho a ser los únicos en decidir sobre su hábitat, son abiertamente
antipolíticos. La detención de todos los planes generales de ordenación urbana, la desclasificación del suelo como urbanizable o los
proyectos desurbanizadores, con demoliciones incluidas, están en flagrante contradicción con los principios en los que se sustenta la
política y para asumir esos objetivos con eficacia se necesitará transitar la mayoría de las veces lejos de la normativa y de las
instituciones. Los partidos y las instituciones administrativas no pueden representar el interés público porque forman parte del
sistema, porque ellos mismos representan intereses privados, y porque son instrumentos contra la formación de los mecanismos de
decisión colectiva y las movilizaciones. Aseguran el mango de la sartén. Con ellos nunca podrán afrontarse las medidas necesarias
para reducir severamente la movilidad de la población o acabar con el despilfarro de agua y energía. Mucho menos se podrá
recuperar el mundo rural y se podrá poner límite a las ciudades. Tal como están hoy los movimientos en defensa del territorio,
contaminados hasta las cejas de esporas políticas y ciudadanistas, no tienen demasiado porvenir. Si aquéllas germinan y se
desarrollan, convertirán la defensa del territorio en un factor subalterno de su destrucción más o menos encauzada. Pero si saben
sacudirse tales deshechos, si se convierten en polos de agrupación y llegan a formular un interés general apoyado en las medidas
antes mencionadas, pueden ser un factor determinante de cambios revolucionarios. Han de aprender de los fracasos del movimiento
obrero y no caer, ni en la trampa gestionista vecinal, ni en el sindicalismo territorial. Nunca enajenar su voluntad en manos de
representantes no elegidos y ni revocables. No permitir la especialización política, excluir a los dirigentes. En eso consiste la
autoorganización. La defensa ha de iluminar bien la lucha por el territorio, reflejar los antagonismos, señalar con nombres y
apellidos a los adversarios, ensanchar los puntos de ruptura. No ceder al acoso ni a la seducción. Su irrenunciable objetivo ha de ser
la liberación del territorio de las determinaciones mercantiles, y eso significa acabar con el territorio como territorio de la economía.
A fin de cuentas, ha de establecer una relación respetuosa entre el hombre y la naturaleza, sin intermediarios. En definitiva, se trata
de reconstruir el territorio y no administrar su destrucción. Esa tarea compete a los que viven en él, no a los que invierten en él, y el
único marco donde esto es posible es el que proporciona la autogestión territorial generalizada, es decir, la gestión del territorio por
sus propios habitantes a través de asambleas comunitarias.
Miguel Amorós
30 de julio de 2004. Charla en la Acampada contra el TAV de Alonsotegui (Bizcaia).

Revolución y primitivismo. (Miguel Amorós)

“cómo, a nuestro parecer cualquier tiempo pasado fue mejor”
Vivimos tiempos duros, en los que el pasado es incomunicable. Los supervivientes de la vieja generación son incapaces de trasmitir
la experiencia de sus derrotas y de sus victorias a los jóvenes rebeldes porque estos soportan unas condiciones de existencia tan
diferentes que las verdades anteriores no encajan. La vieja generación no tiene descendientes, y la de ahora no tiene antepasados. El
capitalismo y la civilización industrial han levantado un medio artificial en el que se desenvuelven a gran velocidad personas sin
memoria. Los cambios son tan acelerados que extravían hasta la misma noción del cambio; se pierde pues la noción del tiempo.
Cada quince o veinte años hay que partir de cero. Los muertos han sido enterrados mucho antes de que la nueva generación cayese
en la tentación de venerar su recuerdo. La revolución no extrae su poesía del pasado pero tampoco puede sacarla del porvenir.
Estamos instalados en un presente continuo, en el cual caminan iguales los viejos proyectos de emancipación vencidos y las
ideologías más estrafalarias nacidas precisamente del fracaso.
Al mismo tiempo que nació la ciudad industrial nació el deseo de huir de ella. El sentimiento moderno de la naturaleza nace con el
aire pestilente y la acumulación de basura. La emoción es legítima pero transformada en nostalgia no será más que una de las caras
del progreso. Como reacción contra los estragos de la industria llega a sensibilizar a las gentes; sin embargo, eso no basta. De lo que
se trata es de que el sentimiento se vuelva conciencia, y la conciencia, fuerza práctica. Ha de recurrir a la reflexión y al análisis
histórico, es decir, ha de volverse teoría para poder generalizarse como revuelta. Ha de madurar, salir de la infancia y aceptar ser
asociación y razón. Ha de oponer a la civilización industrial un pensamiento riguroso y una organización fuerte que le permita pasar
a la práctica luchando contra aquella. Ha de ser acción revolucionaria, ya que a revolución social será naturista, o como se dice
ahora, primitivista, o no será.
Al hablar de primitivismo conviene distinguir entre quienes buscan en el conocimiento de las sociedades arcaicas armas
conceptuales con las que enfrentarse al mundo y transformarlo, y quienes buscan en los modos de vida salvajes la inocencia y
beatitud perdidas al paso de la historia. Los primeros no pretenden recrear esas formaciones sociales por mucho que se inspiren en
ellas; los segundos afirman con toda seriedad que la libertad de las gentes pasa por el retorno a etapas prehistóricas. La simple
abolición del Estado, del capital y de la producción industrial parece no ser nada si al final no nos quedamos todos asilvestrados. En
un caso se trata de desarrollar la crítica social y demostrar que otras maneras de vivir son posibles; en el otro, es cuestión de una
ideología autocomplaciente que enmascara el conflicto social e impide que llegue a la conciencia de los explotados. Así pues
estamos ante dos tipos de primitivismo completamente diferentes: uno subversivo, que quiere aclarar las nuevas cuestiones que
plantea la lucha social y llevar la revolución más lejos; otro conformista y reaccionario, que las embarulla y siembra confusión, que
se apalanca en el instinto y rechaza el método, acomodándose en los espacios que la sociedad industrial le permite. Aquél es prueba
de salud, éste, enfermedad del espíritu. De esta gripe de la conciencia vamos a ocuparnos.
Una ideología tan descosida e irreal, destinada al anaquel de los liberalismos extravagantes, no debería tener demasiada importancia
puesto que su práctica no va más allá del excursionismo y es tan arriesgada como el fabricar jabón de Marsella, pero en la medida en
que anima un discurso irracionalista que empuja al aburguesamiento o al delirio, importancia tiene. Hace de la naturaleza un arma
contra el pensamiento. El primitivismo vulgar y filisteo pide la abolición de toda cultura –de toda civilización– y de toda
organización social, especialmente de las ciudades, la cuna de la libertad y el lugar de las formas más extremas de la lucha de clases.
El pensamiento y el arte, la literatura y los oficios, testimonios de la creatividad y del genio humanos, manifestaciones genuinas de
la libertad del hombre, son a sus ojos desechables. El papel de la ciencia o de la imprenta en la lucha contra la religión y las
monarquías es menospreciado, igual que cualquier otro hecho histórico. No es que el primitivismo vulgar rechace el conocimiento
científico o las invenciones liberadoras, rechaza toda forma de conocimiento y toda trasmisión de saberes que se acerque al
horizonte histórico. De las civilizaciones no hay nada que aprender ni que enseñar más allá de la receta del falafel. En definitiva, el
filisteo primitivista no pide la libertad, exige la ignorancia, o sea, la barbarie.
Si miramos la sociedad con un cristal de ese color todos sus momentos históricos son uno: todas las civilizaciones son territorios de
la domesticación y de la falta de libertad. Se trata pues de una ideología radicalmente antihistórica y forzadamente individualista.
Para ella toda forma de organización es fuente de autoridad, todo movimiento de masas aspira a constituir un poder y toda
revolución es liberticida. No hay entonces que organizarse, ni promover actos masivos, ni perseguir fines revolucionarios. El
primitivismo vulgar es una ideología moralista que como tal no se moja en la acción, ni soporta enfrentarse con la realidad. Es
inmovilista. Bajo la óptica de renuncia al combate social la revolución es otro error; a la revolución social el primitivista vulgar
opone la insurrección, pero no una insurrección popular, procedimiento revolucionario, sino una insurrección estrictamente
individual y moral. La libertad para él no es algo que se resuelve en sociedad, institucionalmente. No habría entonces cuestión social
que plantear, sino simplemente cuestión personal. No hay frente al que acudir, sino abrigo en el que ocultarse. No hay que
contaminar a la sociedad de primitivismo radical, hay que elevar una muralla de despropósitos primitivistas y guarnecerse tras de
ella.
El carácter reaccionario del primitivismo vulgar vuelve a mostrarse en su actitud hacia el movimiento obrero. De un solo golpe
liquida el papel del proletariado en la historia, el de la revolución y el del propio anarquismo, que no lo olvidemos, es un ideario de
libertad y de emancipación nacido en el fragor de la lucha de clases. Según su punto de vista la historia de la lucha de clases es
solamente la historia de la lucha por el poder. El proletariado sólo aspira a tomar el poder, como la burguesía; no hay diferencias
entre las distintas tendencias obreras pues todas pretenden lo mismo. Por consiguiente execra la lucha de los trabajadores contra la
explotación y por la libertad. Para el primitivista vulgar esa lucha genera nuevas formas de autoridad, en consecuencia rechaza los
métodos de clase y sus fines. Condena por igual tanto la acción directa, la huelga general o las asambleas, como los sindicatos
únicos o los consejos obreros. El viejo objetivo liberador, la libre federación de productores libres, la idea de que la emancipación de
los trabajadores será obra de ellos mismos, es bajo su punto de vista una falacia autoritaria y domesticadora. El primitivista vulgar
está contra el trabajo –como todo el mundo– y de rebote, contra el trabajador; el hecho de que en el mundo convivan miles de
millones de trabajadores que no pueden sustentarse con actividades gozosas como la caza o la pesca, no parece conmoverle ni
incitarle a revelar sus planes de retorno a lo primitivo. No se molesta en exponer las posibilidades reales de sus elucubraciones pues,
como ya hemos dicho, no se baña en el río de la acción. Se limita a propugnar como objetivo lejano un estado social anómico del
que puedan surgir efímeras asociaciones mediante pactos temporales. De nuevo, la barbarie, pero esta vez, la barbarie burguesa. El
ideal primitivizado de la segunda residencia con huerto y vecinos.
El primitivista vulgar no quiere destruir el orden social, ni forzar un cambio radical en la sociedad, ni disolver abruptamente las
condiciones de vida existentes, pues eso es en definitiva la revolución. Opone a la práctica social revolucionaria un obrar existencial
aparente y ficticio, depurado de todo criterio social. Elimina de la práctica todo lo socialmente concreto, todo lo histórico y social.
Sus prédicas sobre la libertad no le obligan a nada, pero le dan un aire rebelde que le complace y asegura. Todos se sienten papúes a
veinte mil quilómetros de distancia de Nueva Guinea. Sus loas a la libertad absoluta se dirigen en exclusiva contra las prácticas que
la hacen posible. Una vez más estamos ante la actitud trasgresora y a la vez inmovilista del burgués decadente, propia de los tiempos
en que la clase dominante necesita subvertir sus propios valores para seguir manteniéndolos.
La deshumanización de la sociedad ha acarreado la idealización de la naturaleza. Como los burgueses ilustrados hicieron en el XVIII
y los escritores románticos tras ellos, los primitivistas vulgares dotan a la naturaleza de contenidos, la espiritualizan, la convierten en
hogar de la libertad y de la armonía. Proyectan en la naturaleza representaciones propias de la vida privada de las clases medias, las
herederas del ideario burgués. Buscan el cielo casero en la ideologización de lo salvaje. Predican la salvación personal a costa de la
civilización –de la sociedad–, no en la lucha contra la opresión. Renuncian a la experiencia social de la libertad pues para ellos la
civilización, la sociedad entera, es una forma de vida extraña al orden natural. La oposición entre naturaleza y sociedad presupone la
ruina completa del mundo civilizado; en consecuencia para el primitivista vulgar habrá que reconstruir la naturaleza y no hacer la
revolución; ni siquiera la revolución primitivista. No quiere abandonar la adolescencia y dar un salto hacia adelante en la historia;
quiere, especulativamente por supuesto, retroceder a la época de las glaciaciones. Ya se sabe: en la noche de los tiempos todos los
gatos eran pardos.
El primitivista vulgar huye de la historia tanto como de la acción. Al pasado y al presente no los considera perspectivas ordenadoras
del vivir. El culto a la naturaleza o la idealización de las comunidades arcaicas obedecen al deseo de soslayar los peligros de la
historia (los peligros de la acción), porque, ante todo, el primitivista vulgar no corre riesgos. En el fondo sabe que no se compromete
a nada porque no hay retorno posible a la naturaleza; no queda naturaleza virgen a donde ir. La naturaleza anterior a la historia no
existe, ni siquiera para los primitivos; toda ella gira en torno a la economía. Como dijo Bernard Charbonneau, “la naturaleza es el
jardín público de la ciudad total”. La naturaleza está ya urbanizada y suburbializada. Tanto para liberar la naturaleza como para
liberar a los individuos son necesarios el pensamiento estratégico y la acción social; en una palabra, son necesarias las revoluciones
que nos han de llevar a una civilización libre de la mercancía y de la industria. La revolución es la única manera de hacer historia
consciente y la historia es el modo específicamente humano de existencia, el medio donde los individuos pueden situarse y
reconocerse, hacerse a sí mismos y para sí mismos. ¿Que cómo se hace la historia? Pues, como dijo alguien, primero poco a poco;
después toda de un golpe.
Miguel Amorós
Charla debate con David Watson y Los Amigos de Ludd en el Espai Obert de Barcelona, el 25 de noviembre de 2003.

Los últimos veinte años de liquidación social (Miguel Amorós).

LOS ÚLTIMOS VEINTE AÑOS DE LIQUIDACIÓN SOCIAL
SOBRE LA DEGENERACIÓN DE LOS IDEALES REVOLUCIONARIOS ANTE EL FIN DE LA CLASE OBRERA EN
OCCIDENTE
“La época actual es de aquellas en las que todo lo
que normalmente parece constituir una razón
para vivir se desvanece, en las que se debe
cuestionar todo de nuevo, so pena de hundirse
en el desconcierto o en la inconsciencia.”
Simone Weil
El 19 de julio de 1936 el proletariado español respondió al golpe de estado franquista desencadenando una revolución social. El 23
de febrero de 1981 tuvo lugar un golpe de estado ante la indiferencia más absoluta de los proletarios, quienes apenas movieron el
dial de la radio o el mando del televisor. El contraste de actitudes obedece al hecho de que el proletariado era en el 36 el principal
factor político social, mientras que en el 81 no contaba ni siquiera como factor auxiliar de intereses ajenos. Si el golpe del 36 iba en
contra suya, el del 81 fue un ajuste de cuentas entre diferentes facciones del poder. Ni en los análisis más alarmistas la conflictividad
obrera fue tomada en consideración por la sencilla razón de que era mínima. Los golpistas pasaron del proletariado porque no era
más que una figura secundaria de la oratoria política, algo históricamente agotado.
Durante los años de la “transición económica” hacia las nuevas condiciones del capitalismo mundial –los 80– la clase obrera fue
fragmentándose y resistiendo a escala local a su “reconversión” en clase subalterna, hasta el advenimiento de la huelga mediática del
14 de diciembre de 1988, que fue la señal de su liquidación como clase. En adelante nunca volvería a manifestarse de forma
independiente, autónoma. El movimiento antinuclear y el movimiento vecinal habían acabado un lustro antes. Durante ese periodo
se consumó la ruptura entre los obreros adultos, mejor situados en las fábricas, y los obreros jóvenes, peones y precarios, que
impulsaron las primeras asambleas de parados. Esa fractura condujo a la crítica radical del trabajo asalariado, deteriorado en
extremo, o lo que viene a ser igual, al rechazo del trabajo como actividad humana. Fue una auténtica ruptura, pues hasta entonces la
conducta de los trabajadores se fundamentaba en una cierta ética del trabajo. Más o menos por ese tiempo se desarrolló fuera del
mundo laboral un medio juvenil preocupado por la okupación, la represión, la contrainformación, el ecologismo, el antimilitarismo,
el feminismo, etc., al que la movilización estudiantil de 1986-87 dio un fuerte impulso. Tras el sometimiento definitivo de los
trabajadores a las nuevas condiciones económicas y políticas del capital, el centro de gravedad social se desplazó de las fábricas a
los espacios de relación juveniles. En ese medio y en plena decadencia de las ideologías obreristas la cuestión social perdía su
carácter unitario y se desagregaba, replanteándose sus pedazos como problemáticas particulares. Los jóvenes rebeldes ni tenían
detrás una tradición de luchas sociales, ni podían atenerse a una ideología concreta, marxista o anarquista, y más allá de un vago
antiautoritarismo no sabían qué hacer con el fardo de experiencias que la clase obrera les había librado gratuitamente; eran herederos
involuntarios de tareas históricas imposibles de asumir dado la escasa profundidad de su crítica, la inestabilidad de sus efectivos y la
estrechez de su medio. Todos los esfuerzos por coordinar actividades, fomentar debates y conectar con luchas urbanas tropezaron
con los mismos problemas: la dispersión, la ausencia de pensamiento, el compromiso relativo, la falta de referencias, el
enclaustramiento… Al no resolverse, conforme desaparecían las luchas reales el medio juvenil se estancaba y en él campaban a sus
anchas la indefinición, la pose, los tópicos contestatarios y la moda alternativa. Se revelaba como un medio de transición para una
vida adulta integrada, como el instituto, la FP o la universidad. La palabra revolución dejó de tener un significado preciso. Los
intentos habidos entre 1989 y 1998 por superar ese impasse teórico fueron puramente organizativos, formalistas, a base de
“campañismo” y encuentros, por lo que a la larga resultaron un fracaso. Así terminó lo que se conoció como “área de la autonomía.”
A fin de recomponer una visión crítica unitaria del mundo y dotar de contenido al proyecto revolucionario se tenía que haber llevado
a cabo una reflexión profunda sobre los logros y los fracasos de las luchas precedentes, por no mencionar los sorprendentes cambios
que experimentaba el capitalismo, pero antes incluso de analizar todo eso, había que haber efectuado una crítica despiadada al
propio medio, a sus inconsecuencias, a su frivolidad y a su falta de coraje intelectual, con el fin de depurarlo tanto de adherencias
sentimentales burguesas como de lugares comunes y prácticas militantes. No se hizo, o no se hizo lo suficiente y el medio se
degradó, amalgamándose con el izquierdismo posmoderno y el patriotismo periférico, quienes trataban de reconstruir a toda prisa un
nuevo espacio social “ciudadano”, el terreno de las plataformas cívicas y de las asociaciones de vecinos, abandonado por los
partidos y sindicatos al incrustarse en el aparato de la dominación. Las movilizaciones contra la Guerra del Golfo y por el No a la
OTAN, las campañas por el 0’7%, por la renta básica o por los zapatistas, fueron las primeras martingalas de ese intento de
acercamiento a la política institucional que en 1997 cristalizó en el “ciudadanismo”. Se alumbraron nuevas “plataformas”, se
liberaron “espacios”, se constituyeron “colectivos” y “redes” y se celebraron “fórums” que redescubrieron los encantos del
sindicalismo minoritario, del nacionalismo, de las ONGs, de las subvenciones y de las instituciones estatales. Las nuevas tecnologías
proporcionaron la estructura mínima para garantizar las apariencias de movimiento. De la escala local se pasó sin transición a la
escala internacional. El gueto juvenil se vio de pronto sumergido en la ludopatía de los conciertos, raves, marchas, acampadas de
verano, etc., para ir a morir a los movimientos contra cumbre y contra la guerra, verdaderos estados generales de la confusión y la
recuperación, que, después de Génova, se convirtieron en la quinta rueda del carro electoral de la socialdemocracia. Internet había
creado en las masas juveniles la ilusión de una comunidad mundial provista de un proyecto de cambio social, mientras que el
turismo antiglobalización fomentaba la quimera de un movimiento anticapitalista. Pero lo que las telecomunicaciones facilitaron fue
un espacio virtual, y por consiguiente irreal, donde verter la frustración y la miseria espiritual de miles de personas, de forma que la
abundante base social sobre la que erigir una causa quedase atrapada en las redes de la inexistencia. Y mientras se generalizaba el
espectáculo de un movimiento, las líneas de comunicación directa subsistentes quedaban irremisiblemente dañadas, como demuestra
la desaparición de revistas, el cierre de locales, librerías o editoriales, la decadencia de las asambleas, la degeneración del lenguaje,
la evaporación del compromiso social, etc.
La tecnología como sistema global, como medio que abarca toda la actividad social, ha tenido un efecto más marcado en los jóvenes,
el sector de la población más permeable a los artilugios. Los jóvenes, a partir de 1995, son hijos de las nuevas tecnologías más que
de sus padres. Aquellas son su segunda naturaleza en la que tan a gusto se encuentran que para ellos no las ven como la causa de su
miseria moral sino como la base de su libertad. Piensan como viven; ahora bien, como la manera de vivir es impuesta, la manera de
pensar no es libre: es el capitalismo quien pone el ordenador encima de la mesa y quien aparca el coche frente a casa. En tanto que
consumidores recién estrenados se han convertido en la vanguardia del espectáculo. Por primera vez y gracias a las tecnologías de la
comunicación irrumpen como masas, aportando al espectáculo de la acción los rasgos psicológicos de la adolescencia, a saber, el
culto del presente, el rechazo del esfuerzo y de la experiencia, el narcisismo, la búsqueda de la satisfacción inmediata, la confusión
entre el ámbito privado y la vida pública, entre lo serio y lo lúdico, etc. Lejos de sentir como suya la lucha contra la opresión social
tecnológicamente equipada, lo que realmente sienten es una inmensa necesidad de entretenimiento. Profundamente despolitizados,
salen masivamente a la calle a divertirse luciendo su pañuelo palestino, escenificando su falsa generosidad y proclamando su
compromiso volátil. En la sociedad del espectáculo la protesta es una forma de ocio y el pathos trágico de la lucha de clases ha de
retroceder ante la comicidad, el desenfado y la fiesta, formas genuinas del espíritu neocontestatario que ha hallado en las cacerolas,
en el maquillaje y en los silbatos sus mejores medios de expresión y en el software, los blogs y los teléfonos móviles sus mejores
armas.
La tecnología no es neutra, es inseparable de la opresión, no sirve para otra cosa. Todo progreso tecnológico bajo el capitalismo es
un progreso de la opresión, pero nadie parece entenderlo. Al contrario, por las pantallas de los ordenadores surgen pensadores
apologéticos y vendedores al pormenor del nuevo capitalismo tecnológico dispuestos a caminar por las sendas trilladas y a discurrir
por los cauces inocuos de la falsa conciencia. Ideologías de la sumisión a los imperativos de los nuevos dirigentes de la economía
mundial como el negrismo, el castoriadismo, el ecologismo, o los productos de las marcas IPES y ATTAC, circulan para derribar
conquistas intelectuales básicas, para echar por la borda todo el bagaje teórico de las luchas, y en general, para extirpar la memoria
histórica. Como coartada ideológica se ha buscado un proletariado de sustitución en los seres inermes y amorfos calificados de
multitud, movimientos sociales, ciudadanía, sociedad civil o simplemente “la gente”. El nuevo sujeto histórico es pura ficción puesto
que el verdadero fue liquidado por el capitalismo, pero su imagen ficticia es necesaria porque el espectáculo del combate social
necesita un fantasma; su legitimidad no puede apoyarse en una clase real sino en una de prestado. Una clase imaginaria era apostada
en el terreno del espectáculo, puesto que ni ella es clase, ni su lucha es lucha.
Al optar por la protesta encarrilada y falaz, los nuevos ideólogos apostaban realmente por PRISA y la socialdemocracia (y lo
sabían). No querían enfrentarse a nada; no aspiraban a cambiar el mundo sino a participar en su gestión. Con ellos otra gestión
capitalista era posible. Los foros sociales y las concentraciones anticumbre eran los puentes de diálogo con el poder. Su lenguaje
confluía en un panegírico del orden: con las fórmulas verbales adecuadas el plomo de la nimiedad –votar, enviar mensajes, navegar
por la red, amontonarse— se transmutaba en el oro de la lucidez histórica y el heroísmo. Tal disparatado discurso cubría una
indecente actitud colaboradora, por eso en la medida que definían una política “desde abajo a la izquierda” ésta era la política de
siempre. En realidad nos decían que una vía más asistencial hacia el totalitarismo era posible, para lo cual otra burocracia era
necesaria, una que mediara entre la clase dominante y las masas. Sin embargo, sentarse sobre las masas es como sentarse sobre un
dedo. No son ni pueden ser un sujeto político dispuesto a seguir al primer flautista de Hamelin que se presente. Las masas no quieren
hacer política, quieren ser objeto de la política; no quieren cambiar la sociedad, en todo caso quieren que alguien se ocupe de ellas.
Para eso son masas y obedecen al poder sin necesidad de guías especializados.
Los efectos de la gobalización capitalista –la transformación de las clases en masas, la invasión de la vida cotidiana por artefactos o
la juvenilización de la protesta—habían hecho del mundo real algo ininteligible. Tanto los rebeldes como los resignados fueron
arrojados a espacios intelectuales inexplorados y extraños, donde las ideas de antes no funcionaban. El hundimiento de las viejas
ideologías, provocaba molestas sensaciones de incertidumbre y de impotencia, inspirando hostilidad y rechazo. La eternidad de la
lucha de clases era un tabú intocable para la ortodoxia continuista; la existencia de una clase portadora de los ideales manumisores
estaba fuera de cualquier duda, puesto que si se prescindía del concepto el edificio teórico por él sostenido se desmoronaba. Pero
como los hechos eran tozudos, la clase obrera como clase capaz de aprehender la totalidad de los fenómenos sociales y por lo tanto
capaz de organizar la sociedad de acuerdo con sus deseos, iba evaporándose, convirtiéndose en un lugar común de la verborrea
obrerista, en un dogma de consolación. La agitación social que se mantuvo en esas posiciones se desconectó de la realidad,
degradándose y quedándose al margen, dando pie a tertulias inocentes o a sectas fundamentalistas. La alternativa a la fe, a falta de
una verdadera crítica del periodo final de la lucha de clases, a falta de una crítica de la recuperación posmoderna, a falta del
restablecimiento de una perspectiva histórica de los combates sociales, tenía que ser otra fe. Así los nuevos remedios del sectarismo,
habrían de ser forzosamente sectarios. Hubo intentos verdaderamente cómicos de restaurar la ideología leninista, voluntaristas
anclajes en el anarcosindicalismo y sospechosas reposiciones del situacionismo y del naturismo, ahora llamado primitivismo. Por
una astucia de la dominación, la memoria del pasado lejano servía para ocultar el pasado cercano y mistificar el presente. Para los
ortodoxos y para los innovadores no había más tarea que introducir los pedazos de realidad en sus perreras ideológicas, de forma a
conseguir convicciones reconfortantes y tranquilizadoras, una huida hacia atrás que se resolvía en dos alternativas igualmente
delirantes: la posmodernidad “plural” y tecnófila de la ideología nueva, y la fosilización contemplativa de la ideología vieja.
Frente a las ideologías paralizantes o conformistas, los rebeldes sinceros reaccionaron dando un salto hacia delante en el activismo.
Se declaraban partidarios del enfrentamiento inmediato con el sistema y por lo general se despreocupaban de las contradicciones que
oscurecían e impedían la reformulación de la cuestión social, planteando la supremacía de la acción práctica sobre la reflexión y
reduciendo ésta a una actividad subalterna. Desconectados de las aspiraciones radicales del pasado, no sabían lo que querían, pero
sabían muy bien lo que no querían. No querían el capitalismo y desconfiaban de las ideologías que servían a los burócratas. Sin
pretenderlo, con su nihilismo la crítica social quedaba disminuida a propaganda, simplificada en análisis, fórmulas y consignas del
estilo de las “tesis insurreccionalistas”. Caían en un pragmatismo de otro tipo que comportaba un empobrecimiento de la crítica y
por consiguiente, de la propia acción. El menosprecio del pensamiento es el de la estrategia. La acción solía privilegiar uno de sus
momentos, el choque, y se olvidaba de los demás. Aparecía como respuesta inmediata independiente del lugar, del tiempo y de la
oportunidad; puntual, minoritaria y violenta. La acción devenía de este modo un fin en sí misma, más necesitada de técnica que de
ideales. Y ésta no trataba de delimitar campos para lograr un terreno donde los oprimidos ejercitasen la libertad, sino que pretendía
ser un acto ejemplar susceptible de despertar admiración y tener imitadores. El grado de destrucción conseguido determinaba la
calidad, pues el fetichismo de la acción inducía a la mistificación de la violencia y asimilaba ésta al radicalismo, confundiendo con
frecuencia dominación con represión y sobrevalorando el papel de la policía. El estado de ánimo activista nacía tras una ruptura
generacional profunda que había impedido la comunicación de experiencias revolucionarias pasadas y cercanas; así pues, los
jóvenes antiautoritarios partían de cero y sus errores eran fruto de la cobardía y la traición de otros. Igual que hemos criticado los
puntos débiles de su proceder, reconocemos su generosidad y su valentía, su disposición a correr riesgos, que como una ventolera de
aire fresco barrió de la escena social el apoltronamiento ideológico. Finalmente, por el duro camino que iniciaron muchos
encontraron las ideas que necesitaban. Merecen nuestro respeto, especialmente aquellos que sucumbieron a la represión. Sus presos
son nuestros presos.
En los medios activistas, a la falsa oposición entre teoría y práctica correspondía la contraposición entre organización de masas y
agrupación informal. Hasta entonces la organización siempre había significado fuerza; no negaba la informalidad sino que la
complementaba: la sociabilidad de clase, los entramados de ayuda mutua y solidaridad, el compañerismo, la entrega…
proporcionaban a la organización solidez a la vez que la impedían degenerar en burocracia. Evidentemente las estructuras informales
son hoy la única forma posible de organización porque las bases informales que constituían los cimientos de formas más
coordinadas han sido destruidas por el enemigo, y, sobre todo, porque el medio juvenil radicalizado es tremendamente informal, es
decir, muy poco consecuente. La enorme dificultad que existe para que los individuos entablen relaciones transparentes y se
comprometan con la causa de la libertad obliga a ser muy flexible en cuestiones organizativas, pero eso no es un logro, sino una
condición impuesta por el deterioro de las personas y de las luchas. Es una táctica debida a la falta de compromiso duradero y a las
cotas bajas de responsabilidad. Los niveles de organización están subordinados al desarrollo de la conciencia de clase y esta depende
de los combates sociales. La estructura informal domina cuando no hay clase manifiesta, las fuerzas son débiles y dispersas y el
grado de autodisciplina es mínimo. La organización es por consiguiente un proceso que está en función de la generalización y la
radicalización de las luchas, ambas cosas necesarias para la aparición de proyectos revolucionarios de envergadura. Por otro lado, la
informalidad no es una vacuna contra la burocracia; la burocracia puede muy bien funcionar informalmente. Tampoco es un remedio
contra la infiltración; los provocadores saben manejarse tanto por esos medios como por los otros. Son otros factores los que
cuentan: la experiencia, la calidad humana, la astucia… Lo que desde luego no se puede hacer informalmente es pasar a la ofensiva,
pero por desgracia, estamos lejos de poder permitirnos algo parecido a eso.
A lo largo de los últimos veinte años, el espacio juvenil no ha podido sustituir al desaparecido medio obrero, degradándose a su vez
por culpa del espectáculo. Por eso los ateneos y los centros sociales ni siquiera han llegado a lo que fueron en otro tiempo los locales
sindicales para los explotados. A pesar de los esfuerzos no han logrado convertirse en centros de formación y difusión de ideas, lo
que deja entre sus asiduos un aire de frustración que no puede disimularse. Lo más probable es que en ellos aprendan Linux o cocina
vegana antes que historia social o prácticas de resistencia al capitalismo. No son del agrado del orden establecido, pero si
recordamos la frecuencia con que antaño se clausuraban los sindicatos, escandaliza ver hasta qué punto son tolerados, es decir, hasta
qué punto son inofensivos. Existen excepciones muy honorables con un alto grado de compromiso social, pero incluso ellas han
tenido que hacer concesiones al juvenilismo y contemporizar bien con las camisetas, bien con el punk quinceañero, con las
“performances” o con la informática. Como los viejos centros recreativos o las asociaciones de vecinos, han quedado absorbidos por
la dinámica de supervivencia en ambiente hostil. La logística del saber vivir y la pedagogía de la revuelta son funciones que se les
han escapado; desde un punto de vista subversivo, nadie sale de ellos peor de lo que ha entrado, y eso debiera preocupar a sus
impulsores. La solución pasaría por un replanteamiento crítico de su actividad que no debiera tener otro objetivo que el de mantener
un nivel elevado de conciencia social en condiciones que sabemos son extremadamente desfavorables. Habría que sacar el mejor
partido de la experiencia histórica, reanudando la tradición de los oprimidos e inspirándose en ellos. No hacer concesiones a las
modas, no someterse a los estereotipos, no caer en el buen rollo; en una palabra, ir derechos a la raíz de las cosas. Pero sólo van
derechos los que saben reconocer dicha raíz y tal conocimiento no está adscrito a ninguna etapa particular de la vida. Tan cierto
como que hay jóvenes más inmundos que los viejos y viejos que no tienen edad.
Charlas en la librería Sahiri de Valencia, el 11 de marzo, y en el centro social Atreu! De La Coruña, el 10 de abril de 2006, con
motivo de la presentación del libro “Golpes y Contragolpes.”
MIQUEL AMORÓS

Los cambios de la modernidad tardía (Miguel Amorós)

Las victorias del capitalismo en las últimas tres décadas han supuesto cambios tan drásticos que las fórmulas clásicas del anarquismo
y del marxismo, siquiera en su versión situacionista, no son suficientes per se para aclarar la naturaleza del mundo donde nos
encontramos. La posición marginal de las minorías rebeldes y la ignorancia de la distancia existente entre los años sesenta y el dos
mil dificultan enormemente una lectura correcta del presente a la luz de tales teorías. A menudo se produce una apreciación
optimista del momento a la que acompaña una identificación ilusoria con los movimientos contemporáneos de protesta. Dichas
minorías tienden a considerarse el brazo local de los parados felices, de los piqueteros, de los aarch, o ahora, de los jóvenes
incendiarios de las cités, sin detenerse a pensar que nada de todo eso puede entenderse si no se comprende primero el sometimiento
complaciente y casi total de la población occidental a las condiciones extremas marcadas por el poder. Los rebeldes de hoy han de
saber que, si han heredado algo, han sido sobre todo las derrotas.
No existe una línea continua que, pasando por la revolución rusa y la española, camine sin rupturas desde la Comuna de París hasta
Mayo del 68 y la época del Black Bloc. La historia no es un continuum como pretende el poder dominante o como afirman los
epígonos de teorías pretéritas, sino una sucesión de imprevisibles catástrofes cuyo horizonte es el presente. El presente es la clave de
las ruinas del pasado. Éste se revela verdaderamente despertando en él. En la cima del presente se halla la perspectiva adecuada.
Desde ella trataremos de establecer la última fractura histórica subrayando las diferencias sustanciales que separan la sociedad actual
de la sociedad de clases. Para mejor orientarnos repasaremos las definiciones más características. Marx y Weber calificaron a la
sociedad de “industrial” apuntando a las industrias como la principal fuente de riqueza social. El término se sigue empleando en la
actualidad a pesar de que industrias hay cada vez menos. Algún sociólogo intentó remendar el problema hablando de sociedad “post
industrial” de la misma manera que después del 68 los apologistas de la dominación hablaron de “post modernidad”, pero quienes
continúan usando el adjetivo de “industrial” responden que la desaparición de las fábricas no afecta al concepto puesto que lo
realmente industrial es el modo de vida de los individuos. “Sociedad de consumo”, término popular en los años sesenta, hace
hincapié en la actividad que ha desplazado en importancia a la producción y que ha determinado la esclavitud consentida de la
mayoría de los asalariados. “Sociedad del espectáculo”, definición desarrollada por Guy Debord, alude a las relaciones sociales
mediatizadas no por cosas, sino por imágenes. El espectáculo es la forma moderna del olvido del ser, de la alienación. Jacques Ellul
prefiere “Sociedad tecnológica” porque la tecnología es la fuerza que impulsa los cambios y provoca las catástrofes. La tecnología
no es un conjunto de destrezas, herramientas y máquinas, sino un sistema compuesto por los resultados técnicos de la ciencia
aplicada que conforma una segunda naturaleza. En ese sentido otros han usado el término más neutral de “Sociedad del
conocimiento”, con evidentes razones oscurantistas. Finalmente, la “Sociedad de masas” hace referencia al producto de la disolución
de las “clases peligrosas”, el estado disgregado de la población asalariada, que es el fundamento más sólido de la dominación.
Ortega y Gasset es el primer pensador burgués que aplaudió su advenimiento y en “La Rebelión de las Masas” estrenó el
procedimiento de presentar los trazos más regresivos de un fenómeno social como los más avanzados. Cada término resultará el más
adecuado según el contexto en el que se emplee, porque todos definen la misma cosa.
En la sociedad de clases predominaba la economía sobre todo lo demás y el intercambio de bienes era considerado como la actividad
social por excelencia. La fuerza productiva principal era el trabajo, por lo que el movimiento obrero constituía un factor necesario en
la transformación social. En la sociedad de masas domina la tecnología y las actividades sociales determinantes son la circulación y
el consumo. La fuerza productiva principal en una producción automatizada son las máquinas, por lo que en los saberes científicos y
técnicos reside el potencial transformador. El movimiento obrero, o no existe, o es irrelevante. La llamada “I+D” es el elemento
estratégico fundamental del poder.
Las clases eran mundos aparte; constituían comunidades soldadas por la solidaridad, la voluntad colectiva y la conciencia, con sus
propias reglas no escritas, sus tradiciones, sus medios de expresión y sus mecanismos de comunicación. En ellas cada individuo era
un ser único y, por lo tanto, insustituible. La sociedad de clases nació de la disolución de la sociedad feudal mediante la integración
del trabajo al mercado. La clase explotadora era la burguesía; la clase explotada, el proletariado. Éste, espoleado por el hambre y la
conciencia de su misión, era el sujeto de la historia. La vida burguesa se escindía en vida pública y privada; la vida de los
trabajadores no era ninguna de las dos cosas. Su carácter social permitía que los deseos de los oprimidos confluyesen en proyectos
emancipatorios. Las masas pertenecen a un mundo unificado por el espectáculo, constituyendo agregados informes, sin lazos, sin
raíces, sin experiencia y sin medios propios. Los individuos que las componen están aislados, no cuentan por sí mismos sino por el
número, por lo que todos son intercambiables. La sociedad de masas nació de la disolución de la sociedad de clases por medio de la
integración de la vida cotidiana en el mercado y la expansión acelerada del tráfico. La clase dominante es la oligarquía dirigente, un
conglomerado jerarquizado y móvil de políticos ejecutivos y expertos; el resto son masas dirigidas. Debido al incremento enorme de
la productividad por el sistema tecnológico, parte de ellas son sencillamente excluidas. Las masas, amenazadas por el aburrimiento,
la soledad y la exclusión, son un producto histórico, pero no un sujeto. No tienen más que vida privada; sus deseos son objetivo
económico y en consecuencia son manipulados y explotados.
El proletariado fue capaz de formular un programa positivo de cambio social; su ideal era la igualdad y sus medios, la apropiación
revolucionaria de los medios de producción, o sea, la autogestión del proceso productivo. Para combatir sus aspiraciones los
mercados nacionales hubieron de ser tutelados por el Estado que, por otra parte, se hizo cargo de los servicios sociales. La
democracia fue la forma política habitual de la explotación económica, la cual descansaba sobre un pacto social; las formas
dictatoriales y totalitarias se consideraban pasajeras y excepcionales, en cambio, son las más apropiadas en una sociedad de masas.
Las masas cuando se manifiestan, lo hacen de forma inconsciente, impulsadas por la rabia o el pánico, siguiendo una consigna
cualquiera fijada desde el exterior; cuando no permanecen negativas lo más parecido al ideal que tienen es la seguridad. No son
capaces de adoptar un programa a no ser que les venga desde fuera, porque el espectáculo ha secuestrado los medios para elaborarlo.
No pueden discutir libremente ni formarse una opinión. De todas formas, la autogestión de la aberrante producción actual, de las
aglomeraciones urbanas, de las centrales nucleares, de la manipulación genética, de los complejos lúdicos o comerciales, etc., es
indeseable. La globalización acabó con los mercados nacionales y el Estado “del bienestar” está privatizando sus servicios. Aunque
en la sociedad de masas se mantengan las apariencias democráticas, lo normal es el estado de excepción, la suspensión progresiva y
silenciosa de las libertades formales y del derecho. El individuo es en realidad el “sospechoso”. En esencia, es una sociedad
totalitaria.
Los obreros tenían en común su pobreza y la falta de decisión sobre sus vidas. Eso lo tenían claro. Su lucha nacía del desigual
reparto de la riqueza social y del acaparamiento de la decisión por la burguesía. La experiencia de dicha lucha era acumulativa y se
traducía en conciencia de clase. Los mecanismos de control social empleados fueron el sistema de enseñanza, el reformismo
político-sindical y el estalinismo. Las masas, más explotadas, moralmente más pobres y con menos poder de decisión,
conscientemente no tienen nada en común a no ser el miedo, bien administrado por la casta dirigente. Sus movimientos nacen de la
sensación de peligro que causa el reparto desigual de los riesgos. Ulrich Beck habla en ese sentido de la “Sociedad del riesgo”.
Nacidos del desarrollo exponencial de las fuerzas productivas, los riesgos son el fruto envenenado del progreso tecnológico. Las
masas son incapaces de acumular experiencia, por lo que frente a los riesgos y las amenazas parten siempre de cero, pero al
mantenerse puramente negativas impiden la acción neutralizadora de los dirigentes. Esto hace que los mediadores como el
voluntariado cooperante, la asistencia social y el ciudadanismo no basten como medios de control social, porque aunque sean
admitidos como espectáculo de la representación la propia naturaleza refractaria de las masas los rechaza. Simplemente, las masas
son incapaces de mantenerse unidas mucho tiempo detrás de alguien o de algo. Al perder la capacidad de razonar han perdido la
capacidad de ser manipuladas por el discurso. Eso no quiere decir, tal como la proliferación de religiones demuestra, que no puedan
ser manipuladas de otra forma, por ejemplo, a través del deseo, del sentimiento o del miedo, y que no puedan ser controladas
mediante la tecnovigilancia y un suplemento de cárcel. El Estado “mínimo” de la globalización es el Estado penal.
La fragilidad de la dominación en la sociedad de clases provenía de fuera, de la existencia de una clase ajena a la burguesía
destinada por su situación en el proceso productivo a subvertir su orden. El enemigo a combatir y domesticar era el proletariado. La
fragilidad de la dominación en la sociedad de masas proviene de sí misma, de la liberación de fuerzas destructivas que es incapaz de
controlar. Ella es su propio enemigo; los enemigos que gracias al espectáculo consigue airear –los terroristas, los delincuentes, el
fracaso escolar, los inmigrantes, la “naturaleza”, etc.—son ficticios. El modo de vida que impone con su corte de suicidios,
accidentes de tráfico, síndromes atípicos, modernas pandemias, cáncer, enfermedades cardiovasculares, toxiinfecciones alimentarias,
iatrogenias, etc., es el verdadero responsable de millones de muertes. Por absurda lógica, la sociedad de masas para combatir los
males que ella misma provoca declara la guerra a otros. El establecimiento de zonas de defensa opacas en su interior por parte de los
supervivientes rebeldes es una necesidad perentoria, puesto que para la dominación espectacular éstos constituyen una reserva
“antisistema” de “enemigos”. Han de formar una especie de sociedad dentro de otra, en la que rijan los viejos valores de la amistad,
la solidaridad y la libertad. En ella ha de quedar a resguardo la experiencia y la memoria, manteniendo una conciencia histórica
subterránea que deberá salir a la luz cuando el nihilismo de las masas la llame. Hacia dentro los resistentes han de cultivar los
valores comunitarios pero hacia fuera deben mantenerse totalmente negativos. Para cambiar la sociedad de masas hay que destruirla
primero. La destrucción empieza por la interrupción del movimiento de la economía globalizada. La estrategia revolucionaria ha de
debutar antes que en una huelga general, en un bloqueo de la circulación. Los primeros objetivos a ocupar no han de ser los lugares
de trabajo sino las autopistas, los trenes y los puertos.
Miguel Amorós
Charla en la carpa de Can Fabra, el 2 de diciembre de 2005, durante las Fiestas Alternativas de Sant Andreu del Palomar
(Barcelona).

Los Avatares de la cultura como mercancía. (Miguel Amorós)

La palabra “cultura” deriva del latín colere, que significa cultivar, cuidar, preservar. El primero en referirse a ella en el
sentido de cultivar el espíritu, mejorar las facultades intelectuales y morales, fue Cicerón. Se ha sugerido que quizás los
romanos inventaran el concepto para traducir la palabra griega paideia. Según Hannah Arendt los romanos concibieron la
cultura en relación con la naturaleza y la asociaron al homenaje y respeto a las obras pasadas. “Culto” comparte raíz con
cultura. Todavía hoy, cuando hablamos de cultura nos vienen a la mente esas ideas de naturaleza trabajada y monumento del
pasado, aun cuando la realidad haga mucho que no tiene nada que ver.
La cultura como esfera separada de la sociedad donde se ejercita la creación libremente, como actividad justificable en sí y por sí
misma, es una imagen idealizada. Su autonomía tiene un momento falso. La cultura pasó por las cortes de los reyes, se alojó en los
monasterios e iglesias, fue protegida por los mecenas de los palacios y los salones. Cuando éstos la abandonaron la compró el
burgués. El goce de la cultura ha sido el privilegio de la clase ociosa, liberada de la obligación de trabajar. Hasta el siglo XVIII la
cultura fue patrimonio de la aristocracia; después, ha formado parte del acervo de la burguesía. Los escritores y artistas han tratado
de preservar su libertad manteniendo independiente el proceso de creación, viviendo ellos mismos al margen de las convenciones
sociales, pero a fin de cuentas es el burgués quien paga por el resultado final, es decir, por la obra. El burgués le pone precio, tanto si
le complace como si le provoca y da pasmo. Tanto si sirve para algo como si es perfectamente inútil. Para el burgués la cultura es
objeto de prestigio; quien la posee asciende en la escala social. La demanda de la clase dominante determina pues la formación de un
mercado de la cultura. Para el burgués la cultura es un valor como los otros, un valor de cambio, una mercancía. Incluso las obras
que rechazan la condición de mercancías, cuestionan la cultura mercantilizada e imponen sus reglas son también mercancías. Su
valor consiste precisamente en ser rupturistas, ya que impulsan la renovación, esencial para el mercado. La cultura en conflicto con
la burguesía es la cultura burguesa del futuro.
Por haberse atrincherado aparte en tanto que producción especial del espíritu humano, por no haberse involucrado en la
transformación de la sociedad, es por lo que la cultura bajo el dominio burgués ha fracasado. Las vanguardias de comienzos del siglo
XX –futuristas, dadaístas, constructivistas, expresionistas, surrealistas– trataron de corregir ese error ideando y difundiendo nuevos
valores subversivos, nuevos comportamientos disolventes, pero la burguesía los supo trivializar y expropiar. El secreto consistió en
impedir la formación de un punto de vista general. Los mejores descubrimientos eran esterilizados al separarse de la investigación
global y de la crítica total. Los mecanismos comerciales y la especialización conseguían levantar una barrera entre el creador y el
movimiento obrero revolucionario, el que le podría servir de base para acentuar todos los aspectos subversivos contenidos en su
obra. Así renunció a cambiar el mundo y aceptó su trabajo como disciplina fragmentada, productora de obras degradadas e
inofensivas.
Resulta significativo que cuando el pueblo llano se proletariza, desaparezca la cultura popular. El sistema capitalista somete al
pueblo a la esclavitud asalariada y la burguesía culta descubre y se apropia de su folklore. La primera cultura específicamente
burguesa es la cultura romántica. Como corresponde a un periodo revolucionario, es al mismo tiempo apologética y crítica; ensalza
los valores burgueses y los cuestiona. Ese aspecto crítico influirá en la clase obrera. Cuando el proletariado concibe el proyecto de
apropiarse de la riqueza social para ponerla al servicio de todos se percata de su aislamiento cultural y reivindica la cultura
–principalmente en su vertiente romántica– como instrumento imprescindible de emancipación. Las bibliotecas, los ateneos, las
escuelas racionalistas, las publicaciones formativas revelan la voluntad de los obreros por tener una cultura propia, arrebatada a la
burguesía y puesta fuera del mercado en provecho de todos. Dependía de la vanguardia cultural, movimiento que hace tabla rasa con
el pasado, que ese detournement obrero de la cultura burguesa no introdujese sus taras ideológicas en el medio proletario y
desembocara en valores realmente nuevos y revolucionarios. Entonces hubiera podido hablarse de una auténtica cultura proletaria.
No fue así. Las propias victorias obreras, especialmente las que acarreaban una disminución del tiempo de trabajo, fueron usadas en
contra de los trabajadores. El ocio se volvía de alguna manera proletario y la vida cotidiana de millones de trabajadores se abría al
capitalismo. La dominación dispuso de dos poderosas armas creadas por la racionalización del proceso productivo: el sistema
educativo estatal y los medios de comunicación de masas, el cine, la radio y la televisión. Por un lado teníamos una cultura
burocrática, destinada a trasmitir las ideas de la clase dominante, por el otro, una expansión sin precedentes del mercado cultural,
determinando la aparición de una industria de la cultura. El creador y el intelectual podían escoger entre la poltrona del funcionario o
el camerino del animador. “Para conferir a los trabajadores el estatuto de productores y consumidores “libres” del tiempo-mercancía,
la condición previa fue la expropiación violenta de su tiempo” (Debord). El espectáculo empezó a hacerse realidad con esa
desposesión llevada a cabo por la industria cultural. Por una astucia técnica de la dominación la abolición del privilegio burgués no
introdujo a las masas trabajadoras en la cultura, las introdujo en el espectáculo. El ocio no las liberó sino que culminó su esclavitud.
El tiempo “libre” es tal sólo de nombre. Nadie puede emplear su tiempo libremente si no posee los instrumentos adecuados para
construir su vida cotidiana. El tiempo llamado libre existe en condiciones sociales de falta de libertad. Las relaciones de producción
determinan absolutamente la existencia de los individuos y el grado de libertad que han de poseer. Esta libertad se ejerce dentro del
mercado. En su tiempo de ocio el individuo desea lo que la oferta le impone. A más libertad, mayor imposición, o sea, más
esclavitud. El tiempo libre es ocupación constante; es pues una prolongación del tiempo de trabajo y adopta las características del
trabajo: la rutina, la fatiga, el hastío, el embrutecimiento. Al individuo la diversión le viene impuesta no ya para reparar las fuerzas
gastadas en el trabajo sino emplearlas de nuevo en el consumo. “La diversión es la prolongación del trabajo en el capitalismo tardío”
(Adorno).
La cultura entra en el campo del ocio y se convierte en cultura de masas. Si la sociedad burguesa clasista utilizaba los productos
culturales como mercancías, la sociedad de masas los consume. Ya no sirven para perfeccionarse o para mejorar la posición social;
su función es la de divertir y pasar el rato. La nueva cultura es entretenimiento y el entretenimiento es ahora la cultura. Se trata de
distraer, de matar el tiempo, no de educar y menos liberar el espíritu. Divertirse es evadirse, no pensar, por consiguiente, estar de
acuerdo. Así se hace soportable la miseria de la vida cotidiana. La cultura industrial y burocrática no enfrenta al individuo con la
sociedad que reprime sus deseos, sino que doma el instinto, embota la iniciativa y acrecienta la pobreza intelectual. Busca
estandarizar cambiando al individuo por un estereotipo, el que se corresponde con el súbdito de la dominación, a saber, el
espectador. La cultura industrial convierte a todo el mundo en “público”. El público por definición es pasivo, procede por
identificación psicológica con el héroe televisivo, con la vedette, con el líder. Son los modelos de la falsa realización propios de una
vida alienada. La imagen domina sobre cualquier otra forma de expresión. El espectador, no interviene, hace de bulto; tampoco
protesta, más bien es el decorado de la protesta. Es más, si las conductas rebeldes se vuelven moda cultural es porque la protesta se
ha vuelto mercancía. Sirva de ejemplo reciente la “movida” madrileña o su homóloga, la contracultura barcelonesa de los setenta. La
verdadera función del espectáculo contestatario es integrar la revuelta, revelando el grado de docilidad o el nivel de idiotez de los
participantes. El espectáculo extiende al máximo los momentos vulgares de la vida disfrazándolos de heroicos y únicos. En plena
derrota de las ideas de igualitarias y libertarias, el espectáculo es el único que construye situaciones, aquellas en que los individuos
ignoran todo lo que no divierte. Así se incuba el espectador, ser disperso a quien el régimen cotidiano de imágenes “ha privado de
mundo, cortado de toda relación y vuelto incapaz de fijar la atención” (Anders).
Además de frívolos los productos de la cultura industrial son efímeros, pues la oferta ha de renovarse constantemente ya que el
dominio sobre la vida cotidiana sigue las pautas de la moda, y en la moda la inconstancia es la regla. La moda siempre vive en
presente. Incluso el pasado parece actual: el márketing consigue presentar a El Quijote como un libro acabado de escribir y a Goya
como un pintor de la jet. El diluvio informativo que soporta el espectador está descontextualizado, privado de perspectiva histórica,
dirigido a mentes preparadas para recibirlo, maleables, sin memoria y, por lo tanto, indiferentes a la historia. Los espectadores no
viven más que en el instante. Sumergidos en un perpetuo presente son seres infantiles, incapaces de distinguir entre distracción banal
y actividad pública. No quieren madurar, quieren pararse eternamente en la edad del pavo. Creen que la farsa lúdica es la conducta
pública más apropiada, la única que surge espontáneamente de su existencia pueril. Esa valoración espectacular de la parodia
juguetona hace del mundo de los niños un absoluto, donde han de ser confinados los adultos. La infantilización separa
definitivamente al público espectador de los verdaderos actores, los dirigentes. El hecho es más que perverso; difícilmente la
protesta puede sobrevivir a las maniobras de los recuperadores infiltrados, pero nunca sobrevivirá a una versión cómic. La ideología
ludista es la buena conciencia de las mentes infantilizadas bajo el espectáculo.
El espectáculo integrado reina donde la cultura estatal y la cultura industrial se han fusionado. Las mismas normas rigen las dos. La
creciente importancia del ocio en la producción moderna ha sido una de las causas que han impulsado el proceso de terciarización
económica característico de la globalización. La cultura, en tanto que objeto de consumo en tiempo ocioso, se ha desarrollado como
fuerza productiva. Crea empleos, estimula el consumo, atrae visitantes. El turismo cultural es mayoritario ya que la oferta cultural es
prioritaria en las ciudades. La industria cultural se ha diversificado y ahora el mercado de la cultura es global. Se exporta y se
importa cultura, como se importan y se exportan pollos. Los adelantos técnicos en el transporte favorecen esa mundialización; la
basura, como los medios de comunicación nos muestran, es igual para todos. En las cuatro esquinas del mundo se oye “Macarena”.
Los nuevos sistemas técnicos –internet, video, DVD, fibra óptica, televisión por cable, telefonía móvil—han acelerado el proceso
globalizador de la cultura burocraticoindustrial; también le han proporcionado un nuevo territorio: el espacio virtual. En esa nueva
dimensión el espectáculo efectúa un salto cualitativo. Todas las características de la susodicha cultura, a saber, banalización,
unidimensionalidad, frivolidad, superficialidad, ludismo, eclecticismo, fragmentación, etc., se hallan realizadas a niveles
insuperables. La cultura del monitor culmina a la carta la colonización de la vida cotidiana proyectando en la nada virtual la
realización de los deseos. La “interactividad” que permiten las nuevas tecnologías rompe en el éter electromagnético alguna de las
reglas del espectáculo, como la pasividad o la unilateralidad, y gracias a eso el espectador puede comunicarse con otros y participar
activamente, pero sólo en tanto que fantasma. El alter ego virtual puede ser dentro de la matriz tecnológica todo lo que quiera,
especialmente todo lo que el ser real no será jamás en el espacio real, de forma que a través de ese desdoblamiento del ser, el
individuo contribuye a su propia imbecilidad y por lo tanto, a su aniquilamiento. La alienación moderna se descubre a través de los
nuevos mecanismos de evasión como una modalidad de esquizofrenia.
En la actual fase histórica y en la medida en que un proyecto contra el sistema dominante es concebible, recobrar la cultura como
cultura animi ciceroniana no significa dedicarse a una paciente erudición, o a una habilidosa cultura artesanal, o a una restitución
militante de la memoria. Es ante todo práctica del sabotaje cultural inseparable de una crítica total de la dominación. La cultura
murió hace tiempo y la sustituyó un sucedáneo burocrático e industrial. Por eso todo aquél que hable de cultura –o de arte, o de
recuperación de la memoria histórica– sin referirse a la transformación revolucionaria de la vida social tiene en la boca un cadáver.
Toda actividad en ese campo ha de inscribirse en un plan unitario de subversión total; por consiguiente toda creación será
fundamentalmente destructiva. No ha de rehuir el conflicto, ha de plantearlo y permanecer en él.

La urbe totalitaria. (Miguel Amorós)

“Nos debemos persuadir de que está en la naturaleza de lo verdadero salir cuando su tiempo llega, y manifestarse sólo cuando
llega; así, no se manifiesta demasiado pronto ni encuentra un público inmaduro que le reciba.”
(Hegel, La Fenomenología del Espíritu)
Durante los años noventa se dieron plenamente una serie de cambios sociales lentamente gestados en periodos anteriores, cambios
que pusieron de relieve el advenimiento de una nueva época bastante más inquietante que la precedente. El paso de una economía
basada en la producción a otra asentada en los servicios, el imperio de las finanzas sobre los Estados, la desregularización de los
mercados (incluido el del trabajo), la invasión de las nuevas tecnologías con la subsiguiente artificialización del entorno vital, el
auge de los medios de comunicación unilateral, la mercantilización y privatización completas del vivir, el ascenso de formas de
control social totalitarias… son realidades acontecidas bajo la presión de necesidades nuevas, las que impone el mundo donde reinan
condiciones económicas globalizadoras. Dichas condiciones pueden reducirse a tres: la eficacia técnica, la movilidad acelerada y el
perpetuo presente. Lo sorprendente del nuevo orden creado no es la rapidez de los cambios y la destrucción de todo lo que se resiste,
incluidos modos de sentir, de pensar o de actuar, sino la ausencia de oposición significativa. Diríase que son los cambios constantes
quienes han borrado la memoria a la población obrera e invalidado la experiencia, las referencias, el criterio y las demás bases de la
objetividad y verdad, impidiendo que los trabajadores sacasen las conclusiones implícitas en sus derrotas. Además los cambios han
pulverizado a la misma clase obrera, disolviendo cualquier relación y convirtiéndola en masa anómica. Lo cierto es que la
adaptación a las exigencias de la globalización requiere acabar con los mismísimos fundamentos de la conciencia histórica, con el
propio pensamiento de clase. Para que las masas sean ejecutoras involuntarias de las leyes del mercado mundial han de estar
atomizadas, en continuo movimiento y sumergidas en un inacabable presente repleto de novedades dispuestas ad hoc para ser
consumidas en el acto.
Tantos cambios tenían que afectar a las ciudades, que, gracias a una pérdida imparable de identidad, llevan camino de convertirse en
una versión de una misma y única urbe, o mejor, en partes de una sola megalópolis tentacular, un nodo de la red financiera mundial.
Según el dinamismo que presente, aquél puede ser reorganizado funcionalmente (como en Cataluña), vaciado (como en Aragón), o
colmatado (como en el País Vasco). En el espacio se juega el mayor envite del poder, y el nuevo urbanismo, forjado bajo el dominio
de necesidades que ya son universales, es la técnica idónea para instrumentalizar el espacio, acabando así tanto con los conflictos
presentes como con la memoria de los combates antiguos. Se está creando un nuevo modo de vida uniforme, dependiente de
artilugios, vigilado, frenético, dentro de un clima existencial amorfo, que los dirigentes dicen que es el del futuro. La nueva
economía obliga a nuevas costumbres, a nuevas maneras de habitar y vivir, incompatibles con la existencia de ciudades como las de
antes y con habitantes como los de antes. Esa nueva concepción de la vida basada en el consumo, el movimiento y la soledad, es
decir, en la ausencia total de relaciones humanas, exige una artificialización higiénica del espacio a realizar mediante una
reestructuración sobre parámetros técnicos. Lo técnico va siempre por delante del ideal, a no ser que sea el ideal. Los dirigentes de
cualquier ciudad hablan todos esa lengua de la innovación tecnoeconómica que no cesa: “una ciudad no puede parar”, tiene que
“reinventarse”, “renovarse”, “refundarse”, “rejuvenecerse”, etc., para lo que habrá de “subirse al tren de la modernidad”, “impulsar
el papel de las nuevas tecnologías”, “desarrollar parques empresariales”, “mejorar la oferta cultural y lúdica”, “construir nuevos
hoteles”, tener una parada del AVE, levantar “nuevos edificios emblemáticos”, imponer una movilidad “sostenible” y demás
cantinela. Los PGOU recalificaron terrenos industriales y dieron carta blanca a la construcción de colmenas en altura. Después las
modificaciones y los planes parciales han favorecido operaciones especulativas como los proyectos Forum 2004, Copa América, la
Expo 2008, el IV Centenario del Quijote o las Olimpiadas 2012. Los pelotazos inmobiliarios que “mueven” la economía y financian
los planes desarrollistas significan una transferencia enorme de dinero público hacia las constructoras. Por eso la adjudicación
discrecional de obras públicas es un arma política, pues también sirve para financiar a los partidos y enriquecer a sus dirigentes e
intermediarios (el 10% de los costes consiste en sobornos). Los proyectos especulativos “privados” son al menos tanto o más
importantes. El 80% de los ingresos de los ayuntamientos están relacionados con el mercado inmobiliario, el principal mercado de
capitales del país. Así, pese a que la población envejece y disminuye, el último año se construyeron y vendieron 650.000 nuevas
casas, operaciones muchas de ellas relacionadas con el blanqueo de dinero. El espectáculo de la urbanización a todo gas va siempre
acompañado de la especulación y la corrupción sin trabas.
La llamada “crisis fiscal del Estado” permitió que en la explotación de las “potencialidades” urbanas llevasen la iniciativa los
constructores, los políticos locales y los arquitectos (hacer arquitectura es meterse de lleno en la política de transformación totalitaria
de las ciudades). Esa unificación por la base de la clase dominante ha tenido consecuencias más graves que la corrupción y el fraude.
Los dirigentes se han dado cuenta de que tras la urbanización depredadora nacía una nueva sociedad más desequilibrada que
comportaba un modo de vida emocionalmente desestabilizado y un nuevo tipo de hombre, frágil, narcisista y desarraigado. La
arquitectura y el urbanismo eran las herramientas de fabricación del cocooning de aquel nuevo tipo, liberado del trabajo de
relacionarse con sus vecinos, un ciudadano dócil, automovilista y controlable. Como se trata de un proceso que todavía anda por su
primer estadio y no de una situación acabada, todos los medios han de ser puestos tras ese único objetivo. La nueva sociedad no
podía desarrollarse, ni en las ciudades franquistas semicompactas con centros históricos sin museificar y con barrios populares
todavía en pie, ni en los pueblos rurales con su agricultura de subsistencia. Sobrevivían lazos de sociabilidad que aún permitían los
fines comunes y la acción colectiva, reproduciéndose un medio social extraño a los valores dominantes. Unas estructuras espaciales
al servicio de la circulación económica eran indispensables para eliminar aquellos lazos, borrar la memoria del pasado y condensar
los nuevos valores de la dominación. Estas son las conurbaciones, áreas nacidas de la fusión desordenada de varios núcleos de
población formando aglomerados dependientes y jerarquizados de dimensiones notables, a los que los técnicos llaman “sistemas
urbanos”. Unos habitantes separados entre sí, emocionalmente desestabilizados, necesitaban una especie de inmenso autoservicio
urbano, un frenesí edificado donde todo es movimiento y consumo; en fin, una urbe fagocitaria descoyuntada orgánicamente y
separada de su entorno, tan indiferente al abastecimiento del agua y la energía que consume como al destino de sus basuras y
desperdicios. Los residuos pueden ser fuente de beneficios, como lo es la escasez del agua y el transporte de energía (ya existe un
mercado de la contaminación que opera con las emisiones de CO2), pero sobre todo son fuente de inspiración; lo dice Frank Gehry,
un arquitecto del poder que empezó construyendo shopping malls. Los ecologistas y los ciudadanistas aportaron su lenguaje; por eso
los políticos, con la mejor de las intenciones, califican de “verde” y “sostenible” todo lo que tenga hierba, no provoque atascos y dé
hacia el sol (si fueran grandes los llamarían “ecomonumentos”). Los arquitectos elaboraron planes de “rehabilitación” de los centros
degradados basados en la descatalogación del mayor número posible de edificios y en la peatonalización de las calles, con vistas a su
adaptación al turismo. Nuevas autopistas, nuevas ampliaciones portuarias y nuevas pistas de aterrizaje han de situar a la urbe en el
mapa de la “nueva economía”, por lo que todo el mundo dirigente trabaja a marchas forzadas. Cada año se construyen en el país
veinticuatro catedrales del relax consumidor, los centros comerciales, visitados anualmente por más de 23 millones de paisanos. A
veces ocurre que el ciudadano anda un poco rezagado por culpa de recuerdos del pasado, no tan lejano, y tiene dificultades en ver el
confort y la belleza de las nuevas “máquinas del vivir” (o “ecopisos”) y de sus emblemas monumentales. Pero son precisamente esas
formas nuevas, construidas con nuevos materiales en cuya fabricación puede que no haya “intervenido mano de obra infantil”,
empleando nuevas técnicas que “no perjudicarán al medio ambiente”, y, eso sí fundadas en la privatización absoluta, el
desplazamiento constante y la videovigilancia, las que traducen las nuevas relaciones sociales. El nuevo hábitat ciudadano es una
especie de molde, o mejor, un aparato ortopédico que sirve para enderezar al nuevo hombre. De forma que, viviendo en tal medio, el
hombre artificial del presente sea el hombre sin raíces del futuro.
El paradigma del nuevo estilo de vida en los granjas de engorde que llaman ciudades es el de los altos ejecutivos que las vedettes del
espectáculo exhiben en las pantallas. Nada que ver con el viejo estilo burgués, orientado a la opulencia y el disfrute exclusivo de
minorías. El nuevo estilo no es para gozar sino para mostrarse. La ciudad es ahora espectáculo. Eso tiene traducción urbana,
especialmente en los monumentos. Los edificios monumentales típicamente burgueses se integran en un entorno clasista, definiendo
el sector dominante de la ciudad. Tanto si son viviendas, como grandes almacenes o estaciones de ferrocarril, la arquitectura
burguesa trata de ordenar jerárquicamente el entramado urbano donde se ubican. El arquitecto burgués más bien “aburguesa” el
espacio, no lo anula. Sin embargo no ocurrió así con la arquitectura franquista de los sesenta, apoyada en una industria de la
construcción incipiente y en una imponente especulación. Los edificios franquistas, concebidos no como partes de un conjunto sino
como hecho singular (y singular negocio), dislocan el espacio urbano, son como objetos extraños incrustados en barrios ajenos,
rompiendo la trama, hasta el punto que los desorganizan y desertifican. Son monumentos a la amnesia, no al recuerdo; a través de
ellos la ciudad expulsa su autenticidad y su historia, y se vuelve transparente y vulgar. La nueva arquitectura, provista de medios
mucho más poderosos, magnifica esos efectos de superficialidad y anomia urbicida. Unos cuantos edificios “de marca” y ya tenemos
la identidad de la ciudad reducida a un logo y más fragmentada que con el caos automovilista. Fragmentada y llena de turistas.
Heredera de la arquitectura fascista, la nueva arquitectura ensalza el poder en sí, que hoy es el de la técnica. Tener estilo particular,
lo que se dice tener, no tiene. Busca disociar geométricamente el espacio, mecanizar el hábitat, estandarizar la construcción, imponer
el ángulo recto, el cubo de aire. El modelo son los aeropuertos, por lo que las nuevas ciudades habrían de ordenarse en función de
aquellos. Serán en el futuro una prolongación del complejo aeroportuario, cuyo principal ariete es el AVE. El realismo desencarnado
del llamado “estilo internacional” ha venido a ser el más apropiado, pero quizás resulte demasiado verídico en estos momentos del
proceso y los dirigentes, pecando de verbalismo arquitectónico, hayan preferido una arquitectura “de autor” para los eventos
espectaculares que han marcado los inicios de ambiciosas remodelaciones urbanísticas: el Guggenheim de Bilbao, la torre Agbar de
Barcelona, la estación de Las Delicias de Zaragoza, el Kursaal de Donosti, l’Auditori de Valencia… , de los cuales lo mejor que
puede decirse es que cuando ardan resultarán imponentes. Los políticos y los hombres de negocios que impulsan los cambios aspiran
a que las ciudades se les parezcan, o que se asemejen a sus ambiciones, por eso todavía se necesitan edificios extravagantes y sobre
todo gigantescos, susceptibles por sus dimensiones de traducir la enormidad del poder y la emoción mercantil que conmueve a los
promotores. Esta voluntad en hallar una expresión mayúscula del nuevo orden establecido, no deja de lado los aspectos más
espectaculares que mejor pueden redundar en su beneficio, como por ejemplo el diseño. Estamos en el periodo romántico del nuevo
orden y éste necesita símbolos arquitectónicos, no para que vivan dentro sus dirigentes sino para que representen los ideales de la
nueva sociedad globalizada. A través de la verticalidad y del diseño los dirigentes persiguen no sólo la explotación máxima del suelo
edificable o la neutralización de la calle, sino la exaltación de aquellos ideales perfilados por la técnica y las finanzas.
Las características principales que definen el nuevo orden urbano son la destrucción del campo, los cinturones de asfalto, la
zonificación extrema, la suburbanización creciente, la multiplicación de espacios neutros, la verticalización, el deterioro de los
individuos y la tecnovigilancia. La arquitectura del bulldozer típica del orden nuevo nace de la separación entre el lugar y la función,
entre la vivienda y el trabajo, entre el abastecimiento y el ocio. Derrumbados los restos de la antigua unidad orgánica, la ciudad
pierde sus contornos y el ciudadano está obligado a recorrer grandes distancias para realizar cualquier actividad, dependiendo
totalmente del coche y del teléfono móvil. La circulación es una función separada, autónoma, la más influyente en la determinación
de la nueva morfología de las ciudades. Las ciudades, habitadas por gente en movimiento, se consagran al uso generalizado del
automóvil. El coche, antiguo símbolo de standing, es ahora la prótesis principal que comunica al individuo con la ciudad. Nótese que
la supuesta libertad de movimientos que debía de proporcionar al usuario, es en realidad libertad de circular por el territorio de la
mercancía, libertad para cumplir las leyes dinámicas del mercado. Por decirlo de otro modo, el automovilista no puede circular en
sentido contrario. El lugar en el escalafón social se descubre en la correspondiente jerarquización del territorio producida por la
expansión ilimitada de la urbe: los trabajadores habitan los distritos exteriores y las primeras o segundas coronas; los pobres
precarios o indocumentados viven en los ghettos; los dirigentes viven en el centro o en las zonas residenciales de lujo; la clase
media, entre unos y otros. El espacio urbano abierto va rellenándose con zonas verdes neutrales y vacíos soleados, mientras la calle
desaparece en tanto que espacio público. El espacio público en su conjunto se neutraliza al perder su función de lugar de encuentro y
relación (lugar de libertad), y se transforma en un fondo muerto que acompaña a la aglomeración y aísla sus partes (lugar de
desconexión). El espacio sólo sirve para contener una muchedumbre en movimiento dirigido, no para ir contra corriente o pararse.
Los procesos de dispersión y atomización provocados por la instalación de la lógica de las máquinas en la vida cotidiana quedan
reflejados en el tratamiento que la arquitectura moderna inflige a los individuos. Estos son contemplados como una suma de
constantes sicobiológicas, una especie de entes con virtudes mecánicas. La casa deja de ser el producto artesanal con que sueñan los
compradores de adosados y pasa a ser un producto industrial con formas diseñadas expresamente para embutir a los inquilinos, a los
que previamente se les han simplificado las necesidades: trabajar, circular, consumir, divertirse, dormir. Ha de ser completamente
cerrada (tendencia a suprimir balcones, empequeñecer ventanas y blindar puertas) y equipada con artefactos, para satisfacer tanto la
obsesión de seguridad del habitante atemorizado como la necesidad de autonomía que exige su intimidad enfermiza y absorbente.
Los aspectos comunitarios de las viviendas han de ser mínimos de forma que nadie conozca a nadie y pueda vivir en la mayor
privacidad; las funciones antaño sociales de los vecinos han de intentar convertirse en funciones técnicas a resolver individualmente
o mediante el recurso a profesionales. La casa es una celda porque la sociedad se ha vuelto prisión. Las heridas que la sociedad de
masas inflige al individuo son verdaderos indicadores de la mentira dominante. La falta de integración del individuo con el medio es
realmente traumática: la pérdida de referentes comunes, el anonimato y el miedo conducen a la desestructuración social de las
conductas, la insolidaridad, la neurosis securitaria y los comportamientos disfuncionales extremos, todo lo cual abre las puertas a
patologías como la obesidad, la bulimia, la anorexia, las adicciones, el consumo compulsivo, la hipocondría, el estrés, las
depresiones, los modernos síndromes… Toda la neurosis del hombre moderno podría resumirse sacando la media entre los síntomas
del hombre encerrado y los del hombre promiscuo, fan de una estrella del rock o hincha de un equipo de fútbol. Si a ello añadimos el
deseo de ser eternamente menores de edad engendrado por el pánico a la vejez y una creciente agresividad hacia lo distinto, tenemos
lo que W. Reich calificó de peste emocional, la base psicológica de masas del fascismo. Por otra parte, el cuerpo humano sufre
constantes agresiones en un medio urbano insalubre donde la contaminación, el ruido y las ondas de telefonía se asocian con la
alimentación industrial y el consumo de ansiolíticos para causar alergias, cardiopatías, inmunodeficiencias, diabetes o cáncer, típicas
enfermedades modernas que denuncian el estado de decadencia física de una población con hábitos de vida patógenos que ni las
dietas televisivas, ni los ajardinamientos, ni la recogida selectiva de basuras pueden cambiar. La ciudad nos vuelve a todos a la vez,
enfermos, neuróticos y fascistas.
Los dirigentes democráticos han conseguido por medios técnicos lo que los regímenes totalitarios lograron por medios políticos y
policiales: la masificación por el aislamiento total, la movilidad incesante y el control absoluto. La urbe contemporánea es
suavemente totalitaria porque es la realización de la utopía nazi-estalinista sin gulags ni ruido de cristales rotos. Asistimos al fin de
las modalidades de control social propias de la época burguesa clásica. La familia, la fábrica, y la cárcel eran los medios
disciplinarios susceptibles de integrar o reintegrar a los individuos en la sociedad de clases; el Estado del “bienestar” añadiría la
escuela, el sindicato y la asistencia social. En la fase superior de la dominación en la que nos encontramos el sistema disciplinario es
caro y tenido por ineficaz, dado que la finalidad ya no es la inserción o la rehabilitación de la peligrosidad social, sino su
neutralización y contención. Por vez primera, se parte del principio de la inasimilabilidad de sectores enteros de la población, los
excluidos o autoexcluidos del mercado, fácilmente identificables como jóvenes, independentistas, inmigrantes, precarios, mendigos,
toxicómanos, minorías religiosas…, sectores cuyo potencial riesgo social hay que detectar, aislar y gestionar. Ya no solamente se
persigue la infracción de la ley, sino la presupuesta voluntad de infringir. De esta forma el tratamiento de la exclusión social o de la
protesta que genera deja las consideraciones políticas al margen y se vuelve directamente punitivo. En último extremo, todo el
mundo es un infractor en potencia. La cuestión social se convierte así en cuestión criminal, conversión a la que contribuyen una serie
de leyes, reformas o decretos que inculcan o suspenden derechos y que introducen un estado de excepción a la carta. Por ejemplo, la
creación de la figura jurídica del “sospechoso” cubrirá legalmente las listas negras, la prisión sin juicio y la expulsión arbitraria. Se
termina la separación de poderes, es decir, la independencia formal entre el gobierno, el parlamento y la judicatura. Entonces se
instaura una guerra civil de baja intensidad que permite la represión encubierta de la población mal integrada, o sea, “sospechosa”.
Los efectos sobre la ciudad son importantes puesto que la vigilancia propiamente carcelaria se extiende por todas sus calles. Primero
son los bancos, centros comerciales, centros de ocio, edificios administrativos, estaciones, aeropuertos, etc., quienes ponen en
marcha complejos sistemas de seguridad e identificación e instalan cámaras de videovigilancia; después, para impedir robos y
sabotajes de empleados, se vigilan los lugares de trabajo; finalmente, es todo el espacio urbano el que se somete a la neurosis
securitaria. Los vecinos, estimulados por los consistorios, contribuyen delatando conductas que consideran incívicas. La ciudad se
acomoda a la cárcel con cualquier pretexto: los terroristas, los asesinos en serie, los pedófilos, los delincuentes juveniles, los
extranjeros indocumentados…, incluso los fumadores. Todo es poco para calmar la histeria ciudadana que los medios de
comunicación han fomentado. Si la familia o el sindicato entran en crisis como herramienta disciplinaria, otros instrumentos de
contención y guarda experimentan un auge sin precedentes: el sistema de enseñanza, el complejo carcelario y el ghetto. La
escolarización extensiva y prolongada es la mejor manera de localizar y domesticar a la población juvenil. La proliferación de
modalidades de encierro y de libertad “vigilada” hace lo propio con la población trasgresora. Por fin, el elevado precio de la
vivienda y el mobbing alejan a la población indeseable de los escenarios centrales donde rige la tolerancia cero, para concentrarla en
suburbios acotados abandonados a sí mismos. De todo lo precedente no resultará aventurado deducir que el orden en las nuevas
metrópolis donde nadie se puede esconder, es un orden totalitario, fascista.
La lucha por la liberación del espacio es una lucha frontal contra su privatización y mercantilización, lucha que transcurre en
condiciones, ya lo hemos dicho, fascistas. Dichas condiciones dejan en situación muy difícil a los partidarios de la expropiación y de
la gestión colectiva del espacio, y en cambio favorecen a los que prefieren decorar, paliar y administrar su degradación. Sin embargo
la reconstrucción de una comunidad libre en un marco de relaciones fraternales e igualitarias depende absolutamente de la existencia
de circuitos ajenos al capital y la mercancía, es decir, de un territorio que se ha de sustraer al mercado donde pueda asentarse y
protegerse la población segregada. Las anteriores luchas contra el capital han contado siempre con zonas exteriores y opacas. Ahora
no. Por lo tanto, hay que crearlas, pero no contentarse con eso.
Miguel Amorós
Conferencias en el Centro Social Anarquista La Revuelta, Zaragoza, el 19 de marzo de 2005 (II Jornadas Cuestionando la Urbe) y en
el Koldo Michelena, Donosti, el 21 de marzo de 2005, organizada por la Asamblea Anti TAV (Jornadas ¿Desarrollo o desastre?).