La cultura de la violencia en Chile (Jorge Vergara Estévez)

NUEVA SOCIEDAD NRO.105 ENERO- FEBRERO 1990, PP. 172-183

Jorge Vergara Estévez: Profesor chileno investigador en filosofía y teoría política.
Miembro de la comisión de Epistemología y Política en CLACSO.

Lo que podría llamarse una «cultura de la violencia» en Chile
es una organización social y una forma de vida en las cuales
la violencia es un recurso permanente, enraizado en las
relaciones sociales y en las interacciones cotidianas.
Primeramente se ofrecen algunos antecedentes históricos
sobre la violencia social y política desde la Conquista hasta
el golpe de 1973; luego se caracterizan los rasgos principales
de la represión política y del sistema represivo chileno.
Finalmente, se muestran las principales expresiones que
asume la violencia social y cotidiana, y se enuncia una
hipótesis interpretativa sobre el incremento de estas formas
de violencia durante el período autoritario.
En nuestro imaginario social, los chilenos somos un pueblo «pacífico y civilizado»
que, desgraciadamente, ha sufrido el accidente de una larga dictadura militar. A
menudo esta representación es compartida por los extranjeros. Recientemente, decía
David Turner, presidente de la compañía Shell en Chile: «La visión de futuro
que mi compañía tiene de Chile es que se trata de un país sin conflictos internos serios.
No hay problemas étnicos, religiosos ni limítrofes»1 . Para nuestra mirada social,
la violencia de la sociedad chilena consiste, básicamente, en la represión política.
Deseamos creer que ella se minimizará o desaparecerá con la transición democrática
que está comenzando. Queremos pensar que todos los conflictos y tensiones
sociales podrán procesarse políticamente y disolverse por la vía del diálogo y la
concertación. Por ello que, en nuestro medio, los discursos sólo se refieren a la violencia
en su forma política directa, y nos hacen pensar que ella es episódica, rápidamente
superable y que su mantenimiento sólo se debe a la acción de los adversarios
políticos. Incluso en aquellos casos donde se llega a percibir parcialmente la diversidad
de sus expresiones, suele atribuirse la violencia a una causa simple y abstracta,
por ejemplo, la falta de caridad o la agresión del totalitarismo.
1Turner, David: Entrevista en el diario El Mercurio, Santiago, 17/09/89.
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Este imaginario social se ha formado soslayando o ignorando tendencias relevantes
de la historia nacional de Chile, la que, indudablemente, se ha desarrollado bajo
el signo de la violencia desde sus inicios. A diferencia de lo que sucedió en otras regiones
de América, parte importante de los indígenas chilenos, los mapuches, que
vivían en la zona sur, no aceptaron la dominación española. Dotados de notables
cualidades militares y un profundo sentido de la libertad lograron contener la colonización
española y mantuvieron un estado de guerra en todo el período colonial.
Este conflicto que se dio en una sociedad estamental, basada en la hacienda y
orientada a la exportación de materia prima, contribuyó de modo decisivo a determinar
el perfil de la administración colonial en Chile y sus relaciones con la sociedad.
Esta forma de administración se caracterizó por un marcado centralismo; alta
cohesión del sector dominante español y criollo; fuerte presencia del ejército – la
mayoría de los gobernadores españoles fueron militares profesionales – y un acentuado
autoritarismo en su relación con la sociedad y, especialmente, con los sectores
populares. A comienzos del siglo XVII, por ejemplo, el gobernador García Ramón,
exasperado por sus fracasos militares en la guerra con los mapuches, ordenó
«a todos los ministros de guerra que pasasen a cuchillo todo cuanto en ella se tomase,
sin reservar mujer ni criatura, lo cual se puso en ejecución generalmente» 2.
La Independencia, en nuestro caso, adquirió la forma de una cruenta guerra civil,
que se prolongó por más de una década.
La vida social y política de la República hasta el golpe militar de 1973 no corresponde,
tampoco, a nuestro imaginario social. Las relaciones con los mapuches
constituyen una expresión de la presencia de la violencia en el período. En 1848 el
gobierno chileno dejó de reconocer los títulos de dominio que los gobernadores españoles
y la propia República habían entregado a los huilliches. Se inició, entonces,
un proceso de usurpación de tierras indígenas por los colonos chilenos y luego alemanes,
que fueron instalados en esos territorios al sur de Chile. Los indígenas trataron
de resistir y el último gran levantamiento, en 1881, fue sofocado por el ejército.
A consecuencia del mismo, su territorio se redujo al 5 por ciento. Otros pueblos
indígenas, como los onas y los alacalufes, fueron exterminados por los estancieros
chilenos, el alcohol y las enfermedades. Durante el siglo XIX, Chile sostuvo tres
guerras, una con España y dos con Perú y Bolivia, además de varias guerras civiles.
La mayor fue la de 1891, que dividió al país en dos bandos que se enfrentaron en
varias batallas, que dejaron miles de muertos. Valparaíso y luego Santiago, fueron
saqueados por las tropas triunfantes, que obedecían al Congreso. La república par
lamentaría que surgió de la derrota de Balmaceda vio surgir las primeras organiza-
2Encina, Francisco Antonio: Resumen de la historia de Chile, tomo I, p. 172, Edit. Zig-Zag, Santiago,
1954.
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ciones obreras de tendencias socialistas y anarquistas, especialmente en los enclaves
salitreros del Norte. Se produjeron las primeras grandes huelgas. La respuesta
del Estado oligárquico fue cruelmente represiva. Sólo en la Escuela de Santa María
de Iquique fueron asesinados por el ejército 2.500 trabajadores salitreros con sus familias.
Durante el periodo del Estado de compromiso, que corresponde al de mayor
desarrollo democrático, desde 1932 hasta 1973, en casi todos los gobiernos
hubo matanzas de obreros, pobladores, campesinos y estudiantes.
Recordemos un caso dramático de los últimos años del período democrático, que
anuncia y prefigura la represión del régimen militar. En marzo de 1969, en Puerto
Montt, un grupo de pobladores invadieron un terreno particular llamado Pampa
Irigoin, buscando un sitio donde vivir. Al amanecer del 9 de marzo, tropas especiales
de Carabineros (policía militarizada) asaltaron el improvisado campamento.
«Despabilados por el estruendo, hombres y mujeres intentaron abandonar sus chozas,
mientras los carabineros las desmantelaban a culatazos. Algunos ensayaron
una débil defensa. Otros, los más, huyeron hacia una ‘población’ vecina. De nada
les valió; los carabineros tenían rodeado el lugar y, ante una orden, procedieron a
disparar tupidas ráfagas de metralletas y bombas lacrimógenas contra los pobladores.
Luego rociaron las mejoras con bencina y les prendieron fuego. Alumbrados
por las llamas, como condenados en el infierno, los pobladores corrían de un lado
para otro, tratando de encontrar una salida al cerco fatal. Pero todo fue en vano: estaban
sentenciados. Allí cayeron varios muertos. `Oímos los disparos, él se levantó.
Se estaba poniendo la ropa cuando le dio la bala. Eran como las siete y media, se
desangró hasta la 9; no lo podíamos sacar; no ve que los carabineros estaban ahí’.
Irene Cárcamo Millán, cuenta, con frases entrecortadas, el asesinato de su esposo,
Federico Contreras. Las nubes del humo y la semiclaridad de la aurora no permitían
apreciar las verdaderas proporciones de la tragedia»3.
La coerción estatal no se ejercía, únicamente, contra los sectores populares que defendían
sus reivindicaciones sociales. La experimentaban también delincuentes comunes
quienes eran maltratados, con frecuencia sometidos a tortura y hacinados
en cárceles inhumanas, en medio de la indiferencia de la sociedad. Tanto en estos
casos, como en los de violencia social o política, los funcionarios estatales que la cometieron
nunca fueron sancionados. La impunidad de estos funcionarios ha sido
constante. En una visión de conjunto, puede decirse que en Chile la violencia ha
provenido casi siempre del Estado y los sectores dominantes. La violencia de los
subordinados ha sido esporádica y reactiva frente a situaciones de extrema opresión.
3 Urrutia, Cecilia: Historia de las poblaciones callampas, pp 9 y 11, Quimantú, Santiago, 1972.
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Bajo el régimen militar
El golpe de Estado de 1973 inauguró en Chile un período de extrema violencia. El
bombardeo aéreo del Palacio de la Moneda fue un signo inequívoco del nuevo poder
autoritario. Desde el comienzo ha carecido de límites políticos y éticos y se ha
regido por el cálculo de la eficacia. Su proyecto era el de construir un nuevo orden
social y político, fundado en el dominio de un bloque de poder conservador de carácter
militar y civil, capaz de dirigir un proceso radical de modernización capitalista.
Los sectores conservadores vivieron los conflictos sociales y políticos que se
produjeron durante el gobierno del presidente Allende como una amenaza radical,
no sólo a su estatus y poder social, sino, incluso, a su sobrevivencia personal. Percibieron
la mantención de ese gobierno como un peligro catastrófico. Interpretaban
su pérdida de hegemonía y poder como decadencia de la sociedad chilena y como
disolución de sus valores fundamentales. La única solución radicaba en la recuperación
de dichos valores y la restauración modernizante del orden social amenazado.
Dicho orden fue idealizado y se le atribuyeron todos los valores: encarna a la
plena libertad, la verdadera justicia, la prosperidad, la grandeza nacional, etcétera.
Sus opositores fueron exorcizados, y declarados enemigos de la civilización occidental,
la propiedad, la moral, la familia, Dios y la Iglesia. Franz Neumann ha mostrado
que la angustia que provocan los períodos de conflicto social puede transformarse
en angustia persecutoria cuando un grupo social se siente amenazado, sin
lograr comprender el proceso social que está viviendo. Dicho grupo puede asumir
actitudes emocionales regresivas. La más importante es la de la teoría de la conspiración,
que personifica el proceso histórico. «El odio, el resentimiento y el miedo
que crean los grandes cataclismos se concentra en ciertas personas, a las cuales se
denuncia como perversos conspiradores, como enemigos auténticos que es necesario
extirpar»4.
Estas representaciones fueron reforzadas y «confirmadas» por la evolución que venía
experimentando el pensamiento político de los militares chilenos desde la década
del 60. El cambio fundamental consistió en que la Doctrina de la Seguridad Nacional
sustituyó las concepciones precedentes, según las cuales el papel fundamental
de las Fuerzas Armadas era el de preservar la soberanía nacional y mantener su
subordinación al poder político generado democráticamente. Con esta nueva concepción
se convertían en el centro de poder del Estado, las principales responsables
de la «seguridad nacional» y las depositarias de los valores fundamental es de la
identidad histórico-cultural de la patria. Todo este patrimonio se encuentra amena-
4Neumann, Franz: «Angustia y política», en El Estado democrático y el Estado autoritario, p. 261,
Ed. Paidós, Buenos Aires, 1968.
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zado por la «agresión marxista». Vivimos una situación de guerra permanente, en
la cual las Fuerzas Armadas y los verdaderos chilenos se enfrentan contra los agentes
internos del enemigo internacional. «Todos sabemos que el mundo de hoy se
divide políticamente en occidentales y orientales; es decir, demócratas y marxistas.
La lucha entre ambos bandos, aunque lo hacen estratégicamente, sobre todo las
grandes potencias, es a muerte», nos enseña la revista Armas y servicios del Ejército5.
Los enemigos internos pueden asumir las más diversas e, incluso, inofensivas
apariencias; infiltran todas las instituciones y organizaciones y prosiguen incansablemente
su tarea de desquiciamiento y de preparación para la conquista del poder
total. «No se puede negar que los comunistas tienen mística, se las da el Demonio»,
ha dicho el general Pinochet.
Esta «construcción social de realidad» puede ayudarnos a comprender el carácter
estratégico, la magnitud y constancia del sistema represivo chileno. Después de
una primera fase relativamente espontánea, la represión se convirtió en sistema organizacional
que planifica y realiza las prácticas represivas, de acuerdo a un análisis
permanente de la coyuntura política. Los distintos servicios de inteligencia y la
policía cuentan con la colaboración permanente de diversos organismos estatales.
Los tribunales casi nunca investigan y sancionan la violación permanente de los
derechos humanos. Los medios de comunicación social – especialmente los canales
de televisión, que son todos estatales – sólo difunden las versiones oficiales sobre
los hechos represivos. El Instituto Médico Legal (la morgue) adecúa sus informes
técnicos a las necesidades gubernativas. Las compañías de teléfono y de correo que
son semiestatales intervienen las llamadas y la correspondencia. Las universidades,
institutos y colegios públicos y municipales informan sobre sus profesores,
funcionarios y alumnos a los servicios de seguridad. Las Juntas de Vecinos, designadas
por los alcaldes, nominados por el gobierno cumplen similares funciones de
delación política en cada barrio o lugar del territorio, etcétera. Este sistema cuenta
además con la colaboración espontánea o solicitada de medios de comunicación y
diversas empresas privadas, taxistas y otros.
El régimen militar ha dictado una amplia legislación y ha adaptado leyes precedentes
para legalizar sus prácticas represivas. Ello cumple diversos objetivos: por
una parte, proporciona a los aparatos represivos, las fuerzas armadas y sus partidarios,
la confianza de que dichas acciones poseen amplia legalidad; por otra, han
ampliado el fuero militar, de modo que los funcionarios de las instituciones armadas
sólo pueden ser juzgados por tribunales militares, a menos que sean puestos
5Ventura, Juan de la Rosa: «El ‘Juego’ de los derechos humanos», p. 21, Revista Armas y servicios
del ejército, N° 19, Santiago, 1980.
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por aquéllos a disposición de la justicia civil. Esos mismos tribunales militares han
ampliado su competencia, de tal modo que casi todos los procesos políticos deben
seguirse allí; finalmente, las modificaciones realizadas obstaculizan y bloquean la
posibilidad de que los tribunales civiles lleguen a juzgar los delitos de violación de
los derechos humanos. Esta legislación no sólo corresponde a la tradición legalista
de la cultura chilena, sino que expresa la voluntad política de constituir un Estado
autoritario que permanezca en el tiempo.
Racionalidad y años de toque de queda
Otro rasgo estructural del sistema represivo chileno es su desproporción con las acciones
de la oposición social y política, y su carácter permanente. Durante la mayor
parte de estos años, el régimen militar gobernó con estados de excepción y toque
de queda. Ha detenido a cientos de miles de sus opositores, ha maltratado y torturado
a decenas de miles de detenidos, ha perpetrado miles de ejecuciones extrajudiciales;
ha detenido y hecho desaparecer a más de mil chilenos; hasta 1988 tuvo
exiliados a cientos de miles de personas; mantuvo en campos de concentración o
prisiones a miles de presos políticos. Ha usado el amedrentamiento a través de todas
sus formas: la pérdida de nacionalidad, la relegación, ha despedido o hecho
despedir de su trabajo a cientos de miles de opositores, etc. En casi todos estos casos,
esta violencia se ejerció sobre personas desarmadas, que no oponían resistencia
y, muchas veces, incluso sobre niños. Desde 1973, no ha existido un movimiento
de lucha armada capaz de amenazar efectivamente al gobierno. Nunca hubo una
«guerra», es decir, un conflicto entre dos o más bandos armados, donde el mando
civil podría vencer al estatal, o al menos presentar una resistencia efectiva a su poder
militar.
Al no existir proporción entre el nivel y las características de la represión y la real
amenaza a la estabilidad del régimen, podemos sostener que su función principal
es estratégica y preventiva. Lo que caracteriza a este régimen militar, a diferencia
de otros que se dieron en América Latina, es la coherencia de su proyecto fundacional,
es decir, el intento – relativamente frustrado después del plesbicito de 1988 –
de creación de un nuevo sistema de dominación de capitalismo autoritario. La represión
fue una condición necesaria de la aplicación de su modelo económico, político,
jurídico, ideológico y organizacional. Ella ha operado como gigantesco dispositivo
de disciplinamiento de la sociedad y adaptación al orden autoritario. Se ha
ejercido sobre una población debilitada por el empobrecimiento, el deterioro e
inestabilidad de su situación laboral. Su función sigue siendo preventiva. Se tortura
a los militantes políticos que podrían convertirse en dirigentes importantes. El
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asesinato político fue usado para eliminar figuras políticas que pudieran haber llegado
a unificar importantes sectores de la oposición. Se hizo desaparecer o se castiga
duramente a miembros de base de organizaciones políticas y sociales, no por su
«peligrosidad» individual, sino como un modo de agredir a las organizaciones sociales
a las cuales pertenecen. Se trata de atemorizar, y aumentar el sentimiento de
vulnerabilidad del grupo y de la oposición en conjunto. A diferencia de la estrategia
nazi, que buscaba disolver los grupos tradicionales para reconstruir la sociedad
en base a nuevos grupos; el autoritarismo chileno consiguió durante una década,
aproximadamente, fragmentar y atomizar la sociedad, destruyendo o debilitando
los grupos y organizaciones tradicionales de los sectores subordinados.
La eficacia política que alcanzó el sistema represivo chileno no hubiera sido posible
sin el alto grado de burocratización y tecnificación que pudo alcanzar a los pocos
años de su creación. Ella fue producto de una cuidadosa planificación, elaborada
por equipos de especialistas militares y civiles, que incluían sociólogos, psicólogos,
expertos en medios de comunicación, médicos, entre otros. Los aparatos represivos
chilenos poseen centros de entrenamiento, laboratorios diversos, clínicas, estudios
de video, imprentas que editan revistas de circulación pública, una central de procesamiento
de datos y computación que ocupa un edificio entero en el centro de
Santiago decenas de lugares clandestinos de detención y tortura, sofisticados instrumentos
de espionaje («orejas» electrónicas, interceptores diversos, etc.), enormes
medios económicos y amplias planillas de agentes y colaboradores. Se dice que
sólo la inversión inicial para crear la DINA, que hoy se llama Central Nacional de
Informaciones (CNI), alcanzó a 40 millones de dólares. Informaciones periodísticas
afirman que sólo este organismo emplea a 13.000 personas.
Existe un alto grado de estandarización de las técnicas represivas Por ejemplo, Amnistía
Internacional en su informe especial sobre tortura en Chile, de 1983, muestra
que en todos los casos ésta fue realizada por el CNI en el mismo centro clandestino,
utilizando el mismo ritual y los mismos procedimientos6. La burocratización se
expresa también en la división del trabajo en los aparatos represivos. Existirían departamentos
especializados en cada uno de los partidos políticos importantes, las
iglesias, especialmente la católica, los sindicatos. El espionaje de los exiliados ocupaba
divisiones especiales. Existe una oficina de intercepción del servicio postal
que funciona en la Dirección General del Correo y, probablemente, oficinas especiales
para la intercepción telefónica. Todo indica que hay grupos especiales destinados
a la ejecución de prisioneros políticos. Todo esto permitió decir al general Pinochet:
«no se mueve una hoja en el país, sin que yo lo permita». Esta división del
6Amnistía Internacional: La tortura en Chile, Ed. Fundamentos, Madrid, 1983.
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trabajo diluye las responsabilidades. Cada uno hace su parte y nadie se siente responsable
por el resultado final. Asimismo, otorga a los funcionarios de seguridad
la ilusoria identidad de «profesionales» que miden la racionalidad de su trabajo exclusivamente
por su eficacia.
El sistema represivo chileno posee un alto nivel tecnológico, es decir, sus procedimientos
y operatoria incorporan y se guían por conocimientos científicos provenientes
de la medicina, la psicología, la sociología, la ciencia política, etcétera. La
mayor parte de las características de la detención, tratamientos en los centros de
detención y cárceles, incluyendo las torturas, se fundan en conocimientos psicológicos
actualizados. Podemos mencionar las técnicas de condicionamiento y descondicionamiento,
basadas en la reflexología, la psicología de la percepción, los estudios
de Milgram de obediencia a la autoridad, el psicoanálisis, etcétera. El encapuchamiento
y otras técnicas de privación sensorial, el aislamiento las humillaciones,
especialmente las de tipo sexual, la desnudez, la alteración del sueño, etcétera, buscan
aniquilar psicológicamente al individuo, convertirlo en un delator de sus compañeros,
quebrar su autoimagen destruyendo su identidad personal.
Veamos algunos testimonios. Habla una niña de 12 años, cuyo padre fue torturado:
«Cuando mi papá volvió a la casa estaba cambiado… parecía que no nos escuchaba…
todo le molestaba. Mi mamá le preguntaba que qué le habían hecho y él decía
que nada. En las noches a veces, despertaba gritando como si lo estuvieran matando
y después lo sentíamos llorar bajito un rato. A mí me hubiera gustado poder
consolarlo, pero no me atrevía»7.
La violencia social y cotidiana
La presencia inocultable de la violencia política, que ha provenido casi enteramente
de los aparatos gubernativos, nos ha impedido a los chilenos darnos cuenta de la
creciente violencia social y cotidiana que no es directamente política. La mirada social
es como un haz de luz que, al mismo tiempo que ilumina, destaca y patentiza
una parte de la realidad, minimiza, oculta u oscurece otros aspectos de ella. El conjunto
de la realidad social siempre rehuye nuestra mirada.
La violencia policial no es nueva en nuestro país, y siempre ha estado ligada a la
represión política. Durante el período democrático la policía usaba excesiva violencia
para reprimir manifestaciones, «tomas» de sitios, huelgas y otras acciones consideradas
ilegales. En los sucesos de Pampa Irigoin que mostrábamos al comienzo,
7Colectivo de Salud Mental, informe, p. 19, mimeo, Santiago de Chile, 1986.
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actuó la policía de Carabineros. En la investigación de delitos y el tratamiento de
delincuentes habituales, la tortura a través de golpes y electricidad era una práctica
habitual. Con el régimen militar, la violencia policial se acrecentó y se masificó.
Durante estos años se han producido allanamientos y detenciones masivas. El 14
de mayo de 1983, por ejemplo, un «operativo» cubrió cuatro poblaciones y afectó a
5.000 hogares. «Todos los hombres mayores de 14 años, unas 10.000 personas, son
sacadas a viva fuerza y en forma humillante y vejatoria de sus casas para chequear
sus antecedentes. Unos 50 son apaleados, un número no determinado es apremiado
con picanas eléctricas en el mismo lugar y 306 son retenidos y llevados a los recintos
policiales. Una pobladora decía en su testimonio: ‘Ellos se meten en nuestras
casas. Nos golpean y destruyen todo. Además nos tienen sometidos a una guerra
psicológica. Aunque todo esté tranquilo, día y noche ronda un helicóptero sobre
nuestras cabezas’»8. Dichas acciones carecen de efectividad para controlar la delincuencia,
más aún, la acrecientan, al desactivar las organizaciones de base que limitan
la acción de los delincuentes. Su evidente objetivo es amedrentar a los sectores
populares y disminuir su oposición al régimen militar. Con frecuencia se realizan
«redadas» especialmente en la noche, donde se detienen a muchos jóvenes por su
apariencia o por el sólo hecho de estar en ciertos lugares. Muchos de los jóvenes
detenidos son maltratados e, incluso, son torturados con golpes eléctricos. Asimismo,
suelen producirse muertes en los recintos policiales, sea de delincuentes o detenidos
por sospechas. Más aún, en los últimos años ha habido casos de peatones
agredidos o muertos por policías embriagados, además de asaltos o robos a mano
armada perpetrados por miembros de la policía o de los servicios de seguridad.
La delincuencia, en especial el robo en sus diferentes modalidades, es una práctica
frecuente en Chile. Las condiciones económicas y sociales del período autoritario
han hipertrofiado el fenómeno. Para ello, basta considerar que la tasa de cesantía
real durante estos años ha sido de, aproximadamente, un 15% promedio En los jóvenes
de sectores populares, a fines de 1985, alcanzaba al 48%9. Sólo cuatro comunas
populares de Santiago producen el 52% de los delincuentes registrados10. Sus
niveles educacionales y situación laboral son característicos de estos sectores. En
1985, el 62% de los detenidos procesados tenia sólo nivel educacional básico, el
39,6% no tenía oficio y un 22,3% era obrero. El Anuario de Estadísticas Policiales
del mismo año consigna que entre 1975 y 1985 se ha producido un crecimiento de
75% de los casos entregados a la policía civil11. Desde 1981 a 1985 la población de
reclusos creció en 50% y el índice de criminalidad ha aumentado en 6,5% anual, es
8Revista Análisis: «Memorial de la dictadura 1973-1987», pp. 50 y 65, Santiago, 07/09/87.
9Revista Apsi: «La esperanza acorralada», p. 26 (encuesta en 28 poblaciones de Santiago), Santiago,
22/06/87.
10Revista Apsi: «Delincuencia en Chile. Las razones de un incremento», p. 23, Santiago, 11/08/86.
11Revista Apsi: «Delincuencia. Entre cuenteros, loros, giles y lanzas», p. 22, Santiago, 19/10/87.
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decir, casi el triple del crecimiento poblacional, que es de 2,2%. Esto convierte a
Chile en uno de los países de mayor nivel de delincuencia en América Latina, junto
a Colombia. El delito más común es el robo, que llega a 34%. Este se define legalmente
como apropiación de objetos por la violencia, intimidación de personas o
fuerza sobre las cosas12. Escuchemos el testimonio de un delincuente de 18 años:
«Yo me metí en la volá esa del robo porque no tenía nada que hacer. Trabajé un
tiempo en el PEM (Programa de Empleo Mínimo del Estado), pero me echaron. Entonces
me miraba y veía que no tenía plata, ni ropa que ponerme. Me empecé a
juntar con los amigos del barrio, ahí aprendí a ‘cogotear’. Les salía al paso de noche,
con una cuchilla, y les decía que me pasaran la billetera, la chaqueta o las zapatillas
»13 .
Hay otro tipo de violencia, que no es directamente política, cuyos protagonistas no
son especialmente competentes en su uso, como sucede con los policías y gran parte
de los delincuentes. Esta violencia cotidiana surge en la calle, en las interacciones
entre los automovilistas, en los conductores o choferes de la locomoción colectiva
hacia los peatones y los pasajeros, en los bares, en el hogar con la esposa e hijos, en
las fiestas, hacia las mujeres y los niños; en suma, en cualquier lugar y situación. En
la mayoría de los casos es ocasional, desproporcionada o injustificada. Ella está
condicionada por los altos niveles de tensión y frustración que se vive, particularmente
en Santiago.
La violencia intrafamiliar ha crecido notablemente en estos años, en especial los casos
de niños o mujeres golpeados. Se ha dicho que no existe aumento real, sino sólo
mayor caso de denuncias. Esta explicación es insuficiente, y los especialistas concuerdan
en que existe un aumento neto de los casos. A tal punto ha aumentado la
cifra de niños gravemente golpeados por sus padres y familiares que se ha creado
una Corporación privada destinada a sensibilizar y educar a la opinión pública.
Actualmente, la mayor causal de ingreso al Hospital Psiquiátrico de Santiago no es
la depresión aguda, como en el pasado, sino la violencia intrafamiliar. Dice la esposa
de un chofer de la locomoción colectiva: «Llegó a la casa todo hediondo y embarrado.
Yo tiritaba porque siempre que llega borracho me ponía nerviosa. Yo no recuerdo
lo que pasó después,pero esa vez me pegó y me insulto a míy a los niños»14.
Chile tiene uno de los niveles más altos de América Latina en accidentes de tránsito
y atropellos. La mayor parte de ello se debe a fallas humanas, debidas a la ebrie-
12Revista Apsi: ídem (11), p. 22.
13Revista Apsi: ídem (12), p. 23.
14Revista ¿Qué hacemos?: «Siempre se levantaba enojado», p. 13, N° 23, enero – febrero, s/a, Santiago.
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dad de conductores y peatones. Se trata habitualmente de negligencia culpable, es
decir, acciones donde no hubo el propósito consciente de perjudicar a otros, pero,
sin embargo, se procedió de tal modo que era previsible un resultado semejante.
Asimismo, es frecuente que los conductores actúen en forma prepotente o descuidada.
Un fenómeno nuevo, que apenas existía anteriormente, es el de la violencia de bandas
juveniles, sea en sectores populares o de mayor ingreso. Se producen enfrentamientos
a pedradas en los grupos de sectores populares y, frecuentemente, peleas
entre distintas bandas, que ya han producido muertes. Es habitual que estas bandas
ataquen a comerciantes, transeúntes, vecinos u otros jóvenes. Un diario informa
recientemente: «Dos pandillas con una veintena de delincuentes motorizados
mantuvieron atemorizados durante tres horas, en la madrugada de ayer, a vecinos
del barrio Bellavista de Santiago. Con palos y piedras se atacaron mutuamente,
destrozando vidrios de numerosas residencias y causando la interrupción de los
servicios telefónicos y de electricidad»15.
Autoagresión, drogas, etc…
Existen otras formas de violencia cotidiana donde no hay separación entre el agresor
y el agredido: constituyen la misma persona. Se trata de los casos de autoagresión.
En esta categoría encontramos los intentos de suicidio, fallidos o no, el alcoholismo,
las diversas formas de drogadicción y otras conductas semejantes. El sentido
común identifica la violencia con sus modalidades de acción sobre otro. Sin
embargo, la psicología, especialmente el psicoanálisis, ha mostrado que no hay diferencia
esencial entre la violencia dirigida a otro o a sí mismo. La observación
muestra la presencia simultánea de conductas violentas hacia los otros y hacia sí
mismo, particularmente en el caso de los alcohólicos. En nuestra opinión, estas dos
grandes formas de violencia expresan y constituyen los dos rostros de la cultura de
la violencia en Chile.
Antes del período autoritario, el consumo de drogas estaba limitado a ciertos círculos
profesionales y a jóvenes intelectuales. En estas dos décadas se ha masificado,
hasta convertirse en una catástrofe nacional. Estimaciones recientes de especialistas
señalan que en los sectores juveniles poblacionales la drogadicción alcanza al 70%,
cubriendo una gama de solventes, fármacos, marihuana, etcétera. Una encuesta de
la Vicaría Pastoral Juvenil de 1985 ya daba una cifra de 300.000 jóvenes que fuma-
15 Diario La Epoca: «Pandillas se apoderan de las calles del barrio Bellavista», p. 12, Santiago,
18/09/89.
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ban marihuana, es decir, más de la cuarta parte de la población juvenil de Santiago
16. Como señala un médico: «En Chile, la droga más pesada se llama alcohol. Y la
marihuana, aquí, es el prólogo del alcoholismo»17. Los jóvenes chilenos, carentes de
canales de participación, presionados por sus problemas familiares y económicos,
tensionados por la incertidumbre de su futuro, limitados por el autoritarismo del
ambiente social, encuentran en la marihuana un signo de identidad, de proximidad
y complicidad con sus iguales. «Ahora se fuma mucha marihuana porque ésta se
ha convertido en una especie de estandarte rebelde», señala un estudiante universitario,
consumidor habitual18.
Chile siempre tuvo una alta tasa de alcoholismo. Ello se debe no sólo a ciertas tradiciones
culturales y características de la psicología nacional, sino también al hecho
de que el alcohol ha sido siempre un mecanismo de control social, cuyo consumo
es estimulado a través de la publicidad permanente y su venta indiscriminada.
Dice un especialista: «El alcohol y el tabaco representan un negocio para muchos:
los productores, las municipalidades, los gobiernos que obtienen impuestos. Detrás
de ellos hay grandes intereses en juego» 19 . Durante este período hay un gran aumento
de bebedores habituales y alcohólicos. No se han realizado estudios globales
a nivel nacional, pero las estimaciones alcanzan al 20% de la población. Ha cambiado,
asimismo, el perfil del bebedor. Se ha masificado en los jóvenes y se ha extendido
a las mujeres y los niños. Una encuesta de la Vicaría Pastoral Juvenil revela que
el 85% de los jóvenes dijo ingerir alcohol con cierta periodicidad20. Chile tenia una
baja tasa de alcoholismo femenino, que ha ido creciendo. Anteriormente los casos
de alcoholismo en los niños se producían por inducción familiar; hoy encontramos
casos de alcoholismo voluntario en menores de 14 años.
Las cifras reales de suicidio no han sido difundidas por los organismos gubernativos.
Sin embargo, psiquiatras y terapeutas concuerdan en que Chile vive una gravísima
crisis de salud mental que se expresa en el crecimiento exponencial de consultas
psicológicas y de enfermedades psicosomáticas. La mitad de las consultas de
policlínicos en sectores populares corresponde a problemas de esta naturaleza. El
49% de las personas de nivel socioeconómico alto y el 80% de las de los niveles más
bajos presentan elevados niveles de angustia21. Encontramos elevadas frecuencias
de neurosis y enfermedades psicosomáticas, atribuibles en forma casi exclusiva a
16Revista Apsi: «La yerba bruja», p. 29, Santiago, 27. 06.87.
17Idem, p. 31.
18Idem, p. 30.
19Idem, p. 31.
20Revista Apsi, dem (10), pág. 27.
21Medina, F.: Características de los problemas de salud y de atención médica en los diversos subsectores
de salud del Gran Santiago, 1983, CPU, Santiago, 1984.
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las condiciones de trabajo22. En estas condiciones, no puede resultar sorprendente
el elevado consumo de psicofármacos, en la mayoría de los casos por automedicación.
Varios sedantes, por indicación del Ministerio de Salud, se venden libremente,
sin necesidad de recetas.
Volviendo a los intentos de suicidio, en muchos casos éstos se deben a depresiones
reactivas frente a situaciones de cesantía y de graves problemas económicos. Periódicamente
los diarios informan de suicidios de ancianos que deben sobrellevar su
soledad y enfermedades con jubilaciones ínfimas, que muchas veces no alcanzan al
equivalente a 20 dólares mensuales. En general, las estadísticas muestran que los
chilenos pobres son más propensos al suicidio que los de mayor ingreso. Se han
producido cierta cantidad de casos entre las víctimas de la represión política: exiliados,
ex-presos políticos, ex-detenidos y torturados, familiares de detenidos-desaparecidos,
etc.
Crisis de sociabilidad y subjetividad
¿Por qué se ha producido en Chile este aumento cualitativo de la violencia social,
cotidiana y autodestructiva en este período? Nuestra hipótesis es que ello se relaciona
directamente con las transformaciones sociales, políticas y económicas durante
el régimen militar.
Puede decirse, en general, que en nuestra sociedad las relaciones sociales son de
tipo tradicional. El complejo sistema político que se desarrolló durante el Estado de
compromiso hasta 1973, permitió el desarrollo del espacio público, la modernización
creciente de las relaciones sociales y, en sus últimas décadas, la participación
social y política de los sectores populares. Todo esto permitió atenuar y controlar la
violencia propia de un sistema de relaciones sociales tradicionales, que tenía en la
hacienda su modelo. El advenimiento de la dictadura significó la destrucción del
sistema político democrático existente y la casi desaparición del espacio público,
con la prohibición de los partidos políticos, el control de los medios de comunicación
social, del sistema cultural y la casi extinción del tejido de organizaciones sociales,
especialmente de los sectores populares. Todo esto significó la privatización
de las relaciones sociales, la atomización y la fragmentación social, y el predominio
de un marcado particularismo en dichas relaciones.
22Duahart S., Infante A., Weinstein J.: Condiciones de trabajo y de salud ocupacional de los trabajadores
de la flota pesquera de Arica e Iquique, programa de Economía del Trabajo, Academia de
Humanismo Cristiano, Santiago de Chile, 1987
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El nuevo Estado se convirtió en un reeducador autoritario de toda la sociedad. Las
relaciones de simple dominación, sin mediaciones, que estableció con la sociedad
civil, fueron el modelo para todas las relaciones sociales, organizacionales e, incluso,
personales. Su lógica de concentración de poder y de imposición de las decisiones
se ha extendido a toda la sociedad. Simultáneamente, la aplicación de las estrategias
represivas, económicas y comunicacionales del régimen han significado una
profunda alteración de la subjetividad de los chilenos. Esta se manifiesta en la desconfianza
del otro la ansiedad por la constante incertidumbre y la autorrepresión
de todas aquellas conductas y actitudes que pudieran ser consideradas «conflictivas
» por el aparato policial o la disciplina de las organizaciones laborales, educacionales,
entre otras.
La ausencia de un sentido común compartido; la carencia de la condición de ciudadano
– recientemente recuperada – es decir, sujetos de desechos frente al Estado y
al poder de la sociedad civil; el no ser reconocido como personas respetables y respetadas
por el sólo hecho de ser chilenos; la carencia de un horizonte social de posibilidades
y mínimas certidumbres para construir un proyecto de vida; la sumisión
incondicional a que nos obligan las instituciones laborales y estatales, todo
esto crea las condiciones en que la violencia social, cotidiana y autodestructiva, se
desarrolla, se rutiniza y se profundiza.
Nuestro supuesto teórico es que tanto la política como el espacio público suministran
un ámbito donde los individuos pueden reconocerse, procesar sus conflictos y
desacuerdos, construir un mundo en común. Esto es condición de todo posible entendimiento
y concertación democrática, por una parte. Por otra, también es necesario
para generar resistencias y formas alternativas contra el particularismo y la
violencia que emergen cotidianamente de las relaciones sociales. En una sociedad
como la chilena, éstas no pueden sino ser conflictivas. Por ello podemos sostener
que el período de transición democrática – que la sociedad chilena ha conseguido
abrir con mucho sacrificio – constituye la condición y la posibilidad de intervenir
en la cultura de la violencia en Chile. Sólo una sociedad capaz de conocerse a si
misma, de reconocer sus miserias y limitaciones, puede llegar a transformarse y
humanizarse. Sólo entonces podrá disminuir y controlar las diversas formas de
violencia que emergen desde su interior.
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Este artículo es copia fiel del publicado en la revista Nueva Sociedad Nº 105 Enero-
Febrero de 1990, ISSN: 0251-3552, <www.nuso.org>.