Análisis de rostridad en las obras escultóricas sobre Caupolicán y Lautaro. Una interpretación a partir de Deleuze y Guattari. (Camilo Reyes)

  1. Introducción.

Para este breve ensayo sobre el patrimonio cultural, visual y material, analizare una pequeña serie de esculturas de Caupolicán y Lautaro, realizando un esquizoanalisis, un estudio sobre la rostridad en estas obras de arte. Por esta razón, sería conveniente explicar brevemente el concepto de rostridad, desarrolla por Deleuze y Guattari en el libro Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Este concepto se desarrolla a continuación de plantear la existencia de dos semióticas distintas, pero presupuestas recíprocamente: las semióticas lineales (que remiten a un proceso lineal de subjetivación, nomádica) y las semióticas circulares (que remiten a una frecuencia objetiva, circular y territorial, sedentaria). Algunos pueblos y sociedades primitivas presentaron masivamente o una u otra semiótica, principalmente los pueblos sedentarios desarrollando la semiótica circular, mientras que los pueblos nómadas desarrollaron principalmente la semiótica lineal. Sin embargo, con la irrupción del capitalismo, la situación tradicional de las sociedades tribales vendría a cambiar, y el capitalismo inventaría su propia semiótica históricamente particular, que impondría a todos los pueblos colonizados por su brazo económico y militar. Toda semiótica capitalista, es en sí, una semiótica mixta, que combina elementos de circularidad (piénsese en los aparatos jurídicos-normativos estatales, y las economías regionales, economías-mundo y la propia economía mundial como una gran red circular) y elementos de linealidad (en términos económicos, por ejemplo, los desbordamientos de la circularidad estatal efectuados por las empresas transnacionales, como despliegues de una cadena significante a partir de una circularidad productiva, movilización de recursos y personas en el mundo, circulación de capitales, materias primas, dinero y mercancías de unos países a otros, intercambios lineales entre economías-mundo y aparatos jurídicos, hasta inclusive, semiótica lineal en la propia subjetividad de una persona, su propia vida en tanto se puede concebir como un tránsito lineal constante, de una institución en otra: casa à escuela à iglesia à ejercito à trabajo à matrimonio à hijos; y luego la repetición permanente del mismo proceso de padre a hijo, proceso que combina elementos de circularidad y linealidad.

Pues bien, las semióticas mixtas poseen dos ejes sintagmáticos: un eje de significancia y un eje de subjetivación. En la intersección de ambas semióticas se instalaría un dispositivo muy especial, el rostro, que es un sistema muy singular de “pared blanca-agujero negro”: pómulos, frente, pera, nariz (que poseen frecuencia objetiva, pues funcionan como una pared blanca) y la boca, y principalmente los ojos (que demuestran el sentir de una persona, su subjetividad, la variación del rostro, constituyendo el agujero negro de la subjetividad). Como ya mencione anteriormente, este problema de la rostridad posee una dimensión individual, en la cual se manifiesta el fenómeno de la percepción del rostro, desde la relación de la madre con el hijo, en el acto de amamantar a un bebe: en la importancia de la percepción visual, con respecto al acto de nutrirse.[1] Pero la rostridad es un fenómeno social que no se contenta con los casos individuales, pues procede, fundamentalmente, por medio una maquina o dispositivo que produce la rostridad. Esta es la maquina abstracta, sirve de modelo a todos los rostros humanos, ordenando las normalidades y determinando las desviaciones. Este rostro ordenador patriarcal es el rostro de Cristo, es decir, el rostro del Hombre blanco, que determina las primeras variaciones-tipo de carácter racial: el hombre amarillo, hombre negro, hombre rojo. Los rostros desviados (de latinos, africanos, asiáticos, el propio rostro de la mujer) han sufrido la “cristianización”, es decir, han sido rostrificados.[2] Sobre esta base es que consisten el racismo europeo y el racismo en general, en la integración de ondas cada vez más excéntricas e intolerantes, que se despliegan sobre la base de que deben tolerar a las razas inferiores bajo ciertas condiciones, en sus ghettos, mientras intoleran y discriminan a las personas que debieran ser como ellos, pero cuyo crimen es no serlo.

Estas primeras coordenadas entorno al concepto de rostridad, nos permitirán desarrollar nuestro breve análisis de rostridad en las esculturas de Caupolicán y Lautaro, gracias a que nos aportan las referencias generales del sistema de subjetivación/significancia, que nos permitirán desarrollar un análisis bastante completo en torno al posicionamiento de la obra artística en particular dentro de un sistema de significancia general, así como también, en torno a la propia obra y el proceso de subjetivación que orienta.

 

  1. Desarrollo: las obras escultóricas de Caupolicán y Lautaro.

En primer lugar, con respecto a estas obras que nos disponemos a analizar, quisiera destacar el hecho de que una escultura constituye un dispositivo artístico, que puede llegar a funcionar como agenciamiento de poder, en el sentido de imponer al espectador una significancia y una subjetivación. En segundo lugar, quisiera señalar que cada escultura, como dispositivo artístico presenta una variabilidad semiótica que incluye elementos y contenidos correspondientes a las semióticas de la significancia y la subjetivación, pero que en general, tiende a presentar mas la masividad de una semiótica por sobre la otra aunque incluya elementos de ambas. Inclusive una obra podría llegar a integrar en cantidades bastante equilibradas, contenidos de ambas semióticas, pero el hecho fundamental es que en la configuración de contenidos semióticos de una obra, siempre se pueden llagar a distinguir los elementos de una o de otra. En tercer lugar, cabe señalar como elementos generales de esta distinción, en su relación con el rostro: (1) que el rostro visto y representado de frente es el rostro despótico, significante, que produce el efecto de captura de una superficie, de multiplicación de ojos, el efecto de que el déspota o sus representantes “están por todas partes”. Representa además una figura de destino terrestre, objetivo; (2) que el rostro representado de perfil es el rostro autoritario, subjetivo, pasional, reflexivo, que produce el paisaje marítimo, que sigue la línea que separa el cielo y las aguas, que va hacia el agujero negro. No obstante la distinción que hemos establecido entre estas dos semióticas, es importante es recordar que “no hay pared sin agujeros negros, no hay agujeros sin pared blanca” (…) “Estos caracteres comunes no impiden la diferencia-límite entre las dos figuras de rostro, y las proporciones según las cuales, unas veces una, otras veces otra prevalece en la semiótica mixta –el rostro despótico significante terrestre, el rostro autoritario pasional y subjetivo marítimo (el desierto también puede ser el mar de la tierra). Dos figuras del destino, dos estados de la máquina de rostridad.”[3]

Una última observación es que al analizar las esculturas, en vista de que una estatua puede ser vista desde todos los lugares, en 360°, lo que determina si el rostro esta masivamente puesto de frente o perfil, depende en gran medida, de la posición en que esta presentada la pieza en el espacio, también de la intencionalidad del autor, del modo en que fue compuesta para ser observada, y por último, de la posición natural que adopte el espectador con respecto a la pieza en general, y de esto, la vista del rostro con respecto a la generalidad de la obra.

  1. La primera obra a analizar es la del escultor chileno Nicanor Plaza, Caupolicán, ubicada en el Cerro Santa Lucia en Santiago. Esta obra originalmente concebida a partir del diseño de una obra ilustrada de “El último de los mohicanos” de James Fenimore, es más una obra rostrificada por el uso que se hizo de ella, que por propia intención incial que le otorgo su escultor. En primer lugar, la obra nunca fue concebida como el modelo de Caupolicán: carece de precisión histórica pues el indígena que aparece en ella porta una tiara con plumas, ornamento que nunca correspondió al pueblo mapuche. La estatua fue creada con la intención de participar en un concurso internacional en EE.UU. En 1863, los diplomáticos de la Embajada de EE.UU. en Chile, le encargaron a Plaza la producción de la estatua de un mapuche para obsequiarla al pueblo chileno, si embargo, Plaza ofreció esta pieza con el nombre Caupolican, sin tomar en consideración las notables diferencias, sobre todo en las vestimentas. Este ofrecimiento fue rechazado por la Embajada, y finalmente termino vendiendo la estatua al Gobierno chileno, siendo instalada en el cerro Santa Lucia.

El proceso de rostrificación de esta obra, fue efectuado por la propia voluntad de Plaza en conjunción con la oficialidad chilena que decidió, frente a toda evidencia de incongruencias y dislocaciones, apropiarse de la obra sobre los nativos americanos y renombrarla como Caupolicán, por una función netamente mercantil. Si el poder señala y desea imponer tal significancia y tal subjetivación con respecto a la obra, simplemente lo emprende en contra de toda ciencia, y lo que es peor, en contra de la propia verdad, entregando una imagen distorsionada del mapuche y su vestimenta típica. Más bien esta confusión con los nombres ayuda a confundir el conocimiento, con respecto a los mapuches.

 

Pero también podemos extraer una lectura sobre la rostrificación de esta obra, en el propio ámbito escultórico pues, a mi parecer, la misma configuración del indígena, se encuentra terriblemente atravesada por ondas excéntricas de civilización, que tienden a imbuir de barbarie en la representación de los indígenas, ya sean del norte o el sur de América. Creo que esta obra parece reflejar en gran medida, la caracterización que ha realizado por ejemplo Fernando Alegría, hacia Caupolicán: “duro y decidido, firme para mantener sus opiniones y llevar a cabo sus empresas. Había nacido tuerto, y ese defecto, que daba a su cara un aspecto feroz y un poco tétrico, no era desmedro para su habilidad física.” He aquí la interpretación de Alegría, debidamente conducido por las leyendas rostrificadoras oficiales. Rasgos barbáricos: “duro y decidido”…“feroz y un poco tétrico”, son rasgos que evidencian una desviación típica con respecto del rostro del Hombre blanco. En la obra de Plaza, se puede evidenciar debidamente ciertos atributos rostrificadores tales como, la posición torcida del cuerpo, el rostro tozudo, la representación barbárica, casi bestial de los tribales, el rostro déspota de cuerpo torcido, todos estos rasgos, que no encuentran equiparación con todas las otras obras de este artista, que representan perfectamente el ideal de belleza europeo, y el ideal de la raza del Hombre blanco civilizado.

El rostro me parece claramente de frente con respecto al conjunto de la obra, mientras que el cuerpo se encuentra semi-torcido, con respecto al rostro, lo que me lleva a identificar en él, el rostro despótico puesto de frente, pero de menor orden, con respecto a las representaciones religiosas de la Iglesia Católica, entre otras, de una posición más fija y única. Aquí la configuración de la obra mantuvo un contenido masivamente despótico, pero con características de variabilidad con respecto a las representaciones de los Hombres civilizados, Hombres de raza blanca. He aquí su racismo, y la ocultación y mistificación de la verdad, que tendió a representar como barbaros a los mapuches, que más bien constituyo una sociedad de carácter tribal. Si no era una obra genuinamente autentica, ¿por qué simplemente no se la llamo como lo que fue, la estatua de “el ultimo mohicano”?

 

  1. La siguiente obra que deseo presentar es la estatua de José Troncoso, el Monumento a Caupolicán ubicado en Temuco. Esta obra contrasta notoriamente en varios puntos determinantes. En primer lugar, esta obra constituye un autentico homenaje a Caupolicán, donde se encuentra representado, un “Caupolicán victorioso”, tras vencer en la competencia para convertirse en Toqui. Se ve flamante con un inmenso tronco que carga casi sin expresar esfuerzo. Su derecho y erguido cuerpo -sin torsión como en la representación de Nicanor Plaza-, así como su cabeza y rostro se muestran de manera casi simétrica con respecto al conjunto de su cuerpo, lo que revela una postura y una rostridad de corte despótico, de destino terrestre. Esta característica quizás se encuentra delimitada por el motivo de la representación en la obra, pues la coronación como toqui emprende y comprende la culminación de un proceso de enseñoreamiento que enuncia su destino significante objetivo, su conversión, su transformación incorporal, su decretarían jurídica como conductor de la resistencia mapuche, que señala uno de los momentos más determinantes de su vida. El rostro de este Caupolicán puesto de frente, otorga cierta composición y territorializacion del espacio, del paisaje, a la vez que el objeto rostrificado adquiere un valor temporal anticipador pues, el tronco sobre sus hombros es el objeto que anuncia y zanja su destino guerrero, augurando su grandeza en la conducción del pueblo mapuche en la guerra contra guerra de conquista realista.

 

No es tanto un rostro pasional, como si un rostro despótico, que evidencia el hecho objetivo de su enseñoramiento, en tanto que la profundidad de su proceso se encuentra proyectada masivamente hacia adelante. En este sentido, hay que desarrollar, brevemente, un aspecto relacionado con la postura de la escultura con respecto a su base, pues, la escultura con respecto a la base es completamente diagonal. Sin embargo, ya hemos mencionado la cuestión de poder tomar la obra en su conjunto, más o menos independientemente de su posición de presentación en que esta fue puesta. En general, parece una obra heroica que contrasta con la barbaridad de la obra de Plaza, siendo ambas obras despóticas, podemos notar claramente que en el Caupolicán de Plaza destaca un despotismo barbárico, como inferiorizando y bestializando al indígena, mientras que esta obra de José Troncoso, tiende a engrandecerlo, como un rostro más cercano al rostro de Cristo, un Cristo-Caupolicán, que encarna ideales nobles, aunque guerreros.

 

  1. En tercer lugar quisiera presentar dos obras escultóricas más, esta vez sobre el guerrero mapuche Lautaro, donde en ambas se puede dar cuenta de la masividad de la otra semiótica, donde el rostro aparece representado de perfil, lo que implica una representación de la figura de destino subjetivo, pasional, reflexivo, como lo llamaron Deleuze y Guattari, un rostro y paisaje marítimo, donde el rostro refleja autoridad (no despotismo), y va directamente proyectado hacia el agujero negro de la conciencia. Señalamos que el rostro de perfil, ha sido tomado como tal, a partir de la variación del rostro con respecto al cuerpo, donde en ambas representaciones, se encuentra perfilado casi 90° con respecto al conjunto de su cuerpo.

Esta forma de rostridad consiste sobre la conciencia y la pasión. Los rostros de estos lautaros señalan una escalada de intensidad, donde el propio personaje forma parte de esa intensidad que lo conduce a su destino heroico, donde la propia rama de colihue que sostiene con sus brazo para perpetrar su destino. De este modo este tipo de representaciones logra integrar la profundidad y la intensidad en el propio cuadro que representa.

 

 

Estatua en la Plaza de  Armas de la Iglesia de Lautaro, Municipalidad de Lautaro.

 

 

Estatua de Lautaro en la Plaza de Armas de Concepción, de Tomas Ravassa.

 

En estas obras de Lautaro, se puede apreciar claramente que el rostro establece el punto de subjetivación, el desplazamiento de la territorialidad por la intensidad y la profundidad, asi como estas obras nos invitan a desviar nuestro rostro con el rostro representado, en dirección hacia la oscuridad de su conciencia y pasión. El destino de quien, como sujeto de enunciación, que deriva desde el punto de subjetivación-desviación, instaura o abre el proceso a una serie de procesos lineales finitos, dispuestos a quebrantar el avance colonial español. Deleuze y Guattari señalan los pueblos nómades como los judíos, en su éxodo de Egipto, logran instaurar un proceso de subjetivación y liberación de la esclavitud egipcia, pero que al hacerlo sobre la base de la aplicación de un sujeto de enunciado (Dios) que segmentariza la línea de fuga, para finalmente, tras la sucesión de procesos lineales, bloquear o negativizar la huida, esto con la conformación de una religión y la instauración de una nueva forma de sacerdotes y una nueva burocracia, fundada en la propia tradición de Moisés.[4] En el sentido contrario, yo deseo dar, con estas representaciones de Lautaro, otro libertador, pero no de carácter clan cónico-patriarcal sino que de segmentos de linaje, donde cada localidad, lof y rewe posee sus propios príncipes, sin la existencia de un rey de reyes o patriarca. Estas representaciones de Lautaro señalan una línea de fuga de liberación, que no es de carácter negativo, ni tampoco es un proceso de subjetivación que se encuentre bloqueado, sino que por el contrario, una línea de liberación activa y positiva, pues Lautaro abre el proceso de resistencia mapuche contra los ejércitos privados y regulares que deseaban apoderarse de la región de la Araucanía. No es una apertura negativa del punto de subjetivación, para instaurar otro dominio, la mera sustitución de un centro de significancia sedentarizado, para la instauración de otros de carácter nomádica, con sacerdotes y burócratas (la oposición de Jehová a los dioses egipcios), sino que la destrucción del centro de significancia sedentarizado, es decir, la destrucción de los fuertes y estancias militares establecidos por los ejércitos de conquista, para restablecer el sistema tribal de vida, para no generar ni tener que soportar un Estado sobre sus hombros, como ya lo habían hecho contra los Incas, para el mantenimiento del sistema de creencias chamánico de los mapuches (resistencia al cristianismo y la evangelización, es decir, la rostrificación), la conservación de su sistema de vida, social, económico, mantener la autoridad de sus propios jueces y médicos, los machis y proteger a la comunidad territorialmente establecida de los conquistadores.

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[1] Pp.175, PRE-TEXTOS, 2002, Valencia España. Esto lo dicen, sobre la base de los avances de la psicología americana: Isakower sobre las sensaciones propioceptivas, manuales, bucales, cutáneas, vagamente visuales, señala que remiten a la relación infantil boca-seno; Lewin sobre el descubrimiento de una pantalla blanca del sueño, normalmente recubierta por contenidos visuales, pero que permanece blanca cuando el sueño tiene por contenidos, sensaciones propioceptivas; la interpretación de Spitz, siguiendo a Lewin, que señala que la pared blanca, en la relación boca-seno, no haría surgir un precepto visual que representa el seno como objeto de sensación táctil, sino que más bien el rostro materno por el que el niño se guía para tomar pecho.

[2] Ibíd., pp. 183

[3] Ibíd., pp. 189

[4] Ibíd., pp. 139

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Historia del Taller Juan Reyes y Alicia Cáceres de Orfebrería Urbana. Artesanía urbana en el contexto de la comercialización neoliberal (1973-2000) (Camilo Reyes)

  1. Introducción

 

“(Juan)…no hemos transado en eso…

(Alicia) …nunca hemos hecho una cosa comercialmente pura.”

(Juan Reyes y Alicia Cáceres, en entrevista)

 

Al enfrentar la historia de un taller de artesanía (una historia local, de vida) con la historia en el sentido de un contexto histórico global, inevitablemente estamos confrontando dos historias que se cuentan, una en tiempo lineal y oficial, y otra en un tiempo de carácter intempensivo. Lo intempensivo, por definición, es lo que se hace u ocurre fuera del tiempo adecuado o conveniente, es decir, que se constituye inadecuadamente para hacer una determinada cosa, por surgir demasiado temprano o tarde, en relación con el tiempo contemporáneo en un sentido lineal. Al observar la situación particular de artistas populares y artesanos urbanos, como en el caso de este taller de orfebrería, damos cuenta inmediatamente de esta relación entre dos historias confrontadas, no tanto por un desarrollo de carácter dialectico-acumulativo, como en el caso de la relación entre la forma de vida de pequeño comerciante y el comercio capitalista (ambos planos mercantiles), sino que enfrentadas en sentido antinómico como en la relación de los artesanos populares y el neoliberalismo. Mientras que la artesanía se despliega y revela como la supremacía de la sensibilidad, la sociedad capitalista desarrolla un sistema espectacular que entrega supremacía a las imágenes, la tecnología, la industria y la producción en serie. Si de un lado, las obras de artesanía revelan que toda cosa producida por los seres humanos, se encuentra permanentemente inacabadas, señalando su propia capacidad de ser perfeccionables, de singularidad y unicidad, las obras de la industria y su comercialización neoliberal, sugieren con su danza espectacular, un mas alla de la sensibilidad que es inalcanzable, la constante insatisfacción de un sistema de creencias metafísico centralizado en el dinero y el deseo de ganancia capitalista.

Tomando en cuenta la relación antinómica existente entre (a) la forma de vida “artesanal” (no entregada a las necesidades estrictamente comerciales, arrojada a un proceso intempensivo que ocurre “fuera del tiempo adecuado y conveniente”), y (b) el contexto contemporáneo en que se inscribe y desarrolla la forma de comercialización neoliberal, sobre todo desde los años 80-90 del siglo pasado; buscare poder retratar los rasgos fundamentales de esta experiencia de resistencia cultural y popular al capitalismo monetarista, si es que la hubo, o en su defecto, retratar los rasgos de esta ausencia.

Finalmente quisiera destacar que este trabajo lo realizo en mi calidad de investigador, pero también en calidad de testigo, pues yo soy familiar de los dos entrevistados para la construcción de mi fuente oral: Alicia Cáceres (entrevista 1) se encontraba casada con el difunto Juan Reyes, quienes juntos empezaron con el taller; Juan Reyes es el tío de Daniel Reyes, que es el actual maestro artesano del taller (entrevista 2), y Daniel es mi padre. Además he rondado ese taller muchos años de mi vida, y hasta he sido ayudante.

 

 

  1. Entrevistas

 

  • A Alicia Cáceres

 

  1. ¿Cómo Juan Reyes y usted, se llegaron a interesar por la artesanía?

R: Nos conocimos -con Juan-, en la Escuela de Artes Aplicadas de la U. de Chile Juan tenía una gran vocación artística; al casarnos tomamos el trabajo de Profesores de E. Manual en las escuelas primaria (M. de Educación).

Encontramos, en el lugar de mi padre, donde íbamos de vacaciones, piedras de ágatas con semi-brillo. Con ellas, Juan hizo unos llaveros tratando de venderlos,  llegamos donde una persona que fue fundamental en nuestro  desarrollo. Ella tenía una tienda en Providencia, y siendo israelita nos instó a hacer cruces y siempre nos compró todo. Lo que hicimos inicialmente, fue desarrollar el trabajo en bronce y con ágatas, para después incorporar el lapislázuli y demás piedras semipreciosas.

 

  1. ¿Cómo surgió la idea de conformar un taller de orfebrería?

R: Nosotros desarrollamos este incipiente trabajo de orfebrería, en la Escuela. No existía el ramo, nos gustaron los resultados y tuvimos apoyo de esta Señora, por lo cual, nos propusimos desarrollar una orfebrería con nuestras raíces. También fuimos apoyados por Radomiro Tomic, en su tiempo, Embajador en EE.UU. Ellos compraron nuestra primera artesanía: empezamos con un alicate y un martillo, y usábamos la cocina para recocer los metales.

 

  1. ¿Qué impacto tuvo en el desarrollo del taller, y para el conjunto de artesanos urbanos, el golpe militar de 1973?

R: El impacto se dio más en los afectos: teníamos un grupo de artesanos con  los cuales compartimos los buenos éxitos del tiempo de Allende…. Hasta una tienda en Providencia de Artesanía Urbana; muy buenas ventas, esperanza de asociaciones, etc. Lamentablemente  estos amigos  no resistieron el Golpe, y muchos se fueron al exilio con lo cual, quedamos muy solos.

Como nos han explicado algunos sociólogos, la Dictadura dio imagen de país con la artesanía, sobre todo con todas las tiendas que abrió en EEUU. Hubo buenas ventas  y la artesanía no tuvo problemas (había que comer ¿no?).

 

  1. ¿Cómo taller, cuál fue su posición con respecto al golpe militar? ¿llegaron a participar con algún tipo de organización social no artesanal?

R: Los artesanos somos muy individualistas, y con suerte logramos formar alguna organización algunas asociaciones gremiales en contra de la dictadura. Nunca supe de alguna organización de artesanos en contra de la Dictadura como tal, pues cada uno lo hizo individualmente. ¿Te cuento un chiste?: para nuestro trabajo usamos para nuestro trabajo, un material químico muy fétido que algunos artesanos iban a dejar a los bancos…es solo un chiste (riendo).

 

  1. ¿Las Ferias de Arte Popular, representaron de algún modo, un foco de resistencia frente a la represión cultural impuesta por la dictadura?

R: La única feria que se desarrollo por esos años fue la de la U. Católica. Allí había que hablar “en voz baja”, esto a partir de 1974.

 

  1. ¿Cómo fue el desarrollo artístico de las obras a lo largo de la historia del taller? ¿Este desarrollo de los diseños tuvo que ver, de algún modo, con el contexto político de la dictadura?

R: Nuestra temática fue en gran parte, imaginería religiosa, objetos decorativos, como espejos, mascaras, collares, pulseras. Fuimos los primeros que trabajamos el cobre y el bronce, y nuestros trabajos se distinguían, además de por los diseños, por el contraste de colores que lográbamos con el bronce limpio sobre el cobre con patina negra, y el uso de piedras con variadas formas, producidas en el taller.

Nos propusimos dar una imagen de país, investigamos nuestras etnias e incorporamos sus grecas a las vestimentas de las imágenes religiosas, como en nuestro “Cristo con poncho cacique Mapuche”.

En CEMA, otros artesanos fueron objetados por incluir el color rojo en sus esmaltes, además que prohibieron absolutamente los versos de Neruda o cualquiera que dijera algo libertario.

 

  1. ¿Qué opinión tiene de los efectos de la comercialización neoliberal, sobre los artesanos urbanos? ¿Cómo taller se han visto afectados por la competencia neoliberal?

R: Con la vuelta a la democracia, CEMA fue cerrada por la Lucia, y no hubo mas galería artesanal, la microeconomía, nosotros, nos fuimos al tacho, rápidamente comenzó a llegar artesanía exenta de impuesto, de los más diversos lugares: fue una dura competencia. Nosotros volvimos a venderle a las tiendas, con el consiguiente deterioro económico. “Si por ejemplo, a la tienda se le vende a $100, ellos venden a $500 o más.” Muchas veces decoran las vitrinas de las tiendas con los trabajos, dando calidad a su tienda. Toda la artesanía se ha visto afectada por esta competencia nefasta, hasta la artesanía tradicional. Hubo artesanos que dejaron de hacer sus canastos por el ingreso de canastos chinos…

 

  1. ¿Quiénes son los típicos clientes del taller? ¿Cómo llegaron a entregar un trabajo al Papa Juan Pablo II?

R: Los clientes típicos son extranjeros, chilenos en el exilio, algunos intelectuales, y comunidades religiosas. Por la feria de la U. C., nos contactamos con los Padres del Templo de Maipú, con el apoyo de ellos pudimos hacerlo, pues era una tradición y costumbre de la Iglesia, el hacerle algún regalo al papa durante sus visitas a los países.

 

  1. ¿Qué impacto tuvo para el taller la transición a la democracia? ¿mejoro la situación del taller al superar la etapa de la dictadura militar? ¿tuvo algún rol para el Estado?

R: Ya creo haber contestando en parte esta pregunta: en el 2003 se creó el Consejo de la Cultura y las Artes, y con eso empezó a darse una preocupación del Estado por la artesanía, llegaron las premiaciones, fondos concursales, todo tipo de apoyo, si estas invitado por una feria en el extranjero, existe un sistema de apoyo en dinero, y últimamente se han hecho exposiciones, viajes de artesanos al extranjero como mencione, representando al país en otras ferias internacionales. También se ha desarrollado diálogos con artesanos para el estudio de la Ley de apoyo y fomento de la Artesanía. A su vez, estamos incorporados en una mesa de reuniones mixta; todos estos trabajos se llevan efectuando casi 5 años.

 

  1. ¿Cree usted que la artesanía urbana, tiene algún futuro, podrá mantenerse en el tiempo o está irremediablemente condenada a muerte en su batalla contra el neoliberalismo?

R: La artesanía es como la vida misma, trasciende los gobiernos, siempre habrá un loco que quiera desgastarse las uñas por sacar su vocación artística, por desarrollar una idea. Se critica como una respuesta a la cesantía (por los artesanos de la calle), pero allí mismo tambien hay valores, hoy mismo. Hay un artesano, Juan Lobos, que reconoce que empezó vendiendo en el Paseo Ahumada, y hoy exhibe su platería como maestro artesano en la Galería Gabriela Mistas (GAM).

 

 

 

 

  • A Daniel Reyes

 

  1. ¿Cómo ingreso usted al taller de orfebrería?

R: Mi padre me llevo a trabajar al taller que pertenecía a mi tio Juan, cuando yo tenia 23 años, por lo cual ya llevo en el taller cerca de 33 años.

 

  1. ¿Qué trabajo cumple usted dentro del taller de artesanía?

R: comencé como ayudante, pero ahora me desempeño como maestro artesano orfebre, hace más de 15 años.

 

  1. ¿Cómo ha sido el desarrollo artístico de las obras, en lo que usted ha participado del taller?

R: el trabajo de antes era más rustico y tenía más imperfecciones, y con el tiempo, esto se fue perfeccionando hasta el punto de desarrollar una técnica mas definida. Sin embargo, en mi opinión, el trabajo se ha vuelto demasiado refinado y ha perdido un poco la autenticidad artesanal que poseían las piezas más rusticas.

 

  1. En su opinión, ¿Cuáles han sido y son los efectos de la presión comercial sobre el taller de artesanía a lo largo de su existencia hasta la actualidad?

R: Abaratar la mano de obra, desvalorar el propio trabajo, para poder vender y competir con la artesanía que viene del extranjero, por ejemplo, con lo que hacen los chinos.

 

  1. ¿Le es posible lograr una identificación con el artesanado? ¿Por qué razón se identifica o por qué no?

R: Sí, claro que nos identificamos con el artesanado. Casi todo lo que hacemos en nuestros trabajos, está hecho exclusivamente con nuestras manos, por medio del martillo. Trabajamos con materias primas extraídas de nuestras tierras. Los productos  con que se trabajan -metales y piedras semipreciosas-, son netamente materias primas nacionales. A pesar de la introducción de cierta maquinaria industrial, que permite realizar partes de las piezas de las obras, como por ejemplo los remaches de cobre (que antes se hacían de un modo artesanal), la artesanía producida en el taller intenta conservar su identidad y resistir a los procesos neoliberales que atentan contra la base artesanal de los trabajos.

 

  1. En su opinión, ¿tuvo algún impacto para usted y para el taller, el proceso de transición de la dictadura a la democracia?

R: Paradójicamente, los gobiernos de la concertación, donde se esperaba que se valorara más la artesanía, más bien se le ha abandonado. Antes del gobierno de Frei Montalva, ya se había creado una corporación llamada CEMA Chile, que se mantuvo durante todos los gobiernos posteriores, inclusive en la dictadura militar, que se dedicaba a la compra y venta de los productos artesanales nacionales. Pero tras la llegada de los gobiernos de la concertación, mas bien se tendió a desincentivar la proyección de la artesanía e incentivar la competencia neoliberal, con lo cual los artesanos urbanos y tradicionales quedaron desprotegidos.

 

  1. ¿Pensó alguna vez que el taller podía despegar económicamente, a pesar del deseo de Juan Reyes y Alicia Cáceres de no mercantilizar absolutamente sus obras?

R: No, nunca lo pensé, principalmente porque en el mundo neoliberal de ahora, la tendencia gira hacia abaratar costos y desvalorizar el trabajo de los artesanos. Hoy en día, es necesario hacer cosas chicas y baratas para poder mantenerse en competencia contra los otros mercados extranjeros más agresivos impulsados por el neoliberalismo.

 

  1. ¿Cree usted en la posibilidad de que la artesanía llegue a recrearse en torno a lógicas más comerciales para prevenir un posible hundimiento económico?

R: Si pues, de hecho algunos artesanos ya han emprendido ese camino, para poder subsistir como taller. Y probablemente, los talleres que no lo hagan, vivirán en un constante estancamiento económico que le haga imposible seguir desarrollando artesanía de la manera tradicional.

 

  1. ¿Cree usted que la artesanía urbana tiene algún futuro, podrá mantenerse en el tiempo o está irremediablemente condenada a muerte?

R: Si no existe un apoyo intensivo del Estado por proteger el patrimonio cultural de la artesanía urbana, ya sea con menos impuestos u otorgando algún salvavidas económico, se me hace muy difícil pensar que la artesanía urbana llegue a tener un futuro prospero, pues las lógicas del mercado parecen empujar en el sentido contrario. Pero de que siempre va a haber artesanía urbana como expresión joven de la vieja artesanía, creo que siempre abra.

 

  1. Como depositario directo de este legado orfebre, ¿cree posible una regeneración del proyecto artesanal del taller Juan Reyes? ¿En qué términos sería posible?

R: No, porque ya no se dio una trasmisión de conocimiento y tradición de padres a hijos, y yo no tengo ganas de continuar ese legado, ya que también, debido a las complicaciones económicas del taller, he tenido que desarrollar otros trabajos que me otorgan mayor sustento y estabilidad económica.

 

 3. Desarrollo

 

3.1. Breve historia económica del taller,

sus orígenes, la dictadura y la democracia neoliberal.

 

Los principales datos que pudimos extraer con respecto a la historia del taller, fueron recabados desde la entrevista realizada a Alicia Cáceres, que rememora como, en conjunción con su pareja Juan Reyes, comenzaron el taller algunos años antes de la dictadura. En mi opinión, de toda la entrevista con ella, se puede destacar tres líneas históricas bastante claras, que delimitan el periodo de desarrollo del taller y también del artesanado urbano de la época, que vivió esta transición: (1) en la génesis del taller, antes del Golpe Militar, donde parte el taller, con el apoyo de una organización llamada CEMA, dedicada al apoyo, compra y venta de las artesanías producidas por los artesanos urbanos, que alcanzo a desarrollar un gran bienestar durante el gobierno de Salvador Allende; (2) una segunda etapa o segundo periodo en el cual, se voy afectado el taller, principalmente en el aspecto “afectivo”, por la pérdida de compañeros y compañeras artesanos, por culpa del exilio, un periodo de “soledad”, como ella lo califica, pero de buena bonanza económica, principalmente debido a la propia promoción que hizo la Dictadura Militar, de la artesanía chilena en el extranjero, continuando con los planes desarrollados inicialmente por el CEMA, ahora apoyados por Lucia Hiriart, la señora del dictador; y (3) un tercer periodo que se extiende desde la transición a la democracia neoliberal, que se divide en dos periodos, uno estrictamente neoliberal y otro atravesado por una nueva pero débil intervención estatal, aun neoliberal; es decir, de intento de reajuste neoliberal de la estructura, que ante la crisis abre nuevas posibilidades de cambio y resistencia del minoritario artesanado urbano: (a) un periodo inicial de descomposición del CEMA por la pérdida de apoyo dado por Lucia, y también por la simultanea penetración descarnada de manufacturas neoliberales, productos industriales chinos, etc., y (b) un nuevo periodo de relativa intervención estatal, que se inaugura el 2003 con la creación del Consejo de la Cultura y las Artes.

Con respecto al primer periodo, cabe mencionar que este taller surgió por la década de los 60’, del fruto de la unión creativa de dos jóvenes con aspiraciones artísticas, que casi por accidente comenzaron a innovar en las técnicas de engarzar piedras, y en las técnicas de la artesanía orfebre (metal y piedras semi-preciosas), rama técnica inexistente en la Escuela de Artes y Oficios de la U. de Chile. Este periodo puede ser caracterizado como de gestación de su obra artesanal. También durante este periodo hacen sus primeros contactos comerciales y se unen al CEMA, gran plataforma para el fomento de la artesanía a través de la compra y venta de sus obras producidas en el taller. En general, una observación realizada por Alicia Caceres describe este periodo del taller, durante el gobierno de la Unidad Popular, como un periodo positivo: “…los buenos éxitos del periodo de Allende…”

Durante el segundo periodo, continuaron los buenos éxitos iniciales alcanzados en términos de compra y venta de las obras del taller, continua el proyecto bajo la sombra del CEMA, y el gobierno militar tiende a promocionar la artesanía chilena hacia el extranjero. Debemos considerar que este periodo se corresponde con el periodo de la descomposición del proyecto del Estado desarrollista, y la instalación histórica del neoliberalismo en Chile. Las primeras políticas económicas tendieron hacia la desregulación económica, que detono en la crisis del 77-78, crisis que se extendió y profundizo en los 80, con la paralela consolidación de las políticas neoliberales, que a partir de la elaboración e instalación de una nueva constitución en el 80’, donde se dan las primeras expropiaciones y privatizaciones de las empresas publicas y estatales, detonando una nueva crisis de instalación neoliberal en el año 82, año en que comienza paralelamente a volverse fructífero el negocio de las AFP’s. Ya hacia el año 85’, el modelo neoliberal ha expropiado mas de 30 empresas estatales, y puesto en funcionamiento el modelo dispuesto a los intereses privados de los empresarios. Todas estas privatizaciones tuvieron de relieve, el hecho de que tanto para las empresas relacionados con el cobre como las del petróleo, la junta militar tuvo la voluntad de prohibir la privatización total de estos recursos, poniendo el límite de 50,1% de estos recursos debía pertenecer a la propiedad fiscal. Este dato parece curioso, considerando que el modelo neoliberal ha logrado profundizarse durante los gobiernos de la Concertación, yendo mas allá de los limites establecido inclusive por el tirano. En mi opinión, creo que este reflejo de resguardo propiciado por la Junta, de un modo analógico, es congruente con la postura que tuvo el gobierno militar en relación a la artesanía chilena. Mucho se ha discutido si la dictadura pinochetista adopto o no un modelo nacionalista, como el mismo Pinochet intento decretar, o si bajo la escusa del nacionalismo escondió los deseos neoliberales que se contraponen a los nacionales. Sin lugar a dudas, podemos decir que, en este sentido, la libertad e impulso a la privatización de las empresas estatales, encuentra un débil impulso proteccionista, que lleva  a la protección de los recursos que los militares consideraron más vitales para el financiamiento de ciertos gastos públicos, que le permitieran ajustar nuevas formaciones sociales al nuevo modo de producción neoliberal que estaban gestando gremialistas y militares, la forma en que el propio capitalismo entrega una solución a sus crisis estructurales.

En este periodo que hemos descrito, el taller alcanzo la tranquilidad económica, por medio de la promoción de la artesanía chilena, principalmente en EE.UU., lo que los llevo contradictoriamente, a soportar la carga anímica, la soledad, las patologías derivadas de los afectos, con una relativamente buena ganancia económica. Frente a esta oportunidad contradictoria, Alicia y Juan, se propusieron ocupar este rol de dar la imagen país por medio de sus artesanías, y es en este periodo que se produce el mayor desarrollo de sus obras, y la orientación de los diseños hacia lo mapuche e indígena, para incluirlo y soportarlo sobre imágenes de carácter religioso cristianas, logrando así, de algún modo una síntesis entre lo étnico-tribal y lo religioso-occidental. Otro dato importante, que demarcan las declaraciones de Alicia Cáceres, es que a lo menos ellos nunca tuvieron conciencia de la existencia de algún tipo de organización artesanal de carácter anti-dictadura, y si hubo alguna oposición a esta, se dio bajo un carácter más individual de las acciones, sin organizaciones de por medio. Por otro lado, las ferias de artesanía, lugar de reunión típico a partir de 1974 con la feria de la Universidad Católica, no sirvieron de sustento a ninguna organización anti-dictatorial. Esto nos lleva a plantear la tesis de que si los artesanos se opusieron de algún modo a la dictadura, no lo hicieron de modo directo por medio de sus organizaciones, pues de algún modo la dictadura no rompió con la continuidad que se le venía dando a organizaciones de apoyo como el CEMA. Sin embargo, como veremos a continuación, fue la misma dictadura la que produjo los cimientos de la tardía destrucción de los sustentos de los artesanos urbanos y tradicionales.

Durante el tercer y último periodo descrito, que comienza con el fin de la dictadura militar, en vista de la promesa de la extensión cultural que representaba la llegada de la democracia, el artesanado y el propio taller, se vieron afectados en el sentido contrario pues, en primer lugar, debido a la descomposición del CEMA, pilar fundamental de los artesanos antes y durante la dictadura, como órgano de apoyo, la artesanía sufrió un desincentivo, mientras que de otro lado, gracias a la penetración neoliberal de la mercancía industriales traídas desde China, y la desprotección del artesanado bajo la condición de competencia neoliberal, tuvieron que sufrir la precarización y desvalorización de su trabajo: antes, por medio de CEMA, los artesanos urbanos contaban con galerías artesanales, para la compra y venta de sus artesanías, y sin embargo, tras la consolidación y la afectación tardía del neoliberalismo por sobre el artesanado urbano, tuvieron que volver a vender a tiendas, tal como al principio, sin ningún apoyo institucional del Estado, con el consiguiente “deterioro económico”, tal como lo señala Alicia en la respuesta 7, donde además señala que “toda la artesanía se ha visto afectada por esta competencia nefasta, hasta la artesanía tradicional. Hubo artesano que dejaron de hacer sus canastos por el ingreso de canastos chinos.” En este sentido, el maestro artesano Daniel coincide notoriamente con el jucio de Alicia, en su respuesta 4: las consecuencias del neoliberalismo fueron “abaratar la mano de obra, desvalorar el propio trabajo, para poder vender y competir con la artesanía que viene del extranjero, por ejemplo, con lo que hacen los chinos.” En la respuesta 6 de Daniel continua señalando que “paradójicamente, los gobiernos de la concertación, donde se esperaba que se valorara más la artesanía, más bien se le ha abandonado (…) tras la llegada de los gobiernos de la concertación, mas bien se tendió a desincentivar la proyección de la artesanía e incentivar la competencia neoliberal, con lo cual los artesanos urbanos y tradicionales quedaron desprotegidos.”

Sin embargo, durante este tercer periodo, a partir del 2003 se abre una nueva veta y campo de posibilidades para la supervivencia y reconocimiento de la artesanía nacional, con la creación del Consejo de la Cultura y las Artes, donde el Estado comenzó a darse nuevamente hacia la preocupación de la artesanía nacional, urbana y tradicional. Según Alicia, con la creación de esta institución, “llegaron las premiaciones”, los “fondos concursales”, y “todo tipo de apoyo” en dinero para fomentar la artesanía y el desarrollo de los artesanos, inclusive por medio de la representación en el extranjero. También quizás uno de los elementos mas significativos, es la participación de los artesanos en instancia dialógicas, sobre todo en lo relacionado al estudio de la Ley de apoyo y fomento de la Artesanía, trabajo que los artesanos urbanos y tradicionales ya llevan realizando por casi 5 años a la fecha, es decir, desde 2011-2012.

 

 

3.2. Las obras; su diseño y desarrollo artístico.

 

Con respecto a las obras, su diseño y desarrollo pudimos recabar información tanto bajo la opinión de Alicia Cáceres, como también de la opinión de Daniel Reyes. He querido dar un pequeño apartado de este trabajo a mostrar algunas de las obras mas características del taller para graficar mejor el tipo de trabajo y artesanía que se realiza en el taller, describiendo los motivos de los diseños y su evolución en el tiempo. Como descripción general de los trabajos, tenemos las apreciaciones de Alicia: “Fuimos los primeros que trabajamos el cobre y el bronce, y nuestros trabajos se distinguían, además de por los diseños, por el contraste de colores que lográbamos con el bronce limpio sobre el cobre con patina negra, y el uso de piedras con variadas formas, producidas en el taller.”

Podríamos dividir la evolución artística de los trabajos en a lo menos 2 periodos mas o menos delimitados, aunque yuxtapuestos y paralelos: (1°) trabajos donde se incluye imaginaria religiosa, objetos decorativos como espejos, mascaras, collares, y pulseras; y (2°) tras realizar una investigación de las etnias, en la incorporación de grecas y simbologías indígenas y mapuches en las imágenes religiosas.

 

 

(a) Algunos trabajos con imaginería religiosa

 

 

 

CRUZ

 

PESEBRE

 

 

 

 

 

 

(b) Trabajos con diseños de animales

 

AGUILA

BUHO

 

 

GALLO DE PELEA

(c) otras obras.

 

 

 

 

MASCARAS ATACAMEÑAS Y DIAGUITAS.

Espejo con diseños indígenas, y al lado, mascara de camahueto.

 

 

LA PINCOYA

 

 

 

Modelo clásico de la Virgen del Carmen con el niño Jesús.

 

 

Virgen del Carmen con el niño Jesús en sus brazos y el Templo de Maipú a sus pies, obra especialmente preparada y entregada al Papa Juan Pablo II durante su visita a Chile en 1987.

 

Pequeña representación de La Moneda entregada a Michel Bachelet.

 

 

Luego de haber presentado esta serie de obras, que permiten ilustrar mejor el trabajo realizado en el Taller Juan Reyes, debo presentar el hecho más característico que permite diferenciar las obras del primer periodo, con las del segundo, y para demostrar esto, me basare en la muestra de la evolución en el diseño de quizás la obra más representativa del Taller, la evolución de su obra “el Cristo”.

 

 

Este primer Cristo que se presenta, corresponde al primer periodo que he delimitado, y contrasta notoriamente en un hecho singular, con los nuevos Cristos que el taller realiza durante el segundo periodo delimitado. En palabras de Alicia Cáceres: “Nos propusimos dar una imagen de país, investigamos nuestras etnias e incorporamos sus grecas a las vestimentas de las imágenes religiosas, como en nuestro “Cristo con poncho cacique Mapuche”. Por lo cual este primer Cristo carece completamente de simbología indígena incorporada, mas no así los Cristos elaborados durante la segunda etapa:

 

 

 

 

 

En estas dos últimas imágenes del Cristo que he incorporado, se puede notar la incorporación de grecas indígenas en el diseño su poncho, elemento característico a partir del segundo periodo caracterizado anteriormente. Estos diseños se pueden encontrar también incorporados, en las mascaras que he presentado anteriormente, las diaguitas y atacameñas. Esta simbología incorpora la idea de lograr una síntesis cultural, tanto del cristianismo como de las creencias indígenas y mapuche.

 

 

 

 

 

 

 

3.3. El Taller Juan Reyes frente a la comercialización neoliberal.

Artesanía como forma artística intempensiva.

 

   Como ya he destacado a lo largo de este trabajo, tanto de citas de Alicia como de Daniel, el taller, tras la transición a la democracia neoliberal, con el consecuente afianzamiento del neoliberalismo y la pérdida del CEMA, tuvo que atravesar una época de precarización y desvalorización de los trabajos emprendidos por el taller, que tuvo que desenvolverse en condiciones de competencia capitalista descarnada, emprendiendo un periodo de “deterioro económico”. En estas condiciones de comercialización neoliberal, la tendencia fue, como bien lo señala Daniel Reyes, “hacia abaratas costos y desvalorizar el trabajo de los artesanos. Hoy en día, es necesario hacer cosas chicas y baratas para poder mantenerse en competencia contra los mercados extranjeros más agresivos impulsados por el neoliberalismo.” Como bien habíamos señalado a partir de las respuestas de Daniel, anteriormente, los gobiernos de la concertación, que bien portaban la promesa de ampliar la cultura y las artes, más bien dejaron caer, con todo el peso de la economía, la lógica comercial sobre la lógica artesanal.

A lo menos desde el principio de la transición a la democracia, la lógica que logro posicionarse, afectando al artesanado urbano y tradicional, fue la de que para poder subsistir como taller, en parte debían recrearse en torno a estas lógicas comerciales para prevenir su hundimiento y perdida frente a la desleal competencia internacional, que produce artesanías con maquinaria industrial (¿?), producida a muy bajo costo y en series. Lo anterior, de las mercancías industriales chinas por ejemplo, parece una gran contradicción, pero es una contradicción real, a la que se ven enfrentados los artesanos urbanos y tradicionales en el contexto neoliberal. A pesar de la instauración de esta lógica neoliberal, los artesanos de algún modo han intentado presionar sobre este influjo y volver a organizarse con el afán de proteger su trabajo, pero esto a su vez implica un problema que parece no estar del todo resuelto pues, si bien de la opinión de Alicia se desprende un deseo de nunca comercializar puramente su trabajo, lo que encierra la lógica artesanal que desprecia el lucro, por otro lado la opinión de Daniel sugiere la necesidad de innovación semi-industrial a lo menos, de parte de la producción artesanal para poder abaratar los costos necesarios que implica el tipo de competencia neoliberal. Por lo cual, la existencia del artesanado mismo, parece depender en parte, de cierta pérdida mínima de su propia identidad, en el afán de sujetarse a sí misma y sobrevivir a la crisis. En este sentido, las viejas formaciones artesanales que hacían descansar completamente el trabajo sobre las manos de los artesanos, parecen tener la necesidad contradictoria de adaptarse a los nuevos modos de producción capitalista, y las nuevas tecnologías, todo esto para poder subsistir de algún modo a su época contemporánea. En este sentido podemos afirmar que existe una cierta tendencia de la artesanía a reinventarse frente a la realidad contemporánea, para poder decretar su trascendencia al propio modelo económico, en la intempensividad de su arte.

Frente a la importante pregunta sobre el futuro del propio taller, la artesanía urbana y tradicional, tanto Alicia como Daniel, esgrimieron razones para suponer que la artesanía, a pesar de este duelo a muerte con el neoliberalismo que da lugar a todas sus contradicciones ya mencionadas, posee un carácter trascendente, que no se ve afectado en su esencia, pues su propia esencia no es hija del tiempo que vive, como la propia tecnología que se va constantemente desarrollando, sino que más bien de un tiempo que parece ser legendario e “inherente a la vida misma”: “La artesanía es como la vida misma, trasciende los gobiernos, siempre habrá un loco que quiera desgastarse las uñas por sacar su vocación artística, por desarrollar una idea.” (Alicia Cáceres) Daniel Reyes, frente a la misma interrogante señala que “siempre va a haber artesanía urbana como expresión joven de la vieja artesanía, creo que siempre abra.” Ambos reconocieron de un modo u otro la importancia de que esta fuerza intempensiva de la artesanía, requería de algún modo la protección bajo el Estado, Alicia señalando la importancia de los avances en términos de protección e impulso,  a partir de la creación del Consejo de la Cultura y las Artes (2003), y Daniel en su juicio de que “si no existe un apoyo intensivo del Estado por proteger el patrimonio cultural de la artesanía urbana, ya sea con menos impuestos u otorgando algún salvavidas económico, se hace muy difícil pensar que la artesanía urbana llegue a un futuro prospero, pues las lógicas del mercado parecen empujar en el sentido contrario.” De cualquier modo, a la intempensividad del artesano, se le opone constantemente en un juego imbrincante de contradicciones, supuestas y sostenidas por el mercado neoliberal, que para el caso del Taller Juan Reyes, parece no haber dejado una vía de transmisión de conocimiento, ni perpetuación de este conocimiento de padres a hijos. La misma precariedad del trabajo artesanal, ha llevado por ejemplo, a su actual maestro principal, Daniel Reyes, a rechazar completamente este legado, esto a causa de la inestabilidad económica que representa el ser artesano urbano y tradicional en condiciones neoliberales. Sin embargo, debemos recordar que la suerte de unos no es la suerte de todos, y si bien lo mas probable es que la suerte de este taller sea llegar a su fin, debemos quedarnos con las palabras de Alicia y Daniel, de que los artesanos urbanos que no logren ajustarse al neoliberalismo sucumbirán, mas la artesanía en sí nunca morirá y siempre abran nuevos brotes de ella de la mano de nuevos representantes, como por ejemplo, el artesano mencionado por Alicia Cáceres, el artesano Juan Lobos, y otros Juan Lobos que se desarrollan y desenvuelven de mejor modo dentro del contexto de comercialización neoliberal, esperando el surgimiento de una nueva época de gloria de la artesanía nacional.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De todo lo anteriormente expuesto, de nuestro análisis de la relación antinómica existente entre la forma de vida artesanal y la forma de comercialización neoliberal, hemos podido concluir lo siguiente:

  • La forma de vida artesanal persiste y es irreconciliable hasta cierto punto con la forma de comercialización neoliberal. Si de un modo puede ser conciliable, en tanto nuestros entrevistados reconocer la importancia de la integración de la artesanía urbana a las necesidad del Estado, o también, la incorporación de cierta maquinaria industrial, que permita fabricar ciertas piezas “no principales”, de las obras artesanales, con el fin de abaratar ciertos costos y poder competir contra manufacturas chinas, por ejemplo, en un sentido inversamente proporcional, reclama la necesidad de existir como forma completamente independiente del mercado, por su propio valor artesanal que no puede desenvolverse, sin hacerlo de manera contradictoria, en el mercado, pues estas piezas chinas con las que compiten las artesanías urbanas del Taller Juan Reyes, a pesar de su aparente similitud, no son piezas artesanales, sino que más bien piezas industriales con apariencia de artesanales. Lo mismo sucedería a la artesanía autentica, si no mantuviese una actitud irreconciliable frente al mercado y la industria china.
  • Por otro lado, esta fuente inagotable de la artesanía, reside en los artesanos que resisten el influjo neoliberal, pero por sobre todo, residen en la propia posibilidad de la artesanía, que es como la vida misma que brota sin cesar. Así, de este modo, debemos admitir tristemente, que lo más probable es que esta no sea la suerte del Taller, que se ha quedado sin continuadores hacia el futuro. Pero quizás en esto mismo reside toda fuerza artesanal que se “asemeja a la vida”, en que el propio taller a cumplido su época, ha vivido su tiempo de gloria, y ahora, como la vida misma debe dejar partir su influjo artesanal, pues de todos modos, aunque el taller muera, la artesanía vivirá en sus nuevos continuadores, con sus nuevos proyectos.
  • Por último quisiera destacar lo que considero, el hecho más importante de la artesanía rescatado durante la realización de este trabajo, el hecho de que la artesanía porta en sí misma, la supremacía de la sensibilidad, que se contrapone firmemente frente a la insensibilidad y abstracción del mercado, que arrasa todo lo que no es rentable, o no responde a su proyecto teleológico, ni su proyecto económico. En este sentido siempre las obras del capitalismo se opondrán a las obras trascendentes del artesanado: al producto industrial acabado siempre se le opondrá la obra artesanal inacabada, que venga a romper con los modos de producción desarrollados, para imponer su latencia, su fuerza pura, la obra original de belleza única, que muy pocos pueden llegar a valorar en una época de superficialidades, donde el trabajo es cada vez mas dominado por las maquinas. A la voluntad capitalista de reemplazar personas con maquinas para abaratar los costos de producción, siempre se le opondrá la obra imperecedera del artesano, que con sus manos abrirá el paso para recuperar el trabajo que es suyo, y subvertir con sus formas, una sociedad dominada por la lógica de lo pasajero, lo instantáneo y desechable. Y los que sepan apreciar ese valor y el trabajo de los artesanos, tambien formaran parte de ese tiempo imperecedero, fuera de lugar capitalista, que constituye lo intempensivo.

 

 

 

 

CONFIGURACIÓN Y CRISIS DEL MITO DEL TRABAJO (José Manuel Naredo)

EL TRABAJO

Número extraordinario dedicado al IV Coloquio Internacional de Geocrítica (Actas del Coloquio)

CONFIGURACIÓN Y CRISIS DEL MITO DEL TRABAJO

José Manuel Naredo

Universidad Politécnica de Madrid

La noción actual de trabajo no es una categoría antropológica ni, menos aún, un invariante de la naturaleza humana1. Se trata, por el contrario, de una categoría profundamente histórica. El trabajo, como categoría homogénea, se afianzó allá por el siglo XVIII junto con la noción unificada de riqueza, de producción y la propia idea de sistema económico para dar lugar a una disciplina nueva: la economía. La razón productivista del trabajo surgió y evolucionó, así, junto con el aparato conceptual de la ciencia económica. En esta comunicación se pasará revista a esta evolución revelando, en este caso, la conexión entre ciencia, ideología y sociedad y entre el lenguaje científico y el lenguaje ordinario, que reviste particular importancia en las ciencias sociales. De esta manera, al situar en amplia perspectiva la razón productivista del trabajo, podremos relativizarla y criticarla. El plan de la exposición será el siguiente. En una primera parte se pasará revista a los valores, concepciones y modos de vida que predominaron en las sociedades humanas antes de que se extendiera la idea actual de trabajo. En una segunda parte se analizará el caldo de cultivo ideológico en el que nació la razón productivista del trabajo, que acabó configurando tanto al cuerpo social como al comportamiento individual en la actual civilización. En una tercera parte, se pasará revista a los hechos que están provocando la crisis conjunta de la función productivista y social que se le venía atribuyendo al trabajo en nuestras sociedades. Por último se apuntarán las perspectivas que tal crisis ofrece.

 

Antes de que se inventara el trabajo

Las llamadas “sociedades primitivas” ofrecen un primer ejemplo de sociedades no estructuradas por el trabajo. La antropología ofrece hoy abundantes materiales2 que muestran que en estas sociedades la noción de trabajo no tiene ni el soporte conceptual ni la incidencia social que hoy tiene en la nuestra. En primer lugar, se observa que su lenguaje carece de un término que pueda identificarse con la noción actual de trabajo: o bien cuentan con palabras con significado más restringido (que designan actividades concretas) o mucho más amplio (que puede englobar hasta la actitud pensante o meditabunda del “chaman”). No existe en ellas una distinción clara entre actividades que se suponen productivas y el resto. Como tampoco atribuyen una relación precisa entre las actividades individuales que conllevan aprovisionamiento o esfuerzo y sus contrapartidas utilitarias o retributivas, habida cuenta que entre ambos extremos se interponen relaciones de redistribución y reciprocidad ajenos a dichas actividades. Por otra parte las actividades directamente relacionadas con el aprovisionamiento y la subsistencia ocupaba en estas sociedades un tiempo muy inferior a la jornada laboral actual3.

Lo cual indujo a Marshall Sahlins a hablar de “Edad de Piedra, Edad de abundancia” (como reza el título de la traducción española de su libro antes citado) para resaltar que “la escasez no es una propiedad intrínseca de los medios técnicos, sino que su percepción nace de relacionar medios con fines” y que los medios técnicos de que disponían las “sociedades primitivas” les permitían cubrir con mucha más holgura sus fines de lo que ocurre en las actuales sociedades “tecnológicas”, estando por lo tanto aquellas más cerca de la abundancia que éstas. Ello se debe sobre todo a que en las sociedades cazadoras y recolectoras no existía el afán de acumular riquezas o excedentes que se observa en la nuestra: para ellas los stocks de riquezas estaban en la naturaleza y no tenía sentido acumularlos, ni era posible acarrearlos. La acumulación empezó a tomar cuerpo en forma de trofeos (y, muy particularmente, de esclavos) que acreditaban las hazañas militares y, con ello, el prestigio social de los antiguos jefes de bandas de caza. Surgió así el desprecio que el temperamento aristocrático otorga a las tareas rutinarias más comunes, tendentes a asegurar la intendencia diaria, que fueron quedando a cargo de mujeres o esclavos.

Tras el largo paréntesis del neolítico, las sociedades con Estado acabaron afianzando y extendiendo la forma de proceder antes apuntada, tendente a segregar actividades y personas serviles. Entre éstas la Grecia clásica ofrece un segundo ejemplo de sociedad no estructurada por el trabajo de especial interés para nuestros efectos. Tampoco existía en ella una palabra equivalente a la noción actual de trabajo. La palabra ponos servía para designar una actividad penosa, pero no establecía una correspondencia biunívoca con la obra (ergon), ni podía englobar el listado tan variopinto de actividades que abarca la noción actual de trabajo, como si de algo homogéneo se tratara. Tampoco existía otra palabra para designar ese conjunto homogéneo que actualmente vincula tareas relacionadas con la obtención y el abastecimiento de bienes y servicios, con la realización personal y la relación social. Existía una visión atomizada de las actividades, que suscitaban valoraciones sociales distintas. Pero no era tanto la manualidad o el esfuerzo exigido por las actividades lo que hacía calificarlas de serviles o degradantes, sino el carácter dependiente de quienes las practicaban. Se consideraban actividades libres aquellas que se realizaban por el placer mismo de ejercitarlas y no por finalidades o contrapartidas ajenas a ellas mismas, como podía ser la dedicación a la filosofía, la política, las artes… o el deporte y las artes marciales. A la vez que se estimaba indigno del hombre libre desarrollar sus capacidades para obtener una ganancia. Por ejemplo, se consideraba servil la actividad de bailarines o atletas profesionales, por muy admirable que fuera su destreza. Al igual que las tareas realizadas por esclavos en general, o por mercenarios asalariados, porque dependían de un amo, y también en menor medida las de los artesanos o los mercaderes (guiados por fines lucrativos) aunque realizaran tareas para el conjunto de la sociedad.

Hemos de recordar que “la mayoría de las sociedades esclavistas poseen un vocabulario amplio que cubre diversas condiciones de servidumbre que ya no tienen equivalente en nuestras lenguas y que reflejamos uniformemente por ‘esclavo'”4: hoy solemos considerar la “esclavitud” como una categoría homogénea de dependencia que acostumbramos a anteponer a aquella otra del “trabajo asalariado”. Se ignora, por ejemplo, que había hombres libres que se esclavizavan voluntariamente con ánimo de mejorar su situación, al ponerse al servicio de personas ricas, cultas e influyentes esperando participar en alguna medida de su poder, riqueza, protección, etc. Así, muchos administradores del Imperio Romano eran esclavos del emperador o de los potentados de la época, especificándose jurídicamente relaciones de fidelidad y dependencia absolutas que, de hecho, se han seguido produciendo en el mundo de la política y de la empresa, sin respaldo jurídico formal. Por otra parte, en las sociedades precapitalistas la esclavitud no fué una relación tan generalizada y determinante como comunmente se piensa: incluso en el agro de la Roma Imperial los campesinos libres solían predominar sobre los esclavos. Sin embargo, escapa al propósito de este artículo hacer una exposición detallada de las relaciones sociales que tenían lugar en las sociedades llamadas precapitalistas.

Hay que advertir que en la Grecia clásica no había la acumulación de fortunas que después se observó en el Imperio Romano. Según Platón, las familias más ricas no llegaban a tener medio centenar de esclavos. En Atica venía a haber unos tres esclavos por cada persona libre, dedicándose por término medio dos tercios de ellos a la agricultura, las minas y canteras, las artesanías o el transporte, y el tercio restante a tareas domésticas o de compañía. Debe llamar a reflexión la paradoja de que, en la antigua Grecia, con tres esclavos por persona, los ciudadanos libres conseguían evitar las tareas serviles e incluso pretendían escapar con éxito, de acuerdo con varios pensadores de la época, del reino de la necesidad, mientras que hoy, en nuestro país, utilizamos una energía equivalente a más de treinta “esclavos mecánicos” per cápita y nos sentimos cada vez más empeñados en realizar un trabajo dependiente: es como si necesitáramos esclavizarnos cada vez más para comprar los servicios de un mayor número de esclavos o acumular las riquezas necesarias para ello.

La evolución del lenguaje refleja la generalización por todo el cuerpo social de relaciones de trabajo dependientes que en otro tiempo se veían como un atentado a la dignidad del hombre libre: en el griego moderno la palabra dulia significa trabajo en general, como transposición directa de la palabra esclavitud (duleia) en el griego antiguo.

En Roma siguió predominando el desprecio por las tareas ordinarias y generalmente penosas, relacionadas con la subsistencia y el abastecimiento. Pero también este desprecio enraizaba en el carácter dependiente que solía acompañar a esos trabajos. Así, como especifica Cicerón, “cuanto tenga que ver con un salario es sórdido e indigno de un hombre libre, porque el salario en esas circunstancias es el precio de un trabajo y no de un arte;… todo artesanado es sórdido, como también lo es el comercio de reventa”5. No en vano trabajar y trabajo proceden de tripaliare y de tripalium, sustantivo que designa en latín un potro de tortura dotado de tres palos. Subrayemos que la otra acepción que recoge la noción actual de trabajo, la de labor, no se asociaba biunívocamente al opus, ya que se pensaba que la obra podía ser también fruto de la naturaleza o del ocio creador (otium). Así, no se mantenía la actual dicotomía ocio-trabajo, como hoy ocurre al otorgar al ocio un sentido totalmente improductivo y parasitario frente al trabajo como única fuente de creación. El problema estriba en que hoy se habla de ocio (y de trabajo) como si el significado de estas palabras hubiera sido siempre el mismo y otorgando a los puntos de vista hoy dominantes una universalidad de la que carecen. Cuando si había alguna constante en la Antigüedad era el desprecio por aquellas tareas dependientes y generalmente forzadas por la necesidad, que no se practicaban por el placer mismo de hacerlas, sino por sus retribuciones o contrapartidas utilitarias, tareas que hoy, por lo general, se engloban bajo la denominación de trabajo. El gran historiador Herodoto indicaba, confirmando estos extremos, que no podría afirmar que los griegos hubieran recibido de los egipcios el desprecio por el trabajo, por cuanto ese mismo desprecio por las relaciones de dependencia y por lo que los romanos llamaron después las “artes sórdidas”, lo había apreciado también “entre los tracios, los escitas, los persas y los árabes”6.

En consonancia con lo anterior, las fiestas de los antiguos griegos y romanos era muy numerosas, al igual que las de otros pueblos de la Antigüedad. Celebraban la vuelta de las estaciones del año y los dioses que las personificaban, variando su carácter según el motivo de la celebración, oscilando entre las más graves dedicadas a Ceres o a Minerva, hasta el proverbial regocijo con que se vivían las “bacanales”, después de la vendimia. Se celebraban también las Noemías, o primer día del mes lunar, los juegos Olímpicos y los diversos aniversarios memorables, que variaban según las ciudades. Y, recordemos que “los esclavos libraban los días festivos (…) al igual que las bestias de carga, de tiro y de labor”7.

En principio, el cristianismo hizo también suyo el desprecio por lo que hoy grosso modo denominamos trabajo: se tomó como castigo fruto de una maldición bíblica y no como un objetivo ni individual ni socialmente deseable, máxime cuando se propugnaba el despego hacia los bienes terrenales, presente en la Europa cristiana medieval. Por otra parte, tampoco existía en la Edad Media una visión unificada de las actividades que hoy llamamos productivas. Por ejemplo, en el siglo XIV, Duns Scoto establecía al menos tres grupos de actividades que requerían una consideración diferente. Por orden de valoración social decreciente estos grupos eran los de los aportatores, que aportaban la materia tomada de la madre-naturaleza para ser utilizada de forma más o menos mediata por los hombres, la de los inmutatores omelioratores, que hacían mudar la sustancia perfeccionándola con su actividad, y la de los conservatores, que comerciaban con, o trasegaban, la sustancia sin modificarla. Clasificación que, con ligeros retoques, se mantuvo hasta el advenimiento de la ciencia económica durante el siglo XVIII y que impregnaba todavía a los primeros formuladores de ésta.

Los planteamientos mencionados en el párrafo anterior se plasmaron también en el progresivo aumento de las fiestas religiosas, que llegaron a ocupar cerca de la mitad de los días del año en muchos de los pueblos de la Europa cristiana medieval: existen evidencias que muestran que incluso en las comunidades más atrasadas de Europa Central, se celebraban 182 fiestas al año 8. También debe de mover a reflexión la paradoja de que los calendarios laborales de los países de la Unión Europea ofrecen hoy día un número de días de fiesta muy inferior. Si tomamos como festivos todos los sábados y domingos del año y un mes de vacaciones (22 días laborables) tenemos un total de 126 días feriados, a los que hay que añadir las fiestas singulares de cada país. Curiosamente éstas sólo son 8 días al año en los países originariamente más dominados por el protestantismo y el calvinismo, mientras que todavía son 14 días en las más católicas España, Bélgica e Italia, totalizando así entre 132 y 140 días de fiesta. Esta información sobre los calendarios teóricos hay que cotejarla con datos sobre las horas realmente trabajadas por persona al año, que en ocasiones superan las previsiones de los calendarios, culminando en Gran Bretaña e Irlanda, donde rozan las 2.000, tras haber aumentado en los últimos años 9.

El cristianismo contribuyó también activamente a facilitar esta inflexión hacia el recorte de las fiestas, al proponer una creciente veneración del trabajo, que se fue imponiendo con el tiempo, junto al predominio del capitalismo. Esta inflexión en los hechos se apoya en otra inflexión en el pensamiento que no podemos más que esbozar aquí. Cabe buscar vestigios de esta inflexión en autores como San Agustín, que empieza a romper la antigua separación conceptual entre trabajo y obra, al utilizar el mismo término trabajo para designar una obra. O en el reconocimiento de Santo Tomás de que puede ser lícita la búsqueda de lucro de los mercaderes si retribuye a su propio trabajo en una función útil para la sociedad. Pero será sobre todo la regla Ora et labora, de San Benito, la que se empezó imponiendo en los monasterios, para afectar después al conjunto de la sociedad.

La búsqueda de la salvación por el trabajo u otras prácticas ascéticas y mortificatorias utilizadas por ciertas órdenes monásticas medievales, fue retomada después por Lutero y Calvino, por contraposición al cristianismo de los primeros tiempos, cuyas posiciones respecto al trabajo no diferían en lo esencial de las de los griegos y los romanos. El capitalismo naciente vio con buenos ojos las alabanzas a la vida “ordenada” por el trabajo y la regimentación monástica y militar. El toque de las campanas en los monasterios y de las trompetas en los campamentos y cuarteles, pronto se vería imitado por la sirena de las fábricas para que, por primera vez en la Historia, los hombres se levantaran al unísono, como dirigidos por un jefe invisible, para someterse a través del reloj al ritmo prefijado del proceso económico. En el siglo XVI, a la vez que las campanas de los relojes empezaron a sonar cada cuarto de hora, el trabajo se erigía en valor supremo al que debía plegarse la existencia del hombre. Se trataba de un trabajo abstracto y homogéneo, medible en unidades de tiempo, cuyo ritmo no debía perturbarse. El gran número de días festivos entonces existente empezó a parecer una desgracia: el despilfarro de un tiempo robado al trabajo. Así se identificó trabajo con actividad y se atribuyó al ocio un carácter meramente pasivo y parasitario, torciendo el significado antiguo de esta palabra, que se refería también a un ocio activo y creador: se pensaba que la simple actitud contemplativa permitía impulsar la actividad del pensamiento en todas sus manifestaciones, mientras que el trabajo penoso acostumbraba a frenarla. En suma, que se acabó imponiendo el nuevo evangelio del trabajo, según el cual se podía servir a Dios trabajando, al Estado, e incluso al individuo mismo.

Desde el punto de vista de los hechos, la antigua escalada festivo-religiosa se truncó al menos desde mediados del siglo XVII. Con la bula del papa Urbano VIII, Universa per orbe (1642), se produjo la primera reducción significativa de las fiestas de precepto, a la que seguirían otras muchas. Una de las últimas fue la que eliminó en nuestro país, en 1977, las fiestas de la Asunción y de San Pedro y San Pablo, que motivó un artículo mío sobre la “necrología de las fiestas” en Cuadernos para el Diálogo. En efecto, la eliminación de estas festividades refleja el sostenido afán de evitar interrupciones “estériles” en el tiempo de trabajo que, unido a la secularización progresiva de la sociedad, fue dando al traste con fiestas como las de San Juan Bautista, San Lorenzo, la Visitación, la Santa Cruz, el Día de Difuntos, los segundos y terceros días de las tres pascuas, etc., etc. Proceso al que la Iglesia no dudó en añadir las antes indicadas de la Ascensión, que ocupaba un lugar en la liturgia por lo menos desde San Eusebio (260-340), y la del martirio de los santos Pedro y Pablo, que ya era festejada con octava en tiempos del Papa San León (460-461). Aunque estos recortes de fiestas religiosas se suplieron, en parte, con la aparición de nuevas festividades y celebraciones civiles, el saldo neto fué obviamente negativo, como evidencian los 130-140 días feriados (incluidas vacaciones) que observan los calendarios laborales de los países de la Unión Europea, muy inferiores a los del calendario cristiano medieval.

 

El nacimiento de la razón productivista del trabajo

Podrían resumirse de la siguiente manera las líneas maestras del contexto que hizo prosperar la razón productivista del trabajo. En primer lugar, se tuvo que extender entre la población un afán continuo e indefinido de acumular riquezas, a la vez se levantaba el veto moral que antes pesaba sobre el mismo. En segundo lugar, hubo de observarse un desplazamiento en la propia noción de riqueza, que posibilitara tal acumulación. En tercer lugar hizo falta que el hombre se creyera capaz de producir riquezas. Y, por último, que se postulara que el trabajo era el instrumento básico de esa producciónde riquezas. Pasemos revista al cumplimiento de estos requisitos antes inexistentes.

La extensión del afán de acumular riquezas hay que integrarlo en el desplazamiento general de ideas que se observó tras el Renacimiento, que no es cosa de detallar aquí. Valga decir que con él se divulgó, en una atmósfera de optimismo, la búsqueda de libertad y de placer, a la vez que se debilitaban las barreras de clase, anteriormente consideradas infranqueables. La voluntad de satisfacer los apetitos más voraces de poder y de dinero, antes proscritos, empezó a considerarse como algo normal, e incluso saludable. Este giro en la forma de ver la cosas culminó con La fábula de las abejas, de Mandeville (1729), cuyo subtítulo asocia los “vicios privados al bien público”. La fe en la existencia de mecanismos automáticos que, por obra y gracia del mercado, reorientaban el egoísmo individual en beneficio de la colectividad, se plasmó en la famosa “mano invisible” de Adam Smith. La confianza en el mercado como panacea vino a sustituir a la que anteriormente se depositaba en la Divina Providencia: ambas prometían llevar a los hombres por el buen camino siempre que respetaran sus reglas. Y, dando por sentado que todos los individuos reaccionaban como mercaderes, al estar espoleados “desde la cuna hasta la tumba” por el deseo de hacer fortuna, Smith concluyó que podía considerarse a la sociedad en su conjunto como “una sociedad mercantil”.

En lo que concierne al desplazamiento en la noción de riqueza, hay que tener bien presente que en las sociedades precapitalistas predominaba una visión diversificada de la misma que, al otorgar un claro predominio a los bienes raíces, limitaba la posibilidad de que la meta de acumular riqueza se extendiera al conjunto de la población. Para que esto fuera viable hizo falta que se cambiara la propia noción de riqueza, recortándose la importancia que en ella tenían los bienes raíces, antes ligados al poder sobre los hombres, a la vez que se daba más importancia a la riqueza mobiliaria y a los valores pecuniarios. Esto se produjo, como señala Louis Dumont (1977), cuando, con la crisis del feudalismo, “al romperse el vínculo entre la riqueza inmobiliaria y el poder, la riqueza mobiliaria devino plenamente autónoma, no sólo en si misma, sino como forma superior de la riqueza en general (…); en suma, se vio emerger una categoría autónoma y relativamente independiente de la riqueza. Solamente a partir de aquí pudo hacerse una distinción clara entre lo que llamamos ‘político’ y aquello que denominamos ‘económico’. Distinción que no conocían las sociedades tradicionales”. Fue, por lo tanto, al considerar la riqueza expresable en dinero, como se posibilitó que se generalizara entre los individuos el afán de acumularla.

Originariamente no se pensaba que el hombre fuera capaz de producir nada: se creía que sólo Dios era capaz de hacerlo, sacando algo de la nada, por lo que las riquezas se consideraban fruto de un maridaje entre el Cielo y la Tierra. Aristóteles recogía este punto de vista en su De animalibus, cuando sostiene que “la Tierra concibe por el Sol y de él queda preñada, dando a luz todos los años”. Se pensaba que los hombres podían, todo lo más, propiciar este maridaje dando al trabajo un sentido ritual y una apreciación cualitativamente diferente según tareas y actividades, hoy inexistente. Pero no se consideraba realista pensar que los hombres pudieran acrecentar de modo significativo y duradero los rendimientos de la Madre-Tierra. Viéndose, así, el juego económico del intercambio, los precios y el dinero como un juego de suma cero en el que las ganancias de unos eran realizadas a costa de los otros. Y de ahí que, al ocupar la distribución un lugar central en este proceso de adquisición de riqueza, la reflexión estuviera íntimamente ligada a la moral y tuviera plena cabida en los manuales de confesores, que incorporaban sendos tratados el tema, como ejemplificó la importante Summa de tratos y contratos, que compuso Fray Tomás de Mercado en 1571.

Sin embargo, el afán originario de colaborar con la naturaleza (y de imitar su obra) se fue desacralizando con el advenimiento de la economía y de la moderna ciencia experimental y desplazando hacia el empeño de sustituirla por mecanismos o procesos artificialmente diseñados al efecto. A la par que la idea originaria del Cielo como principio activo fecundante de la Tierra-Madre, dio entrada a otro ingrediente igualmente activo y masculino, el Trabajo, más en línea con la creencia en las posibilidades ilimitadas del homo faber sobre la que se apoyaba el nuevo antropocentrismo que sustituyó al antiguo de orden religioso. En los albores de la ciencia económica William Petty formuló como base de ésta la “ecuación natural” según la cual “la Tierra era la madre y el Trabajo el padre de la riqueza”.

Con Smith, Ricardo,…y Marx, el Padre-Trabajo pasó de colaborar en las actividades productivas de la Madre-Tierra, a erigirse en el principal factor de producción de riqueza e incluso el único, en la medida en la que se supuso que la Tierra misma era sustituible por el Trabajo. La consolidación de una categoría unificada de Trabajo se operó junto con las de Producción y de Riqueza, a base de considerarlas todas ellas expresables en unidades pecuniarias homogéneas. Lo cual facilitó envolturas científicas a la mencionada razón productivista del trabajo, que se extendió por todos los confines con la ayuda tanto del capitalismo como del socialismo de corte marxista. Resulta significativa, a este respecto, la frase con la que Smith inicia ese tratado fundacional de la economía que fué su (Investigación sobre la naturaleza y causas de la) Riqueza de las Naciones (1776): “el trabajo anual de cada nación es el fondo que la surte originalmente de todas las cosas necesarias y útiles para la vida que se consumen anualmente en ella”.

La obra de Marx reforzó de modo significativo la evolución de las ideas que acabamos de describir. En efecto, por una parte, Marx consideró esa noción unificada de trabajo como una categoría universal, como una invariante de la naturaleza humana aplicable a cualquier tipo de sociedad, contribuyendo así a su generalización con pretensiones antropológicas más amplias de las que imaginaron los padres de la “economía política”. Por otra, llevó hasta el final el desequilibrio que produjeron los economistas clásicos en la “ecuación natural” de Petty, al relegar a la Madre-Tierra al papel de mero objeto pasivo y dominado que se ofrece sin contrapartida a las veleidades depredadoras y supuestamente productivas del padre Trabajo, suscribiendo así la teoría del valor-trabajo. De esta manera, pese a las matizaciones introducidas sobre el tema de la “alienación”, el marxismo fue de hecho una especie de caballo de Troya, que introdujo entre las filas de los oprimidos el evangelio del progreso, basado en el respeto beato e indiscriminado de la ciencia, la técnica, la producción y el trabajo, que ha venido preconizando la civilización industrial. Y muy particularmente contribuyó a divulgar, con envolturas de ciencia liberadora, las categorías básicas del pensamiento económico acuñadas por la “economía política”10.

También interesa resaltar el cambio de actitud frente a las innovaciones ahorradoras de trabajo entre la antigüedad y la modernidad que inaugura la obra de Smith antes citada. Para ello propondremos primero unos versos en los que Antipater de Tesalónica, contemporáneo de Cicerón, cantaba a los nuevos molinos de agua, que sustituían los trabajos de molienda (generalmente realizados al alba por mujeres armadas de mazos de madera y cuencos o “molinos” de piedra): “Dejad de moler ¡oh! vosotras, mujeres que os esforzáis en el molino; dormid hasta más tarde, aunque los cantos de los gallos anuncien el alba. Pues Demeter ordenó a las ninfas que hagan la tarea de vuestras manos y ellas, saltando a lo alto de la rueda, hacen girar su eje, que con sus rayos mueve las pesadas y cóncavas muelas de Nisiria. Gustemos nuevamente de la vida primitiva aprendiendo a regalarnos con los productos de Demeter sin esfuerzo” 11. Bien distinta es ya la actitud de Adam Smith frente a las ventajas que supone la división del trabajo, que ilustra con el ejemplo de la fábrica de alfileres: no se congratula del enorme ahorro de trabajo que permitiría esta división de tareas para obtener una misma cantidad de alfileres, sino del “considerable aumento que un mismo número de manos puede producir en la cantidad de obra” (A. Smith). Lo que apunta el devenir de los acontecimientos que nos ha llevado a la presente situación: los inventos ahorradores de trabajo, en vez de aprovecharse para liberar a las personas de tareas penosas y reducir el calendario laboral a la mínima expresión, han servido para acentuar la dicotomía entre trabajo y paro.
La crisis todavía no asumida de la razón productivista del trabajo y sus consecuencias

Así las cosas, con los economistas llamados “neoclásicos” de finales del siglo XIX se apunta un nuevo desplazamiento conceptual del que todavía, a mi juicio, no han se han extraído todas sus consecuencias sobre la razón productivista del trabajo. El desplazamiento vino dado por la hegemonía de un nuevo factor de producción: el Capital, considerado inicialmente como un útil colaborador de la Tierra y del Trabajo en las tareas productivas, pasó a eclipsarlos, al postular estos autores que, en última instancia, Tierra y Trabajo eran sustituibles por Capital, que aparecía así como el factor limitativo último del proceso de producción de riqueza.

La hipótesis de la perfecta sustituibilidad de los factores de producción, permitió rematar el cierre conceptual de la noción de sistema económico en el universo de los valores pecuniarios, haciéndolo ganar en simplicidad y en coherencia lógica. Pero a la vez lo aisló de los aspectos físicos, sociales e institucionales en los que se enmarcaba obligadamente su funcionamiento. Una vez cortado el cordón umbilical que unía originariamente lo económico a las dimensiones físicas y humanas, una vez indicado que producir era simplemente obtener un “valor añadido” a base de revender con beneficio, la preocupación social fue derivando desde la producción de la riqueza hacia adquisición de la misma. Y la contrapartida expresable en términos monetarios (generalmente en forma de salario), se erigió en el único criterio delimitatorio que señalaba la frontera entre aquellas actividades que se consideraban trabajo y aquellas que no entraban en esta designación. Así, por ejemplo, las tareas de las “amas de casa” no se consideraban trabajo (ni producción, ni renta, ni consumo), pero las del “servicio doméstico” sí. Lo cual da lugar a paradojas como la que se subraya al comentar que basta con que un gentleman se case con su cocinera, para que disminuya el trabajo (la producción, la renta y el consumo), aunque siga haciéndole la misma comida. Sin embargo la actividad (asalariada) de los funcionarios era considerada trabajo fuente de producción (y consumo) de servicios (imputados), aunque no estuvieran destinados a la venta. Lo mismo que la actividad remunerada de los deportistas profesionales se considera trabajo, pero no la de los amateurs, aunque ambas reclamen esfuerzos similares. De ahí que las actividades que la economía estándar engloba bajo la denominación de trabajo (es decir, las que se realizan para obtener una contrapartida monetaria o monetizable y no por el afán mismo de realizarlas) coincidan con aquellas que los antiguos griegos y romanos consideraban impropias de hombres libres, como lo confirma el significado originario de los términos que hoy se emplean para designarlo (tripaliumduleia,…). Actividades que el creciente proceso de salarización desatado por el capitalismo se encarga de extender por todo el cuerpo social.

En el terreno de los hechos, la en otro tiempo tan ponderada “producción material” fue quedando relegada a la “periferia tercermundista”, mientras las metrópolis del capitalismo orientan preferentemente su actividad hacia la compra de productos terminados o de piezas a ensamblar. La tarea de estas últimas ya no se centra tanto en la producción y exportación de manufacturas como en la venta de “servicios” y en el comercio de activos patrimoniales, equilibrando sus balanzas de pagos con las entradas de capital a corto y el funcionamiento del mercado de divisas. Los “cuellos azules” no sólo fueron dando paso a los “cuellos blancos”, sino que estos mismos se fueron reconvirtiendo hacia las necesidades que imponía el manejo informatizado de la gestión y las finanzas e invirtiendo cada vez más esfuerzos en la llamada “lucha por la competitividad”.  En suma, el peso creciente del mundo financiero, de la información, la comercialización y la gestión en la adquisición de la riqueza, se mantiene a la sombra de la idea smithiana de sistema económico centrado en la producción de mercancías, la frugalidad y el trabajo, que todavía perdura como paradigma interpretativo cuyas funciones explicativas se ven suplidas por aquellas otras de justificatorias del statu quo.

Como consecuencia de lo anterior, fue perdiendo apoyo la antigua razón productivista del trabajo que se mantuvo, no sólo por inercia conformista, como otras reminiscencias físico-utilitarias que todavía impregnan al agregado del Producto Nacional y a la propia noción de productividad, sino porque la configuración de nuestras sociedades le otorgó nuevo respaldo. En efecto, cuando decaía la vieja razón productivista del trabajo enunciada por la “economía política”, la consideración del trabajo como meta social e individual cobró nueva fuerza. Los pobres pasaron de pedir pan a pedir trabajo, y el burgués pasó de ser, como decía en otro tiempo la canción, “insaciable y cruel”, a convertirse en un bonacible “creador de puestos de trabajo”. Y es que una vez eliminadas las instituciones que daban sustento y cobijo al individuo en las sociedades anteriores al capitalismo, una vez reducida a la mínima expresión la familia, la tribu o la ciudad, como elementos que arropaban física y socialmente al individuo, el trabajo cobró cada vez más importancia como medio para relacionarse y promocionarse en el terreno profesional, económico y social. El trabajo se acabó convirtiendo así, como decía Max Weber, “en el factor principal de un régimen de ‘ascetismo intramundano’, en respuesta al sentimiento de soledad y aislamiento del hombre” (E. Fromm, 1979). Este sentimiento se hace sentir con fuerza en las actuales conurbaciones y se agrava, cuando el desarraigo que en ellas se genera no encuentra la válvula de escape del trabajo como medio de evasión, relación y promoción social al alcance de los individuos. La frustración del paro suele ser la chispa que desencadena el alcoholismo, la drogadicción, la delincuencia,… que arrastran a los individuos por la pendiente de la marginación social y el deterioro personal. A la vez que las importantes tasas de paro “estructural” hacen que la búsqueda obsesiva de trabajo, y el afán de inmolarse a él, sean moneda común en nuestros tiempos, reforzando un nuevo ascetismo del trabajo todavía más compulsivo del que se desprende de la antigua razón productivista. Ascetismo que paradójicamente, se revela en franca contradicción con el hedonismo que predica la llamada “sociedad de consumo”. Extremando la incapacidad de trabajadores y parados para disfrutar incluso de un recurso en otro tiempo abundante: el tiempo para la holganza, el ensueño, la contemplación y la reflexión o la acción, tanto o más libres y relajadas como gratificantes y hasta, en ocasiones, creativas.

Por otra parte se observa que el moderno individualismo no vino a liberar a los hombres de las relaciones de dominación y dependencia (y del desprecio por el trabajo ordinario) presentes en las sociedades jerárquicas anteriores, sino a racionalizarlas y mantenerlas bajo nuevas formas. Veblen, en su Teoría de la clase ociosa (1899) advirtió pioneramente cómo la asociación de la respetabilidad social a la riqueza poseída, permitió perpetuar bajo el capitalismo la por él denominada “clase ociosa” y el desprecio por los trabajos de la vida ordinaria, propios de sociedades jerárquicas anteriores. Recordemos las condiciones que este autor establece para que la propiedad privada y la clase ociosa (en cuanto que está liberada de las tareas ordinarias que reclama la existencia material de la población) puedan prosperar:

1º “La comunidad debe disponer de medios de subsistencia lo suficientemente grandes como para permitir que una parte importante de la comunidad esté exenta de dedicarse al trabajo rutinario”.
2º. “La comunidad debe tener hábitos de vida depredadores; es decir, hombres habituados a infringir daños por la fuerza o mediante estratagemas” (cuyas “hazañas” se valoran por encima del trabajo ordinario).

Con el advenimiento del capitalismo disminuyen las posibilidades de obtener botín mediante “hazañas” bélicas o cinegéticas, “a la vez que aumentan, en radio de acción y facilidad, las oportunidades de realizar agresiones industriales (o financieras) y acumular propiedad por los métodos cuasipacíficos de la empresa nómada”. Por lo que, desde este punto de vista, no anduvo desencaminado Benjamín Constant (1813) cuando señaló que “la guerra y el comercio no son más que dos medios diferentes de alcanzar el mismo fin: el de poseer aquello que se desea”. Siendo directamente medible, en el capitalismo, el botín alcanzado en las “hazañas” (que se vincula al prestigio social) a través de la riqueza pecuniaria acumulada.

Cuando en una sociedad como la nuestra se asocia la respetabilidad de los ciudadanos a su nivel de riqueza, se desata entre éstos una lucha por la “reputación pecuniaria” que crea un estado de insatisfacción crónica generalizada. Pues, como ya Veblen advirtió, dada la naturaleza del problema, es evidente que está fuera de toda posibilidad que la sociedad pueda lograr un nivel de riqueza que satisfaga los deseos de emulación pecuniaria que se han desatado entre los ciudadanos. Si a esto se añade que, con la llamada “sociedad de consumo” se han ampliado y complicado sobremanera las necesidades elementales que reclamaba la supervivencia y encarecido la posibilidad de hacerles frente, tenemos que, al decir de Illich (1992), el homo economicus ha hecho las veces de eslabón intermedio en la transfiguración de la naturaleza humana desde el homo sapiens hacia el homo miserabilis: “al igual que la crema batida se convierte súbitamente en mantequilla, el homo miserabilis apareció recientemente, casi de la noche a la mañana, a partir de una mutación del homo oeconomicus, el protagonista de la escasez. La generación que siguió a la segunda guerra mundial fue testigo de este cambio de estado de la naturaleza humana desde el hombre común al hombre necesitado (needy man)“. La racionalidad parcelaria desplegada trajo consigo la irracionalidad global, así como la paradoja de que la economía, en vez de combatir la escasez, favorece los procesos que se encargan de agravarla y extenderla por el mundo. Escasez que no sólo alcanza a los “bienes” y al dinero u otros tipos de “activos”, ¡sino hasta al propio trabajo!. Lo que hace que los individuos estén dispuestos a inmolar su vida al trabajo (penoso y dependiente) con más ahínco que antes. A la vez que se acentúa la jerarquía y la dominación dentro del propio mundo del trabajo, al promover y privilegiar constantemente aquellas tareas que, por ser fuente de “botín”, están más vinculadas a la adquisición de la riqueza que a la producción (material) de la misma. Así, la máquina no ha conseguido liberar a los hombres de las servidumbres del trabajo, sino que éste sigue siendo una fuente importante de crispación que alcanza tanto a los parados, como a los ocupados, y hasta a la llamada por Veblen “clase ociosa”, cada vez más embarcada en la carrera de la “competitividad” y esclavizada por insaciables afanes de acumular poder y dinero.

Por otra parte, a la vez que se habla de “globalización” económico-financiera, el aumento del paro y de la “precarización” del trabajo nos conduce hacia un panorama social crecientemente segmentado y distante de esa sociedad de individuos libres e iguales de la que nos habla la utopía liberal. En efecto, además de la división entre parados y ocupados, se amplía un abanico de retribuciones que varían en sentido inverso a la penosidad o desutilidad que genera el propio trabajo. Por las razones antes apuntadas, el capitalismo perpetúa la situación observada en las sociedades jerárquicas anteriores, donde quienes realizan las tareas más duras y degradantes son los que reciben menores retribuciones.

Las teorías del “capital humano” buscan explicar, mediante razonamientos tautológicos dentro del propio campo del valor, la desigual distribución de los salarios, cerrando los ojos hacia otras explicaciones que enraízan tal desigualdad en estructuras sociales y mentales que prolongan esquemas de funcionamiento propios de sociedades jerárquicas anteriores.  A la vez que tales teorías ignoran la sinrazón que supone, dentro de su propio campo de razonamiento, que en el sistema capitalista los utilizadores de ese “capital humano” no se preocupen de amortizarlo sino sólo de explotarlo (tal enfoque sería más coherente con un sistema esclavista, en el que la amortización del esclavo entraría lógicamente en los cálculos del amo). Curiosamente la pretensión de cerrar el razonamiento en el propio campo del valor y de reducir las personas a capitales, acabó entrando así en contradicción con los principios libertarios de la utopía liberal sobre la que originariamente se apoyó.

Por último quiero subrayar que los mecanismos y afanes de acumulación pecuniaria desatados con el capitalismo, no sólo influyeron sobre el mundo del trabajo, de la salarización y el paro, sino también sobre el llamado “tiempo libre”, que aparece invadido por lo que Ivan Illich ha llamado el “trabajo sombra” (shadow work) (Illich, 1981). En efecto, tanto las administraciones públicas como las empresas tienden a obligar a los individuos a realizar tareas poco gratificantes que, sin ser “trabajo”, les ocupan una fracción creciente de su “tiempo libre” (tiempo de transporte para ir al trabajo, para cumplimentar declaraciones de impuestos, hacer gestiones, etc). De esta manera la parte de “tiempo libre” destinada a actividades gratificantes o al simple reposo, se ve cada vez más recortada sin que haya apenas protestas organizadas que frenen esta tendencia (en parte porque el movimiento sindical se ocupa sólo del trabajo, como acostumbran a precisar sus siglas).
Perspectivas

A la luz de lo anterior se observa que el movimiento sindical ha sido tributario de la propia mitología del trabajo y de la constelación de ideas que la envuelven, que se impusieron con la civilización industrial y con el capitalismo. Por lo que este movimiento se ve incapacitado para trascenderlos sin revisar sus propios fundamentos y cometidos. Siendo hoy urgente hacer que sus preocupaciones, y sus reivindicaciones, vayan mucho más allá del campo del trabajo, y de la producción, para ocuparse también del paro, del “tiempo libre” y de la destrucción social y ambiental originados en el curso del proceso económico. Para lo cual es imprescindible deshacer críticamente la noción misma de trabajo. Hay que dejar de mendigar trabajo en general, pensando ingenuamente que el sistema actual puede volver de verdad a situaciones de pleno empleo. Hay que matizar las exigencias y las reivindicaciones para que sean a la vez más deseables y realistas, defendiendo ciertos trabajos y no otros, cierto “tiempo libre” y no otro plagado de tareas impuestas y penosas, algunas actividades dependientes pero sobre todo otras que no lo son,…

Si pedir al actual sistema pleno empleo asalariado es pedir peras al olmo, será mejor admitirlo y exigir, en consecuencia, la reconversión de los cuantiosos recursos destinados a paliar el paro y sus secuelas, no sólo hacia el reparto del trabajo asalariado, sino a facilitar medios que permitan a las personas resolver directamente sus problemas de intendencia mediante formas de actividad (individuales, familiares o cooperativas) que escapen a la lógica empresarial capitalista y desengancharse así lo más posible de ese trabajo asalariado que el sistema les escatima: por ejemplo, si una parte de la población se encuentra en dificultades para sufragar con ingresos salariales necesidades tan elementales como las de vivienda, parecería más realista facilitar y regular, en vez de penalizar, la autoconstrucción y la okupación y rehabilitación del patrimonio inmobiliario hoy abandonado y en deterioro.

Las perspectivas que ofrece la encrucijada actual están plagadas de incertidumbre, pero en términos generales han de oscilar entre los dos extremos siguientes.

El de una situación en la que se sigan dando nuevas vueltas de tuerca al aumento conjunto del paro y del trabajo compulsivo, de la competitividad, la insolidaridad y la segmentación social. Situación consustancial a una sociedad que permanecería prisionera de la mitología del trabajo y de las ideas que la envuelven, siendo incapaz de reaccionar para poner coto a las tendencias mencionadas, y de un movimiento sindical limitado a discutir las retribuciones de los asalariados y a pedir las peras del pleno empleo asalariado al olmo de la presente sociedad capitalista.

O bien el de una situación en la que se practique una reducción consciente del dominio de la producción mercantil y del trabajo asalariado en favor de actividades más libres, creativas y cooperativas. A la vez que se redistribuye y reorganiza el propio campo del trabajo asalariado, a fin de evitar la actual dicotomía entre el paro y el trabajo compulsivo y de corregir la creciente asimetría entre la retribución y la penosidad del trabajo, y que se revisa críticamente la propia noción de “tiempo libre” , para defenderla de las servidumbres del “trabajo sombra” antes mencionado. Situación que sería consustancial con una sociedad que escape a la fe beata en un progreso apoyado en la noción de producción, con todas sus derivaciones, y con un movimiento sindical que haya sabido ver más allá de la noción de trabajo, para abrir su reflexión y su reivindicación en los sentidos arriba mencionados.

En suma, que reflexionar sobre las causas profundas de nuestros males y, en el caso que nos ocupa, sobre los presupuestos ideológicos que orientan espontáneamente nuestro modo de percibir y de aceptar todo lo tocante al trabajo, es el primer paso para superarlos. Esperemos que el presente desbroce contribuya en alguna medida a ello.
Notas

(1) Una versión resumida de este texto se publicó en el nº 48 de la revista Archipiélago, sep.-oct. 2001.
(2) Véanse  los referenciados por D. Méda, 1995.
(3) Como acredita la documentación manejada por Sahlins, M. (1972) y por otros autores citados en Naredo, J.M. (1996) y Méda (1995).
(4) Meillassoux, C. Antropología de la esclavitud, México, Siglo XXI Eds., 1990.
(5) Veyne, P., Historia de la vida privada. Imperio romano y antigüedad tardía, Vol.I, Dirigido por Ariès, P. y Duby, G., Madrid, Taurus, 1991.
(6) Cit. Mumford, 1935.
(7) Cfr. Veyne, 1992.
(8)Mumford, 1969.
(9) Sánchez, M.I. y Rasines, L.A., “El tiempo de trabajo en la Unión Europea y su reorganización”, Boletín Económico de ICE, nº 2522, nov. 1996.
(10) Naredo, J.M. 1996, cap. 12 Las elaboraciones del marxismo.
(11) Mumford, 1935.
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© Copyright José Manuel Naredo, 2002
© Copyright Scripta Nova, 2002
Ficha bibliográfica

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Desmontaje del imaginario histórico de la Revolución industrial y la Revolución francesa. Cambio social y comportamiento político moderno a partir de las perspectivas interpretativas de Wallerstein y Fehér (Camilo Reyes)  

Tanto Wallerstein como Fehér logran “desmontar” de un modo bastante satisfactorio “el imaginario histórico” de las revoluciones -francesa e industrial-, el primero haciéndolo desde un enfoque sociológico e histórico, a partir de su teoría del sistema-mundo, y el segundo desde un enfoque filosófico neomarxista, de carácter desmitificador de las propias interpretaciones marxistas clásicas -que ya habían ayudado, anteriormente, a superar las propias interpretaciones tradicionales. En mi opinión, ambas formas analíticas críticas de estos autores –la sociológica y la filosófica-, aportan marcos y métodos interpretativos que superan en importancia y trascendencia, a los de sus propios trabajos específicos, en tanto realizan un ejemplar y exhaustivo balance historiográfico en torno a las materias de su conocimiento. El texto de Wallerstein, en los capítulos señalados para este trabajo, se enfoca, en prácticamente igual medida, sobre ambas revoluciones, mientras que de otro lado, el texto de Fehér, se enfoca masivamente en la Revolución Francesa, por lo cual la presentación de los desmontajes historiográficos se presentara en el orden de, Wallerstein primero (presentando la Revolución industrial y la Revolución francesa), para luego enfocarme específicamente en el texto de Fehér (para poder presentar luego en profundidad los contenidos característicos de la Revolución francesa).

 

  1. En primer lugar, emprenderemos el desmontaje -que realiza Wallerstein- de las más importantes interpretaciones que se han realizado en torno a la Revolución industrial, más específicamente, bajo la pregunta de: ¿en qué consistió esta revolución? Las primeras grandes interpretaciones y respuestas a esta pregunta, son de carácter “esencialista”, es decir, que intentan determinar la existencia de una “gran causa” por sobre otras, las demás. Estas causas se corresponden con las explicaciones que ponen énfasis en la liberalización de las limitaciones y regulaciones medievales (Toynbee), y en el incremento de la tasa de crecimiento de la producción total y per capita (Hartwell). Estos dos elementos esenciales se pueden caracterizar más específicamente como libertad y crecimiento, respectivamente. La libertad se refiere fundamentalmente a las relaciones de producción (quién puede producir qué, quién puede trabajar para quién, y en qué términos). En este contexto de transformaciones de <<las relaciones de producción>>, es que tanto “la fabrica” como “el proletariado asalariado”, cobran gran relevancia, pues ambos elementos constituyen la nueva organización de la fuerza de trabajo. De esta nueva organización es que surge una importante trasformación económica y social: de la total trasformación de la estructura social rural, se produce el surgimiento de un proletariado urbano. De otro lado, el crecimiento se encuentra profundamente vinculado a la aplicación de principios mecánicos a la fabricación, es decir, al maquinismo o la revolución de la mecanización. Esta postura, sitúa en primer plano a <<las fuerzas de producción>> (por contraposición a la libertad que pone acento en las relaciones de producción).

Admitiendo que estos dos énfasis implican igualmente el desarrollo efectivo de la Revolución industrial –la que pone acento en los procesos de mecanización y la que pone acento en los procesos de liberalización/proletarización-, surgen una serie de autores que tienden a intentar resolver la pregunta de, ¿qué hizo que estos procesos ocurrieran por primera vez en Gran Bretaña, y qué permitió su despegue económico? La mayoría de los autores, insistió en la centralidad de un factor determinado, que impulso estos procesos: (1) el incremento de la demanda -a la cual se atribuye la rentabilidad de la mecanización y la proletarización (Landes); (2) la disponibilidad del capital -que hizo posible la mecanización (Hamilton); (3) el crecimiento demográfico -que da lugar a la proletarización (Deane y Cole); (4) una revolución agrícola -que posibilito el crecimiento demográfico (Deane, Slicher van Bath); y, (5) un desarrollo preexistente de las modalidades de tenencia de tierras (que también habría fomentado un crecimiento demográfico).

Luego de desarrollar una exhaustiva revisión de los argumentos atribuibles a cada “factor central”, a cada “causa”, tomando en cuenta las fortalezas y las debilidades de cada postura, los argumentos a favor y en contra, por fin nuestro autor confronta la problemática más importante, esta vez, atendiendo al explicandum, es decir, a la naturaleza del propio problema: ¿qué revolución industrial? Y bueno, nuestro autor responde diciendo que esta revolución, se entiende como una serie de innovaciones que condujeron al florecimiento de una nueva industria textil del algodón en Inglaterra. Esta transformación, comporta la adopción de una gran “serie” de innovaciones que provocaron la irrupción de la industria textil del algodón, es decir, que de un lado, su explicación supera las explicaciones unilaterales desarrolladas por los autores anteriormente analizados, mientras que por otro, atribuye una vital importancia a la industria del algodón. Para nuestro autor, esta industria textil, a su vez, se encontraba desarrollada sobre la base de maquinas nuevas y mejoradas, que se organizaban en fabricas. Este proceso se dio contemporáneamente -aunque poco después-, al proceso de expansión y mecanización similar en la industria del hierro. Este último proceso, también se dio como resultado de una serie de innovaciones en la producción. Lo problemático, es poder afirmar la tesis central de que este conjunto de innovaciones pudo desarrollar un proceso de cambio acumulativo y autosostenido. A lo menos nuestro autor, reconoce en ello, en la búsqueda de acumulación capitalista, un leitmotiv de la economía capitalista desde su génesis en el siglo XVI, y a través de su estancamiento durante el siglo XVII, que perdura y se vuelve más consistente a partir De finales del siglo XVIII.

La reorganización del capital, como producto de las innovaciones, si bien no produjo transformaciones fundamentales en la relación capital-trabajo, en el sentido de “ahorrar trabajo”, significo un avance en el “ahorro de capital”: como por ejemplo, los ferrocarriles, que con sus mejoras del transporte permitieron ahorrar capital para la economía en su conjunto. Debido a que este permitía a los fabricantes, reducir las mercancías almacenadas, logrando una mayor extensión del capital.

Un conjunto de importantes innovaciones, supuso una mayor productividad para los industriales -gracias a la nueva tecnología, técnicas y conocimientos superiores que comportaron empresarios y trabajadores-, son los que caracterizaron la excepcionalidad de Gran Bretaña, con respecto, por ejemplo, a Francia, su mayor competidor capitalista de la época, por excelencia: la maquina sembradora (de Jethro Tull, 1731); la maquina trilladora (1786); la lanzadera (de Kay, 1733); el telar de Hargreave (1765); el bastidor hidráulico (de Arkwright, 1769); la máquina de hilar (de Crompton, 1779); la máquina de hilar automática (de Robert, 1825); el hierro colado de coque fundido (de Darby, 1709); la máquina de pudelar (de Cort, 1784); el motor de vapor (de Watt, 1775).  Estas maquinarias en gran medida explican la superioridad de Gran Bretaña en el mercado mundial del algodón y el hierro.

Para nuestro autor, la innovación y expansión de estas dos grandes industrias –del hierro y el algodón-, impulso un nuevo desarrollo y una transformación económica del sistema mundo en tanto: (a) las innovaciones en la industria del algodón, de naturaleza mecánica, lograron ahorrar trabajo en gran porción; mientras que de otro lado, (b) las innovaciones de la industria del hierro, fueron en gran medida, químicas y mejoraron la cantidad y calidad de la producción, sin disminuir de forma inmediata el uso de mano de obra. Los importantes cambios “revolucionarios” que introdujeron estas innovaciones, por ejemplo, en el campo de la industria textil del algodón, que fueron bastante gravitantes fueron: (1) una importante trasnformación en la organización del trabajo; (2) la irrupción de esta primera industria mundial, estuvo integra y notoriamente ligada a la estructura del mercado mundial, estructura en la cual las materias primas se importaban casi en su totalidad, y las mercancías producidas por la industria británica se exportaban en su mayoría. Reconoce aquí Wallerstein las apreciaciones de Hobsbawm, sobre que la industria textil del algodón fue crucial, por su papel en la reestructuración de la economía mundial. Nos encontramos en un marco que sobrepasa el propio fenómeno británico, que se integra dentro de un fenómeno que solo es “posible” en el contexto del desarrollo del capitalismo mundial.

En síntesis, no podemos reducir el fenómeno de la Revolución industrial y de la ventaja comparativa de Gran Bretaña, a términos estrictamente nacionales (como una constelación de características absolutas), sino que debemos comprenderlo y localizarlo en su posición dentro de una constelación de posiciones dentro del marco de una economía-mundo. Es la economía-mundo lo que se desarrolla a lo largo del tiempo, y no subunidades dentro de ella.

 

  1. En cuanto a la Revolución francesa, Wallerstein señala que esta encarna todas las pasiones políticas del mundo moderno, y la aborda centrándose en la cuestión que parece haber sido central en todos los debates en torno al tema: ¿fue la Revolución francesa una revolución burguesa? Los principales exponentes de esta interpretación clásica de la revolución -como “el resultado de una larga evolución económica y social que hizo a la burguesía dueña del poder y de la economía”-, son Juares, Mathiez, Lefebvre, Soboul y Rudé. Los principales argumentos de esta interpretación social de la revolución son que: (1) la revolución fue una revolución contra el orden feudal y contra la aristocracia que lo controlaba; (2) la revolución fue una etapa esencial de la transición hacia el nuevo orden social del capitalismo en beneficio de quienes lo controlarían, es decir, la burguesía; (3) la burguesía solo podía triunfar en la revolución apelando al apoyo de las clases populares, quienes fueron, en lo positivo, beneficiarios secundarios, y en lo negativo, sus víctimas.

Se podría señalar que estos argumentos constituyen el corpus de la interpretación clásica, o del modelo clásico –que interpreta la revolución como una revolución burguesa-, que ha sido fuertemente criticada por dos tendencias nuevas, una que amplía el concepto de revolución burguesa, a democrática y liberal, y otra que la reduce a una revolución liberal de carácter masivamente “cultural”: los defensores de la tesis atlántica (Godechot, Palmer), y los escépticos respecto del papel atribuido a la burguesía en la revolución (Cobban, Furet). Los defensores de la tesis atlántica señalan que esta revolución afecto a todo el mundo occidental –no tan solo Francia-, definiendo esta revolución occidental como “liberal” o “burguesa”, “democrática”, en la que los “demócratas” combatieron a los “aristócratas”, considerando a la fase jacobina como una revolucionarización de la revolución, de una revolución que sin embargo, fue radical desde su propio origen, en el sentido de la lucha de clases. Del otro lado, tenemos la interpretación de los escépticos, que renuncian al concepto de revolución burguesa a favor del concepto de revolución liberal, una revolución que comenzó antes de 1789. La revolución seria un proceso efectuado por la burguesía, en camino al descubrimiento de sus verdaderos objetivos revolucionarios: la libertad económica, el individualismo en la propiedad y el sufragio limitado. Esta interpretación, se podría decir que es mas “cultural” que política. También existió una tercera tendencia que critico el concepto de revolución burguesa, que atribuyo la efectuación de esta, en su mecanismo interno, tuvo un carácter de revolución proletaria embrionaria, es decir, anticapitalista (Guerín), e inclusive como una revolución campesina (Milward y Saul).

En opinión de Wallerstein, de este conjunto de interpretaciones, no es correcto intentar preservar la imagen de la Revolución francesa como revolución burguesa, para preservar la imagen de la Revolución rusa como una revolución proletaria, ni crear la imagen de la Revolución francesa como una revolución liberal con el fin de empañar la Revolución rusa como una revolución totalitaria. Ninguna de las dos categorías -de revolución burguesa o liberal-, clasifica bien lo que ocurrió de hecho. Un rasgo importantísimo, es que la revolución hablo el lenguaje del antifeudalismo sin girar estrictamente en torno a un antifeudalismo: debemos considerar que durante la revolución, la servidumbre fue por fin abolida; los gremios fueron finalmente prohibidos; y la aristocracia y el clero dejaron por fin de ser estamentos privilegiados. Sin embargo, la revolución no se propicio en torno a estos objetivos antifeudales, sino que fue movilizada inicialmente, de parte de los burgueses, por la negación de la ideología del antiguo régimen, pues estos, al no encontrarse ennoblecidos, sufrían la discriminación social y material, a pesar de que algunos poseían grandes fortunas. Impedimentos políticos, como los de tener que demostrar un linaje noble, de a lo menos 4 generaciones anteriores para poder ocupar el cargo de oficial del ejército, fueron los que provocaron la irritación de los estratos superiores del tercer estado, y de los recientemente ennoblecidos. Posteriormente a la revolución, los haut-bourgeois siguieron demostrando que el centro de la revolución no giraba en torn al antifeudalismo, a pesar de hablar este lenguaje, y que mas bien, el ideal que siguieron siempre, fue el de lograr conseguir el estatus social formal, como lo hicieron todos los burgueses desde el surgimiento del capitalismo como sistema mundial.

Este lenguaje antifeudal de los burgueses, en apreciación de Wallerstein, parece reclamar más bien, un modo de contener a las clases campesinas. La burguesía se puso del lado de los campesinos para desplazar los privilegios de la aristocracia, pero una vez resueltas las diferencias entre estas clases, en la sociedad posrevolucionaria, superaron su división y se repartieron conjuntamente el poder. Debemos recordar que la gran burguesía que vino a suceder a la aristocracia en el poder, dentro del mundo capitalista, creía en las ventajas que le traerían los beneficios de la transformación economica, pero en general no compartía la ideología liberal, que solo constituía una ideología instrumental para el aburguesamiento final de las clases superiores en el contexto de la nueva estructura económica (sistema de economía-mundial) que se estaba consolidando.

La significancia de la Revolución francesa, fue que en su torbellino, todo el mundo ideológico se fue transformando. Por otra parte, la transición al capitalismo había ocurrido hace ya un tiempo, así como la transformación de la estructura estatal en el contexto de la revolución, fue la continuación de un proceso que se venía gestando hace dos siglos. Por lo cual podemos concluir que la revolución no significo una transformación en lo económico, ni tampoco en lo político, sino que mas bien el momento de cesura en la transformación de la superestructura ideológica, donde esta por fin pudo articularse y ponerse en el mismo nivel de la base económica, es decir, que fue la consecuencia de la transición, no su causa ni el momento en que se produjo.

Por otra parte, aun nos falta describir el desmontaje realizado por Fehér, que pasamos a describir brevemente a continuación. También como Wallerstein, Fehér reconoce la gran influencia del marxismo en su interpretación de la Revolución francesa como una revolución democrático-burguesa que barrio con el orden feudal. Nuestro autor considera que la ruptura con esta tradición marxista, comienza con la reinterpretación desarrollada a partir de los revisionistas ingleses y franceses, desarrollando una crítica, principalmente, a partir de las ideas de Cobban, que pone en entredicho que la revolución francesa, burguesa e industrializadora, haya cerrado la etapa del modo de producción feudal (feudalismo); también cuestiona que la burguesía revolucionaria haya constituido una clase unificada, sino que mas bien fue una clase dividida en varios grupos diferenciados, donde afloraban las jerarquías hereditarias; y finalmente, cuestiona el hecho de que la revolución haya sido única y homogénea, señalando mas bien, que hubieron varias revoluciones dentro de la misma historia. Fehér, propone una tesis similar a la de Arendt, en tanto no concibe la revolución como un único proceso, lo que lo lleva a determinar que la etapa del jacobinismo no pudo constituir el momento más álgido de la revolución, sino que mas bien su desviación radical del proceso revolucionario, como el germen o la semilla de lo que se podría caracterizar como un <<síndrome totalitario>>.

Los pilares de la modernización capitalista, la industrialización, el capitalismo como principio organizativo de la vida económica, y el proceso de creación de la democracia, es decir, de la libertad política o republicana, son el caldo de cultivo para la generación de un imaginario pluralista. Y es este nuevo imaginario que acontece con la revolución, el que se desvía y se pierde con la etapa jacobinista de la propia revolución.

El proyecto original de la revolución fue el de lograr una modernización francesa, en el sentido amplio expuesto anteriormente, pero conservando la estructura rural que ya poseía (la defensa de los intereses del campesinado). La tesis defendida por Fehér, consiste en que la lógica política de la revolución, aspiro a crear una sociedad libre, y que esta tendencia ideológica fue la dominante en el lenguaje revolucionario, desde los días de la convocatoria de los estados generales hasta el hundimiento de la republica. Esta lógica política, supuso un fuerte contraste entre el poder absolutista del príncipe y la amplia coalición de todos los que se consideraban el pueblo, la nación. Esta última, la idea de nación -arrancada del ideario de la ilustración-, fue tomada como la fuente suprema de toda autoridad y del derecho, por lo cual los revolucionarios se abocaron a la creación de instituciones, preservando ciertas instituciones tradicionales. De este modo la asamblea constituyente, en medio de la constricción de la aristocracia y de la insatisfacción de las clases populares, comenzó a gobernar cada vez con mayor dureza. Mientras el régimen del terror, en este contexto de creciente dureza, significo para las interpretaciones marxistas clásicas, una especie de afirmación y consolidación de la propia política burguesa, para nuestro autor, es el vil reflejo del descontento social, expresión de su egoísmo, de su excesivo afán de riqueza y acumulación.

Nuestro autor, para demostrar el creciente desarrollo de la autoridad y del poder, y también de otro lado, del descontento, analiza la inferencia de los assignat, o papel moneda durante la revolución francesa, y el horrible peso que esta medida acarreo para las clases empobrecidas. La introducción del assignat, fue incorporado a la par de la creación de un nuevo sistema de impuestos que permitiría poder contrarrestar el déficit económico en que había dejado a Francia el régimen monárquico. El pueblo debió cargar en gran parte con este peso, cosa que no acepto pacifica ni tranquilamente, sino tan solo hasta la consolidación del terror. Por otro lado, los burgueses buscaban la liberalización del poder centralizado, una descentralización con la consecuente realización de un estado débil, que poseyese la más mínima cantidad de organismos públicos. Como este sistema no pudo recaudar los suficientes recursos materiales para constituir un poder, se aplico la medida de confiscar las propiedades de la Iglesia de un lado, y la desregulación entre los precios de las mercancías y la cantidad de billetes en circulación, generando una situación de incertidumbre donde era imposible salirse del sistema, a la vez que era también imposible estabilizarlo. Esto tuvo por consecuencia, la utilización de los assignat como modo de esclavitud crediticia, esto en el contexto de la consolidación de la importancia de la utilización de las unidades monetarias, y la monopolización de las funciones monetarias. La aplicación de la ley de hierro –la teoría económica que subraya la tendencia natural de los salarios hacia un nivel mínimo, que se corresponde con las necesidades mínimas de subsistencia de los trabajadores-, vino a consolidar de un lado, el deseo de las clases empobrecidas de liberarse de tal dominación, y de otro lado, la irrupción de un poder basado en el terror, para proteger a las elites con las fuerzas armadas, de los posibles motines populares.

De este modo se desarrollo el jacobinismo y de su política del terror, sobre la base de clubes que servían de cuerpos administrativos auxiliares, de los cuales se podía extraer el nuevo funcionariado, y como medio de control de opinión de los jacobinos medios y control de la burocracia jacobina. La dictadura jacobina, de la mano de la mano de Maximillien Robespierre, hizo suya la filosofía de Rousseau y su teoría de la voluntad general, como voluntad colectiva que no puede ser corrompida, y él mismo se instituyo en “tirano educador”, defensor de estas ideas.

Un rasgo importante de la dictadura revolucionaria fue la destrucción deliberada, aunque imperfecta, de los principios institucionales del pluralismo político –aunque formalmente la Convención, siguió encarnando sus valores o hablando el lenguaje del pluralismo. La dialéctica de la libertad de Robespierre, no abandero la libertad y pluralismo de un modo absoluto, sino que mas bien, como un medio, bajo la concepción de que la libertad es útil en cierto sentido y dañina en otro. Esta concepción, llevo al jacobinismo a caer en innumerables contradicciones, sobre todo con respecto a la representatividad, la soberanía popular, la democracia directa y el ideal ilustrado, que fueron tambien, ideales que participaron de la revolución. Frente a estas organizaciones, el jacobinismo, y sus instituciones dictatoriales organizaron sus propias instituciones para su propia legitimación. Las instituciones de la democracia directa de Paris, poseyeron sus propias antinomias inherentes a su estructura, derivadas de, por ejemplo, la numerosa población de la ciudad, que si bien desplego una gran habilidad para elaborar programas socioeconómicos, resulto tremendamente incapaz de desarrollarlos por sí misma. Otro rasgo contradictorio que fue aprovechado por la elite jacobina, fue que trabajadores asalariados y pequeños artesanos, necesitaban tiempo libre para poder educarse y desarrollar una participación constante, para la generación de la política. Al no contar con ese preciado tiempo, también terminaron delegando estas funciones en la elite. Fue en las organizaciones locales, que surgió un sentimiento anticapitalista, o mejor dicho, contra el capitalismo industrial, por lo cual la dictadura constituyo un intento por poner en plano central, una política moralizante en cuanto a las necesidades de la revolución.

En cuanto a la organización de las Comunas, la autoridad central de la dictadura jacobinista, las veía, teóricamente, como una simple autoridad ejecutiva de un poder soberano que residía exclusivamente en las asambleas generales de las secciones, que podía actuar como amo y señor. En esta posición de autoridad, las Comunas negaban la posibilidad y tachaban de sospechosos a los que deseaban más de una asamblea popular en cada sección. La Comuna se comporto como un poder aparte, autónomo, dentro de los muros del municipio, así como los comités gubernamentales lo estaban dentro de la Convención. Esta contradicción inherente a la democracia moderna, entre un poder local y otro central, expresa el conflicto fundamental entre jacobinos y los diversos agentes de la democracia directa: los que a los ojos de las asambleas generales, se mostraban como una amenaza para la democracia directa o enemigos de ella (en tanto no permitían el desarrollo de asambleas populares dentro de la asamblea general), es decir, quienes pertenecían a los comités autónomos y la Comuna, se convirtieron en los representantes de la misma democracia directa en relación con la Convención, los comités gubernamentales y el Club de los Jacobinos. Por lo cual, estos representantes de las Comunas se convirtieron, progresivamente, en enemigos directos de los jacobinos. La estrategia de los jacobinos, consistió en darse de baja de todas las sociedades locales, al ser incapaces de controlarlas, por lo cual, optaron por declararle la guerra. Además prohibieron la comunicación entre las sociedades locales, coaptando la propia organización de sus rivales políticos, en sus propias bases. De este modo, tras el ataque jacobino a las sociedades locales, Fehér puede hablar del fenómeno de la revolución congelada, en tanto luego, ya no existió un sistema de gobierno, que pudiese ser catalogado de “republica”, en el sentido esencial y original que se le dio al termino, es decir, una republica como creación por parte de unos ciudadanos libres.

Frente a la pregunta de si el jacobinismo fue un proto-socialismo, nuestro autor responde negativamente. Algunos historiadores marxistas tradicionales, creyeron ver en el procedimiento del jacobinismo, el propio procedimiento del socialismo, sin embargo, sus estructuras y modelos difieren considerablemente en sus fundamentos. Si tomamos en cuenta, el accionar de los montagnards sobrevivientes a la envestida jacobina, que se unieron a la conspiración de Babeuf (cuya ideología era abiertamente comunista e igualitaria), debemos tomar en consideración el hecho de que estos sobrevivientes, hicieron grandes esfuerzos por desembarazarse de los principios comunistas de Babeuf. A pesar de estos hechos, nuestro autor no desestima la posibilidad de que todos los esfuerzos sociales más políticamente radicales, abrían podido fructíferar, sin la ruptura y “congelamiento” jacobino de la revolución. Fueron los esfuerzos dictatoriales los que se abocaron a la introducción de una nueva estructura social, sin parecido a ninguna entidad social anterior, donde el Estado jugó un papel iniciador. Fueron los jacobinos los que pusieron en marcha un imaginario completamente nuevo. En contra de la tesis de Arendt –en la que los jacobinos pervierten la idea de libertad al contaminarla con la cuestión social-, Fehér argumenta que el jacobinismo, por primera vez en la historia moderna, elevaron la cuestión social al rango de un problema por excelencia de las revoluciones, convirtiendo en esencia y motor mismo de la revolución. El problema de la propiedad privada, en el sentido estricto de la palabra, no se planteó sino hasta noviembre de 1792, cuando comenzaron los levantamientos populares, a causa de la escasez de alimentos, y mas concretamente, a partir de un decreto que elevaba el precio del trigo.

 

  1. De estos desmontes del imaginario político de las dos revoluciones, debemos valorar el esfuerzo interpretativo y el exhaustivo análisis historiográfico realizado por nuestros autores, esto en primer término. En segundo lugar, con respecto a la importancia de estas perspectivas interpretativas, y como han llegado a ser importantes para la dinámica del cambio social y el comportamiento político moderno, sirven para desmitificar puntos importantes con respecto a las revoluciones: (1) en primer lugar, sirven para desarticular la noción de que la revolución industrial y la revolución francesa, surgen y son promotores de la transformación social mundial, volviéndolos a su lugar real, el de ser momentos de cesura histórica, en que se consolidan impulsos capitalistas, a nivel económico y político, que se venían gestando durante los siglos anteriores. En este sentido, las revoluciones no constituyen la causa de las transformaciones modernas, sino que más bien los efectos principales de estas profundas transformaciones. (2) en segundo lugar, en cuanto al análisis de la Revolución industrial, el análisis de Wallerstein, sirve para demarcar el papel fundamental de las innovaciones tecnológicas en las industrias del hierro y el algodón, industrias que permitieron poner a Gran Bretaña en una situación privilegiada dentro del sistema de la economía-mundial. (3) Por otra parte, Wallerstein desmitifica el hecho de que esta revolución haya podido ser impulsada por una causa esencial o principal, y atribuye la explicación a un conjunto de condiciones que en su conjunto generaron el nuevo escenario nacional e internacional. (4) En cuanto a la interpretación de la Revolución francesa, tanto Wallerstein como Fehér, desmitifican el hecho de que la revolución, haya podido poseído un carácter democrático-burgués o liberal, además de explicar bien el problema del lenguaje antifeudal, no centrado efectivamente en una perspectiva tal, así como desmitifican –principalmente Fehér-, el hecho de que el periodo de la dictadura jacobina había sido considerada por la mayoría de los autores, como un periodo de consolidación de los postulados esenciales de la revolución, y en cambio, proponen la óptica mucho más realista, de que este periodo supuso lo contrario, el ataque a los principios republicanos de la revolución. Esto implica, necesariamente, la des-semejanza de la Revolución francesa con una revolución propiamente socialista. (5) En lo metodológico, Fehér y Wallerstein, supera la concepción clásica uni-causal de la revolución, que tendía a presentar a los revolucionarios como una clase consolidada, y en cambio proponen una comprensión multi-causal, o la idea de que los revolucionarios comportaron varias clases diferenciadas dentro de sí.

 

 

Informe sobre la Revolución Industrial en Wallerstein y Hobsbawm (Camilo Reyes)

En este breve informe, se intentara dejar en claro las principales ideas fuerzas y argumentos de Immanuel Wallerstein y Eric Hobsbawm (el primero sociólogo, mientras que el segundo historiador), estudiosos que intentan desentrañar lo que fue la revolución industrial y sus consecuencias históricas mas amplias. En ambas argumentaciones, la sociológica y la histórica, pueden determinarse ciertas similitudes y correspondencias, que pueden permitir una mejor comprensión del fenómeno de la revolución industrial. Más allá de los diferentes enfoques analíticos disciplinarios, veremos cómo ambas argumentaciones permiten, inclusive, una comprensión más acabada y completa del fenómeno de la revolución industrial, si se despliegan a la par. Por ejemplo, la problematización sociológica de Wallerstein, que supera la mera pregunta historiográfica sobre “cómo realizo Gran Bretaña la primera revolución industrial del mundo”, a través del planteamiento de un nuevo problema, de ¿cómo Gran Bretaña “pudo convertirse en el poder hegemónico de ésta (economía-mundo) durante un periodo breve, como lo fue antes en las Provincias Unidas y después en Estados Unidos?”[1]; este nuevo enfoque del problema, de la revolución industrial como proceso histórico, encuentra, en gran medida, una respuesta complementaria en el texto de nuestro historiador Hobsbawm.

Esta problematización sociológica, no pone el acento en el origen de la revolución industrial inglesa, como fenómeno aislado y producido de una vez por todas en la década de 1780, sino que mas bien, en el proceso histórico por el cual, Gran Bretaña domino la economía-mundo euro-estratégica, en el momento cuando esta pudo ejercer su poder hegemónico en el sistema económico internacional (progreso para Inglaterra, regresión para Francia), y este periodo lo sitúa en la primera mitad del siglo XIX, sobre la base elemental del notable crecimiento económico Ingles, que consistió en el florecimiento de la industria textil del algodón, el aumento de la producción agrícola, de la población y el fenómeno de la urbanización. Hobsbawm concuerda con Wallerstein tanto en la periodización, como en el elemento característico del impulso económico alentado sobre la base de la industria textil del algodón: “las repercusiones de esta revolución no se hicieron sentir de manera inequívoca -y menos aun fuera de Inglaterra- hasta muy avanzado ya el periodo que estudiamos: seguramente no antes de 1830, probablemente no antes de 1840”[2], esto apoyándose sobre la base de la creciente importancia que fue tomando la revolución industrial, tanto para los literatos y artistas atraídos por el influjo de la nueva sociedad capitalista triunfante que se venía consolidando, como para el proletariado y el movimiento comunista, surgido como resultado de la propia revolución industrial.

Quisiera partir mencionando las ideas fuerzas más importantes de Wallerstein, que aportan el enfoque sociológico a esta argumentación, quizás desde un carácter más general, para luego enfocarme en los aspectos mas históricos mencionados por Hobsbawm, que permitan detallar mejor el contenido y la expresión de lo que constituye la revolución industrial.

La primera idea principal que esboza Wallerstein, consiste en que la primera revolución industrial (1760-1830), sirve de nexo explicativo para analizar la trama de todo el mundo moderno, en el sentido revolucionario de las técnicas de producción, es decir, para comprender las consecuentes transformaciones económicas subyacentes de los países que siguieron el modelo británico capitalista, que desde 1830 se había vuelto hegemónico, y modelo de imitación. Y esta revolución posee un carácter trascendental, debido a que implico cambios importantes en la organización social de la producción, con consecuencias radicales que alteraron el sistema de distribución comercial y el sistema de estructuras de clases en Europa y sus colonias.[3] Sin embargo, esto no nos debe llevar a pensar que nuestro autor, dirime la hegemonía inglesa a partir de una distinción valorativa cuanti y cualitativa, entre la revolución que se estaba viviendo en Inglaterra, y la que se estaba viviendo en Francia, pues, a lo menos hasta 1830, no se presenta una mayor diferencia entre la tasa de crecimiento británica y francesa, que pudiesen establecer las causas de la nueva hegemonía. Mas bien, señala como determinantes, a hechos “exteriores” al propio proceso de la revolución industrial inglesa, como los gatilladores de la hegemonía británica: el curso de la revolución francesa (que con Roberspierre perdió lo logrado por la Asamblea Constituyente) y la pérdida de las revoluciones napoleónicas (1793-1815), que significo para Francia, la perdida de materia prima, mientras que para Inglaterra, el estimulo de las innovaciones agrícolas.

En síntesis, la idea fuerza principal de Wallerstein consiste en que esta nueva hegemonía británica alcanzada dentro de la economía-mundo capitalista, vino a romper con las sociedades feudales-tradicionales y sus limitaciones, y a reconfigurar una nueva relación de centro y periferias de la economía-mundo, logrando su extensión de carácter mas mundial, una nueva división internacional del trabajo y una nueva estructuración de clases.

Por otra parte, ya habiendo planteado los elementos más sociológicos del problema de la revolución industrial, podemos descender a los argumentos historiográficos de Hobsbawm que puedan aclarar aun mas los aspectos fundamentales de la revolución industrial: una primera idea fuerza fundamental de su texto, es que desde mediados del siglo XVIII, se produce la aceleración del proceso mas amplio de las revoluciones industriales que se venían gestando desde el siglo XIII. Esta proceso de aceleración demuestra sus verdaderos efectos y consecuencias a partir de 1830-40, periodo en el cual comienza la hegemonía británica con la imitación de su modelo por las demás naciones europeas. Con esto se demuestra y reafirma la superioridad de la sociedad capitalista, como la primera capaz de romper con los muros de la sociedad preindustrial, con el periodo simbolizado por la ciencia y la técnica defectuosa, el paro, el hambre y la muerte que imponía la producción feudal, que es subvertido por la nueva capacidad productiva impuesta por el modelo industrial (incremento del poder productivo). Durante este periodo de aceleración de la revolución industrial se produjo el despegue de la economía bajo el modelo del crecimiento autosostenido, que sin escrupulos se apoyo cuanto necesito, en la esclavitud.

Durante este “proceso de aceleración”, se solidificaron las bases para la economía capitalista industrial que se venían gestando en Inglaterra y Europa: se consagro una industria que ofrecía excepcionales retribuciones para los fabricantes que pudieran aumentar rápidamente su producción total con innovaciones razonablemente baratas y sencillas, mientras que de otro lado, se creó un mercado mundial ampliamente monopolizado por la producción de una sola nación o estado potencia.[4]

Nuestro autor señala, como factor determinante del despegue económico ingles, el papel jugado por la industria algodonera británica, que aumento su producción, entre 1750 y 1769, en más de diez veces. Desde el punto de vista mercantil, el triunfo económico de esta industria, reflejo el triunfo del mercado exterior (capitalista mundial), sobre los mercados interiores (nacionales). Esta nueva dependencia económica internacional, se ve reflejada en las dependencias americanas de las importaciones británicas, que ya se venían afirmando sobre las colonias hispanoamericanas durante las guerras napoleónicas, y que tras la caída del dominio imperial español y portugués sobre América, realizaron una dependencia aun mas pronunciada del producto de la tela de algodón británico, anulando toda posibilidad de comercio de América con otras naciones europeas.

Sin embargo, este impulso de la hegemonía británica en la economía-mundial, si bien impuso una superioridad relativa con respecto a sus más grandes competidores capitalistas como Francia, desde el punto de vista social, supuso muchas resistencias populares, principalmente debido a que la transición a la nueva economía creó miseria y descontento, a la vez que produjo la organización y el alzamiento de revolucionario de los trabajadores pobres que vivían en las zonas urbanas e industriales (como lo fue durante la revolución de 1848). Si mientras por un lado, las dos primeras décadas de la revolución industrial significaron para las clases ricas, un medio para acumular capital aceleradamente y poner otro tanto en reserva, por contrapartida, las clases empobrecidas sufrieron los efectos de una economía interna en decadencia, a causa de las perturbaciones agrarias, la disminución de la población agraria y el excesivo aumento de la urbana. Este incremento de la población urbana, a la vez suscito e incentivo la demanda de productos alimenticios agrícolas. A la vez que crecían en número las ciudades y pueblos no agrícolas, termino estimulando la producción y una nueva revolución agrícola.

[1] Impensar las ciencias sociales, pág. 55

[2] La era de las revoluciones, pág. 34

[3] Impensar las ciencias sociales, pág. 49

[4] La era de las revoluciones, pág. 40

Informe sobre la Revolución Francesa a partir de Wallerstein y Hobsbawm (Camilo Reyes)

 

 

En este brevísimo informe, tratare de exponer las ideas fuerzas expuestas tanto por Immanuel Wallerstein como Eric Hobsbawm, en torno a la revolución francesa de un modo claro y sintético a partir de dos textos de nuestros autores: Impensar las ciencias sociales de Wallerstein y  La era de las revoluciones de Hobsbawm, centrándonos en los capítulos en torno a la revolución francesa. En esta pequeña introducción, cabe señalar, que tanto el primer enfoque socio-histórico de Wallerstein como el histórico de Hobsbawm, se centran en la revolución francesa como un fenómeno histórico de trascendencia e importancia mundial, o que tuvo consecuencias mundiales –es decir, como un fenómeno que trasciende las fronteras y especificidades históricas propias de Francia, bajo una interpretación que supera las pretendidas explicaciones basadas en “consecuencias específicas” que esta revolución pudo impulsar para otros países determinados. Si bien de un lado, la revolución industrial podía concebirse como el fundamento más importante que impulso la transformación de la economía del mundo del siglo XIX, de otro lado, la revolución francesa constituyo –para ambos autores-, el proceso de transformación político-ideológica más importante, subyacente a la transformación de la economía mundial. En torno a esto, Hobsbawm señala que:

 

“Si la economía del mundo del siglo XIX se formo principalmente bajo la influencia de la Revolución industrial inglesa, su política e ideología se formaron principalmente bajo la influencia de la Revolución francesa. Gran Bretaña proporciono el modelo para sus ferrocarriles y fabricas y el explosivo económico que hizo estallar las tradicionales estructuras económicas y sociales del mundo no europeo, pero Francia hizo sus revoluciones y les dio sus ideas, hasta el punto de que cualquier cosa tricolor se convirtió en el emblema de todas las nacionalidades nacientes.”[1]

 

En este mismo sentido Wallerstein señala:

 

“La Revolución francesa y su continuación napoleónica aceleraron la transformación ideológica de la economía-mundo capitalista como un sistema-mundo y crearon tres escenarios o conjuntos totalmente nuevos de instituciones culturales que desde entonces han sido una parte crucial del sistema-mundo.”[2]

 

Los “tres escenarios o conjuntos de instituciones culturales” a los que se refiere Wallerstein son “las ideologías, las ciencias sociales y los movimientos”. Estos “escenarios”, nos sirven para introducirnos de lleno en la primera parte de nuestra exposición de las ideas fuerzas de Wallerstein.

Debemos comenzar por mencionar lo que -en opinión de nuestro autor-, la revolución francesa significo para sus contemporáneos: una revuelta dramática, apasionada y violenta, un remolino político sin precedentes en el mundo moderno. Para nuestro autor, esta “revuelta violenta” de impensadas consecuencias mundiales, tuvo su expresión durante la etapa de El Terror (ocurrida entre 1789 y 1794), etapa en que se abolió el feudalismo, se nacionalizaron las tierras de la Iglesia para redistribuirlas, se ejecuto al rey y se proclamo la Declaración de los Derechos del Hombre. Para Wallerstein, si bien este proceso fue aparentemente interrumpido por la reacción termidoriana, en la práctica continuo su dramático impulso con la subida al poder de Napoleón y con la extensión de los ejércitos franceses por toda la Europa continental, regiones en que se extendió el “mensaje revolucionario” –aunque más tarde estos mismos emisarios hayan sido rechazados bajo los epítetos de “imperialistas”. Además de estas observaciones referentes al impacto de la revolución en la zona central del sistema-mundo (Europa continental), para nuestro autor, es importante señalar una serie de repercusiones en zonas claves de la periferia del sistema-mundo: (1) el impacto de la revolución en la Isla de Santo Domingo, que condujo a la primera revolución negra del sistema-mundo; (2) su impacto en Irlanda, que ayudo a impulsar una revolución social, que aunó a católicos y prebitarianos disidentes, en un movimiento común contra el colonialismo; (3) su impacto en Egipto, donde la invasión napoleónica provocó el surgimiento del primer gran modernizador egipcio llamado Muhammad Ali, que impulso un programa de industrialización y expansión militar que socavo la hegemonía del imperio otomano, posicionando a Egipto como un Estado potencia, dentro del sistema interestatal. (4) El impacto e influencia de la revolución en los procesos de descolonización de América –esto en el contexto de la reestructuración geopolítica del sistema-mundo que se venía dando a lo menos desde 1763. La función de la revolución en este contexto, fue la de reforzar los modelos de transformación, así como también lo hizo el modelo de la revolución estadounidense.

De este modo, la revolución sirvió de caldo de cultivo para un importante cambio cualitativo de la estructura del sistema mundo capitalista, es decir, de un cambio en las formas de la política o de hacer política. Este cambio cualitativo, puede ser caracterizado como el de la “aceptación de la normalidad del cambio”, que represento una transformación fundamental de la economía-mundo capitalista. De otro lado, esta “aceptación”, se fundó sobre la base de un reconocimiento público de las realidades estructurales que habían prevalecido por varios siglos de conformación del sistema-mundo capitalista, que establecía una tendencia a la división internacional del trabajo, bajo la limitación de un sistema interestatal compuesto por Estados hipotéticamente soberanos.

De esta “aceptación de la normalidad del cambio”, es que surgieron tanto expresiones de esta, así como respuestas, que se ven reflejadas o que tienen por campo de desarrollo, los “tres escenarios o conjuntos de instituciones culturales”, mencionadas anteriormente –las ideologías, las ciencias sociales y los movimientos.

(a) En cuanto a las ideologías, durante el siglo XIX surgieron tres corrientes importantes: el conservadurismo, el liberalismo y el marxismo. El conservadurismo desarrollo una defensa de las estructuras sociales de la familia, las comunidades, la Iglesia y la monarquía, y en general, una defensa de la tradición contra la desintegración y decadencia del mundo feudal. El liberalismo se encargo de desarrollar un proyecto de reforma administrativa, que pudiera inducir, canalizar y facilitar el “cambio normal”; mientras que el marxismo impulso el progreso total de las sociedades -esto debido a que consideraba que las revoluciones burguesas, habían impulsado el desarrollo de manera discontinua, es decir, no de un modo definitivo. Por lo cual, este tercer proyecto ideologico impulso la búsqueda de la sociedad perfecta, y el desarrollo del Estado para que alcance su estado histórico definitivo.

(b) El segundo escenario, lo constituyen las ciencias sociales, campo en el cual se logro una mayor institucionalización de estas, a partir de la transformación del modo tradicional universitario (que incluía tan solo 4 facultades: teología, filosofía, derecho y medicina), hacia el modo propiamente capitalista impulsado por la ideología liberal. Esta ideología implicaba el argumento de que la pieza central de los procesos sociales encerraba la delimitación cuidadosa de 3 esferas de actividad –la del mercado, la del Estado y la personal o privada-, a las cuales les correspondían 3 tipos de estudios respectivamente –la economía, la ciencia política y la sociología-, que fueron agregados a la institución universitaria tradicional. Un cuarto estudio se añade, el de la historia, que procedió como forma de conocer recurriendo a las “fuentes”, leyéndolas en un sentido crítico.

(c) El ultimo y tercer escenario, es el de los movimientos, los cuales se manifestaron en las rebeliones sociales que se conformaron como movimientos antisistemicos, esto a partir de las revoluciones de 1848, que inauguraron una oleada revolucionaria que concluyo con la restauración monárquica impulsada entre 1814 y 1815. Estos movimientos se dieron en dos sentidos importantes: como movimientos sociales y socialistas, en los movimientos originados en torno al pueblo, tomado como clase o clases trabajadoras, y como movimientos nacionalistas organizados alrededor del pueblo, tomado como nación.

En síntesis, podemos decir que el gran legado de la Revolución francesa, como “disturbio revolucionario”, es el haber transformado el aparato cultural del sistema-mundo (aunque solo lo haya hecho de un modo incompleto y ambiguo), pues impulso “la pasión por el cambio, el desarrollo, el ‘progreso’”, es decir, permitió al sistema-mundo romper con las barreras culturales al acelerar las fuerzas de cambio en todo el mundo.

En la misma línea, Hobsbawm presenta a la revolución francesa como el primer gran ejemplo de transformación del aparato cultural del mundo: sanciona que entre 1789 y 1917, las políticas europeas se debatieron ya sea a favor o en contra de los principios elevados durante la revolución francesa, principalmente los de 1789 y 1793; en esta misma línea, reconoce que la revolución proporciono el vocabulario y los programas de los partidos liberales, radicales y democráticos de la mayor parte del mundo; además, señala que la revolución ofreció el primer gran ejemplo, concepto y vocabulario del nacionalismo. Tambien explica que proporciono los modelos de los códigos legales contemporáneos, los modelos de la organización científica y técnica, y el sistema métrico decimal a muchísimos países. Este creciente impulso ideológico de transformación social, económica, política y cultural, penetró las antiguas civilizaciones por medio de la influencia ideológica francesa.

La revolución francesa, para Hobsbawm, fue única en su clase para su época, en cuanto destruyo a la monarquía absoluta más poderosa de Europa, promoviendo la caída del antiguo régimen y alentando el acenso de nuevas fuerzas sociales. Un elemento interesante que destaca el texto de nuestro autor, es el carácter del grupo que llevo a cabo esta revolución: la burguesía, que se apoyo fuertemente en las ideas del liberalismo clásico formuladas por los filósofos y economistas, ideas que fueron fuertemente propagadas por la francmasonería y otras sociedades secretas o asociaciones. Esta burguesía no expresaba un interés demócrata, a pesar de sus consignas que remitían a “la voluntad general del pueblo”: mas bien se encontraban alentados por el interés de poder establecer las libertades civiles y garantías constitucionales para la iniciativa privada, donde los comandantes del Estado fueran los grandes contribuyentes y propietarios.

 

 

[1] La era de las revoluciones, pág. 61

[2] Impensar las ciencias sociales, pág. 15

Resumen sobre ¿Qué le deben los historiadores a Karl Marx? de Eric Hobsbawm (Camilo Reyes)

El resumen que a continuación se presenta, corresponde al texto escrito en mayo de 1968 por Eric Hobsbawm, titulado, ¿Qué le deben los historiadores a Karl Marx? Este capítulo publicado en el libro Sobre la historia, originalmente había sido escrito por nuestro autor, para un simposio llamado, “El papel de Karl Marx en la evolución del pensamiento científico contemporáneo”, motivo y orientación que nos permite comprender mejor su “intento de valorar el efecto Marx, en los historiadores contemporáneos”, haciéndose cargo Hobsbawm de la relación entre Marx y la historia. Por lo cual, siguiendo a nuestro autor, primero veremos el estado disciplinar “atrasado” de la ciencia histórica durante el siglo XIX, con su característico sesgo institucional y positivista, sus metodologías empleadas, para luego adentrarnos en las grandes transformaciones de la historia, a partir de la gran influencia que tuvo el marxismo en las ciencias sociales y en la historia. Veremos los dos tipos de influencia marxista, el marxismo llamado “vulgar” (que constituyo la aportación del marxismo a las ciencias sociales, como análisis de la sociedad en general) y los análisis de los procesos históricos de cambio (que constituyo para Hobsbawm, el verdadero y principal valor de Marx, para los historiadores).

 

  1. El estado de la disciplina académica de la historia, en la primera mitad del siglo XIX.

   Según la apreciación de Hobsbawm, en plena época de grandes logros intelectuales de vital importancia para la civilización burguesa, el estado de la disciplina histórica era bastante atrasado. El punto más alto de este paradigma consistía en la adopción de técnicas de investigación, que ni siquiera eran extraídas del análisis histórico genuino, sino que tomaban prestados sus métodos de análisis, de las ciencias físicas y biológicas. Sin embargo, en su debilidad, que valía más que su fortaleza se escribieron una serie de ensayos mal documentados, especulativos y demasiado generales para poder explicar un proceso histórico complejo. El más avanzado de su generación, para Hobsbawm, fue Leopold von Ranke, que si bien hizo lo correcto al oponerse a la generalización analítica “fácil”, apoyada en medios insuficientes, y al aportar una serie de criterios empíricos para valorar documentos, y técnicas auxiliares para ese mismo fin, sin embargo, ayudo a la rehabilitación de la tendencia oficialista de la historia, un fermento de poder con claro sesgo institucional, que reduce considerablemente la metodología del ámbito de los fenómenos históricos, a los que era posible aplicarles la categoría de documento y los procedimientos analíticos ya mencionados (estos eran, los registros manuscritos de acontecimientos en los que intervinieron conscientemente individuos influyentes). El estado de la ciencia histórica, en lo más elevado de su concepción, cometía dos reduccionismos y generalizaciones que mantenían estancada la disciplina histórica: el  método positivista, (1) se presta demasiado fácilmente a la clásica narración cronológica –lo que no constituye ninguna innovación-, y, (2) se centra absolutamente en las historias de la política, la guerra y la diplomacia -poniendo especial atención en sus narraciones a “los reyes”, “las batallas” y “los tratados”-, descuidando aun, las dimensiones sociales y económicas de la historia.

Si bien el positivismo fue la principal corriente científica, en que se apoyaron grandes progresos para la humanidad y el conocimiento científico, el estado de la disciplina histórica era bastante atrasado para la época, con respecto a los avances en otros campos investigativos: las aportaciones a la comprensión humana de la sociedad, pasada y presente, eran insignificantes. Hobsbawm señala en este sentido que “para comprender la sociedad se requiere comprender la historia, (por lo cual) era inevitable que tarde o temprano se encontraran formas más fructíferas de explorar el pasado humano” (pag.149). Las principales debilidades de la disciplina histórica en pleno siglo XIX, que alentaron su transformación durante la segunda mitad del siglo XIX y siglo XX, según Arnoldo Momigliano son: (1) la historia religiosa y política había decaído en forma brusca, donde las historias nacionales se muestran como anticuadas; (2) ya no era habitual utilizar ideas para explicar la historia; (3) las explicaciones predominantes se daban ahora en términos de fuerzas sociales; y (4) con el auge de las guerras mundiales –en la actualidad de Momigliano-, resultaba irrisorio poder hablar de progreso y evolución con sentido, en términos histórico-positivista.

 

  1. Transformación de la disciplina histórica, en la segunda mitad del siglo XIX

   A mediados del siglo XIX, se comienzan a desarrollar intentos de sustituir el marco idealista, sobre el que se había cultivado la historia y la erudición, por otro de carácter materialista, lo que provoca el declive de la historia política y un auge de la historia económica y sociológica: esto se produce a raíz del creciente problema social que surgía a partir del padecimiento de las clases explotadas y proletarias que comenzaban a organizarse contra el poder, en sociedades dominadas por los grandes mercaderes capitalistas y las elites sociales. En este contexto de reflujo de la historia política, surgieron dos corrientes que pretendieron adentrarse en el problema de la comprensión humana de la sociedad: el marxismo y la sociología positivista.

El positivismo de los sociólogos Comte y Spencer, que influenció a cierta corriente de historiadores, en lo metodológico no significo un avance mayor para la disciplina histórica, pues, introducía los conceptos, los métodos y los modelos de las ciencias naturales en la investigación social, y lo hacía aplicando los nuevos descubrimientos de la física (Comte) y la biología (Spencer), que les pareciesen adecuados. Por esta razón, es que lo más cercano a un modelo de cambio histórico en estas teorías sociológicas, es la teoría de la evolución, cuyo modelo se tomaba prestado de la biología y la geología. Además esta corriente, desde 1859, bebió de las aguas darwinismo social, tomando como guía esquemática los postulados de la lucha de las especies, por la lucha en la existencia social, y la supervivencia de los más aptos por la supremacía de las clases dominantes (pág. 150). Sin embargo, al tomar prestados sus conceptos esquemáticos de las ciencias naturales, y al no extraerlos de un análisis propiamente social, la sociología tenia aun poco que decir acerca de los fenómenos que caracterizan a la sociedad humana, y caía fácilmente en opiniones demasiado especulativas (cuando no eran opiniones extraídas de un análisis material de la historia, y solo eran tomadas a partir de modelos), y demasiado metafísicas (cuando lo social era explicado a partir de principios a priori, es decir, previamente establecidos al análisis).

Todos estos elementos coagulantes del positivismo sociológico, no alentaron a una superación de la disciplina histórica, sino que de un lado, fomentaron su estancamiento, mientras que de otro, provocaron la reacción y respuesta de las ciencias sociales con orientación histórica, bajo la influencia creciente del marxismo, que vino a transformar de una vez por todas, las formas del análisis histórico: reorientación de los historiadores hacia las dimensiones de análisis económico y social, una identificación y reconocimiento del mundo popular en la historia.

 

  1. Marxismo vulgar y análisis histórico marxista

La influencia del marxismo en las ciencias sociales e históricas, es dividida por Hobsbawm en dos corrientes principales, el marxismo vulgar y el análisis histórico marxista propiamente tal. La primera corriente, la del marxismo vulgar consiste en la identificación de los cientistas sociales y los historiadores con algunas ideas-fuerza que han sido asociadas a Marx, pero que necesariamente no representan el pensamiento maduro de este (pág. 152). Estas ideas son las siguientes: (1) la interpretación económica de la historia, que es la creencia de que “el factor económico es el factor fundamental del cual dependen los demás” (R. Stammler); (2) el modelo de base y superestructura, que ha sido tomado como una relación de dominio y dependencia entre una base económica y la superestructura ideologica y jurídica; (3) el interés de clases y la lucha de clases, como mediación entre la relación de dominio entre la base económica y la superestructura; (4) las leyes históricas y la inevitabilidad histórica, que ha sido malinterpretada como una regularidad rígida e impuesta, como una sucesión de formaciones socioeconómicas, cayendo en los mas burdos determinismos mecanicos, que no dejan mas cabida a las diferentes alternativas históricas; (5) temas específicos de la investigación de Marx como son el interés por la historia del desarrollo capitalista y la industrialización; (6) temas específicos que se derivan de los movimientos asociados con la teoría de Marx, como el interés por la agitación de las clases oprimidas; y, (7) observaciones sobre la naturaleza y los limites de la historiografía, que derivan del modelo de base y superestructura, que sirvieron para explicar los motivos y métodos de los historiadores.

De esto se desprende el reconocimiento de que el grueso de la influencia marxista en la historiografía ha sido de carácter marxista vulgar. El efecto principal que ha tenido Marx en la historia y en las ciencias sociales en general, es la teoría de la base y la superestructura, que ha sido tomado como un modelo de sociedad compuesta de diferentes niveles en una jerarquía y modo de interacción (pág. 154). Por el contrario, en opinión de Hobsbawm, el principal valor de Marx para los historiadores de hoy, reside en sus afirmaciones sobre la historia, y no en sus afirmaciones sobre la sociedad en general. A pesar de esto, resulta obvio que Marx creó una teoría estructural-funcionalista, que reconoce a las sociedades como sistemas de relaciones entre seres humanos, que se establecen, voluntaria o involuntariamente, para fines de producción y reproducción social, y en este sentido, el marxismo constituye un análisis de la estructura y del funcionamiento de los sistemas. Sin embargo, la parte mas importante para la historia y el análisis histórico, no reside en esta teoría estructural-funcionalista, sino que mas bien, se corresponde o encuentra en conexión con la idea de una dinámica social, con la idea de historicidad de las estructuras sociales, concepto que lo opone diametralmente con las demás teorías estructural-funcionalistas, que se constituyen como ahistóricas o anti-históricas, al despreciar el análisis de las dinámicas de cambio social, y reducirlo a un simple evolucionismo abstracto. El marxismo, en su crítica del estructural-funcionalismo, señala que no se puede separar “la estática social” de “la dinámica social”, pues estos desarrollos se presuponen reciprocamente: (a) del descubrimiento de un mecanismo para la diferenciación de varios grupos sociales humanos, (b) surge el propio mecanismo para la transformación de una sociedad en otra, y estos mecanismos de evolución social no son los mismos que los de la evolución biológica, como pretende el positivismo sociológico. Por lo cual, podemos reconocer que el marxismo supera los análisis estructural-funcionalistas históricos al reconocer: (1) la existencia de una jerarquía de fenómenos social, que se despliega desde la base a la superestructura; y (2) que en toda la sociedad existen tensiones internas (contradicciones), que contrarrestan la tendencia del sistema a mantenerse como empresa en marcha (pág. 155).

Para concluir este breve resumen, quisiera terminar señalando que, al confrontar los argumentos puramente ahistóricos de la sociología estructural funcionalista, debemos percatarnos de que este pensamiento se agota en la estática social, y en la negación del cambio evolutivo de las sociedades, que queda reducido a primera vista, a un simple juego de combinaciones y recombinaciones de los elementos sociales existentes, lo que no supondría ninguna orientación histórica posible para el análisis del cambio. Sin embargo, el mismo modelo de la jerarquía de niveles, los modelos de las relaciones sociales de producción, y la persistente existencia de contradicciones internas en las sociedades, permite determinar que la historia posee una dirección, como un mecanismo de cambio, y este es quizás el gran merito de Marx, y el mayor objeto de debate de sus ideas para los historiadores: el que la creciente emancipación del hombre con respecto a la naturaleza, y su creciente capacidad de controlarla por medio de la técnica y su desarrollo, otorga a la historia la orientación e irreversabilidad, que puede plantear una idea de evolución social, que va desde las sociedades precapitalistas a las capitalistas, permitiendo a los historiadores visualizar el sentido de cambio histórico moderno.