El anarquismo, o el movimiento revolucionario del siglo XXI (David Graeber y Andrej Grubacic)

Queda cada vez más claro que la era de las revoluciones no ha terminado. Se ve igualmente claro que el movimiento revolucionario
global del siglo veintiuno será uno que tenga sus orígenes no tanto en la tradición del marxismo, o incluso de un socialismo
restringido, sino del anarquismo.
En todas partes, desde la Europa del Este hasta Argentina, desde Seattle hasta Bombay, las ideas y principios anarquistas están
generando nuevas visiones y sueños radicales. A menudo sus exponentes no se llaman a sí mismos anarquistas. Hay toda una
pléyade de otros nombres: autonomismo, anti-autoritarismo, horizontalidad, Zapatismo, democracia directa… Aún así, en todos los
lugares uno encuentra los mismos principios fundamentales: descentralización, asociación voluntaria, ayuda mutua, redes sociales, y
sobre todo, el rechazo a cualquier idea de que el fin justifica los medios, y mucho menos que el objetivo de la revolución sea el de
tomar el poder estatal para imponer una visión propia a punta de pistola. Sobre todo, el anarquismo, como la ética de la práctica – la
idea de construir una nueva sociedad “en un cascarón dentro de la antigua sociedad”- se ha convertido en la inspiración básica del
“movimiento de movimientos” (del cual los autores son parte), que tiene como objetivo desde el principio, más que apoderarse del
poder estatal, exponer, deslegitimizar y desmantelar los mecanismos del poder mientras se ganan espacios cada vez más amplios de
autonomía y de gestión participativa dentro de él.
Hay algunas razones obvias que explican el atractivo de las ideas anarquistas al comienzo del siglo 21: las más obvias, los errores y
catástrofes que resultaron de tantos esfuerzos por superar el capitalismo mediante la toma de control del aparato de gobierno en el
siglo XX. Un número cada vez mayor de revolucionarios reconocen que “la revolución” no va a venir en un gran momento
apocalíptico, de algún equivalente global del palacio de invierno, sino de un largo proceso que ha ido sucediendo en la mayor parte
de la historia humana (incluso si, como la mayoría de las cosas, se ha acelerado últimamente), lleno de estrategias de vuelo y evasión
tanto como de confrontaciones dramáticas, y que nunca de hecho – así lo piensan la mayoría de los anarquistas- llegará a una
conclusión definitiva. [1]
Es un poco desconcertante, pero ofrece un consuelo enorme: no tenemos que esperar hasta “después de la revolución” para empezar
a tener una idea de lo que sería la libertad genuina. Como el colectivo Crimethink, los mayores propagandistas del anarquismo
contemporáneo estadounidense, dice: “la libertad sólo existe en el momento de la revolución. Y esos momentos no son tan
excepcionales como piensas”. Para un anarquista, de hecho, el intentar crear experiencias de no alienación, de democracia verdadera,
es un imperativo ético; sólo haciendo la organización a la manera de un@ en el presente—al menos para dar una aproximación
gruesa de cómo una sociedad libre funcionaría en realidad, de cómo tod@s algún día, deberíamos de ser capaces de vivir – puede
uno garantizar que no caeremos de nuevo en el desastre. Los revolucionarios sin alegría, sombríos, que sacrifican todo placer por la
causa, únicamente pueden producir sociedades tristes, sombrías.
Estos cambios han sido difíciles de documentar porque hasta ahora las ideas anarquistas apenas han recibido atención académica.
Hay todavía miles de académicos marxistas, pero casi ningún académico anarquista. Esta diferencia es algo difícil de analizar. En
parte, sin duda, es porque el marxismo ha tenido siempre una cierta afinidad con el mundo académico de la que el anarquismo
obviamente carecía: el marxismo fue, después de todo, el único gran movimiento social inventado por un doctor. La mayoría de las
referencias de la historia del anarquismo asumen que es básicamente parecido al marxismo: el anarquismo se presenta como la
invención de ciertos pensadores del siglo 19 (Proudhon, Bakunin, Kropotkin…) que sirvió entonces para inspirar a organizaciones
de clase obrera, se vio envuelta en luchas políticas, se dividió en corrientes…
El anarquismo, en la historia convencional, se presenta normalmente como el pariente pobre del marxismo, teóricamente un poco
cojo pero compensando ideológicamente, quizás, con pasión y sinceridad. Realmente la analogía es algo forzada. Los fundadores del
anarquismo no pensaron que habían inventado algo nuevo. Consideraban sus principios básicos – ayuda mutua, asociación
voluntaria, toma de decisiones igualitaria- tan viejos como la humanidad. Lo mismo sucede con el rechazo del estado y toda forma
de violencia estructural, desigualdad, o dominación (anarquismo significa literalmente “sin dirigentes”) – incluso con la hipótesis de
que todas estas ideas están de alguna forma relacionadas y se apoyan unas a otras. Nada de esto se vio como una doctrina
sorprendentemente nueva, sino como una tendencia persistente en la historia del pensamiento humano, y una que no puede
comprenderse bajo ninguna teoría ideológica general.
En parte es como una fe: la creencia de que la mayoría de las formas de irresponsabilidad que parecen hacer necesario el poder son
de hecho los efectos del poder mismo. En la práctica sin embargo hay un cuestionamiento constante, un esfuerzo por identificar cada
relación obligatoria o jerárquica en la vida humana, y desafiarlas para que se justifiquen ellas mismas, y si no pueden – lo que
normalmente es el caso- un esfuerzo por limitar su poder y así aumentar el alcance de la libertad humana. Tal como un sufí podría
decir que el sufismo es el corazón de verdad tras todas las religiones, un anarquista podría argumentar que el anarquismo es el ansia
de libertad tras toda ideología política.
Es fácil encontrar fundadores de escuelas de marxismo. Tal como el marxismo surgió de la mente de Marx, tenemos leninistas,
maoístas, althusserianos…. (notar que la lista empieza con cabezas de estado y se diversifica en profesores franceses – que, a su vez,
pueden generar sus propias corrientes: lacanianos, foucaultdianos….)
Las escuelas de anarquismo, por el contrario, emergen casi invariablemente de alguna clase de principio organizacional o forma de
práctica: anarco-sindicalistas y anarco-comunistas, insurreccionistas y plataformistas, cooperativistas, individualistas, etc.
Los anarquistas se distinguen por lo que hacen, y cómo se organizan ellos mismos para hacerlo. Y de hecho esto ha sido siempre en
lo que los anarquistas han pasado la mayoría de su tiempo pensando y discutiendo. No han estado nunca demasiado interesados en
las clases de cuestiones generales filosóficas o de estrategia que preocupaban a los marxistas como ¿son los campesinos una clase
potencialmente revolucionaria? (los anarquistas consideran que esto es algo que han de decidir los propios campesinos) o, ¿cuál es la
naturaleza del bien material? Más bien, (los anarquistas) tienden a discutir sobre cuál es la forma realmente democrática de organizar
una asamblea, y en qué punto la organización deja de ser un instrumento de toda la gente y comienza a erosionar la libertad
individual. ¿Es el “liderazgo” algo necesariamente malo? Alternativamente, se preguntan sobre la ética de oponerse al poder: ¿qué es
una acción directa? ¿debería alguien condenar a otro por asesinar a un cabeza de estado? ¿cuándo es correcto tirar un ladrillo?
El marxismo, de esta manera, ha tendido a ser un discurso analítico o teórico de la estrategia revolucionaria. El anarquismo ha
tendido a ser un discurso ético de la práctica revolucionaria. Como resultado, donde el marxismo ha producido teorías brillantes
sobre la praxis, han sido mayoritariamente los anarquistas los que han estado trabajando en la praxis en sí misma.
En este momento, hay una cierta ruptura entre las generaciones del anarquismo: entre aquellos cuya formación política tuvo lugar en
los 60 y 70 – y que a menudo no se han sacudido los hábitos sectarios del siglo pasado- o que simplemente funcionan en esos
términos, y los activistas más jóvenes mucho más informados, entre otras por ideas indígenas, feministas, ecologistas y
cultural-revisionistas. Los primeros se organizan principalmente a través de las Federaciones Anarquistas altamente visibles como la
IWA, NEFAC o IWW. Los segundos trabajan predominantemente en las redes del movimiento social global, redes como la de la
Acción Global de los Pueblos, que unifica colectivos anarquistas en Europa y otros lugares, integrado por grupos que van desde
activistas maoríes de Nueva Zelanda, pescadores de Indonesia, o el sindicato de trabajadores de correos de Canadá [2]. Este segundo
grupo -a los que podríamos referirnos ambiguamente como “anarquistas con a minúscula”, son ahora ya con mucho la mayoría. Pero
a veces esto es difícil de decir, ya que muchos de ellos no vocean sus afinidades muy alto. De hecho, hay muchos que se toman los
principios anarquistas de anti-sectarismo y apertura tan en serio que se niegan a referirse a ellos mismos como “anarquistas” por ese
mismo motivo [3]
Pero las tres ideas fundamentales presentes en todas las manifestaciones de ideología anarquista son definitivamente la del
anti-estado, el anti-capitalismo y la política prefigurativa (es decir, modos de organización que conscientemente se asemejan al
mundo que queremos crear. O, como dijo un historiador anarquista de la guerra civil española “el esfuerzo de pensar no sólo en las
ideas sino en los hechos del futuro mismo”) [4]. Esto está presente en cualquier colectivo, desde los “jamming collectives” hasta
Indymedia, todos ellos pueden llamarse anarquistas en este sentido más nuevo [5]. En algunos países, hay sólo un grado muy
limitado de confluencia entre las dos generaciones coexistentes, mayormente en la forma de seguimiento de lo que cada uno está
haciendo – pero no mucho más-.
Una razón para ello es que la nueva generación está mucho más interesada en desarrollar nuevas formas de funcionamiento que
argumentar sobre los puntos más finos de la ideología. El más importante de estos ha sido el desarrollo de nuevas formas del proceso
de toma de decisión, los comienzos, al menos, de una cultura alternativa de democracia. Las famosos “reuniones populares” de
América del Norte, donde miles de activistas coordinan eventos a gran escala mediante consenso, sin una estructura directiva formal,
son los más espectaculares.
Realmente, incluso llamar a estas formas “nuevas” es un poco engañoso. Una de las principales inspiraciones de la nueva generación
de anarquistas son los municipios autónomos Zapatistas de Chiapas, basados en las comunidades de lengua Tzeltal y Tojolobal que
han estado utilizando el proceso de consenso durante miles de años – solo que ahora ha sido adaptado por los revolucionarios para
asegurar que las mujeres y la gente más joven tienen voz. En América del Norte, “el proceso de consenso” emergió más que nada
del movimiento feminista de los 70, como parte de una reacción más amplia en contra del estilo macho de liderazgo típico de la
Nueva Izquierda de los 60. La idea del consenso en sí misma fue tomada de los cuáqueros, quienes también dicen haber sido
inspirados por las Seis Naciones y otras prácticas de los norteamericanos nativos.
El consenso es a menudo malinterpretado. Se oyen muchas veces críticas que afirman que (el consenso) causaría una conformidad
sofocante, pero casi nunca son críticas formuladas por alguien que haya observado realmente un proceso de consenso en acción, al
menos uno guiado por moderadores cualificados, con experiencia (algunos experimentos recientes en Europa, donde hay poca
tradición en estas cosas, han resultado un poco “crudos”). De hecho, la hipótesis operante es que nadie puede realmente convertir a
otro completamente a su punto de vista, y probablemente no deba. En lugar de eso, el objetivo del proceso de consenso es permitir a
un grupo decidir un curso de acción común. En lugar de votar propuestas de arriba abajo, se trabajan las propuestas y se vuelven a
revisar o reinventar, hay un proceso de compromiso y de síntesis, hasta que se llega a algo que todo el mundo puede aceptar. Cuando
se llega a la etapa final, cuando llegamos al momento de “encontrar el consenso”, hay dos niveles de objeción posible: uno puede
“apartarse a un lado”, que viene a decir “no me gusta esto y no voy a participar en ello aunque no voy a impedir que nadie lo haga” o
“bloquearlo”, lo que tiene el efecto de un veto. Uno sólo puede bloquear una propuesta si siente que viola los principios
fundamentales o las razones de ser del grupo. Podría decirse que la función que en la constitución de los EE.UU. se relega al
Tribunal Supremo, la de rechazar decisiones legislativas que violan los principios constitucionales, se relega aquí a cualquiera que
tenga el suficiente coraje para realmente ponerse en contra de la voluntad del grupo (aunque por supuesto hay también maneras de
luchar contra bloqueos injustificados).
Podríamos seguir hablando mucho más de los métodos elaborados y sorprendentemente sofisticados que se han desarrollado para
asegurar que esto funcione; de formas de consenso modificadas para grupos muy grandes; de la manera en la que el consenso en sí
refuerza el principio de descentralización al asegurar que uno no quiera presentar propuestas ante grupos grandes a menos que sea
necesario, de los medios para asegurar la igualdad de género y resolver conflictos… La clave es que ésta es una forma de
democracia directa distinta de la clase que normalmente asociamos con el término – o, igualmente, con el sistema de voto por
mayoría normalmente utilizado por los anarquistas europeos o norteamericanos de generaciones anteriores, o que es todavía
empleado, digamos, en las asambleas argentinas urbanas de clase media (aunque no, curiosamente, entre los piqueteros más
radicales, los parados organizados, que tienden a operar por consenso). Con contactos cada vez más internacionales entre los
distintos movimientos, la inclusión de grupos indígenas y de África, Asia y Oceanía de tradiciones radicalmente diferentes, estamos
presenciando los comienzos de una reconcepción global nueva de lo que la “democracia” debería significar, una lo más lejos posible
del parlamentarismo neoliberal promovido actualmente por los poderes que existen en el mundo.
De nuevo, es difícil seguir este nuevo espíritu de síntesis leyendo la mayoría de la literatura anarquista existente, porque aquellos
que gastan la mayor parte de sus energías en cuestiones teóricas, más que en las formas emergentes de práctica, son los que
probablemente más mantienen la vieja lógica dicotómica sectaria. El anarquismo moderno está imbuido de incontables
contradicciones. Mientras los anarquistas con a minúscula están incorporando lentamente las ideas y prácticas aprendidas de los
aliados indígenas a sus modos de organización o comunidades alternativas, el rastro principal en la literatura escrita ha sido el del
nacimiento de una secta de Primitivistas, un grupo notoriamente controvertido que aboga por la abolición completa de la civilización
industrial y, en algunos casos, incluso de la agricultura [6]. A pesar de esto, es sólo una cuestión de tiempo que la vieja lógica
comience a dejar paso a algo más parecido a la práctica de los grupos basados en el consenso.
¿En qué consistiría esta nueva síntesis? Algunas de las líneas que la vertebrarían pueden discernirse ya dentro del movimiento.
Insistiría constantemente en la expansión de la atención al anti-autoritarismo, alejándose del reduccionismo de clase intentando
abarcar “la totalidad de las áreas en las que la dominación se manifiesta”, esto es, señalando no sólo al estado sino también las
relaciones de género; no sólo las relaciones económicas, sino también las culturales, la ecología, la sexualidad, y la libertad en cada
una de las formas en las que puede buscarse, y cada una no sólo a través del prisma de las relaciones de autoridad, sino también
mediante conceptos más ricos y diversos.
Esta aproximación no aboga por una expansión sin fin de la productividad, ni sostiene la idea de que las tecnologías son neutrales,
aunque tampoco reniega de la tecnología per se. Al contrario, se familiariza con ella y la emplea cuando sea apropiado. No sólo
reniega de las instituciones per se, o de las formas políticas per se, sino que intenta concebir nuevas instituciones y formas políticas
para el activismo y una nueva sociedad, incluyendo nuevas formas de reunirse, de tomar decisiones, nuevas formas de coordinación,
en las mismas líneas en las que ya funciona con grupos de afinidad y estructuras de diálogo. Y no sólo no reniega de las reformas en
sí, sino que lucha por definir y conseguir reformas no reformistas, prestando atención a las necesidades inmediatas de la gente y a
mejorar sus vidas aquí y ahora, al mismo tiempo que a avanzar hacia logros mayores, y finalmente, la transformación total. [7]
Y por supuesto, la teoría tendrá que adaptarse a la práctica. Para ser totalmente efectivo, el anarquismo moderno tendrá que incluir al
menos tres niveles: activistas, organizaciones populares, e investigadores. El problema ahora mismo es que los intelectuales
anarquistas que quieren superar viejos hábitos – de la borrachera marxista que todavía acecha a mucho del mundo intelectual- no
están seguros de cuál debe de ser su papel. El anarquismo necesita ser reflexivo. ¿Pero cómo?. Hasta cierto punto la respuesta parece
obvia. No se debería dar lecciones, ni sentar cátedra, ni siquiera pensar en uno mismo en términos de profesor, sino que se debe
escuchar, explorar y descubrir.
Extraer y hacer explícita la lógica tácita subyacente a las nuevas formas de práctica radical. Ponerse al servicio de los activistas
proveyendo información, y exponiendo los intereses de la elite dominante escondidos cuidadosamente tras los discursos autoritarios,
supuestamente objetivos, más que tratar de imponer una nueva versión de lo mismo. Pero al mismo tiempo, muchos reconocen que
la lucha intelectual necesita reafirmar su papel. Muchos están empezando a señalar que una de las debilidades básicas del
movimiento anarquista de hoy, con respecto a los tiempos de, digamos, Kropotkin o Reclus, o Herbert Read, es exactamente el
descuido de lo simbólico, lo visionario, y el pasar por alto la efectividad de la teoría. ¿Cómo pasar de la etnografía a las visiones
utópicas -idealmente, con tantas visiones utópicas como sea posible? No es coincidencia que algunos de los grandes reclutadores al
anarquismo en países como los EE.UU(Estados Unidos de Norteamérica). hayan sido escritoras feministas como Starhawk o Ursula
K. Le Guin [8]
Una manera en la que esto está empezando a ocurrir es a medida que los anarquistas empiezan a recuperar la experiencia de otros
movimientos sociales con un cuerpo más desarrollado de teoría, ideas que vienen de círculos cercanos a, y de hecho inspirados por,
el anarquismo. Tomemos por ejemplo la idea de la economía participativa, que representa una visión anarquista por excelencia y que
suplementa y rectifica la economía anarquista tradicional. Los teóricos de Parecon proponen la existencia de no sólo dos, sino de tres
clases sociales distintas del capitalismo avanzado: no sólo el proletariado y la burguesía, sino una “clase coordinadora”, cuya labor
es la de gestionar y controlar la producción de la clase trabajadora. Esta es la clase que incluye la jerarquía directiva y los
consultores y consejeros profesionales básicos para su sistema de control – como abogados, ingenieros y contables importantes, etc.-
Mantienen su posición de clase por su monopolio relativo del conocimiento, cualificaciones, y conexiones. Como resultado, los
economistas y otros que trabajan en este ámbito han estado tratando de crear modelos de una economía que eliminara de forma
estructural las divisiones entre trabajadores intelectuales y físicos. Ahora que el anarquismo se ha vuelto claramente el centro de la
creatividad revolucionaria, los proponentes de tales modelos han estado cada vez más, si no intentando usar la bandera anarquista
exactamente, entonces por lo menos enfatizando el grado en que sus ideas son compatibles con una visión anarquista [9]
Cosas similares están empezando a suceder con el desarrollo de las visiones políticas anarquistas. Bien, ésta es un área donde el
anarquismo clásico tenía ya ventaja sobre el marxismo, que nunca desarrolló una teoría de organización política. Escuelas distintas
de anarquistas han abogado a menudo por organizaciones sociales muy específicas, aunque a menudo claramente en desacuerdo las
unas con las otras. Aún así, el anarquismo en su conjunto ha tendido a promover lo que a los liberales les gusta llamar “libertades
negativas”, “libertades de”, más que libertades sustantivas, “libertades para”. A menudo ha celebrado este compromiso como
evidencia del pluralismo del anarquismo, de su tolerancia ideológica, o su creatividad . Pero como resultado, ha habido una
renuencia a ir más allá del desarrollo de formas de organización a pequeña escala, y una creencia en que estructuras más grandes,
más complicadas, pueden improvisarse después en el mismo espíritu.
Ha habido excepciones. Pierre Joseph Proudhon intentó dar con una visión total de cómo una sociedad libertaria debiera operar [10].
Se considera generalmente como un intento fallido, pero señalaba el camino hacia visiones más desarrolladas, como el
“municipalismo libertario” de los Ecologistas Sociales de Norteamérica. Hay un desarrollo vivaz, por ejemplo, de cómo equilibrar
los principios del control de los trabajadores – enfatizado por el grupo de Parecon- y la democracia directa, enfatizado por los
Ecologistas Sociales [11]
Sin embargo, hay muchos detalles por definir: ¿cuál es el conjunto total de alternativas institucionales positivas del anarquista a las
legislaturas contemporáneas, a los tribunales, a la policía, y a diversas agencias ejecutivas? ¿Cómo ofrecer una visión política que
englobe la legislación, su implementación, adjudicación y cumplimiento y que muestre cómo realizar efectivamente cada uno de
estos apartados de forma no autoritaria – no sólo para proporcionar una esperanza a largo plazo, sino para dar respuesta inmediata al
sistema electoral, legislativo y judicial actuales, y por tanto, a muchas opciones estratégicas- Obviamente, nunca podría haber una
línea de partido anarquista sobre esto, el sentimiento general entre los anarquistas con letra minúscula es que por lo menos
necesitaríamos muchas visiones concretas. Sin embargo, entre los experimentos sociales reales en las crecientes comunidades
autogestionadas en lugares como Chiapas y Argentina, y los esfuerzos por parte de activistas/ “académicos” anarquistas como la
recientemente formada Red de Alternativas Planetarias o los foros como La Vida Después del Capitalismo es Posible para empezar a
localizar y compilar ejemplos exitosos de formas económicas y políticas, se está empezando a trabajar [12]. Es claramente un
proceso a largo plazo. Pero, bueno, el siglo anarquista tan sólo acaba de comenzar.
David Graeber es profesor ayudante en la universidad de Yale (EE.UU(Estados Unidos).) y activista político. Andrej Grubacic es
historiador y sociólogo de la antigua Yugoslavia. Ambos están involucrados en la Red de Alternativas Planetarias, PAN.
Notas
1. Esto no quiere decir que los anarquistas estén en contra de la teoría. Podría no ser necesario un Gran Ideario, en el sentido que nos
es familiar hoy. Ciertamente el anarquismo no utilizará una única teoría, el Gran Ideario Anarquista. Eso sería completamente
contrario a su espíritu. Mucho mejor, pensamos, algo más en el espíritu de los procesos anarquistas de toma de decisiones: aplicado
a la teoría, esto significaría aceptar la necesidad de una diversidad de grandes perspectivas teóricas, unidas solamente por ciertos
compromisos y premisas compartidas. Más que basarse en la necesidad de probar que las suposiciones fundamentales de los demás
están equivocadas, busca encontrar proyectos particulares sobre los cuales reforzarse unos a otros. Sólo porque las teorías son
inconmensurables en ciertos aspectos, no significa que no puedan existir o incluso reforzarse las unas a las otras, de la misma
manera que individuos que tienen únicas e inconmensurables opiniones sobre el mundo no quiere decir que no puedan ser amigos, o
amantes o trabajar en proyectos comunes. Más aún que el Gran Ideario, lo que el anarquismo necesita es lo que podría llamarse un
glosario de ideas: una forma de resolver las cuestiones inmediatas que surgen de un proyecto transformador.
2. Para más información sobre la excitante historia de Acción Global de los Pueblos, sugerimos el libro “We are Everywhere: The
irresistible Rise of Global Anti-capitalism” (Estamos en todos los lugares: el levantamiento irremediable del anti-capitalismo
global), editado por Notes from Nowhere, London: Verso 2003. Ver también la página web PGA: http://www.agp.org
3. Cf. David Graeber, “New Anarchists” (“Los nuevos anarquistas”), New left Review 13, Enero-Febrero 2002
4. Ver Diego Abad de Santillán, “After the Revolution”, (Después de la Revolución) New York: Greenberg Publishers 1937
5. Para más información sobre el proyecto de indymedia ir a la página web: http://www.indymedia.org
6. Cf. Jasón McQuinn, “Why I am not a Primitivist”, (“Por que no soy un primitivista”), Anarchy: a journal of desire armed,
printmps/été 2001. Cf. La web anarquista http://www.arnarchymag.org. Cf. John Zerzan, Futuro Primitivista chr(38) Otros Ensayos,
Autonomedia, 1994.
7. Cf. Andrej Grubacic, “Hacia otro anarquismo”, en: Sen, Jai, Anita Anand, Arturo Escobar y Peter Waterman, El Foro Social
Mundial: Contra todos los Imperios, Nueva Delhi, Viveka 2004.
8. Cf. Starhawk, “Redes de Poder: Notas de un Levantamiento Global”, San Francisco 2002.Ver también http://www.starhawk.org
9. Albert, Michael: “Economía Participativa”, Verso 2003. Ver también http://www.parecon.org.
10. Avineri, Shlomo. “El pensamiento social y político de Karl Marx”. Londres. Cambridge University Press, 1968.
11. Ver “The Murray Bookchin Reader”, editado por Janet Biehl, Londres. Cassell 1997. Ver también la página web del Instituto
para la Ecología Social: http://www.social-ecology.org
12. Para más información sobre el foro La Vida Después del Capitalismo Es Posible ir a http://www.zmag.org/lacsite.htm