El organismo economico de la revolución (Diego Abad de Santillán)

 

Capítulo I

Factores esenciales de la producción

EL principio DE toda economía, la esencia de lo económico, leeréis en cual­quier manual de esta ciencia, consiste en obtener el efecto relativamente mayor con el gasto —o sacrificio— relativamente menor.

Y si no hubiese más argumentación, el propio argumento económico pu­ro, bastaría para combatir y rechazar la ordenación actual del capitalismo. Esta forma económica no implica ya la obtención del mayor efecto con el menor gasto o esfuerzo; al contrario, el derroche es formidable; el aprove­chamiento de los recursos de la Naturaleza, de la técnica y de la ciencia es ínfimo. No se vive como se podría vivir, como sería necesario vivir.

Detallamos un poco.

Los factores de la producción son estos:

Primero: La naturaleza, que proporciona al hombre las materias primas y ciertas fuerzas naturales utilizables.

Segundo: El trabajo humano, manual e intelectual, que elabora y utiliza las materias primas.

Tercero: El instrumento o la máquina que multiplica la potencia y la intensidad del trabajo del hombre (algunos economistas denominan, a este úl­timo factor, el capital).

El capitalismo no aprovecha siquiera los recursos posibles del primer fac­tor; por doquier se observan tierras incultas, caídas de agua que no se ex­plotan, materias primas que se pierden estérilmente.

En cuanto al trabajo humano, intelectual o manual, no hace falta demostrar que no es utilizado ni en un 50 por ciento de su capacidad de rendi­miento por el régimen económico vigente. Existen en el mundo varias dece­nas de millones de obreros sin trabajo; deambulan los técnicos sin empleo, los sabios que vegetan también en medio de privaciones, sin recursos para llevar a cabo sus estudios, sus experimentos, sus investigaciones. Sólo una exigua minoría de técnicos y de sabios consigue vender su fuerza de trabajo a los potentados del régimen capitalista. Se desaprovecha así una fuente in­mensa de riqueza; el trabajo manual y el trabajo intelectual —ciencia y técnica— cada día más depreciados.

También se sabe que el tercer factor, el instrumental, la técnica, trabaja muy por debajo de su capacidad de rendimiento. Se han instalado mecanis­mos prodigiosos; se podrían instalar ya otros superiores aún. Pero apenas los vemos funcionar unas horas al día o unos días a la semana. Se ha calcu­lado que la industria norteamericana, trabajando plenamente, en toda su capacidad, estaría en condiciones de surtir de productos industriales a to­dos los mercados del mundo. La tercera parte del tonelaje, y a veces la mi­tad, de la marina mercante, está amarrada. Los economistas del capitalismo, los hombres de Estado, las conferencias de los expertos, todas las fuerzas del conservatismo social y político se esfuerzan por hallar una salida a ese mal. No se ha hecho hasta aquí nada en ese sentido; nada fue posible hacer contra la agravación incesante de la situación.

Lo único que se puede profetizar, sin temor a equivocarse, es que si la paralización industrial, si el aprovechamiento del aparato técnico ha ido de­creciendo en los últimos años, todas las perspectivas indican que el decreci­miento será mayor todavía en los años que vienen. Que lo tengan en cuenta los trabajadores españoles. De año en año su situación se volverá más into­lerable.

Se constata, pues, que el capitalismo no aprovecha los tres factores de la producción sino en un porcentaje a veces inferior a un cincuenta por ciento; no aprovecha la tierra ni las fuerzas naturales, el agua y el viento; no apro­vecha el hombre como obrero, como técnico y como científico; no aprove­cha el instrumental mecánico existente, ni el posible. Por consiguiente, no es un régimen viable: lo fue cuando pudo extraer de esos tres factores el má­ximo de rendimiento; hoy, a causa de sus contradicciones, se ve condenado a batirse en retirada, a disminuir sus áreas de siembra, a contingentear la producción industrial, a restringir el personal de sus fábricas, a pasarse sin el concurso de millares y millares de técnicos y de sabios.

No se salga, si se quiere, de ese terreno puramente económico, y dígase­nos en nombre de qué principios humanos, sociales y de justicia, puede de­fenderse la existencia del «orden» en que estamos forzados a vivir todavía.

Una empresa capitalista cualquiera, por ejemplo, una explotación agríco­la, implica los siguientes desembolsos o cargas, extraídos todos del trabajo productivo útil:

  1. Renta de la tierra.
  2. Interés del capital.
  3. El salario de los obreros.
  4. El beneficio del empresario.
  5. La defensa estatal de la propiedad privada.

El kilo de pan que os lleváis a la boca está gravado con la parte que se lleva el propietario de la tierra, con la que se lleva el interés del capital inver­tido en la empresa, con el salario de los obreros, con la ganancia o benefi­cios del empresario y con la defensa estatal de la propiedad privada y del llamado «orden público», necesario para vivir en esas condiciones.

Hemos visto que los factores de la producción son tres: la tierra, el traba­jo humano y el instrumental, que multiplica la eficacia del esfuerzo del hombre.

Una economía socializada, como la que puede ser instaurada desde aho­ra mismo por las organizaciones obreras españolas, no tiene en cuenta más que esos tres factores. El pan que consumiréis en ella no estará gravado más que con el trabajo humano que fue necesario para producirlo y con lo signi­ficado por el empleo instrumental técnico. Desaparece la renta del propieta­rio, desaparece el interés del capital, desaparece el beneficio del empresario, desaparece la defensa estatal de la propiedad, que son el centro y motor de la economía capitalista.

No se puede decir que la moneda, el gran dios de la economía actual, es un factor productivo; nadie puede asegurar que el propietario particular, en tanto que propietario, es una fuerza necesaria para la producción; nadie se atreverá a sostener que el trigo no crece en los campos bien trabajados, sin registros de propiedad y sin gendarmes.

Ahora bien: piénsese lo que será una economía en donde todos los facto­res parasitarios, interpuestos por el hombre y por su régimen nefasto de la propiedad privada, hayan sido suprimidos; en donde, por sobre la produc­ción, con derecho a ella, no habrá más que los productores y aquellas cate­gorías de consumidores que tienen derecho natural a la existencia, sin previo aporte de su fuerza de trabajo: los niños, los ancianos y los enfermos.

  1. Stuart Mill ha escrito: «Yo no reconozco justo un estado de sociedad donde hay una clase que no trabaja; donde existen seres humanos que, sin haber adquirido el derecho a descanso con el trabajo precedente, son dis­pensados de participar en la labor que incumbe a la especie humana». Tie­ne toda la razón Stuart Mill; sólo que falla en cuanto a los medios para forzar al trabajo a quienes los privilegios eximen de él.

Nosotros creemos que una sociedad tal, no tiene derecho a existir y pro­piciamos su transformación.

Queremos una economía socializada, en donde la tierra, las fábricas, las viviendas, los medios de transporte cesen de ser monopolio particular y pa­sen a ser propiedad colectiva de la comunidad entera.

Ese cambio de régimen de la propiedad implica una ordenación entera­mente distinta de la vida económica. La dirección de la industria está hoy en manos de los empresarios, de los capitalistas. Técnicamente son éstos in­feriores a los ingenieros y a los obreros. Y los empresarios están, a su vez, sometidos a las grandes potencias financieras, y, en última instancia, son los banqueros los que dirigen y controlan la vida económica de nuestros días. Y se sabe que la dirigen de acuerdo única y exclusivamente con las in­dicaciones de la Bolsa.

La nueva economía socializada estará en manos de los obreros y de los técnicos y no tendrá otro motivo, otra finalidad, otro objetivo que la satis­facción de las necesidades de la población. La población no estará en ella como un mercado; las gentes no habrán sido hechas para comprar los pro­ductos, sino que los productos se habrán elaborado para satisfacer las nece­sidades de las gentes.

La valoración pecuniaria, monetaria, de las cosas deja su puesto al con­sumo de acuerdo a las posibilidades del nivel de vida total. Con la valora­ción pecuniaria, desaparece también esa potencia monstruosa y absorbente, enteramente parasitaria, de las finanzas, de las cargas públicas, de las car­gas improductivas del dinero; desaparece la esclavitud del salario y sus flo­raciones naturales: el interés, la renta y el beneficio. Volveremos así a la economía del sentido común, la que sabrá producir riquezas mediante el con­curso de los tres factores esenciales de la economía: la tierra y las fuerzas naturales, el trabajo del hombre y el instrumental técnico que multiplica el esfuerzo humano.

Del aprovechamiento máximo de esos tres factores dependerá el «standard» de vida del futuro, lo que quiere decir que estará en nuestras manos y en nuestra voluntad la realización del bienestar y de la felicidad en este mundo.

Capitulo II

El trabajo y el pan para todos

Después DE TANTOS siglos de explotación del hombre por el hombre, en los que el productor de toda la riqueza ha estado esclavizado y no ha consumido más que el mínimo absolutamente indispensable para subsistir, y a veces mucho me­nos; acrecentada la cultura popular; emancipados de una sombría ignorancia y de una teología enervante, que educaba para la sumisión y el sacrificio, la fórmula el que quiera comer que trabaje aparece como la expresión más acaba­da de la justicia y de la libertad.

Toda construcción económica y social que no la tenga por base y por ideal inmediato no será sino un engaño nuevo, un nuevo escamoteo de los frutos del esfuerzo revolucionario.

Para nosotros la realización de esa fórmula es primordial; en torno a ella pueden agruparse todos los hombres sanos de corazón, de ética social, sin dis­tinción de partidos y de posiciones. Todos aquellos que consideran justo que el hombre viva del sudor de su frente constituyen, de hecho, un solo partido y deben formar en un mismo frente de batalla.

Explicaremos nuestro concepto del trabajo. Adam Smith considera como trabajo productivo sólo el trabajo llamado material. Sin embargo, el proceso del trabajo es un conjunto de esfuerzos intelectuales y físicos (concepción, ela­boración, preparación, ejecución, etc.), que si, en la forma del artesanado, se da en un solo individuo, o en una división apenas perceptible del esfuerzo, en la economía moderna se expresa como coordinación de funciones perfectamente especializadas.

«Por lo tanto —dice un economista moderno— no procede separar estas clases de trabajo diferentes y afirmar, v. gr. que no han realizado un trabajo producti­vo el ingeniero que hace el proyecto, el oficinista que lleva la correspondencia (que hace los pedidos) y el contramaestre que vigila a los operarios propiamen­te dichos y les marca lo que han de hacer, y que sólo han ‘hecho’ la obra los trabajadores manuales; por consiguiente, que únicamente éstos han realizado un trabajo productivo»[1]

El trabajo en una sociedad moderna es una conjunción de fuerzas técnicas y manuales y debe serlo tanto más generalmente cuanto que el técnico puede simplificar sin cesar el esfuerzo físico y trasladar a las máquinas la mayor parte de las funciones penosas. Tanto el sabio en su laboratorio o en su gabi­nete o en su cátedra, como el técnico o el obrero, son fuerzas de trabajo socialmente útil y necesario. Respecto a esos esfuerzos y a su intervención dirigente y agente en la producción, no tenemos más que congratularnos. Pero, ¿se nos quiere decir qué es lo que producen los capitalistas, los propietarios, los accionistas, los intermediarios del actual régimen económico? El trabajo de esas gentes, de que algunos viejos economistas hablan, «es —según las palabras de Proudhon— una moderna economía política y se resuelve en una entrega casi gratuita del obrero al capitalista especulador y propietario, últi­ma forma de la especulación del hombre sobre el hombre… En realidad sólo el trabajo físico e intelectual es productivo…»[2].

No en base a concepciones socialistas proudhonianas, sino en mérito a un sincero reconocimiento de la verdad, Germán Bernacer, un autor español en materia económica, en un libro publicado en 1925, Interés del capital, sostie­ne que el solo origen de ingresos debe ser el trabajo productivo y que cabe suprimir el interés del capital, fuente no laboriosa de beneficios económicos, aun en el régimen de la producción individualista. Compárese esa idea con las modernas concepciones de los tecnócratas norteamericanos.

Algo parecido queremos nosotros: la supresión de los ingresos no legíti­mos, es decir los no producidos por el trabajo físico o intelectual socialmente útil, lo que equivale a una honda transformación económica, a poner en el centro de toda la economía, no la especulación y la ganancia, sino el tra­bajo y el producto para el bienestar de todos.

La Naturaleza impone el trabajo del hombre para su manutención, su ves­tido y su abrigo; y lo que por sí misma no hace la Naturaleza, árida en su mayor parte, sin los frutos, el ganado o la pesca suficientes para la población en aumento, lo impone el desarrollo de la civilización, que ha hecho bienes indispensables para la generalidad, muchísimos que en otros tiempos ni si­quiera los disfrutaban los ricos. Dudamos de que se nos ofrezca todo lo que necesitamos al alcance de la mano, como en la Arcadia feliz de los poetas o en el país de Jauja, y es preciso que nuestro ingenio o nuestro esfuerzo supla las deficiencias, produzca el grano, cultive y labore las plantas textiles, extraiga el combustible y el metal de las entrañas de la tierra, fabrique arte­factos, herramientas, etc.,etc

La industria norteamericana del automóvil fabricó ocho millones de co­ches en 1925 y 1926, con una cantidad de obreros cada vez menor: en 1925 con 47.000 obreros menos que en 1924, y en 1926 con 69.000 obreros menos que en 1925.

No hace muchos años un automóvil era una rareza que provocaba el asom­bro y la envidia de las poblaciones por donde pasaba. Hoy es un vehículo casi proletario, ineludiblemente en el estadio de cultura a que hemos llega­do, y debe estar al alcance de todos, de absolutamente todos los habitantes de un país que lo necesiten.

No queremos privarnos de ninguna de las comodidades que la moderna técnica ha hecho accesibles; al contrario, si es posible queremos multiplicar estas comodidades, y no dudamos que ha de serlo, pues si en el capitalismo se ha logrado tanta maravilla, con más razón se ha de conseguir en un régi­men de socialización y de libertad, ya que «sólo en el aire puro de la liber­tad puede avanzar el vuelo caudal y gigantesco del progreso técnico» (H. Dietzel).

Para conservar y acrecentar los beneficios de la civilización, para multi­plicar la productividad del suelo, hacer menos brutal el esfuerzo físico, em­bellecer la vida, disfrutar del confort, es preciso trabajar; pero nadie ha dicho que sólo haya de trabajar una categoría de hombres, los tradicionalmente esclavizados, los adscritos a la gleba, los proletarios.

Ninguna doctrina mantiene ya esos viejos principios de clase o de casta ni se considera desdoroso el esfuerzo manual. En otros tiempos se dictaban leyes para declarar que el oficio del sastre o del zapatero no eran degradan­tes; ahora se aspira, como quería Campomanes, a decretar que el ocio, el parasitismo, la haraganería son denigrantes[3].

Decir, por ejemplo: «Media España, cuando menos en el agro, se viste harapientamente y se alimenta de pan de centeno y no conoce el pescado; para media España la fruta, en este ‘país de fruta’, es un lujo, al paso que la mitad de sus habitantes viven, en las aglomeraciones urbanas, en barra­cas, y en el campo como trogloditas, sin el menor asomo de comodidad», decir eso es una vulgaridad, porque de tanto saberlo y de tanto comprobar­lo, más de uno puede imaginarse que esa condición es de origen divino y decir lánguidamente: «Siempre hubo pobres y ricos y siempre los habrá», con un fatalismo mahometano. Proclamar que la «cifra media de la carne consumida en España por habitante es inferior a la que se precisa para una mediana alimentación», no es decir nada nuevo tampoco[4].

Dentro del capitalismo no hay nada anormal en ello, porque no es capaz de aprovechar todos los recursos de la Naturaleza, de la técnica y del traba­jo humano de que una colectividad dispone. Media España se viste de hara­pos, y los obreros textiles no encuentran quién emplee su pericia y su habilidad, las grandes fábricas se cierran, las maquinarias se oxidan inactivas.

En una economía socializada no podría darse ese espectáculo, porque no se produciría para el mercado, de capacidad variable, independiente de las necesidades efectivas de la población, sino para las necesidades, y mientras un solo español no dispusiese de las prendas de vestir necesarias no habría por qué cerrar las fábricas textiles de Cataluña ni por qué paralizar las tareas de sus obreros.

Lo mismo podría decirse de cualquier otro producto. Los obreros de la cons­trucción no trabajan ni siquiera en un 40 por 100 de sus posibilidades; la de­socupación entrega lentamente a la tuberculosis a una buena parte de ese gremio. Sin embargo, la mitad de los españoles viven en condiciones a veces mucho peores que los animales y la vivienda es anticuada, antihigiénica, con­servando buena parte de ella el horror de otros tiempos a las puertas y venta­nas, gravadas con pesados impuestos.

En una economía de sentido común, los obreros de la construcción no es­tarían ociosos mientras hubiera tantas viviendas que construir para satisfa­cer urgentes necesidades.

Pero el capitalismo no es capaz de poner en marcha los recursos sociales; no puede aprovechar, como hemos dicho tantas veces, más que una parte ínfima, la que para él es rentable, de las fuerzas de trabajo, de las innovacio­nes de los técnicos, de los descubrimientos de los sabios, de las fuerzas de la Naturaleza. No responde a las exigencias de nuestra etapa de cultura, con­dena a la ruina filosófica y moral a la gran mayoría de los hombres, es un obstáculo al progreso e incluso a la mera subsistencia. Por eso debe desa­parecer.

Para obtener el máximo de bienestar de que es capaz la sociedad de nues­tra época, no haría falta más que suprimir el parasitismo, organizando la vi­da de manera que el que no trabaja no hallase medio de vivir del esfuerzo ajeno. Naturalmente, no se tiene en cuenta entre los parásitos a los niños, a los ancianos, a los enfermos, carga natural y que no se siente como tal en una colectividad humana. Los niños darán mañana el fruto de cuanto haya­mos hecho hoy por ellos, alimentándolos y educándolos; los ancianos han dado ya su contribución a la riqueza social; los enfermos son sólo transito­riamente improductivos.

Contando sólo las fuerzas de trabajo en edad apropiada, la cantidad de fuerzas humanas por lo menos se duplica en una economía socializada. Y es fácil darse una idea de lo que esa duplicación importaría en alivio de las tareas, tanto como en aumento de la productividad. Eso sin contar que una economía socializada es un régimen de liberación para los técnicos y los sa­bios, un acceso libre a los lugares de trabajo, una posibilidad de avanzar a toda marcha en la producción, y no como hoy, cuando hay que regular el ritmo por las exigencias del mercado.

Desde el punto de vista moral y desde el punto de vista económico, la so­cialización, imponiendo el principio el que no trabaja no come, dará un im­pulso de crecimiento insospechado al nivel de vida de un pueblo, pues el trabajo y el ingenio no tropezarán con barreras ni con trabas a su actuación y llegarán a convertirse en realidad, por el esfuerzo inteligente, el viejo sueño del paraíso terrenal.

Nos guía sobre todo la visión de una sociedad de productores y distribui­dores libres, en la que no haya ningún poder capaz de quitar a esos productores y distribuidores el dominio del aparato productivo. En el ejemplo ru­so, el Estado ha quitado a las asociaciones obreras y campesinas la libre de­cisión sobre cuanto atañe a los instrumentos de trabajo, a la producción y a la distribución. Los productores han cambiado allí de amo; no son due­ños ni de los medios de producción ni de los productos de su esfuerzo. Y el salario, que persiste con tantas desigualdades o más que en la sociedad capitalista, entraña un régimen económico de dependencia, de servidumbre, de esclavitud.

Se puede objetar, desde del punto de vista social, que en la organización económica por nosotros proyectada, intervienen poco los consumidores en tanto que tales y como categoría propia, puesto que no se les asigna un ór­gano de expresión y de ejecución. Indudablemente, el hombre es además de productor varias horas al día, consumidor siempre, un ente social que ha de vincularse fuera de la fábrica o del lugar de trabajo por afinidades cultu­rales, por aspiraciones sociales, por motivos religiosos, políticos, etc. Y esas corrientes de opinión han de crearse sus propios órganos de expresión y de influencia social: prensa, asambleas, organismos diversos en donde la libre iniciativa ha de tener curso y posibilidades de exteriorización, de ensayo, de proselitismo. Es un aspecto en el que no entramos, como no entramos en otros aspectos, la defensa de la revolución, por ejemplo, aun cuando tienen el más vivo interés. Nos concretamos a trazar las líneas generales del meca­nismo económico, esbozado ya en los actuales sindicatos, en las tendencias populares casi instintivas: los soviets fueron antes un hecho que una teoría. Nos importa como primer paso de revolución, la toma de posesión de todo el engranaje económico y su administración directa por los productores mis­mos para asegurar la satisfacción de las necesidades fundamentales de la población.

El resto puede dejarse más a la improvisación porque es asunto en que intervienen más los sentimientos individuales, la educación de cada uno, las concepciones sociales que los intereses comunes y las necesidades biológi­cas inaplazables de todos los seres vivientes.

Capítulo III

Lo socialmente necesario y lo socialmente libre

La confusión de términos y la ambigüedad de conceptos producen a menu­do malentendidos que degeneran en discusiones perjudiciales a la buena com­prensión y al buen acuerdo.

Hay algo socialmente necesario para todos, de base común, de interés ge­neral indiscutible y eso ha de ser socialmente regulado. Hoy lo regulan el ca­pitalismo y el Estado de acuerdo a sus privilegios e intereses, mañana será regulado por todos y en interés de todos. Pero lo que es socialmente necesa­rio no puede eludir su regulación por la sociedad, ni dejar de estar sometido a normas fijas, a funcionamiento estable, a continuidad. Pensemos, por ejem­plo, en los ferrocarriles, en las comunicaciones, en la provisión de agua y de luz, etc., etc.

Pero lo que no es socialmente necesario, lo que atañe sólo a esferas parti­culares, de valor contingente, en un momento dado y en un ambiente social, eso pertenece a la creación espontánea, sin control social y, por tanto, sin regulación social.

La discusión que se ha promovido en todos los tiempos en torno a la fija­ción previa de normas de vida futura, ha tenido su origen en esa confusión. Se ha resistido, y con razón, a toda tentativa de legislar sobre el porvenir, a todo ensayo de canalizar la vida social y de fijarle desde ahora rumbos de­tallados. Si apenas conocemos la complejidad de la vida presente, con dos fuerzas de nivelación y de uniformación tan poderosa como la economía ca­pitalista y el aparato estatal, con menos razón podremos conocer de antema­no la complejidad de la vida social y moral en una sociedad libre de las coacciones autoritarias y que habrá de crearse focos de relación, de acción, de pensamientos propios, en desarrollo y transformación continuos.

Sobre esas formas sociales no cabe más norma que la de la libertad. Los individuos buscarán, no la organización, sino las organizaciones, asociacio­nes, etc., que más les convengan. Si se quisiera hacer anticipaciones mentales en ese aspecto, no podrían hacerse más que en el terreno de la utopia, de las novelas. Dejemos, pues, que los hombres de la sociedad sin capitalismo y sin Estado se desarrollen como quieran y como sepan, que den vida a las instituciones de relación social, de cultura, de deporte, de afinidad que esti­men pertinentes. Obrarán, sobre la nueva realidad, mejor de lo que nosotros podemos prever desde el infierno capitalista en que nos encontramos todavía.

Pero hay un aspecto del que podemos hablar ya, sobre el que podemos hacer cálculos, establecer acuerdos, trazar detalles, sin pisar los campos ri­sueños de la utopía. Es el que ofrecen las necesidades vitales del hombre. Es preciso alimentarnos, vestirnos, disponer de una vivienda, atender a nues­tras enfermedades, trasladarnos de un lugar a otro, comunicarnos con ami­gos y parientes a distancia… Existe la libertad de alimentarnos a base de carne o de verduras, de condimentar la comida o no, de ponerle más o menos sal. Pero la comida es una necesidad a la que hay que satisfacer. Esas y otras muchas necesidades no son problemas eventuales que pueden o no presen­tarse en el futuro, son hechos reales y palpables. Hay que darles satisfacción necesariamente. Lo hacemos hoy, en parte: unos, los privilegiados, plenamen­te; otros, los asalariados, muy defectuosamente. Nos alimentamos ya más o menos, más bien menos que más; nos vestimos, aunque sea de harapos; tenemos una vivienda, aunque sea la de los trogloditas de Guadix o bajo los puentes. En una palabra: las necesidades no son imaginadas, son reales y po­demos comprobar en qué grado las satisfacemos, y en qué medida podría­mos satisfacerlas con otra ordenación económica y social, suprimiendo tales o cuales factores, buscando tales o cuales fuentes de energía, reconstituyen­do en esta o la otra forma el aparato productivo. Cabe la iniciativa, y la ini­ciativa múltiple; pero no el capricho, la fantasía sin freno ni control.

La satisfacción de esas necesidades elementales, conocidas, sentidas, co­mo se conocen las posibilidades de satisfacerlas, debe ser una aspiración in­mediata. La experiencia de siglos de lucha por mejores salarios nos ha evidenciado que por ese camino no llegamos a la meta; ha nacido la idea de la revolución para destruir las barreras que se oponen a la vida de las gran­des masas. Se quiere la revolución para satisfacer las necesidades humanas que en el orden actual no son satisfechas. Por consiguiente, se quiere algo concreto, definido: satisfacer necesidades que hoy no satisfacemos plenamente. En los tiempos bíblicos, en que se creía en la multiplicación de los panes y los peces, o en el maná celeste, el hombre podía pedir la satisfacción de sus necesidades a Dios. Hoy hay que pedirla únicamente al esfuerzo, a la técni­ca, en una palabra, al trabajo. Cuando se esperaba de Dios la solución no hacía falta preocuparse del porvenir; había solamente que esperar; pero si hemos comprobado que la economía es fruto del esfuerzo y la inteligencia humanos, la ordenación de ese esfuerzo y la orientación de esa inteligencia es asunto de buen sentido, sino imperativo, categórico de la vida misma.

Antes y después de la revolución se puede mantener la vida social, alimen­tar y vestir y cobijar a la comunidad sin una sociedad de pescadores de caña para entretener los ocios en el rompeolas. La sociedad de pescadores de ca­ña, y como éste puede haber miles de núcleos semejantes para todas las afi­ciones, gustos y temperamentos, no es socialmente necesaria y debe quedar al arbitrio de los interesados. Pero la vida industrial, agraria, los transportes, las comunidades, ele, etc. entran en lo socialmente imprescindible, y cuanto se haya previsto y estudiado desde ya para su mejor funcionamiento, es tarea que llevaremos adelantada y que facilitará su reorganización. La regulación de la vida económica, que afecta a todos, es ineludible. Hoy la dirige el capi­talismo o el Estado según sus intereses y según sus privilegios; nosotros que­remos que pase esa dirección a los productores y distribuidores mismos. Y el aparato de producción —hombres, tierras, máquinas, transportes— no es un imponderable, no es una entidad indefinible. Tampoco la técnica indus­trial es un secreto para los que desean conocerla. Sobre esos datos concretos, ponderables y mensurables, podemos trazar nuestro camino inmediato, pues las generaciones futuras, dueñas de la riqueza social, ya serán aleccionadas por la propia experiencia sobre las innovaciones y mejoras en el aparato de producción que habrán recibido de nosotros.

Si en política queremos la destrucción de todo poder, y una disposición alerta para impedir que se reconstruya, a fin de poner en su lugar el libre acuerdo y la solidaridad humana, en economía queremos conquistar las fá­bricas, la tierra, los medios de transporte, etc., no para su destrucción, ni para su posesión temporal, sino para su socialización, es decir para su pose­sión definitiva por la comunidad entera para beneficio de todos, sin distin­ciones de casta, de raza, de color, de clase.

La satisfacción de las necesidades vitales nos interesa a todos, no es cosa solamente de algunos. Por eso podemos y debemos desde ahora convenir lo que ha de hacerse para que el parasitismo no absorba el mejor fruto del tra­bajo, para que aumente la producción, para que llegue a todos los seres hu­manos lo necesario para vivir y desarrollarse plenamente. Se trata de estudio, es cuestión de cálculo sobre valores conocidos, de aplicación técnica, de arreglo mutuo y de entendimientos entre todos.

Nos basta un hecho; que queremos conquistar la riqueza social, no para destruirla, sino para administrarla mejor que el capitalismo, más eficazmen­te que el Estado. Eso nos obliga a:

  1. a) Conocer esa riqueza de que hemos de posesionarnos.
  2. b) A saber desde ahora qué resortes han de moverse para que de la expro­piación de los expropiadores resulte una ventaja positiva e inmediata para la sociedad.

Sin dañar la libertad de nadie, ni poner trabas al desarrollo futuro, pode­mos hacer este cálculo:

Nuestra producción de energía eléctrica se calcula ahora en un millón y medio de kilovatios-hora. Pero solamente la energía hidroeléctrica posible en España puede llegar de 10 a 20 millones de kilovatios-hora. Un equivalen­te, en carbón, a 75 millones de toneladas. Esa energía aplicada a máquinas de trabajo puede producir el resultado del trabajo de más de 50 millones de esclavos en una jornada de ocho horas por día. No sólo es conveniente apun­tar la idea general del aprovechamiento de esa energía inmensa, que hoy se pierde estérilmente, sino que incluso habríamos de tener ya estudiados los lugares en donde se montarían esas usinas eléctricas, sus condiciones, su ren­dimiento, etc.

Podemos estudiar el suelo español y advertir la falta de bosques y la ur­gencia de su creación, por los beneficios climáticos, industriales, de enrique­cimiento del suelo que de ellos resultarían. ¿Qué podría perjudicar a las generaciones futuras el establecimiento previo de todos los detalles, posibles por expertos, de cómo hemos de llevar a cabo esa obra de repoblación fores­tal socialmente necesaria?

La economía, que trata con factores conocidos y con elementos calcula­bles, es asunto de regulación social. En las mismas condiciones puede co­menzarse desde hoy el estudio para su mejor aprovechamiento que mañana. La improvisación en este terreno puede resultar ruinosa. Si demostramos desde ya conocimiento y dominio de los problemas a resolver, y ponemos de mani­fiesto la manera de resolverlos, inspiraremos cada día mayor confianza a las grandes masas y la tarea de la revolución, que se hace en primer lugar para satisfacer necesidades que en el orden actual quedan insatisfechas, saldrá be­neficiosa y aliviada. Nos basta en lo político la destrucción de todo poder que haga la ley para todos y la obstrucción de toda tentativa de reconstruir ese poder, cualesquiera que sean sus formas. La comunidad misma sabrá tra­zarse normas de convivencia que no necesitamos prever ni determinar de an­temano. Pero demos al César lo que es del César, a la Libertad lo que es de la Libertad, a la Necesidad lo que es de la necesidad.

Capitulo IV

La población española y su distribución

Es importante el conocimiento de la población española, pues los proble­mas de la reconstrucción no serian exactamente los mismos si el territorio nacional sólo contase con diez millones en lugar del doble.

Los alimentos, tierras, minas, viviendas, etc., no son ilimitados y, sobre todo, es preciso que se acrecienten, no como en otros tiempos, conquistan­do nuevos territorios, sino intensificando los cultivos en los antiguos, pi­diendo a la industria y a la técnica lo que no puede dar la naturaleza espontáneamente.

El índice del desarrollo de un país no se mide por su población agrícola, sino por su población industrial. En países fértiles y de fácil cultivo, como el Canadá, con una décima parte de la población en el campo se pueden abastecer plenamente las necesidades de la población. En España podría du­plicarse esa suma y exigir para la agricultura un 20 ó 30 por ciento de su población; con lo cual el trabajo del campo, hoy una maldición, por culpa de la ignorancia, de los gravámenes fiscales, del régimen de la propiedad, del atraso técnico, se convertiría en una de las ocupaciones más sanas, renditivas y aliviadas.

España se encuentra relativamente retrasada en todo, en agricultura, en industria, en el transporte, en la cultura. La revolución debe realizar en po­cos años un salto hacia delante prodigioso, construyéndose un instrumental técnico de que carece, transformando los métodos de cultivo de la tierra, repoblando sus bosques, recogiendo hasta la última gota de agua de sus ríos para los riegos, multiplicando los caminos y carreteras, convirtiendo en tie­rras productivas los desiertos de sus mesetas, etc.

Por otra parte, su población es bastante numerosa como para conseguir grandes cosas en pocos años. Calcúlese lo que el enorme aparato represivo, guardias civiles, guardias de Asalto, policías, guardias rurales y urbanos, per­sonal de la Magistratura, empleados del ministerio de la Gobernación, en fin, todo el mecanismo de la defensa policial y judicial del privilegio capita­lista podría llevar a cabo si se dedicase a repoblar los bosques, a fomentar la arboricultura, a inundar de árboles frutales los bordes de todos los caminos, los ejidos de todos los pueblos. Con sólo cinco años de trabajo regular en ese sentido, España se convertiría en un vergel, sus bosques mantendrían la humedad del suelo, harían de la fruta un alimento común.

Dedíquese, por ejemplo, el equivalente a las fuerzas improductivas del ejér­cito y la marina a construir canales de riego, embalses de agua, diques, etc., etc., y dígasenos si el aspecto del territorio español, de árido que es no se convertiría en un lugar delicioso, donde, con un trabajo agrario mucho me­nor y más descansado que el actual, se obtendría doble cosecha.

Y apenas nos referimos al trabajo de 350.000 hombres hoy consagrados a defender la caja de caudales de los ricos, a poner trabas a toda labor fecun­da que no sea al mismo tiempo controlada y renditiva desde el punto de vista capitalista.

Pero el parasitismo es infinitamente más grande.

La población española puede calcularse en 24 millones de habitantes. En 1930 la natalidad era calculada en 28,8 por 1.000; la mortalidad de un 17,8 por 1.000. El crecimiento anual absoluto de la población española fue de 0,61 por ciento en el período de 1800-1870, de 0,52 en el de 1870-1910 y de 0,65 en el de 1910-1930.

Una tendencia a vivir sin trabajar, muy humana por lo demás, se advierte en todos los tiempos en España, tendencia que se ha puesto de relieve dema­siado por los observadores superficiales y ha creado una fama especial en torno al español.

Pero esa tendencia es la propia de las clases privilegiadas, pues sus obreros y campesinos son excesivamente laboriosos y nosotros que los conocemos en muchos países, no podríamos sostener la tesis de una inferioridad cual­quiera, desde el punto de vista de la habilidad, de la resistencia, de fa cons­tancia en el trabajo. Se encuentra a los españoles en las fábricas más modernas de Estados Unidos, en las pampas argentinas, en todos los lugares de trabajo del mundo y en todos los climas, a la par de cualquiera. Si en algo se distin­guen, es quizá por su mayor espíritu de independencia, por su mayor pro­pensión a la rebeldía. Por eso se les han cerrado en algunas partes las puertas, no por inferioridad para el trabajo.

En el censo de Campomanes de 1787 había sólo una quinta parte de la población en funciones económicas útiles. En cambio se contaban 481.000 hidalgos pagados de su abolengo, 189.000 clérigos, 280.000 criados.

Censos posteriores pueden modificar las denominaciones, pero siempre en­contraremos a una parte de la población eludiendo todo compromiso con el deber de ganar el pan con el sudor de la propia frente; y mientras el régi­men económico y social no varié de un modo radical, no hay que soñar con que ese parasitismo pueda ser suprimido.

En 1915, en las 49 capitales de provincia y en los 40 municipios de más de 30.000 habitantes, había 4.646.633 habitantes, o sea, el 23 por ciento de la población. Aumentó desde entonces ese porcentaje, indudablemente; pe­ro, no obstante, aún es superior la población del campo a la de las ciudades.

Para ilustrar el significado de la distribución de la población, he aquí las condiciones de Francia:

En 1789, su población rural, era de 26.363.000; su población urbana de 5.709.270. Por cada cinco habitantes que había en la campaña no habitaba más de uno en la ciudad.

En 1921 la población rural y la urbana se equilibran.

En 1926 la población agrícola no representa más que un 37 por ciento del total. De 1921 a 1926 la agricultura francesa perdió casi un millón de trabaja­dores que acudieron a las ciudades a ofrecer sus brazos a la industria.

El desequilibrio entre el crecimiento de algunas grandes ciudades y el de las regiones correspondientes, se acusa sobre todo en Cataluña. En 1920 la población total de Cataluña era de 2.244.719 habitantes y Barcelona contaba con 721.869. En 1930 las cifras eran 2.791.292 y 1.005.565, respectivamente. En 1934, según los datos calculados, la población de la región era de 2.969.921 habitantes, y la de Barcelona, de 1.148.129.

En 1910 había en España 406 mil personas dedicadas al comercio y al trá­fico; en 1920 llegaban a 644 mil; en este último año el porcentaje correspon­diente a la industria y a la minería era de 21,3 por ciento; muy inferior, como se ve, al de casi todos los países europeos.

La población española está agrupada en 46.082 núcleos, desde ciudades de un millón de habitantes a caseríos de una docena o dos de personas. Hay 284 ciudades, 4.669 villas, 16.300 lugares, 13.211 aldeas y 11.618 caseríos.

Otra distribución merecedora de tenerse en cuenta el primer tiempo de la revolución es esta: se divide España en 527 partidos judiciales, en 12.340 dis­tritos municipales y en 9.260 Ayuntamientos. Aun cuando la futura estructu­ración tendrá un fondo más económico que geográfico-político, la realidad actual debe ser conocida.

Comparando la población censada en 1910 con la actual estimamos en 10 millones de personas las que en España están en edad de trabajo, desde los 18 a los 50 años. De esa cifra no hay en la actualidad cinco millones dedica­dos a una labor socialmente útil en el campo y en la industria, y eso que incluimos también a los desocupados y a los familiares de las empresas cam­pesinas y ganaderas.

No contamos para el porvenir inmediato, como población productiva, a los niños menores de 18 años y a los ancianos de más de 50.

Los 9.260 municipios tienen esta población aproximadamente, según las cifras de 1920:

25 municipios no pasan de 100 habitantes;

1.325 municipios oscilan entre 100 y 300;

1.078 municipios pasan de 300 sin llegar a 500;

2.243 municipios oscilan entre 500 y 1.000;

1.697 municipios oscilan entre 1.000 y 2.000;

749 municipios oscilan entre 2.000 y 3.000;

700 municipios oscilan entre 3.000 y 5.000;

523 municipios oscilan entre 5.000 y 10.000;

284 municipios pasan de 10.000 y de ellos sólo 9 tienen más de 100.000 habitantes.

La cifra media de 43 habitantes por kilómetro cuadrado, es demasiado al­ta para un país agrícola y demasiado baja para un país industrial.

En resumen, la población española dentro del capitalismo es excesiva; y la pequeña válvula tenida hasta aquí de la emigración, no puede contarse en lo sucesivo; por consiguiente la población aumentará, no obstante lo que la miseria, la tuberculosis, puedan ralear las filas.

Dentro del régimen actual no hay más perspectivas que las de las privacio­nes crecientes, la opresión y la esclavización cada vez mayores de los que trabajan.

En una economía socializada no habrá individuos improductivos; todos tendrán una tarea que realizar y podrán elegir esa tarea en límites amplísi­mos. Los cuatro o cinco millones de seres que hoy se desloman en la indus­tria, en el campo, en la mina, en la pesca, para llevar un mendrugo a su hogar y abastecer la mesa de los funcionarios del Estado, de los intermediarios del comercio, de los señores de la industria, de los rentistas, cobradores de cupo­nes de la Deuda, etc., etc., verán automáticamente duplicado su número. Ya por ese solo hecho es indudable que el alivio se hará sentir en el acto. Si to­dos comen, es justo que todos trabajen.

Pero además, el alivio será de año en año más notable si se realizan las obras públicas de riego, de comunicaciones y transportes, de laboreo de los minerales, de fabricación de toda especie, de repoblación forestal, que tanta urgencia tienen.

Con los actuales métodos de producción y en el estado actual de la econo­mía española, la capacidad alimenticia posible en España alcanzaría, según Fischer, para 27 millones de habitantes. Pero ese límite podría alejarse bas­tante con las transformaciones que la revolución propicia.

Capítulo V

Una sociedad de productores y de consumidores

La idea de la supresión del parasitismo económico y político está, o al me­nos debiera estar, bastante madura en la mente de los pueblos para su inme­diata realización. A los que trabajan no les agrada verse esquilmar la mejor ración del producto de su esfuerzo, y si no fuera por la fuerza policial y mili­tar del Estado, es seguro que la máxima de justicia, el que no trabaja no co­me, se vería instantáneamente traducida en hechos prácticos. Pero es que los trabajadores de las fábricas y de la tierra viven tan sometidos a un régimen de subyugación y tan sujetos a las cadenas de la esclavitud como los esclavos de todos los tiempos; la sola diferencia está en que los asalariados modernos tienen la libertad de elegir amos en las llamadas democracias, libertad tam­bién ésta un tanto relativa.

Los realmente productores son una ínfima minoría social; una décima parte de la población vive del aparato estatal; otra décima parte vive del comercio capitalista[5], sin contar otras categorías improductivas, importantes y sin con­tar las categorías improductivas naturales, los ancianos y los niños.

De diez millones de personas aptas para el trabajo en España, apenas en­contramos cuatro millones y medio o cinco en el proceso productivo de la industria y la agricultura. La revolución, por lo menos, hará que ese parasi­tismo desaparezca, con lo cual ya estaría justificada; y, por consiguiente, desaparecerá la abundancia junto a la escasez, la ostentación del lujo junto a la miseria más extrema. Si de cierta producción no alcanza lo suficiente para todos, se racionará de manera que nadie quede sin su parte, grande o pequeña; distribuirá equitativamente la alimentación, el vestido, la vivienda; sembrará con mayor sinceridad y aliento la cultura primaria y la instrucción especializada; pondrá en movimiento todos los brazos y todos los cerebros y, por primera vez en la Historia del Mundo, no habrá ni inteligencias ni mús­culos en huelga forzosa; todas estas fuerzas tendrán desde el primer día am­plio campo para materializar su potencia.

También por esto es deseable la revolución, que hará de la República de guardias, que es la flamante República española, una vasta comunidad de productores y de consumidores.

No creemos mayormente en la resistencia al trabajo, incluso de parte de las clases hasta aquí crecidas en el ocio; habrá dificultades iniciales hasta re­partir adecuadamente esa enorme población entre los gremios en los cuales pueden hallar más fácil y cómodo acceso; pero la dificultad mayor no estará ahí, sino en las consecuencias de un bloqueo internacional.

Falta en España el algodón, por ejemplo, sin el cual alrededor de trescien­tas mil personas, entre obreros textiles y obreros de la confección, quedarán sin tarea; falta petróleo, sin el cual el transporte ha de verse seriamente obs­taculizado; falta, aun cuando es menor su importancia, papel, sin el cual mu­chos millares de obreros gráficos, de periodistas y escritores, etc., quedarán sin ocupación; esas son las materias en que a primera vista advertimos défi­cit sensible; nos parece que en todo e! resto los problemas son menores.

La revolución debe, desde su principio, preocuparse de asegurar el algo­dón para las fábricas de Cataluña[6] y para el vestido de la población; debe preocuparse de resolver el problema del petróleo sintético, por la destilación de carbones minerales. No hay dificultades técnicas insuperables, pues todas esas contingencias han sido vencidas por la ciencia moderna; pero si la revo­lución no quiere volver a un nivel de vida inferior, sino aumentar el bienestar general, debe contar con petróleo para sus automóviles, sus camiones, sus barcos, sus aviones, y debe sembrar desde el primer año el algodón suficien­te para que no se paralice el trabajo textil y la confección.

Naturalmente, estos problemas, aun cuando conviene resolverlos, serian de menor urgencia si el bloqueo mundial no se produjese y se pudiera abas­tecer el consumo con el petróleo ruso, con el algodón americano, a cambio de bastante mineral de hierro y cobre.

Del mineral de hierro extraído en las minas españolas, sólo una mínima parte es fundido en el país; el resto se exporta y vuelve convertido en maqui­naria, en instrumental, etc. La revolución debe hacer de la industria metalúr­gica española una realidad y multiplicar los altos hornos, las fábricas de má­quinas, sustituir en lo posible el viejo arado romano y, en general, la tracción a sangre por el arado moderno y el tractor, apropiados para las mesetas y las regiones llanas; debe electrificar lo más que pueda de sus ferrocarriles y de sus fábricas; debe aprovechar todos los saltos de agua, tanto para los riegos como para la producción de energía eléctrica; debe encauzar seriamente el problema de la repoblación forestal, la preparación de nuevos territorios para la agricultura y la ganadería, la utilización de la fuerza del viento, etcétera.

En una palabra, la revolución debe hacer en pocos años lo que el capitalis­mo es impotente ya para crear: una España capaz de alimentar, de vestir, de alojar a una población que no tardará en llegar a los treinta millones de ha­bitantes si las corrientes emigratorias siguen cerrándose como se han cerrado en los últimos tiempos[7].

Toda voluntad de trabajo encontrará fácilmente su puesto gracias a la re­volución, que vincula la ciencia de los laboratorios y de los gabinetes con la técnica y con el trabajo útil.

De esa solidaridad tiene que surgir forzosamente algo superior a lo que pueden darnos la política capitalista, las especulaciones de los financieros, la voz de mando de los generales.

No necesitamos la hipótesis de Dios para la construcción ideal de nuestra sociedad de trabajadores; no tenemos que recurrir tampoco a la hipótesis del Estado. No queremos que todos bailen a la misma música, que todos mar­quen el paso al unísono. Incluso admitimos la posibilidad de diversos orga­nismos, unos más y otros menos revolucionarios, unos más y otros menos amigos de la nueva situación. Lo importante es que todos los españoles tene­mos un mínimo de necesidades que satisfacer y, en holocausto a eso, debe­mos contribuir, por deber y por derecho, al proceso de la producción de los bienes para satisfacerlas. Lo mismo que hoy en la fábrica trabajamos con diversidad de mundos políticos, interesándonos en ella más el buen obrero, el buen compañero de labor, que e! compañero de ideas, así mañana nos co­dearemos en los lugares de trabajo con gentes que no piensan como noso­tros, que incluso nos son política o socialmente hostiles, y a los que habremos de vencer por el ejemplo de nuestra obra, por la eficacia de nuestra orienta­ción. Hay diversas organizaciones obreras en España; todas deben contribuir a la reconstrucción de la economía y a todas se les debe dejar su puesto. La revolución no rehúsa ningún aporte de ese terreno; luego, fuera de la produc­ción y de la distribución equitativa, obra de todos y para todos, cada cual propiciará la forma de convivencia social que mejor le agrade. Lo mismo que no negaremos el derecho a su fe religiosa, a los que la tengan, e incluso la ostentación de esa fe, tampoco negaremos, a los que no participen de nues­tras concepciones sociales la libertad de defender las suyas y de practicarlas, siempre que no sean agresivas, siempre que no quieran forzarnos a nosotros y a quienes no las comparten a ser de los suyos. Entonces habría hostilidad y guerra civil. Incluso prevemos que los amigos del modelo ruso podrán te­ner para su uso particular, fuera del régimen económico que ha de ser fruto de una gran concordancia, sus comisarios del pueblo; prevemos que los so­cialistas políticos podrán tener su Parlamento, seguir pronunciando sus dis­cursos. No nos afectará en lo más mínimo y nosotros nos contentaremos con la disposición, siempre latente, a impedir cualquier manifestación agresiva de una fracción contra otra que no quiera practicar sus ritos políticos o reli­giosos, y a mantener el aparato productivo y distribuidor en poder de los productores y los distribuidores mismos[8].

Libertad, pues, libertad absoluta en el orden político; coordinación de to­das las fuerzas en el orden económico, producción de todos para todos, dis­tribución equitativa de los productos. ¿Qué puede objetarse a una sociedad organizada de esa manera? Y ésa es posible desde hoy mismo, con sólo que los trabajadores y los campesinos víctimas de la iniquidad reinante lo quie­ran y se dispongan a descargar sus hombros del peso aplastante de tanto pa­rasitismo como les agobia.

Creemos que esta revolución no dañará a nadie y beneficiará a todos. ¿Qué importa que muchas gentes que hoy disfrutan excesivamente hayan de vol­verse un poco más parcas y conozcan lo que cuesta el pedazo de pan que se llevan rutinariamente a la boca sin haber dado en cambio nada de esfuer­zo? Para ellas mismas sería un bien moral y físico ese cambio de la situación. Pero sobre todo la clase media y el proletariado no sólo no tienen que perder nada, sino que tienen un mundo que ganar en una fraterna cooperación pro­ductiva, gracias a la cual unos y otros alcanzarán un nivel de vida tolerable y, sobre todo, seguro. No habrá miserias ni inquietudes por el mañana, no habrá continuas tragedias de sin trabajo, de gentes que han conocido en la clase media un relativo confort y hoy se ven en plena miseria, sin pan y sin esperanzas. Todo eso desaparecerá, porque habrán sido abiertos al trabajo fecundo todos los lugares de producción, sin más línea directriz que la satis­facción de las necesidades sociales.

Los temerosos de siempre suponen que la revolución, que es obra de justi­cia, va inspirada por la venganza. Es un error: más bien hay que temer que la revolución triunfante peque en España de exceso de generosidad. El prole­tariado español es todo lo contrario del vengativo, y al día siguiente de en­contrarse en posesión de la riqueza social, habrá olvidado su largo calvario. Los hombres y mujeres que no han sido habituados al trabajo desde su ju­ventud, es inútil forjarse ilusiones, no serán de gran eficacia; al comienzo, al menos, toda esperanza está en sus hijos, que serán educados desde tem­prano en una nueva moral e instruidos para ser mañana útiles. A la vieja generación parasitaria será preciso encontrarle alguna ubicación en labores fáciles y de poco esfuerzo, pues lo contrario seria pedir peras al olmo.

Uno de nuestros camaradas, el Dr. M. Pierrot, propone como medida de oportunidad y de conveniencia, asegurar una especie de renta vitalicia a los privilegiados desposeídos de sus riquezas, dada la dificultad con que se ha­brá de tropezar para su adaptación el nuevo orden de cosas. La nueva gene­ración podría darse por feliz si puede comprar a ese precio su seguridad y las garantías de su libre desenvolvimiento[9].

Naturalmente, hay una parte de los capitalistas, los empresarios, los pe­queños industriales, que conocen su materia, que han comenzado a la par de los demás obreros o que pueden ponerse a la par de ellos; su porvenir como técnicos y expertos en su industria o su rama especial de trabajo está perfectamente seguro; no serán los amos, pero serán miembros indispensa­bles de la nueva estructura social y en ella podrán desarrollar, mucho mejor que en su situación anterior, su espíritu de empresa, sus iniciativas, las am­pliaciones deseables de sus establecimientos, etc.

Podríamos revisar una por una todas las categorías de la población y ver cómo nada tendrían que temer del cambio social inevitable. No habrá pala­ciegos ni cortesanos, ni habrá gentes reventando de disfrutes, enfermos de gota ni de aburrimiento por el derroche y el vicio. No llegan a cien mil los hogares españoles que habrán de sentir mermada su situación por el proceso revolucionario: nos referimos a esas cien mil personas a quienes considera­mos propiamente ricas y con base económica a cubierto de toda emergencia; en cambio, para los veintitrés o veinticuatro millones de españoles restantes, la revolución será libertadora, y para cerca de veinte millones, será también portadora de un nivel superior de existencia al que han conocido con el capi­talismo.

Capítulo VI

De la iniquidad económica y social a la justicia

¿Qué es lo que observamos en la estructura de la vida que se desarrolla a nuestro alrededor, de acuerdo a las directivas del capitalismo?

Un formidable aparato productivo, elevado por la técnica y la ciencia a un grado de posibilidades insospechado, y su falta de aprovechamiento por la contradicción inherente al sistema de especulación, de la producción ren­table para los mercados y no para los consumidores, no para las necesidades.

Cada obrero norteamericano tiene a su disposición 3.000 esclavos de ener­gía en forma de 300 caballos mecánicos de fuerza; cada caballo de fuerza es equivalente al trabajo hecho por diez esclavos humanos. ¿Qué magnate de la antigüedad griega o romana o egipcia podía contar con tantas fuerzas a su disposición? En otros países el desarrollo técnico es menor; pero, sin embargo, son muchos los esclavos mecánicos de que dispone el productor moderno, y su número podría fácilmente doblarse, triplicarse, quintuplicarse.

Pero, ¿es que el bienestar humano corresponde a esas posibilidades? ¿Es que hay relación entre la manera cómo vivimos y cómo podríamos vivir? La producción de acero de Estados Unidos disminuyó en 1930, en comparación con el punto culminante alcanzado antes, en más de un 50 por ciento; la de Inglaterra y Alemania, en un 50 por ciento; la de Francia, en un 33 por cien­to. El descenso no ha menguado y el comercio mundial marca igualmente la enorme proporción de la caída. Se tiene un inmenso aparato productivo, se cuenta con medios de transporte modernos y rápidos, pero en algunas in­dustrias hasta el 70 y el 80 por ciento de su personal está con los brazos cruzados.

Los países agrícolas ven pudrirse los cereales en los campos o en los depó­sitos sin compradores, mientras los pueblos industriales abarrotan los depó­sitos de mercadería sin salida y acrecientan sin cesar el paro forzoso. En los países industriales de Europa y de América pasan de 50 millones los parados y, por más proyectos que se tejan y más empréstitos que se hagan, la situación del mayor número de esos trabajadores, empleados y campesinos, no puede mejorar ya en el régimen actual[10].

Una sociedad como la presente, que hace posible una productividad gran­diosa con una miseria igualmente extraordinaria, no debiera tener defenso­res. Los que realmente están en ella libres de preocupaciones y a seguro de las contingencias son una ínfima minoría; los más están expuestos a perder el pan y el techo cuando lo tienen.

No hay seguridad más que para los pocos y si en la línea de batalla no encontramos más combatientes contra la organización que nos degrada y nos arruina, impidiendo el trabajo de los que desean producir, obstaculizando el aprovechamiento de todas las energías disponibles, es por el temor misoneísta propio de las grandes masas.

Examinemos el caso de Alemania.

Sobre 65 millones de alemanes, un 32,5 por ciento son considerados pro­ductivos; de ellos 29 millones ganan menos de 200 marcos por mes.

«La parte de los pobres —escribe F. Fried [La fin du capitalisme)— sobre todo el ingreso nacional, es, en Alemania, alrededor del 70 por ciento; la de la clase media, de un 26 por ciento y la de los ricos (30.000 hombres) casi 4 por ciento. De otro modo: 29,5 millones de hombres ganan por término medio de 130 a 140 marcos por mes; 3,5 millones alcanzan a 450 marcos por mes y 30.000 hombres de 12 a 13 mil marcos mensuales. Pero esta no es más que una estadística superficial: un análisis más profundo revela diferencias todavía más notables.

«Tomemos primeramente —continúa el mismo autor— esos 29,5 millones de hombres que ganan cada uno menos de 140 marcos por mes. Entre ellos, 16 millones, o sea, más de la mitad, no llevan cada mes a su casa 100 marcos; 6 millones aportan sumas que varían entre 100 y 125 marcos, y 7 millones y medio entre 125 a 200 marcos. Esto significa que la mitad de la población productiva en Alemania no recibe siquiera el salario mínimo oficialmente re­conocido como indispensable.

«Si se analiza desde más cerca la composición de la capa intermedia ya ínfima en Alemania, su rol parece todavía más limitado. Se trata de 3 millo­nes y medio de hombres productivos. Entre ellos 2 millones y medio, o sea un 70 por ciento, ganan entre 500 y 1.500 marcos mensuales. Aquí sería pre­ciso, a decir verdad, detenerse, porque no quedan más que 77 mil hombres que tienen una ganancia mensual que se eleva de 1.500 a 3.000 marcos. Si se les añade a los 30.000 ricos se obtiene para toda Alemania el total de 100.000 hombres que viven realmente sin preocupaciones».

¿Para qué tanto empeño, tantos sacrificios, tantos crímenes si al fin y al cabo el régimen capitalista no libra propiamente de inquietudes económicas más que a una parte insignificante de la población?

El hitlerismo, una de las manifestaciones más horrorosas del retorno a la barbarie, si es que no agraviamos con eso a los más bárbaros de los tiempos viejos, sólo ha surgido y existe para salvar a esos 100.000 alemanes ubres de las preocupaciones, del castigo proclamado en la Epístola a los tesalónicos: el que no trabaja no come.

Lo que anteriormente transcribimos sobre Alemania, puede aplicarse en líneas generales a cualquier otro país.

Dejemos de lado, sin embargo, la critica al sistema capitalista, porque ha llegado ya a una situación en que se resquebraja solo y sus llagas están a la vista de los más ciegos y sus efectos son sentidos como nunca hasta por los más indiferentes. Más que hora de crítica, es hora esta de ofrecer soluciones. Y nosotros damos la nuestra, sin preocupaciones de partido, sin preconcepto alguno, como alguien que, examinando fríamente las cosas, hijo de su épo­ca, buscase el camino más recto hacia el gran objetivo de la salvación humana: el aseguramiento del derecho a la vida y al trabajo.

La propiedad privada debe hacer lugar a la socialización de la propiedad, que no ha de confundirse —repetimos— con estatización, con capitalismo de Estado. Una economía comunista no es una herejía ni es ningún imposi­ble; entra, por lo menos, en el terreno de la justicia. Tanto es así que la Igle­sia católica, cuando aún estaba influida por el cristianismo, antes de transigir y someterse a los Césares de Roma, defendía el comunismo con ardor y con entusiasmo, y sus mejores apóstoles lo han seguido haciendo a través de los siglos. Hoy la Iglesia es el último baluarte de la propiedad privada, la última defensa de la riqueza parasitaria e improductiva, el último sostén tradicional de la tiranía y de la expoliación.

«Los crímenes, las guerras y los pleitos —decía Juan Crisóstomo— nacie­ron cuando se pronunciaron aquellas heladas palabras tuyo y mío» Y tam­bién él decía: «Aunque hayas heredado tus bienes de tu padre y tu padre de sus abuelos, remontando en la serie de tus antepasados, tropezarás infalible­mente con el criminal» (Lo que quiere decir que el origen de la propiedad está en el robo).

San Ambrosio sostenía que la tierra es una propiedad (como el aire) «co­mún para todos» y que la propiedad privada tiene su origen en la usurpación.

De San Basilio es esta frase: «La sociedad perfectísima es la que excluye toda propiedad privada. Este fue el bien primitivo que se turbó por el peca­do de nuestros primeros padres. El propietario privado es como el que, apo­derándose de cosas comunes, se las apropia, fundándose únicamente en la ocupación»…

San Ambrosio el Grande afirmaba: «La tierra, de donde todos procede­mos, es común. En vano se consideran inocentes los que guardan para uso privado los dones que Dios hizo comunes».

La propiedad privada, pues, según los padres de la Iglesia, es un pecado. Y  según San Jerónimo, todo rico es un inicuo o heredero de un inicuo. Pero no sólo es inmoral la propiedad privada, sino que es un obstáculo insalvable en el camino del reajuste económico del mundo. En torno a ella florece el monstruoso parasitismo comercial, burocrático, político, social; en torno a ella se desarrolla la desocupación, la esclavitud del hombre ante el hombre, con todas las murallas chinescas del anacronismo reinante.

Fermín Galán, el héroe de Jaca, tuvo por un momento la balanza de !a historia de España, y de gran parte del mundo en la mano; si hubiese sido tan estratega como revolucionario, habría triunfado y ensayado su proyecto de nueva creación, inspirado en las fuerzas de nuestro movimiento obrero organizado y en ideas sociales libertarias pasadas por el tamiz de su espíritu apasionadamente realizador. Galán, reconociendo el hondo arraigo biológi­co e histórico de los egoísmos individuales, en oposición a la supresión de la propiedad, admite la propiedad en su usufructo, no transmitible, no acumulable, como etapa inmediata hasta que una experiencia de convivencia mo­ral, justa y libre haga posible otra solución mejor. Sostiene que una parte igual para todos de la riqueza social satisface al instinto social, no al indivi­dual, y rechaza en consecuencia las dos fórmulas del socialismo: «A cada uno según su capacidad», y «De cada uno según sus fuerzas y a cada uno según sus necesidades»; es partidario de ésta: «A todos y a cada uno según su capacidad y su esfuerzo físico».

No podemos pasar por alto en absoluto la parte de exactitud que hay, sin duda, en la previsión de Galán, y es muy posible que la revolución socializa-dora tenga que ceder en algunos lugares al instinto individual campesino de la propiedad, lo que implicaría una coexistencia de propiedad socializada to­talmente y de propiedad privada, sólo que no heredable, no acumulable, en simple usufructo.

Por otra parte, no debemos olvidar los antecedentes de propiedad comu­nal tan arraigada en España, y de los que Joaquín Costa, en su Colectivismo agrario, y Rafael Altamira, en su Historia de la propiedad comunal, dan tan­tos ejemplos. Este último, refiriéndose a esa comunalización de la propie­dad, nos dice:

«Obsérvese que nuestra península es abundante en valles pequeños, en mon­tañas, en sitios, en fin, donde no caben grandes explotaciones agrícolas, así como en otros cuyas condiciones climatológicas y geológicas no se prestan a los cultivos extensos ni a los intensos, sean o no de producción exportiva. Justamente, pienso yo que se nos ofrecen esas supervivencias (de propiedad comunal) como un comunismo propio, tradicional, que no asusta a nadie, que ya ha hecho sus pruebas, y en el cual puede verse un medio de ir al uní­sono (en cuanto al campo se refiere) con las nuevas ideas económicas y so­ciales y, a la vez, encauzarlas en algo práctico que no es una panacea, sino una realidad experimentada y con arraigo psicológico en buena parte del pue­blo español». {Historia de la propiedad comunal, 1929, I, Págs. 20-21).

Además, el campesino español vive tan miserablemente con su propiedad que nada tendría que perder al aportarla a la sociedad a cambio de una me­jor explotación y de una distribución más adecuada del trabajo y de sus pro­ductos.

De 13.530 contribuyentes por tierra de la provincia de Avila, 11.452 viven con ingresos inferiores a una peseta diaria, 1.758 con ingresos inferiores a 5 pesetas, y 155 con ingresos entre 5 y 8 pesetas. En base a esas cifras, aplica­bles por término medio a toda España, puede decirse que más del 90 por ciento de los propietarios españoles de tierras ganan menos que el promedio de los trabajadores sin propiedad de la industria.

Sobre un total de 1.026.412 propietarios de tierras españolas catastradas, 847.548 ganan menos de una peseta diaria, lo que nos da «una clase proleta­ria de la tierra, lo que no difiere en nada de los proletarios agrícolas o traba­jadores del campo en cuanto a su absoluta dependencia del mercado de los salarios». (S. Madariaga: España, 1930, Pág. 74).

Esos campesinos, sí en algunas partes exigieran la conservación de la pro­piedad de su tierra en las condiciones propuestas por Fermín Galán, obli­gando a una concesión de parte de la revolución justiciera y liberadora, no tardarían en verse aleccionados por la experiencia sobre su error y sobre lo injustificado y nefasto para ellos mismos de su egoísmo.

*          *          *

El suplicio de Tántalo no es ninguna fantasía; lo tenemos como símbolo de la sociedad capitalista; el hombre tiene sed y no puede satisfacerla porque el privilegio se lo impide; tiene hambre y sucumbe ante los graneros repletos, ante los depósitos abarrotados. ¿Se quiere mayor contrasentido que el de la abundancia, fuente principal de miseria? Y esa es la realidad mundial.

Tántalo es el ciudadano no privilegiado de cualquier país moderno.

Para el que no tiene la cabeza revuelta por el interés mezquino, la solución es casi perogrullesca. Si tenemos materias primas, tierras, instrumentos de trabajo, brazos humanos en grandes cantidades o al menos en la proporción necesaria para asegurar un nivel superior de vida a todos, hay que romper las trabas artificiosas que se oponen al empleo de todos esos recursos. Lue­go, si se obtiene la abundancia en algunas materias útiles, nadie carecerá de ellas; si hay escasez en otras y no se consigue aumentar su rendimiento de inmediato, se repartirá lo existente equitativamente entre la población que las necesita. No es ningún problema de cálculo diferencial, sino una simple operación de buen sentido.

No sólo es más justo, sino que es también más práctico y beneficioso que la abundancia signifique disfrute de todos y no penuria del mayor número. Para llegar a ese resultado simplista se requiere socializar la propiedad, po­ner la tierra a disposición de quien quiera trabajarla, las máquinas bajo el control de los obreros, los lugares de estudio bajo la dirección de los hom­bres de ciencia, etc.

Algunos profetas tardíos del individualismo económico, del manchesterismo trasnochado, como F.S. Nitti, se irritan ante la sola idea de una econo­mía comunista; y, sin embargo, el equilibrio no se encontrará más que en una forma comunista de economía o al menos en una tendencia al comunis­mo, por intermedio de planes reguladores, coordinadores de todo el esfuerzo productivo y distributivo de un país o de un grupo de países.

Los modernos proyectos de economía planeada, cualesquiera que sean, suponen siempre la superación del individualismo económico, esencial en el ca­pitalismo privado. Pero acortaríamos grandemente el camino si la nueva eco­nomía planeada surgiese de las masas productoras y distribuidoras directamente y no de la burocracia de un Estado convertido en supremo hacedor.

Hemos hecho ya experiencias de estatización y de comunismo estatal. Se conoce la estructuración del comunismo del imperio incaico y del comunis­mo egipcio. En Egipto existía el trabajo forzado en común. Revillout, el in­vestigador del derecho egipcio, describe aquellas condiciones como una especie de «socialismo de Estado». Es una especie de faraonismo el que podría lle­gar a ser el comunismo ruso; pero esa modalidad no corresponde a la con­ciencia contemporánea, por más esfuerzos que haga, para que se crea lo contrario, la diplomacia del Estado supuestamente proletario.

Tanto se ha desarrollado la máquina capitalista de producción que ya ni los capitalistas mismos la entienden, y, los que la entienden, son impotentes para dominarla y dirigirla. De ahí todos los contrastes y todas las dificulta­des. Los mismos capitalistas, en su sed de especulación y de ganancia, desen­cadenaron los espíritus y ahora no saben reducirlos a la impotencia; se olvidaron de la palabra mágica y se han convertido en juguetes de la propia creación.

Algo semejante ocurre con el Estado moderno; ha crecido tanto, se ha vuelto tan complicado, sus engranajes son tan fuertes, que el hombre de Estado, que en otros tiempos ha podido ser dirigente del mecanismo, es hoy dirigido, esclavo de la máquina. Esta es hoy máquina y maquinista.

Por eso no aspiramos nosotros a ocupar en los puestos de combate el lu­gar de los actuales supuestos dirigentes. No podríamos hacer más que ellos ni diversamente a como ellos hacen, siendo instrumentos dóciles, forzosos, del mecanismo entero, cuya persistencia es incompatible con el derecho de la vida, cercenado en proporciones tan considerables por las consecuencias de la iniquidad económica y política erigida en sistema. 

*          *          *

Según lo que podemos deducir por el estudio de la economía moderna, supresora de los localismos económicos, la evolución, el desarrollo factible para la generalidad está en la línea de coordinación y de unidad. El trabajo es una obligación, consciente en mayor o menor grado; algo que si se pudie­ra eludir, no se haría. Ahora bien: sí hemos de trabajar para vivir, es preferi­ble hacerlo con el menor esfuerzo posible y no con el mayor esfuerzo, sobre todo aquel trabajo socialmente necesario, nuestra cuota a la existencia social.

El gusto individual del productor pesa menos en la economía moderna que en el artesanado, por ejemplo; diríamos que no pesa casi nada, pues el pro­ductor realiza generalmente un solo movimiento en un conjunto sin fin de movimientos que dan un resultado final acabado; puede trabajar sin saber por qué ni para qué. Esto no es bueno, pero es lo que ocurre en la industria moderna, la misma que nosotros hemos de tomar en posesión y gestión directa.

Reivindicar, frente a eso, en lugar de conceptos más o menos en la línea económica general, una modalidad de trabajo que forzosamente nos volve­ría un poco al artesanado, es tanto como predicar en el vacío y sentar plaza de excéntricos.

La vida económica tiende a una viva coordinación, no sólo porque es la manera de producir más y más económicamente, sino porque la población es doble, triple, cuádruple de la existente en los tiempos del artesanado artis­ta. William Morris ha ejecutado obras de ebanistería preciosas, pero con su sistema de trabajo no se podría surtir a la humanidad de los muebles que le hacen falta y no podría entrar su labor en la socialmente necesaria. De quererlo se haría fuera de las horas de trabajo general obligatorio, para la satisfacción de los gustos de minorías más selectas. La misión del momento es asegurar a todos los seres humanos un mínimo de existencia indispensable en alimentación, vestido, vivienda, etc., y la revolución debe encarar eso ante todo, consciente de que, asegurado ese mínimo necesario, los horizontes que se abrirán a las necesidades serán distintos y entonces podrán aplicarse prin­cipios menos unitarios, al menos fuera del mecanismo económico general.

Fuera del horario socialmente establecido para cada industria o sección de trabajo, quedaría margen suficiente para labores individuales de relieve e independientes en su concepción, ejecución y destino de las tareas comu­nes de la organización económica general.

Lo mismo que se tiene el ferrocarril y éste debe funcionar regularmente, tener un ritmo propio, y que no se puede volver a las carretas de bueyes co­mo medio general de transporte terrestre, por más que aún se emplee parcial­mente ese sistema, así en todas las cosas, en todas las esferas de la economía es preciso avenirse a la idea de conservar los últimos progresos y adoptar las innovaciones posibles en el sentido de un mayor perfeccionamiento, de una mayor utilidad con menor esfuerzo.

Y decimos esto, aun cuando preferiríamos, personalmente, un poco más de trabajo, a costa de una producción más escasa, pero más en armonía con la multiformidad de métodos. Ahora bien: la multiplicidad de métodos será cada día más reducida, repetimos, primero porque no siempre coincide con el beneficio y la tendencia del menor esfuerzo y, en segundo lugar, porque la población es ya tan numerosa en casi todos los países, y sus exigencias, quizá superfluas en parte, pero no menos fuertes, se han centuplicado en re­lación con las de la población de hace cincuenta, cien o doscientos años. Exi­gimos hoy mil cosas que nuestros antepasados de hace medio siglo tan sólo no soñaban posibles siquiera; somos mucho más numerosos y es preciso que la producción de un hombre de hoy sea superior, diez, veinte, cincuenta ve­ces a la del ciudadano griego o romano de otros tiempos. Y para ello, en el primer momento al menos de la revolución, no vemos otro camino que el consubstancial de la economía moderna: la coordinación unitaria en todo lo posible, y la coordinación siempre, aun de sistemas de producción diver­sos, donde la coordinación de sistemas unitarios no sea realizable.

Capítulo VII

Organización del trabajo

Del Consejo de fábrica al Consejo federal de la Economía

Tal vez por ironía, en las Cortes constituyentes de la segunda República es­pañola, se propuso declarar a España República de Trabajadores; más de uno respondió debidamente a ese absurdo, y se dijo, con toda razón, que España era una República de guardias, o bien de trabajadores… en la cárcel.

La República de trabajadores no se hace en el Parlamento, ni por decreto de Estado; hay que hacerla con los trabajadores, en los lugares de trabajo y no fuera de ellos.

Queremos esbozar aquí el organismo económico de la revolución, las lí­neas generales de la nueva estructuración económica, sin hacer mayor hinca­pié en las partes divergentes, de derecha como de izquierda, a las que habrá de hacerse concesiones siempre que no se presenten en tono de agresividad y de hostilidad a las realizaciones prácticas distintas. No pretendemos erigir unas nuevas tablas de la ley. Pero, sin duda alguna, una República de traba­jadores debe tener por fundamento el trabajo, la organización del trabajo para suprimir el capitalismo, el propietario, el intermediario improductivo. Es decir, una República de trabajadores tiene que entrar en posesión de la riqueza social y administrarla directamente por los productores mismos.

Se han hecho en estos últimos años diversos ensayos de literatura socialis­ta constructiva por parte de los anarquistas. No diremos aquí nada nuevo; todo se ha dicho ya probablemente. Considérese, pues, este ensayo como una repetición, si se quiere; pero tal vez no esté de más, como no está de más la insistencia sobre otros temas de la propaganda cotidiana.

Es importante la literatura constructiva que hemos visto aparecer en nues­tro ambiente en el curso de los últimos años; pero más importante aún es la fe popular en la posibilidad de un cambio de las condiciones económicas y políticas actuales, en forma que quede asegurado a todos los seres huma­nos un mínimo de existencia accesible por el trabajo de cada uno.

Sabemos de antemano que el camino de la reconstrucción del mundo no está libre de obstáculos, de contratiempos, de errores, de desviaciones. No con­cedemos a ninguna criatura humana la infalibilidad, como tampoco la conce­demos a ninguna institución, por revolucionaria y proletaria que sea. Lo que importa concertar, para el primer paso, es el organismo que habrá de resolver los problemas cotidianos e inmediatos de la revolución, y ese organismo, para nosotros, no puede ser otro que el del trabajo organizado sin intervenciones de Estado y sin intermediarios y parásitos de la propiedad privada.

Se puede dar al asunto las vueltas que se quiera; si no pensamos en un retorno a un primitivismo económico imposible, hemos de aspirar a un régi­men de gestión directa de la producción y de la distribución por los produc­tores y los consumidores mismos, llegando a la máxima coordinación de todos los factores productivos, lo que nos dará ya una enorme superioridad sobre la esencia de la economía capitalista privada, que no ha sabido cohesionarse y evitar los terribles derroches y desgastes tantas veces denunciados como suicidas.

Hay algo que está definitivamente superado como principio dominante: el localismo económico. La economía actual no cabe en límites nacionales y mucho menos en los locales; por consiguiente, en economía no puede ha­ber particularismos (el productor raramente conoce al consumidor), sino coor­dinación. Bakunin ha empleado palabras más duras; nos ha hablado de centralización.

Coincidimos con Cornelissen en apreciar que «el núcleo de toda produc­ción, la célula económica es el ‘establecimiento’ y no el ‘oficio’. Además, en todo establecimiento moderno de la grande y mediana industria, pueden tra­bajar juntos los obreros y empleados de cien, diez o veinte diferentes oficios o especialidades. Juntos pueden conocer sus establecimientos y preparar la organización local, nacional o internacional de todos los establecimientos en cada rama de industria».

Naturalmente, es preciso conservar la libertad del individuo en el grupo de trabajo, el de su grupo en el Sindicato, el del Sindicato en el Consejo del ramo, el de éste en el Consejo local y así sucesivamente; pero si habrán de resolverse y reconocerse múltiples casos de excepción, ha de crearse un orga­nismo general aglutinante de la economía, y es ese organismo el que trata­mos de delinear aquí, no porque corresponda a nuestra utopia íntima, muy distinta, sino porque es el que puede contar con más posibilidades inmedia­tas de triunfo y con más adhesiones.

No es nuestro sueño de futuro lo que intentamos definir, sino lo que es factible en este momento, con los materiales humanos de que disponemos, en las condiciones actuales del mundo. Podemos superar el régimen del capi­talismo privado sin entrar en el capitalismo de Estado, y dando a los que trabajan el instrumento para convertirse en los verdaderos dueños de la pro­ducción y de la organización del trabajo. Si el organismo que proyectamos no llena las aspiraciones de los más exigentes, y nosotros estamos entre ellos, es siempre algo viviente y no cierra las puertas a la esperanza y a la posibili­dad de futuros perfeccionamientos.

El trabajo será un derecho y será también un deber. Algunas minorías inteligentes no necesitarán coacción de ninguna especie para trabajar todo lo necesario y más de lo necesario. ¿Pero es que ocurrirá con todos lo mismo?

La vida económica no puede ser interrumpida; al contrario, la revolución debe estimularla poderosamente y es preciso que sepamos sobre qué bases hemos de edificar desde ahora mismo para continuar produciendo, distribu­yendo, consumiendo durante y después de la revolución, sin el permiso del capitalista, sin la venia del Estado, no sólo los partidarios de la revolución sino los contrarios a ella, los refractarios, los descontentos.

Se teme que en una sociedad libre, los haraganes, los no dispuestos a la labor productiva eludirán fácilmente toda carga; sin embargo, en un régimen de trabajo organizado, es muy difícil vivir al margen de la producción; más hay que temer excesos de coacción y de rigor que un aflojamiento de los la­zos de la cohesión productiva.

Por eso decimos siempre que la próxima revolución, a la que los anarquis­tas darán todo su entusiasmo, su espíritu de lucha, su abnegación, no será una revolución tras de la cual la resistencia al espíritu de autoridad no tendrá razón de ser; prevemos larga y fecunda labor libertaria para después del aplas­tamiento del capitalismo, porque los siglos de educación en la autoridad y para la autoridad no se pueden borrar por un golpe de fuerza.

Si la dirección y el control del capitalista, del propietario, del empresario son desconocidos por el hecho de la revolución, en su lugar hay que poner algo propio, porque nos hace falta buena administración y relaciones con los demás organismos de producción y de distribución, locales y regionales.

En lugar del propietario, ente estéril en la economía, tendremos un Conse­jo de empresa, de fábrica, de granja, de cualquier especialidad de trabajo. Consejo constituido por los obreros, los empleados y los técnicos, que repre­senta al personal de la empresa, de la nave, de la mina, etcétera, y es nombra­do por ese personal siendo revocable en todo momento, modificable en todo instante si así se juzga conveniente.

Nadie mejor que los mismos compañeros de trabajo conocen la capacidad de cada uno de los que actúan en un establecimiento determinado. Ahí, don­de todos se conocen, es posible la práctica de la democracia. El Consejo de fábrica, o como se llame, en representación del personal ligado al mismo lu­gar del trabajo, cohesiona o coordina la labor en su esfera de actividad y la liga a las actividades semejantes de otros establecimientos o grupos productivos[11].

En la disposición y regulación de esa labor no interviene ninguna fuerza extraña a los trabajadores mismos. Hay autonomía completa, sin que esa auto­nomía se entienda como capricho en la producción, pues ésta debe respon­der a las necesidades y posibilidades y ha de ser hecha en vista de un conocimiento exacto de las condiciones de cada establecimiento y de las ne­cesidades y demandas de la población.

Los Consejos de fábrica o lugar de trabajo se relacionan entre si por afini­dades funcionales y forman las Secciones de productores de artículos afines y estas Secciones constituyen luego los Sindicatos de oficio o de industria. Estas nuevas instituciones, que se forman con los Consejos o Comités de fá­brica, no tienen injerencia en la estructuración interna de los lugares de tra­bajo, salvo el resolver la modernización del instrumental, la fusión o coordinación de fábricas, la supresión de establecimientos improductivos o poco renditivos, etc., etc.

Los Sindicatos industriales son los organismos representativos de la pro­ducción local en una rama especial productiva; no sólo pueden atender a la producción actual, sino esmerarse en condicionar la futura, creando escue­las de aprendizaje, institutos de investigación y de perfeccionamiento, labo­ratorios de ensayos, según sus fuerzas y la iniciativa de sus miembros.

Los Sindicatos se coaligan de acuerdo a las funciones básicas de la econo­mía, funciones que podemos resumir en diecisiete, haciéndolo otros en ca­torce, otros en quince. Tal es el número de las funciones económicas, gremios o ramas generales de actividad necesarios para la buena marcha de una so­ciedad moderna.

Nuestros diecisiete Consejos de ramo, con los que podemos organizar to­da la economía de un país, son los siguientes:

   Necesidades fundamentales: Consejo del ramo de la alimentación, Conse­jo del ramo de la vivienda y Consejo del ramo del vestido.

   Materias primas: Consejo del ramo de la producción agraria, Consejo del ramo de la producción ganadera, Consejo del ramo de la producción fores­tal, Consejo del ramo de la minería y el beneficio. Consejo del ramo de la pesca.

   Los Consejos relacionadores: Consejo del ramo del transporte, Consejo del ramo de comunicaciones, Consejo de la Prensa y el libro. Consejo del crédito y del intercambio.

   Industrias de elaboración: Consejo de la industria metalúrgica, Consejo del ramo de la industria química.

   Consejo del ramo de la luz, fuerza motriz y de! agua.

   Consejo de la sanidad y la higiene.

   Consejo de la cultura.

No creemos que quede fuera de consideración ninguna actividad social-mente útil en esa enumeración.

Pero no basta la función económica de cada gremio o ramo de industria; es preciso que haya vinculación entre todas las funciones para formar el con­junto del vasto proceso de producción y de distribución que caracteriza a nues­tra época.

Formaremos así, con los diversos Consejos de ramo, un Consejo local de la economía; sobre la base de éstos, en zonas más vastas, Consejos regiona­les, y en el país entero, en donde la nueva vida se construye, el Consejo fede­ral de la economía, sin perjuicio de una vinculación funcional también de los Consejos de ramo en todo el territorio revolucionario.

Explicaremos más detalladamente la misión de cada una de esas institu­ciones, órganos de la nueva forma de convivencia, de trabajo y de disfrute, su estructura federativa, su capacidad de cohesión perfecta, sus enormes po­sibilidades.

Todas las funciones económicas necesarias pueden regularse por esos die­cisiete ramos de actividad, en donde cooperan, estrechamente vinculados y solidarios, los obreros manuales y los técnicos. Gremios como el de rentistas, el de propietarios de tierras, de máquinas o de viviendas, el de accionistas de compañías industriales, el de funcionarios públicos, el de los políticos, el de los policías y jueces, etc., no son necesarios en la economía, y son su­primidos como tales, siendo reabsorbidos sus miembros en aquellas activi­dades manuales e intelectuales para las que se cuenten con más aptitudes. Probablemente en la pequeña industria y en los restos del artesanado, en donde el capitalista es al mismo tiempo empresario y el empresario un buen obrero o un técnico, el actual propietario será mañana un miembro útil del Consejo de fábrica, con menos dolores de cabeza que en su calidad actual de amo, agobiado por vencimientos, por la inseguridad del trabajo, por las hipote­cas, por el fantasma de la quiebra, etc. Lo mismo ocurriría en el campo, don­de el pequeño campesino, lejos de salir perjudicado al perder su propiedad legal, ganará sobre todo en liberación de una carga que no tiene para él nin­guna compensación.

La alta burguesía perderá probablemente en lujo y en derroche; no tendrá a su disposición regimientos de servidores; no tendrá el insulto del boato en medio de un nivel de vida mucho más restringido; no tendrá ricos palacios en medio de chozas miserables; pero, en cambio, si se adapta al trabajo útil, a contribuir como igual entre iguales al proceso de la producción, ganará en estima social y tendrá lo necesario para vivir a cambio de un esfuerzo de ninguna manera agobiador.

No creemos que los primeros tiempos de la revolución produzcan supera­bundancia en todo; esa superabundancia habrá de ser obtenida a través de una lucha encarnizada e inteligente con la naturaleza, hasta aprovechar to­dos los recursos y posibilidades del país. Pero si los actuales 10.000 de arriba perderán sus privilegios y habrán de bajar de su trono, en cambio 23 ó 24 millones de españoles sentirán pronto el alivio, no sólo en tanto que menor esfuerzo, sino en tanto que mayor confort, mayor seguridad, alimentación más abundante, mejor vestido, mejor vivienda, más cultura.

Los consejos de ramo de cada localidad se unen a su vez, siempre por de­legaciones, en el Consejo local de Economía, el centro hacia el cual conver­gen todos los hilos de la producción, del consumo, de las relaciones de una localidad con otras localidades.

Este esquema es el que brota de la tradición y la esencia de la organización obrera; el que surge, sin esfuerzo alguno, de pensamiento y de inventiva, cuan­do se trata de sustituir la economía capitalista por una economía que dirigen los productores y consumidores mismos.

No es elaboración nuestra, no es elaboración de ningún individuo, sino hija legítima de todo movimiento obrero revolucionario moderno que, en lí­neas generales, la vino sosteniendo así desde sus orígenes.

Lo mismo que en el Sindicato se crean escuelas de aprendizaje, de perfec­cionamiento y de investigación, se hace en los Consejos de ramo. Por ejem­plo: las escuelas de ingenieros de minas se integran al Consejo del ramo de la minería, como la ingeniería ferroviaria será fomentada por el Consejo del ramo del transporte.

A su vez, el Consejo local de la economía, tendrá a su cargo Institutos superiores de investigación, centros de estudio, de urbanización, etc.

Los Consejos locales de la economía se reúnen regionalmente en Consejos regionales y nacionalmente en el Consejo federal de la economía.

Desde el Consejo de fábrica al Sindicato, de éste al Consejo de ramo, del Consejo de ramo al Consejo local y por fin desde éste a los Consejos regio­nales y al Consejo federal de la economía, la estadística, que es, en resumen, una buena contabilidad, será llevada con todo rigor de manera que, si en la fábrica se puede saber al día el estado de la producción, del personal, de la productividad, se pueda saber igualmente en el Sindicato respectivo, en el Consejo de ramo, en el Consejo local o en el Consejo federal.

La función de la estadística, esencial en nuestra sociedad, que queremos mejor organizada que la de la burguesía, tendrá en el Consejo del crédito y del intercambio su centro de convergencia y de elaboración.

Los Consejos de ramo, además de estar vinculados orgánicamente en el Consejo local, de la economía, formarán también Consejos nacionales de ramo equivalentes a las Federaciones nacionales de industria, con la misión de regular en el orden nacional la producción y todo lo relativo a su funcio­namiento. La asociación nacional de Consejos de ramo, apoyada en estadís­ticas fidedignas, en el conocimiento de las posibilidades completas de su esfera de acción, puede proponer, por ejemplo, la traslación de los establecimien­tos de una región a otra si juzga que eso es más renditivo, el reparto de la producción, etc.

Con ese mecanismo económico, ya esbozado en la organización obrera existente, y que se formará sin violencia, por la integración racional de las activi­dades productivas y de utilidad social, se alcanza el máximo de coordinación.

Ni el capitalismo ni el Estado llamado socialista pueden alcanzar ese acuer­do. Tiene además la ventaja de no afectar la autonomía del individuo en el grupo, del grupo en el Sindicato, del Sindicato en el Consejo de ramo, etc. Es un mecanismo federativo que podrá, en casos dados, producir también opresión, sofocación, según la necesidad y según el grado de desarrollo li­bertario de los individuos, pero que puede igualmente ser garantía de liber­tad y de comunidad para todos, lo que no ocurre en ningún organismo esencialmente autoritario, cuya medida de adaptación a la libertad se colma en seguida. 

*          *         * 

Como se coordinan todos los centros productivos en el orden local, regio­nal y nacional, luego internacionalmente, así armonizan, al fin, en la igual­dad, el trabajo y los esfuerzos de los obreros manuales, de los técnicos y de los sabios en toda la escala de la producción. Y esa armonía y cooperación que el capitalismo no suscita, sino imperfectamente, a base de salarios y suel­dos, en el grado que le conviene y no en el necesario y posible, nos dará al menos la contribución de todos los recursos humanos. Esos recursos huma­nos combinados y conjugados nos facilitarán la conquista de la naturaleza, hoy paralizada por consideraciones de orden financiero y comercial.

No se hace lo que se necesita y se puede hacer, sino lo que es beneficioso para unos cuantos especuladores. En una sociedad de productores iguales y libres, falta ese factor y, por tanto, se emprenderá todo cuanto permita el nivel de la producción del país y cuanto consientan las fuerzas humanas dis­ponibles. Con el capitalismo no se aprovechan las fuerzas humanas existen­tes, ni de los sabios, ni de los técnicos, ni de los obreros y campesinos.

De ahí la gran diferencia y la superioridad de todo régimen en donde el trabajo sea un deber y un derecho para todos[12].

Aun cabe una nueva ligazón de los productores por oficio, para la instau­ración de escuelas propias de su especialidad y para cuestiones de eventual interés gremial, como caben las ligazones verticales, no sólo de los Consejos de ramo en el orden regional y nacional, sino de Sindicatos. Por ejemplo, los Sindicatos de ferroviarios, de transportistas por carretera, de aviadores, de telegrafistas, de empleados de correos, etc., pueden vincularse entre sí, ade­más de hacerlo por medio de sus respectivos Consejos de Ramo. En otros gremios esa vinculación sindical no sería importante, y bastaría solamente la industrial o del Ramo. A ninguna de esas iniciativas y necesidades se pue­de poner trabas de ninguna especie. Repetimos que no hacemos de este pro­yecto un cartabón aplicable a todos los detalles, sino sólo una visión general del mecanismo económico que pueden seguir, en su toma de la producción y de la distribución, los productores y distribuidores mismos.

*                    *                    *

* Esta obra fue publicada en 1936 y reeditada en 1937, 1938 y 1978 (A.J.C.).

[1] Kleinwaechter: Economía política, Págs. 100-101.

[2] Teoría dell’imposta. Bca. dell’economista, Torino, 1868, Pág., 610.

[3] «Mientras las leyes no declaren deshonrosa la ociosidad, de nada servirá que las mismas pro­clamen que no es infamante ser sastre o zapatero, y habrá siempre hidalgos que consideren la ociosidad como secuela obligada de la distinción e incompatible toda ocupación con el es­plendor de sus títulos» (Campomanes, Cartas político-económicas, Madrid, 1778, Pág. 217).

[4] Gregorio Fernández Díaz: «La crisis de la economía nacional», en la Revista Nocional de Economía, 1926, Madrid.

[5] “Realmente el número de comerciantes ha aumentado mucho en todos los países cultos. Mien­tras que en el Imperio alemán, en el año 1882, el 8,6 por ciento de los individuos activos corres­pondían al grupo Comercio y tráfico, en 1895 eran 10,9, en 1907 eran 13,9 y en 1926 eran 16,5. El hecho manifiesto del rápido aumento de la clase mercantil suele relacionarse con otro hecho igualmente indiscutible: el de la tensión mercantil, es decir, la diferencia entre lo que el produc­tor recibe por las mercancías y lo que el consumidor debe pagar, se ha hecho extraordinaria­mente grande. Así se ha comprobado, por ejemplo, que en Berlín, en el otoño del año 1930, pagábase por un quintal de patatas, en el comercio al por menor, 3,50 marcos, mientras que el productor sólo recibía, 1,48; el precio medio de una libra de costillas de cerdo sólo se pagaba al ganadero a 86 pfening la libra» (Alfred Weber: La economía mundial al alcance de todos; traducción española, Pág. 87).

[6] Al estallar el movimiento revolucionario nos hemos preocupado desde el Consejo de Econo­mía de Cataluña y desde el Gobierno de la Generalidad de este gran problema. Comenzamos por resolver industrialmente la algodonizacíón de la paja de tino y del cáñamo, y se hicieron ensayas suficientes sobre la utilización de la retama para obtener, por ejemplo, un substitutivo del yute. Naturalmente, la falta de algodón se habría sentido a pesar de la producción posible de cáñamo y de lino algodonizados, pero no en las proporciones en que se ha dejado sentir a los pocos meses de la guerra. Nuestra salida de aquellos departamentos ha paralizado esos trabajos.

[7] Ha dicho Lucas Mallada: «Por todas partes, sea labriego o artesano, el bracero español se ha­lla peor vestido, peor alimentado y peor albergado que cualquier otro europeo de igual condi­ción social».

[8] Sobre estas ideas de tolerancia y de convivencia pacífica, véase nuestro folleto: ¿Colaboración y tolerancia o dictadura? El problema de la armonía revolucionaria, 1938, 64 páginas.

[9] Después del movimiento de julio, hemos sido de los pocos que insistieron sobre ese mismo pensamiento. En nombre de un revolucionarismo mal entendido, no hemos sido escuchados y esa falla explica, en parte, el gira ulterior de los acontecimientos y la pérdida de las simpatías que había suscitado nuestra revolución no sólo en el proletariado, sino en las filas de la clase media y de la pequeña burguesía (1938).

[10]  D. A. de Santillán: La jornada de seis horas, Buenos Aires, 1926.

[11] «Precisa, en cada lugar de (rebajo, se cree el Consejo de Fábrica, compuesto por los camaradas que según la importancia requiera. La misión de este Consejo debe ser:

  1. a) Intervenir para solucionar las dificultades que puedan surgir en la marcha de las secciones o fábricas.
  2. b) Adaptar el desarrollo de la producción a las normas establecidas por el Consejo Económico, y distribuir a los delegados de sección el trabajo a realizar.
  3. c) Recoger diariamente de los delegados de Sección el parte con los resultados obtenidos en la producción, para poder informar a satisfacción a sus representantes en el CE.
  4. d) Convocar semanalmente a reunión de delegados de Sección a fin de cambiar impresiones so­bre el desarrollo y marcha de las mismas, haciendo constar en acta cuantas sugerencias le sean hechas, recogiendo iniciativas que conduzcan a favorecer lamo a la industria como a la forma de trabajo, remitiendo un duplicado de acta al Consejo Económico del Sindicato.
  5. e) Velar por el cumplimiento del articulado del reglamento de régimen interior de la industria socializada, procurando impere siempre el máximo respeto mutuo y la mayor cordialidad.
  6. f) Aumentar o disminuir el personal de acuerdo con el CE y resolver el traslado de una Sección a otra en caso de aumento o disminución productora, sea por la causa que fuere.
  7. g) Convocar a asamblea de Sección o Fábrica cuando lo solicite la mayoría de delegados y reu­nirse el mismo cuantas veces lo estime necesario.
  8. h) Los componentes del Consejo de Fábrica continuarán en su trabajo diario, pudiendo aban­donar éste en caso de necesidad ineludible y plenamente justificada. (Acuerdo del Pleno Nacio­nal de Sindicatos de la Industria Química, febrero de 1937, Valencia).

[12] Desde el 15 al 23 de enero de 1938 se celebró en Valencia un Pleno Económico Nacional Am­pliado de la CNT, en representación de 1.700.000 afiliados. Allí se aprobó el acuerdo que sigue sobre la estructuración de los órganos económicos de una Federación Nacional de Industria, equivalente a nuestro Consejo Nacional de ramo de industria;

«El escalonamiento de los órganos económicos que, partiendo de la base del centro de produc­ción, han de llegar a la Federación Nacional de industria, son los siguientes:

  1. El del Centro de producción (Consejo o delegación técnico-administrativo).

2o. El de una Sección de ramo o industria (Consejo técnico-administrativo y estadístico).

3o. El de la Rama industrial (Consejo técnico-administrativo y estadístico).

4o. El de Industria local (Consejo técnico-administrativo y estadístico).

So. El de la Zona industrial (CTA y E).

6o. El de la Región industrial (CTA y E).

7o. El Nacional Industrial (CTA y E; Federación Nacional).

En el orden antes enunciado existirán los Consejos que a continuación se mencionan:

  1. En cada centro de producción, y según la importancia económica del mismo, existirá un Consejo técnico-administrativo, o simplemente, una delegación, que dirigirá la marcha del Ira-bajo en los dos aspectos que su misma denominación determina.

2o. Los centros de producción similares constituirán el Consejo técnico-administrativo y esta­dístico de sección.

3o. Las diferentes secciones de una rama de industria nombrarán el Consejo técnico-administrativo y estadístico del ramo, el cual ordenará todos los datos y resúmenes que le facili­tón las secciones, procurando siempre que exista una buena orientación técnica.

4o. Los ramos de que se compone una industria, tendrán como nexo de relación un Consejo técnico-administrativo y estadístico de los ramos de que se componga dicha industria. Ejercerá el control de los Consejos del ramo.

5o. Reunida la industria regionalmente, y previo estudio del emplazamiento industrial de sus centros de producción, establecerán el número de zonas que han de existir en la región y la po­blación donde ha de residir el Consejo técnico-administrativo y estadístico.

6o. Con la misión de controlar la labor de los Consejos de zona y resumir los datos que éstas faciliten, existirá en la región un Consejo técnico-administrativo y estadístico regional.

7o. Los distintos Consejo técnico-administrativos y estadísticos regionales, tendrán como ne­xo de relación un Consejo técnico-administrativo y estadístico de la Federación Nacional de In­dustria, corriendo a su cargo el control y orientación de su propia industria, a través de los Consejos regionales técnico-administrativos y estadísticos.

Nombramientos de los distintos Consejos técnico-administrativos y estadísticos:

  1. Los trabajadores del centro de producción, nombrarán de su seno los delegados que han de constituir el Consejo técnico-administrativo, o, simplemente, la Delegación.

2o. Reunidos los trabajadores pertenecientes a la misma sección industrial, nombrarán los delegados que han de constituir el Consejo técnico-administrativo y estadístico de sección.

3o. En asamblea general del ramo de industria se nombrarán los delegados que han de formar el Consejo TA y L, de ramo, y también los delegados que han de integrar el Consejo TA y E de la industria local.

4o. Una asamblea general de industria nombrará los tres delegados, secretario, cajero y técni­co, que, junto con los delegados que enviarán los ramos, constituirán el Consejo técnico-administrativo y estadístico de industria,

5o. Los Consejos locales técnico-administrativos y estadísticos, reunidos en Pleno de zona industrial, nombrarán tres delegados que tendrán a su cargo las funciones específicas señaladas en el organismo local, que junto con los delegados que en calidad de vocales sean precisos (faci­litados por la industria local del lugar de residencia), constituirán el Consejo técnico-administrativo y estadístico de zona.

6o. Un Pleno regional de Consejos técnico-administrativos y estadísticos locales, nombrará a los tres delegados cuyas funciones se han señalado para el organismo local y de zona. La loca­lidad donde resida el Consejo TA y E regional, facilitará cuantos vocales sean precisos para constituir dicho Consejo regional. Este mismo Pleno nombrará al mismo tiempo a dos compañeros que, representando a la región, formarán parte del Consejo Nacional de la Industria.

7o. Los Consejos TA y E regionales de industria, reunidos en Pleno, determinarán los tres delegados que han de ocupar la máxima responsabilidad en el Consejo Económico Confederal, los cuales, junto con los demás delegados regionales y los vocales que se consideren precisos -facilitados por la localidad donde resida el Consejo— constituirán el Consejo Nacional Técnico-Administrativo y Estadístico de la Industria».

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